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Zoofilia Hombre

Otro perro me folla regresando a casa

Después de meses de haber sido cogido en el camellón de Coyuya, ahora bajo el puente vehicular de metro Aculco.
Olores a humedad, a tacos de canasta ya fríos y a mi propio pinche vómito seco en la playera. Salí de ese desmadre por el Escuadrón 201 pedo y sin dinero. Ni para un pinche taxi de esos de sitio que se pasan de verga con la tarifa. Me tocó caminar. De nuevo. Caminar desde Escuadron 201 a Coyuya.

Mis piernas flojas me llevaron casi por inercia por la Francisco del Paso y Troncoso, rumbo al Aculco. Ahí está ese pinche puente vehicular largo, oscuro. Debajo, entre los pilares de concreto, hay sombra. Ya conocía el camino.

La otra vez, cerca del metro Coyuya, en el callejón, fue con dos perros callejeros, unos criollos flacos. Fue rápido, asustado, pero… no puedo ni mentir. Algo se me quedó

(Me metí entre dos de esos pilares enormes. La luz no llegaba para nada aquí. Solo el resplandor anaranjado de un farol lejano, justo para pintar los grafitis borrosos. Me recosté contra el concreto, frío y áspero en la espalda, y saqué mi verga. Ya estaba dura, latiendo con cada pinche latido del corazón que llevaba el ritmo del miedo y la maldita expectativa.

Entonces cuando escuché no un ladrido, sino un gruñido, luego vi los ojos. Dos puntos eflejando la luz. Se acercó,. Era un pinche Rottweiler. Enorme.

(El perro se detuvo a un metro de mí, olfateando el aire. Su gruñido era constante. Yo no me moví, sólo mi mano en mi verga, bombeando lento, mostrándome. Estaba cagado del miedo, pero eso sólo le echaba más leña al fuego que tenía en el culo. «Ven,» le susurré, mi voz temblorosa. «No te voy a hacer nada.»

Como si me entendiera, dio un paso más. Su hocico, húmedo y frío, rozó primero mi mano, luego bajó directamente a mi verga. El contraste entre el aire de la madrugada y ese calor animal en mi piel me sacó un jadeo. Su lengua era suave, y lamía con fuerza. Me la pasó por todo el miembro, de la cabeza a los huevos, y yo me arqueé contra el muro. «Chingado… así, perro, así.»

Pero él no quería sólo lamer. Después de unos segundos, ese hocico poderoso me empujó la mano a un lado. Yo sabía lo que quería.

(Sentí la presión primero en la entrepierna, su hocico empujándome las piernas para separarlas. Yo me agarré del grafiti del muro, los dedos buscando algo a qué aferrarse en el concreto liso. El pinche perro dio una vuelta olfateando, sus patas delanteras a los lados de mis muslos, y luego lo sentí. Algo húmedo, puntiagudo y jodidamente enorme rozándome el culo a través del jeans. No era su verga todavía, era esa parte redonda y dura que tienen, el bulbo.

«Espera, güey, espera…» gemí, pero era puro teatro. Mi cuerpo ya estaba empujando hacia atrás, mis jeans y calzones bajados hasta los muslos. Hice fuerza y escupí en mi mano, untándome lo más que pude, pero era una mamada contra lo que se venía. El perro gruñó, impaciente, y con un empujón brusco de sus patas traseras, buscó la entrada.

El dolor y placer fue instantáneo. Grité, un grito ahogado que se perdió en el ruido de los coches pasando arriba

(El perro no se detuvo. Metió otro embate, y esa vez la cabeza de su verga reventó dentro de mí, un fuego cegador que se extendía desde el culo hasta el estómago. Jadeé, ahogándome en mi propio grito. Me agarré del muro.

