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Zoofilia Hombre

Estudiante de escuela religiosa es follado por un perro

Las copas, los deseos reprimidos me hacen ceder ante un perro.
La noche en la Ciudad de México tiene un olor particular, una mezcla de smog, tortas, tacos, garnachas y orina seca que a estas alturas ya ni siquiera registro. Son casi las diez y media cuando salgo del portón de la Universidad Salesiana, en la colonia Anáhuac, y el aire fresco me da en toda la madre después de seis horas encerrado escuchando a un padre con cara de culo hablarnos de ética profesional. Como si a alguien le importara. Me llamo Diego, tengo veintidós años y llevo desde los seis en esta pinche institución. Primaria, secundaria, prepa y ahora la universidad. Todo en el mismo circuito de crucifijos, sotanas y padres que te miran raro si te ven muy pegado a otro compañero. Dieciséis años de mi puta vida rezando el rosario, confesándome cada mes, fingiendo que me importa un carajo la palabra de Dios mientras me la paso imaginando al mesero del comedor en cueros. Pero bueno, hoy es viernes y los viernes son sagrados. No por misa, pendejo, por el cotorreo. Mis compañeros del salón —Memo, la Gaby y el Beto— me convencen de ir a echarnos unas chelas por Santa Julia. «Nomás un ratito, Dieguito, no mames, ya mañana no hay clases». Y uno siempre cae, porque la verdad es que no quiero volver a mi depa a ver Netflix solo mientras me jalo el ganzo pensando en el vato del gimnasio. Llegamos a una cantina que se llama «El Rincón del Borrego», que es más un hoyo apestoso con mesas de plástico y un letrero de Bohemia bien chingón. Ahí nomás, a dos cuadras de las vías del tren, donde el Metro Colegio Militar suelta a toda la raza que viene del trabajo. El ambiente es una mezcla de reguetón a todo volumen, risas pendejas y el chisporroteo de la plancha donde hacen las quesadillas. La Gaby pide una ronda de tequilas y yo sé que esto va a terminar mal, pero ps ya qué. —Salud, cabrones —digo, y el tequila me quema la garganta como un putazo de realidad. El alcohol siempre me hace sentir cosas que normalmente entierro bien hondo. Después de la tercera chela y el segundo tequila, empiezo a sentir ese cosquilleo en el pecho, esa calentura que nomás no se me quita con nada. Veo a Memo, que está bien guapo cabrón con su barba de tres días y sus brazos peludos, y tengo que desviar la mirada porque si no se me nota todo. —¿Qué pedo, Diego? ¿Ya te estás durmiendo? —me dice Beto, y me da una palmada en la espalda que casi me hace vomitar. —Nel, nomás estoy pensando. —Pues deja de pensar y échate otro shots, puto. Y así seguimos hasta que el reloj marca la una de la mañana y la Gaby ya está bien peda diciendo que quiere irse a su casa con el vato que conoció en la barra. Memo y Beto se ofrecen a llevarla, y yo digo que mejor me voy caminando al Metro para agarrar un taxi. Total, son como diez minutos a pie y el aire me va a hacer bien. —¿Seguro, güey? —pregunta Memo, y por un segundo sus ojos se encuentran con los míos y siento un putazo en el pecho. —Seguro, no mames, ya soy grande. Me río y me separo del grupo. La noche está más fresca ahora, el cielo nublado, las calles medio solas. Camino por la avenida, pasando por los puestos de garnachas que ya cerraron, por las tiendas de abarrotes con sus rejas bajadas. El silencio se siente raro después del escándalo de la cantina. Solo se escuchan mis pasos y, de vez en cuando, el ladrido lejano de un perro. Llego a la altura de las vías del tren. Aquí todo está más oscuro, los postes de luz no alumbran bien, hay sombras que se mueven con el viento. El asfalto está cuarteado, lleno de baches, y la maleza crece entre las vías como si la ciudad se estuviera comiendo a sí misma. Apesto a alcohol, me siento mareado, pero también extrañamente vivo. Como si el tequila me hubiera quitado todas las capas de mierda que llevo encima. Y entonces lo veo. Un perro. Pero no cualquier perro. Es enorme. Un cruce de pitbull con algo más grande, tal vez un dogo. Su pelaje es color miel, corto, brillante bajo la luz tenue de un poste. Sus músculos se marcan bajo la piel mientras campea, moviendo la cola lentamente. Me mira con unos ojos cafes claro que parecen entender algo que yo mismo no entiendo. Me detengo. El perro también. —Eh, wey —digo, con la voz ronca—. ¿Qué pedo? El perro inclina la cabeza, como si estuviera evaluándome. Da un paso adelante, luego otro. No parece agresivo. Al contrario, hay algo en su mirada que me hace sentir raro. Caliente. Como si el animal supiera exactamente lo que está haciendo. Quizá es el alcohol. Tiene que ser el alcohol. Pero no me muevo. El perro se acerca, olfatea el