Los borrachos dormidos en la sala y el perro cogiéndome en la cocina
En una peda de fin de semana el perro del dueño de la casa me cogió en la cocina.
Me llamo Jorge, tengo veinticinco años y soy un pinche puto de mierda. Estudio Ingeniería Industrial en la UAX, aunque la neta no sé ni cómo le hago para pasar las materias con todo el desmadre que me aviento cada fin de semana. Pero así es esto, uno encuentra su modo de sobrevivir. Eran como las tres de la mañana cuando abrí los ojos en esa casa de la que ni siquiera recordaba el nombre del dueño. Alguien de la UAM, un cuate de un cuate, de esos que conoces en el antro y terminas en su depa porque la peda sigue y tú no quieres que termine. La música seguía sonando bien culera, ese reguetón viejito que siempre ponen cuando ya todos están hasta la madre, y en la sala había como seis o siete cuerpos tirados en los sillones y en el suelo, roncando como puercos. Yo estaba recargado contra la pared, junto a la ventana, con la cabeza aún dando vueltas por los cuatro vodkas que me había metido. Sentía la boca seca y las piernas entumidas, pero también sentía esa calentura bien pinche que siempre me agarra cuando tomo. Esa necesidad de tener algo dentro, de sentirme lleno, de recordar por qué soy este puto desgraciado que no puede dejar de buscar verga. Y entonces lo vi. El perro. Estaba echado en la esquina de la sala, justo debajo de la mesa del centro, con la cabeza apoyada en las patas delanteras y los ojos bien abiertos, mirándome fijo. Era un pastor alemán bien grande, de esos que parecen lobos, con el pelaje negro y café brillando bajo la luz tenue del único foco prendido. Tenía el hocico abierto y la lengua colgando, y su respiración era pesada, casi como si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza. Lo había visto desde que llegué, como a las once. Desde entonces no había podido dejar de pensar en él. En su tamaño. En su fuerza. En cómo se me paraba el culo cada vez que lo veía moverse por la casa. Me quedé viéndolo un buen rato, sintiendo cómo el corazón me empezaba a latir más rápido. Los borrachos seguían dormidos. Uno roncaba bien fuerte, otro se había volteado y tenía la cara pegada al cojín, babeando. Nadie se iba a despertar. Nadie iba a ver nada. Pero podían. Esa era la parte que más me prendía. Que alguien pudiera abrir los ojos en cualquier momento y verme ahí, con el perro, haciendo lo que iba a hacer. Que se corriera el chisme por toda la universidad. Que me señalaran en los pasillos, que dijeran «ese es el puto que se deja coger por perros». Me paré despacio, tratando de no hacer ruido, y caminé hacia la cocina. La casa era un desmadre, con botellas vacías por todos lados y cenizas de cigarro en el lavabo. Me asomé por la puerta y vi que el perro se había levantado y me seguía con la mirada, moviendo la cola lentamente. —Ven —le dije en voz baja, haciéndole señas con la mano. El perro se acercó, oliendo el aire, y yo me agaché para acariciarle la cabeza. Tenía el pelaje suave y caliente, y cuando le pasé la mano por el lomo sentí cómo se estremecía. Olía a perro, a tierra, a algo salvaje que me hacía recordar todas las otras veces. El camellón oscuro de la Gabriel Ramos Millán. El puente del metro Aculco. El departamento de mi ex, cuando Thor me cogía mientras él dormía la borrachera. Me bajé los pantalones y los calzones hasta los tobillos, y me volteé, apoyando las manos en el lavabo de la cocina. Sentía el frío del granito en las palmas y el aire en las nalgas, y supe que ya estaba mojado, listo, abierto como siempre. —Échale, perro —murmuré, cerrando los ojos. El perro se acercó por detrás, oliendo mi culo con el hocico húmedo y caliente. Dio vueltas, moviendo la nariz, y yo sentí cómo me temblaban las piernas de puro nervio y calentura. Luego puso las patas delanteras en mis caderas, y sentí su peso, su calor, su verga ya bien parada, rosada y gruesa, asomándose por la vaina. Empujó una vez, buscando el hoyo, y cuando encontró la entrada se clavó entero de un solo golpe. Me mordí el labio para no gritar. El perro comenzó a moverse, rápido y fuerte, con esa cadencia animal que tanto me gusta, y yo solo podía pensar en los borrachos de la sala, en que cualquiera podía despertarse y verme ahí, doblado sobre el lavabo, recibiéndola de un perro como la puta que soy. La cocina olía a alcohol y a sudor y a sexo, y el perro jadeaba cada vez más fuerte, y yo apretaba el culo contra él, pidiendo más, siempre más, hasta que sentí que se venía, caliente y espeso, llenándome bien adentro. Me quedé ahí, temblando, con la cara pegada al granito frío.