Pero luego, el dolor empezó a cambiar. A mezclarse con algo más. Una presión llenadora. El perro ya estaba dentro, hasta el fondo, y empezó a moverse. Era un martilleo salvaje, cada embestida sacudiéndome todo el cuerpo, golpeándome contra el concreto. El sonido era húmedo, violento, los gruñidos roncos del animal en mi nuca, el chillido del metal de su collar.

«¡Sí! ¡Chíngame, perro, sí!» gritaba ahora, mi voz quebrada, entregándome a eso. Cada embestida profunda me hacía ver estrellas. Mi propia verga palpitando dura.

(El perro clavó sus patas delanteras en mis caderas, sus garras rasgando la tela y arañando mi piel. Su peso me aplastaba contra el muro, no podía moverme, sólo recibir. Cada embestida era más profunda, más posesiva. Sentía su verga enorme pulsando dentro de mí, expandiéndose de una manera que no era humana, que llenaba cada espacio, cada recoveco, hasta el punto que sentía que me iba a reventar. El aire olía a bestia, a sudor, a mi propio miedo convertido en excitación.

De repente, un haz de luz barrió la entrada de nuestro escondrijo. Un carro bajaba la velocidad en la rampa bajando del puente vehicular. El corazón se me fue a la garganta, congelado. El perro ni se inmutó; al contrario, como si la interrupción lo excitara más, redobló la fuerza, sus caderas chocando contra mis nalgas con un sonido de carne contra carne que ahora me parecía ensordecedor. Yo apreté los dientes, enterré la cara en el brazo, rezando que la luz pasara de largo. Mi culo ardía, adolorido y lleno.

(La luz del carro se alejó, pero el susto le había dado un sabor nuevo a todo. El peligro de que me vieran, ahí, siendo cogido por un perro de la calle, me prendió. El perro seguía dándole, incansable, y yo ya no aguantaba. Mi verga estaba tan, latiendo al ritmo salvaje de sus embestidas. Solté una mano del muro y me la agarré, bombeando frenético, mis dedos embadurnados en mi propio precum y el sudor.

«Me voy a venir, perro… «, gemía, incoherente. Sentía algo caliente y enorme hinchándose aún más dentro de mi culo, como un nudo que se expandía. El perro gruñó más fuerte, sus movimientos se hicieron espasmódicos, descontrolados. Era el nudo. Estaba atándome a él.

Eso fue lo que me terminó de volver. Con un grito ronco, ahogado por el peso del animal, me vine. Fue una corrida brutal, larga, que me salió a chorros, manchando el concreto y mis jeans bajados.

(El perro se vino con un gruñido final que parecía sacudirle todo el cuerpo. Sentí el chorro caliente, espeso, llenándome el culo, una inundación que parecía no terminar nunca, mezclándose con el dolor y el placer en una sola sensación imposible de separar. Me llenó hasta rebosar, el líquido caliente goteando por mis muslos temblorosos. El nudo dentro de mí se hinchó al máximo, atándonos, y el dolor se hizo agudo, desgarrador, pero ya ni me importaba. Me dejé caer un poco más contra el muro, completamente impresionado, usado, con el perro aún pegado a mí por ese lazo animal.

Jadeábamos los dos, él sobre mi espalda, yo contra el frío del concreto. El mundo afuera seguía, los coches, la colonia durmiendo, y yo ahí, atado a una bestia en la oscuridad. Después de lo que pareció una eternidad, el nudo empezó a ceder. El perro, con un movimiento brusco, se separó de mí. El vacío que dejó fue físico, un hueco doloroso y húmedo. Se sacudió, como si nada

(Me dejé caer de rodillas en el suelo, las piernas como gelatina. El semen del perro, me corría caliente por los muslos, un recordatorio viscoso. Jadeaba, tratando de recuperar el aire, mientras miraba al Rottweiler alejarse sin prisa, su cola apenas moviéndose, hasta perderse en las sombras de donde vino. Quedé solo otra vez, con el olor a sexo animal, concreto y mis propias entrañas violadas flotando en el aire.