aire, y luego mete el hocico entre mis piernas. Siento su aliento caliente a través de la tela de mis jeans y se me eriza la piel de todo el cuerpo. Un escalofrío que no es de frío, es de algo mucho más culero. —Oye, ya… —murmuro, pero no hago nada por apartarlo. El perro huele mi entrepierna con una intensidad que me desarma. Sus orejas se echan hacia atrás, su cola se mueve más rápido. Da un par de vueltas a mi alrededor, y luego se sienta frente a mí, mirándome con esos ojos que parecen decir «sé lo que quieres, puto». Y lo peor de todo es que tiene razón. Porque estoy parado ahí, en la puta calle, a dos cuadras de la universidad salesiana donde llevo dieciséis años fingiendo ser un buen muchacho católico, y siento una erección que me duele contra el cierre de los jeans. El alcohol me ha quitado todas las inhibiciones, todos los «no debería», todos los «Dios me está mirando». Solo queda el deseo, crudo, animal, caliente. —No mames… —susurro, y mi voz tiembla. El perro se acerca de nuevo, pero esta vez no se detiene en mis piernas. Se para en dos patas, apoyando las delanteras en mi pecho, y su peso me hace tambalear. Es enorme, cabrón, debe pesar como ochenta kilos. Su lengua me lame la cara, caliente y húmeda, y yo cierro los ojos y dejo que pase. —Está bien… está bien… —digo, y no sé si se lo digo a él o a mí mismo. Me dejo caer de rodillas en el asfalto. El piso está frío, áspero, lleno de piedritas que se clavan en la tela de mis pantalones. El perro se mueve detrás de mí, y siento su hocico húmedo en mi nuca, en mi cuello, bajando por mi espalda. Jadea, su aliento caliente contra mi piel, y yo estoy temblando como un puto idiota. —Ándale… —susurro, y mis manos buscan el cierre de mis jeans. Me bajo los pantalones y los calzones hasta los tobillos. El aire frío me golpea el culo y el perro se pone más intenso, olfateando, lamiendo, gimiendo bajito. Su lengua encuentra mi hueco y yo dejo escapar un gemido que me sorprende a mí mismo. Es caliente, húmedo, áspero. Me lame con una precisión que no debería tener un animal, como si supiera exactamente dónde presionar, dónde lamer, dónde morder suavemente. —Ay, puta madre… —jadeo, y mi frente toca el suelo. El perro monta mi espalda baja, sus patas delanteras a los lados de mis caderas. Siento su peso, su calor, su verga asomándose, rosada y gruesa, lubricada naturalmente. Se frota contra mi entrada y yo aprieto los dientes, esperando, deseando. —Dale… dale, cabrón… Empuja. La primera embestida es seca, duele un chingo, pero el dolor se mezcla con algo más, algo que no sé explicar. Es como si cada puto año de represión, cada misa, cada confesión, cada vez que me persigné sintiéndome sucio, se estuviera deshaciendo dentro de mí. El perro empuja más profundo y yo gimo, apretando el puño contra el asfalto. —Híjole… híjole… Empieza a moverse. Un ritmo constante, animal, sin vergüenza. Sus caderas chocan contra mi culo, su verga entra y sale, y cada embestida me llena de una manera que ningún dedo, ningún consolador había logrado. Siento el nudo en la base de su verga, ese bulto que los perros tienen, y cuando empuja para pasar ese punto, el placer es tan intenso que veo estrellas. —¡No mames! ¡No mames! —grito, y mi voz se pierde en la noche vacía. El perro gime, un sonido ronco y gutural, y acelera el ritmo. Sus garras se clavan en mi cadera, su lengua me lame la nuca. Estoy empapado en sudor, en saliva, en lubricante natural. Mi propia verga está dura, goteando contra el asfalto, y cada embestida me acerca más al borde. —Ya… ya mero… —jadeo. El perro da una última embestida, profunda, y lo siento. Su verga se hincha, el nudo se expande dentro de mí, y un chorro de semen caliente llena mi culo. Es tanto que siento cómo gotea por mis muslos, caliente y espeso. El perro se queda quieto, atado a mí por el nudo, jadeando contra mi oreja. Y yo me vengo también, sin tocarme, solo sintiendo esa presión, ese calor, ese puto momento de libertad absoluta. Me quedo ahí, de rodillas en el asfalto, con el perro todavía dentro de mí, y por primera vez en dieciséis años no me siento sucio. Me siento vivo. Me siento real. El perro se retira lentamente cuando el nudo se desinfla, y el semen se derrama sobre mis muslos. Me pongo los pantalones temblando, me limpio con la mano, y el perro me lame la cara una última vez antes de desaparecer entre las sombras de las vías del tren. Me quedo ahí, sentado en la banqueta, viendo el cielo nublado de la Ciudad de México, y sonrío. esta noche valió la pena.

4 Lecturas/9 junio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: colegio, culo, madre, militar, padre, puta, puto, semen
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