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Zoofilia Hombre

Estudiante gay de la UAM Xochimilco que es follado por perros

después de la fiesta en donde me cogió el perro de un desconocido a escondidas, ahora otra historia unos meses después.
Una noche salí del Escondite, una aparente tienda en cuyo patio trasero se vendían caguamas baratas (cerveza de 1 litro) y había rokola y donde se juntaba gente de todos los estratos sociales, una de las bellezas de la universidad pública. Salí más tarde de lo normal. Las caguamas habían estado baratas, la rocola sonaba con puras viejitas y yo llevaba como seis o siete encima, bien pedo, con el estómago caliente y las piernas como de hule. Me despedí del don que atendía, y salí a la calzada de las Bombas con el celular muerto y la cabeza dando vueltas. Podía irme por Eje 3, pero estaba más lejos, bien pendejo caminar hasta allá a las dos de la mañana con el pedo que traía. En cambio, el camino junto a Canal Nacional era más corto. Oscuro, sí, pero más rápido. Y yo ya había aprendido que la oscuridad no siempre era mala. Crucé la calle y empecé a caminar por la orilla del canal. Los árboles se cerraban arriba, formando un túnel de sombras, y el único ruido era el agua estancada moviéndose lento y los coches pasando de vez en cuando por el otro lado. El concreto estaba frío bajo mis tenis y el aire olía a humedad y a monte. Iba pensando en nada, en el siguiente fin de semana, en las clases de la UAM que tenía al día siguiente y que seguramente iba a reprobar si seguía así. Entonces lo vi. Un perro. Grande, pelaje oscuro, parado a unos metros, mirándome fijo. No se movía, no ladraba, solo me veía con esos ojos que brillaban en la penumbra. Me detuve. El corazón me latió más fuerte, pero no de miedo. Ya había pasado por esto antes. Demasiadas veces. —Ven —le dije, la voz rasposa por el alcohol. El perro movió la cola. Una sola vez. Como si entendiera. Me desvié del camino principal, metiéndome entre los árboles, hacia la parte más oscura, donde ni la luna llegaba. El pasto estaba alto, me raspaba los tobillos, y yo sentía el calor subiéndome por el cuerpo, esa mezcla de vergüenza y excitación que ya conocía tan bien. Me detuve junto a un árbol grande, me recargué en el tronco y empecé a desabrocharme el cinturón. —Ven, perro —dije otra vez, más bajo, casi un susurro. El perro se acercó. Era grande, una mezcla de algo, tal vez pastor alemán con la chingada, con el lomo ancho y el hocico húmedo. Olfateó el aire, se acercó a mi entrepierna y empezó a olerme, metiendo el hocico entre mis piernas mientras yo temblaba, apoyado en el árbol, viendo hacia el canal por si alguien pasaba. Un coche pasó. Las luces barrieron los árboles pero no llegaron hasta donde estábamos. Me mordí el labio. El perro me olfateó más, empujando con el hocico, y yo bajé la mano, le toqué la cabeza, sintiendo el pelo duro y caliente. —Échate —le dije, sin saber bien por qué, como si fuera un perro entrenado. Y lo hizo. Se echó frente a mí, moviendo la cola, y yo me bajé los pantalones hasta los tobillos, sintiendo el aire frío en las piernas. Estaba en cuatro, alzando el culo con la cara casi en la tierra, apoyando una mano en el árbol mientras con la otra me guiaba hacia él. El perro se movió, se puso detrás de mí, olfateó mi culo abierto, y yo cerré los ojos, esperando. El primer empujón fue fuerte. Me hizo doblarme más, soltar un gemido mientras sentía aquello entrándome, caliente, duro, moviéndose con urgencia que me encendía la sangre. Me mordí el brazo para no hacer ruido mientras el perro me empujaba contra el árbol, una y otra vez, cada vez más fuerte, más rápido, y yo solo podía pensar en los coches que pasaban al lado, en la gente que podría estar viendo desde la oscuridad, en lo puto que era por estar ahí, en medio de la noche, dejándome coger por un perro en el pasto mojado. No sé cuánto duró. Cinco minutos, tal vez diez. Cuando terminó, sentí cómo se retiraba, caliente y pegajoso, y yo me quedé ahí, doblado, temblando, con la respiración entrecortada y las piernas apenas sosteniéndome. Me giré despacio. El perro estaba ahí, moviendo la cola, el hocico brillante, el vientre aún húmedo.