Me limpié torpemente con la parte limpia de mi playera, un gesto inútil. El dolor en el culo era una brasa constante, pero por debajo, como una corriente subterránea, latía una satisfacción retorcida y profunda. Me levanté tambaleándome, subiéndome los jeans que raspaban la piel sensible. Miré hacia donde se había ido el perro, a la oscuridad absoluta. Una sonrisa lenta, temblorosa, se dibujó en mi cara.

«Otro día, güey,» susurré para mí, mi voz ronca. «Te veré de nuevo.»

Di media vuelta y empecé a caminar de regreso a casa hasta Coyuya.

(El aire fresco de la madrugada me golpeó la cara al salir del debajo del puente, pero no logró limpiar el olor a perro y a mi propio sexo que me envolvía. Caminé cojeando hacia mi depa, cada paso un recordatorio del nudo y del peso que había tenido dentro. La calle estaba vacía, las casas oscuras. Metí la mano en el bolsillo y sentí las llaves.

Al llegar a mi puerta, me detuve. Desde el callejón de enfrente, entre dos botes de basura, un par de ojos brillantes me miraban fijamente. Era más pequeño, un perro callejero flaco, de color indefinido. Nos miramos un momento. Él olfateó el aire, y su cola dio un leve movimiento, como reconociendo algo. Yo me apoyé en el marco de la puerta, un dolor agradable punzándome el culo al cambiar de posición.

«¿Qué miras?» le dije en voz baja, casi un susurro. «¿Tú también quieres?»

El perro no se movió, sólo siguió mirando. Yo saqué la llave y abrí la puerta.

(La puerta se cerró a mis espaldas con un clic suave, aislando el silencio mugroso del callejón del silencio vacío de mi depa. Me apoyé contra la puerta, cerrando los ojos. El dolor era una presencia constante ahora, un latido sordo y caliente que se extendía desde el centro de mi ser. Me deslicé por la puerta hasta quedar sentado en el suelo frío de loseta, sin encender la luz. En la oscuridad, el olor era más intenso: a perro, a sexo crudo, a mí.

Con manos que aún temblaban levemente, me bajé los jeans y los calzones por completo, dejándolos en un montón a mis pies. El aire de la habitación rozó mi piel sensible, provocando un escalofrío. Me toqué, con dedos temerosos al principio, luego con más decisión.

Me arrastré hasta el baño, encendiendo la luz que parpadeó antes de iluminar la miseria con una claridad brutal. Me miré en el espejo sucio.

(La luz del baño mostrando cada detalle de lo que había pasado. Moretones empezaban a formarse en mis caderas, pequeñas marcas de garras en los hombros. Pero lo peor, o lo mejor, estaba detrás. Me di la vuelta, torciendo el cuerpo para ver en el espejo. El espejo era viejo, empañado en los bordes, pero la imagen era clara: mi culo estaba rojo, hinchado, los labios del ano abiertos de una manera que no era normal, goteando lentamente un líquido blanquecino y espeso. Parecía violado. Y lo estaba.

Un sonido escapó de mi garganta, no sé si de asco o de excitación. Metí dos dedos, lentamente, sintiendo el calor interno, la carne adolorida que cedía demasiado fácil, el resto de la corrida del perro. Lo saqué y me lo llevé a la boca. El sabor era salado, metálico, animal. Cerré los ojos.

«Pinche perro callejero,» murmuré contra mis propios dedos. «Me dejaste bien abierto.»

De repente, un ruido afuera. Un rasguño suave. Quizá alguna otra vez veré a ese perro, o quizá ya tengo otro esperándome afuera, me fui a la cama, sabiendo que esto que ya hice dos veces, en realidad me gusta.

Si quieres platicar, escribeme a [email protected]

10 Lecturas/14 mayo, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: baño, culo, flaco, mamada, metro, semen, sexo, verga
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