Después de años de ser follado por perros me vieron por primera vez
Solo salía de hacer un trabajo en equipo en Cerro de la Estrella y unos tipos me vieron abotonado por un perro.
Llevaba años negándolo, pero el cuerpo nunca olvida. Esa noche, caminando por el Cerro de la Estrella, sentí el mismo cosquilleo en la nuca, el mismo calor húmedo en la ingle. Las doce y media de la madrugada, las calles vacías, el silencio roto solo por el eco de mis pasos y los ladridos lejanos. Salí de casa de Mariana después de terminar el maldito trabajo de Sistemas de Producción. Último trimestre, a punto de titularme, y yo ahí, con la mochila cargada de libros y la cabeza llena de recuerdos que no pedí tener. La colonia estaba en penumbras, las luminarias públicas fundidas, como siempre. El camino al metro Cerro de la Estrella son veinte minutos a paso rápido, pero esa noche el tiempo se estiró como un chicle. Lo vi primero como una sombra entre las sombras. Un perro callejero, grande, de esos que abundan en Iztapalapa. Pelaje negro, ojos que brillaban como carbones encendidos. Se paró en medio de la banqueta y me miró. No gruñó, no movió la cola. Solo me observó con una inteligencia que me heló la sangre y me encendió el vientre. —Vamos, chico —susurré, y mi voz sonó ronca, ajena. El perro se acercó. Olfateó mi mano, luego mi entrepierna. Yo temblaba, pero no de miedo. Mis dedos se enredaron en su pelaje áspero, sintiendo el calor de su cuerpo. Bajé la cremallera del pantalón con manos torpes, y él entendió antes de que yo terminara el movimiento. Se paró en dos patas, apoyando las delanteras en mis hombros, y yo caí de rodillas sobre el asfalto frío. Su lengua áspera me lamió el cuello mientras su verga, rosada y venosa, emergía del prepucio. La tomé con ambas manos, sintiendo la textura rugosa, el calor que palpitaba contra mis palmas. Estaba erecta, húmeda de lubricante natural, y medía lo que mi antebrazo. Me la llevé a los labios, primero con besos tímidos, luego abriendo la boca para sentir el sabor salado y metálico. —Pinche perro —murmuré—, qué ganas de cogerme. Él respondió empujando su verga contra mi garganta. Me atoré, tosí, pero no me aparté. Había olvidado lo que se sentía tener la boca llena de carne canina, el olor a perro mojado y tierra, el peso de un animal sobre mi espalda mientras me abría como una perra en celo. Me volteé, apoyando las manos en el suelo áspero. El perro me olfateó el culo, la lengua húmeda recorriendo mi raja, encontrando el punto donde quería ser penetrado. Yo gemí, empujando hacia atrás, ofreciéndome. Él montó sin previo aviso, su verga encontrando resistencia al principio, luego abriéndome paso a paso, centímetro a centímetro, hasta que sentí el nudo en la base de su pene hincharse contra mi entrada. —Métemelo todo —supliqué—, hazme tuyo otra vez. El nudo presionó, estiró mi esfínter hasta el límite del dolor, y luego cedió, deslizándose hacia adentro con un chasquido húmedo. Me sentí lleno, cosido a ese animal, atrapado en el acto más primitivo. Empezó a moverse, sus caderas chocando contra mis nalgas, su aliento caliente en mi nuca, sus gruñidos roncos como un motor descompuesto. No sé cuánto tiempo pasó. El semen empezó a brotar caliente dentro de mí, y yo me corrí también, mi verga contra el asfalto, chorreando sobre las piedras. Pero entonces, entre las sombras, vi otro par de ojos. Otro perro. Más grande. Blanco, con manchas negras, los testículos colgando pesados entre las patas. Se acercó lentamente, oliendo el aire, oliendo mi olor a sexo y sumisión. El primer perro todavía estaba anudado dentro de mí, atrapado por el nulo hinchado, y yo no podía moverme. El segundo perro me rodeó, olfateó mi cara, mis manos temblorosas, y luego lamió la verga del primero, donde se unía a mi cuerpo. —No mames —susurré—, no van a… Pero ya era tarde. El segundo perro se colocó frente a mí, su verga erecta rozando mis labios. Abrí la boca sin pensar, dejando que él empujara hacia adentro, sintiendo el sabor del otro perro mezclado con mi propio lubricante. Estaba siendo follado por dos extremos, atrapado entre ellos, y lo peor es que me excitaba más que cualquier encuentro humano. Las risas llegaron desde la oscuridad. Tres tipos, sudaderas con capucha, tenis gastados, cervezas en la mano. Se detuvieron a unos metros, viendo el espectáculo. —Órale, puto —dijo uno, riendo—, ¿ya te agarraron los perros? —Está bien zorra la puta —dijo otro, acercándose—. Mírala cómo se deja. El primero se bajó el cierre del pantalón. Su verga, gruesa y circuncidada, apuntaba hacia mí.