El perro empujó una vez más, hundiéndose hasta el fondo, y sentí cómo su verga se hinchaba dentro de mí. Primero fue un latido, como un pulso caliente que se expandía, y luego un nudo, duro y grueso, que se trabó en mi entrada y me ancló a él. Yo solté un gemido que se ahogó contra el linóleo, y apreté las manos en el piso, sintiendo cómo el perro se quedaba quieto, pegado a mí, con su verga atorada bien adentro. —No mames —susurré, y mi voz sonó a puro aire. El perro no se movía. Su pecho rozaba mi espalda baja, caliente y peludo, y sentía su respiración pesada, ese jadeo rítmico que me llenaba la nuca de aire caliente. Estaba atorado. Anudado. No podía sacármela aunque quisiera, y yo no quería. Yo quería quedarme así, empalado, sintiendo cómo el nudo me estiraba el culo, cómo su verga palpitaba dentro de mí, llenándome. Pero los borrachos seguían en la sala. Pasaron los segundos. Un minuto. Dos. Yo no podía moverme, no podía levantarme, no podía hacer nada más que quedarme ahí, en cuatro patas en el piso de la cocina, con el perro pegado a mi culo como si fuéramos una sola cosa. Oía los ronquidos desde la sala, el zumbido de la música que seguía sonando, un bajo culero que vibraba en las paredes. —Apúrate, perro —murmuré, apretando los dientes—. Apúrate, por favor. El perro movió la cola, lenta, como si estuviera contento. Dio un pequeño paso adelante, y el nudo se movió dentro de mí, haciéndome soltar otro gemido. Yo cerré los ojos y apoyé la frente en el piso frío, sintiendo cómo el sudor me corría por la cara. Tres minutos. Cuatro. Cada sonido de la sala me hacía brincar. El güey de la gorra se movió otra vez, y yo contuve la respiración, con el culo apretado alrededor del nudo, esperando que no abriera los ojos. No los abrió. Pero el vato del sillón, el que tenía la cara pegada al cojín, soltó un eructo bien fuerte y se volteó, y yo sentí que me iba a morir. —Ya, ya, ya —susurré, y mi voz temblaba—. Ya suelta, perro. Pero el perro no soltaba. Se quedaba ahí, firme, con su verga anudada dentro de mí, y yo sentía cómo el tiempo se estiraba, cómo cada minuto era una hora, cómo mi culo se acostumbraba a tenerlo adentro, cómo empezaba a gustarme ese pinche nudo que me tenía preso. Cinco minutos. Seis. Empecé a mecerme un poco, apenas, moviendo las caderas para sentir cómo el nudo rozaba mis paredes, y el perro gruñó bajito, como un aviso. Me quedé quieto. Siete minutos. Ocho. Uno de los borrachos, el que estaba en el sillón individual, se quejó en sueños, diciendo algo que no entendí, y yo sentí cómo se me helaba la sangre. Pero no pasó nada. Siguió durmiendo. Nueve minutos. Diez. El perro movió la cola otra vez, y sentí cómo el nudo empezaba a aflojarse, lentamente, como una flor que se cierra. La verga se fue haciendo más delgada, y el perro dio un paso atrás, y yo sentí cómo se deslizaba fuera de mí, dejándome vacío, abierto, goteando. Me quedé ahí, temblando, con el culo al aire y las piernas débiles. El perro se echó a mi lado, lamiéndose el hocico, y yo me subí los pantalones a la puta carrera, con las manos temblorosas, sin atreverme a mirar hacia la sala…solo tompe mi mochila y me salí, sólo caminpe unos 15 minutos para llegar a mi departamento aun pedo, con el semen del perro escurriendo por mis nalgas y piernas, pero satisfecho, nerviso por si acaso algfuien me vio y se enteren en la universidad, pero lo disfruté una vez más, Thor ya no estaba en mi vida, pero mi necesidad de verga canina tengoo que saciarla de una u otra manera.
Si quieres platicar mandame correo a [email protected]


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