Me arrodillé en el pasto mojado, sintiendo las rodillas hundirse en la tierra blanda. El perro seguía ahí, moviendo la cola, el hocico brillante y húmedo. Lo tomé con la mano derecha, sintiendo el calor que aún despedía, la piel caliente y lisa bajo mis dedos. Estaba medio erecto todavía, resbaloso por mi propio semen y su saliva. Me incliné y lo lamí, despacio, saboreando esa mezcla salada y densa que me llenaba la boca. Cerré los ojos. Empecé a tocarme. Estaba duro, bien duro, la punta brillante bajo la poca luz que se filtraba entre los árboles. Me masturbaba lento mientras chupaba el pene del perro, sintiendo cómo se iba poniendo tieso otra vez contra mi lengua, cómo el animal gruñía suave, moviendo la cola más rápido. Un coche pasó por la calzada. Las luces barrieron los árboles, iluminando por un segundo mi espalda doblada, mi culo al aire, mi mano moviéndose entre mis piernas. Contuve la respiración. Si alguien miraba desde el coche, si algún estudiante de la UAM que viviera en los edificios de por ahí iba manejando y veía… el puto corazón me iba a estallar. Pero no se detuvo. Siguió de largo, y yo solté el aire temblando, excitado como perro, con la adrenalina quemándome la sangre. Seguí mamando. El perro se movió, se puso más firme, y yo lo tomé más profundo, sintiendo cómo se ensanchaba en mi garganta, cómo el sabor se volvía más intenso. Me masturbaba más rápido, la mano resbalando sobre mi verga, el pulgar rozando la punta cada vez. Pensaba en que alguien podía estar viendo desde desde las ventanas de los departamentos al lado de Canal Nacional, algún otro borracho, un corredor nocturno. Pensaba en mis compañeros de la universidad, en los que vivían ahí cerca, en lo que dirían si me vieran así, arrodillado en el pasto, con la boca llena de perro y la mano en la verga. Eso me terminó de matar. Sentí el orgasmo subir desde los huevos, caliente, urgente, y me corrí sin soltar el pene del perro, mordiéndolo suave mientras el semen me salía a chorros, manchando el pasto, mis piernas, mis dedos. Me quedé ahí unos segundos, temblando, con la respiración entrecortada y la boca aún alrededor del perro, que ya se había quedado quieto, moviendo la cola sin prisa. Me separé despacio. Limpié mi verga con la mano y me la sequé en el pasto, sin importarme. Me subí los pantalones, sentí la tela mojada pegándose a mis piernas, y me levanté con trabajo, las rodillas sucias, las manos temblorosas. El perro me vio un momento, movió la cola otra vez, y se fue trotando hacia la oscuridad del canal, como si nada hubiera pasado. Me quedé solo, parado entre los árboles, escuchando los coches pasar y el agua del canal moverse lenta. Me reí solo, una risa corta, nerviosa, y empecé a caminar de vuelta al camino principal. Seguí caminando junto al canal  y llegué a Calzada del Hueso. Crucé la calzada del Hueso con la cabeza gacha, viendo los edificios de la UAM al fondo, las ventanas iluminadas aquí y allá, estudiantes despiertos a esas horas, estudiando, viendo tele, tal vez asomándose sin saber lo que acababa de pasar a unos metros. Llegué a mi edificio. Subí las escaleras despacio, abrí la puerta de mi departamento, y me dejé caer en la cama sin quitarme los tenis. Olía a pasto, a perro, a semen seco. Olía a mí. Y mientras cerraba los ojos, ya sabía que la próxima vez que saliera del Escondite bien pedo, iba a buscar otra vez el canal, otro perro, otra noche en la oscuridad, esperando que alguien me viera.

2 Lecturas/22 mayo, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: alcohol, culo, gay, orgasmo, puto, semen, universidad, verga
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