El nudo ya estaba dentro de mí, esa bola de carne hinchada que me cosía al perro negro como si fuéramos un solo animal de dos espaldas. Sentía cada latido de su corazón a través de su verga, cada respiración suya moviendo mi cuerpo al compás. El dolor era rico, ese dolor que solo te da lo que realmente te llena, y yo estaba ahí, en cuatro patas en el asfalto roto de Cerro de la Estrella, dejando que un perro callejero me hiciera su perra. —A huevo —susurré, la frente apoyada en el suelo, las manos arañando la tierra—. Métemela toda, perrito, hazme tu puta. El perro gruñó, un sonido que vibraba en su pecho y se transmitía a mi espina dorsal. Empezó a moverse, primero lento, como probando, y luego más rápido, sus caderas golpeando mis nalgas con un sonido húmedo que rebotaba en las paredes de las casas cerradas. El nudo se movía dentro de mí, estirándome, llenándome de una manera que ningún humano podía igualar. Órale, puto —dijo uno—, no te pares. Sigue. El perro negro seguía empujando, su ritmo acelerándose, sus gruñidos volviéndose más agudos. El nudo se hinchaba dentro de mí, y yo sentía que me iba a romper, pero no quería que parara. El segundo tipo, uno más alto con una cicatriz en la ceja, se paró al lado del primero. También se bajó el cierre, su verga larga y delgada apuntando hacia mí mientras se la jalaba lentamente. —Mira cómo se deja —dijo—. Parece perra en celo. El tercero, el más joven, se quedó atrás, pero también tenía la mano en la bragueta. Se masturbaban los tres, viéndome, sus ojos brillando en la oscuridad. Yo debía sentir vergüenza, debía gritar, pedir ayuda, pero en lugar de eso, empujé mi culo contra el perro, pidiendo más profundidad. —Dale, perrito —gemí—. Que te vean cómo me coges. El perro respondió con un aullido ahogado. Su verga se tensó dentro de mí, y sentí el primer chorro de semen caliente llenándome, un torrente espeso que se acumulaba en mi vientre. El nudo palpitaba, bombeando su leche directamente en mis entrañas, y yo me corrí también, mi verga contra el suelo, disparando contra las piedras. —Ya se vino el puto —rió el de la gorra, su mano moviéndose más rápido—. Y el perro también. El semen del animal escurría por mis muslos, mezclado con mi propio lubricante. Cuando termines con los perros, nosotros también te queremos -dijo uno-. Su saliva cayó en mi espalda, caliente y espesa. El perro blanco empujó más profundo en mi garganta, y yo sentí su nudo presionar contra mis labios, hinchándose, atrapándome también por ese lado. Estaba siendo follado por dos extremos, el perro negro todavía anudado en mi culo, el blanco empezando a anudarse en mi boca. No podía respirar bien, no podía tragar, pero no quería que parara. —Está bien puto el tipo—rió el de la cicatriz, su semen salpicando el suelo cerca de mi cara—. Mira cómo disfruta. El perro blanco empezó a eyacular. Su semen, más espeso que el del otro, llenó mi boca, escurrió por mi barbilla, cayó en el asfalto. Yo tragué lo que pude, el sabor salado y amargo quemándome la garganta. El perro negro finalmente aflojó su nudo, y sentí su verga deslizarse fuera de mí, dejando un vacío que inmediatamente fue llenado por el aire frío de la noche. Me quedé ahí, de rodillas, temblando. El perro blanco se retiró también, lamiendo mi cara como si me agradeciera. Los tres tipos se acercaron, rodeándome. —Los tipos no pudieron contenerlo más y eyacularon en mi espalda. – Ya está puto, gracias por el show, tápate que hace frío- Y se fueron caminando y riendo. Me quedé un poco más ahí, después me limpié como pude y segui mi camino hacia el metro para pedir un taxi ahí, era la primera vez que alguien me veía, y en lugar de sentir pena, me dio mucha excitación. Y lo peor de todo: quería que nunca terminara, quizá en el futuro me expondria de nuevo a ser visto.
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