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Fantasías / Parodias, Zoofilia Mujer

Anabela y su vecino Max.

La joven Anabela tiene oportunidad de cuidar el perro del vecino y encuentra en él, un magnifico amante.
Anabela y su vecino Max.

Ese catorce de febrero, día de los Enamorados, Anabela se refugiaba en la soledad de su departamento, rodeada de cajas y bolsas de la feria artesanal, su misión era clara, reconfigurar su hogar para que solo hablara de ella.

Quería extirpar cualquier rastro de los años compartidos con su ex, quien dos meses atrás había decidido marcharse. El orden era su terapia, y cada objeto nuevo era un ladrillo en la reconstrucción de su propia identidad.

En medio de esa limpieza simbólica, el timbre interrumpió su proceso. Era José, su vecino, con una urgencia laboral y un dilema de cuatro patas por resolver, Max, su perro, un dogo argentino de un año y medio, que era una mole de músculos blancos, pero con una mirada de una mansedumbre absoluta.

José precisaba imperiosamente que ella cuidara de Max durante la semana que él se iba a ausentar.

 

-“Es un pedazo de pan, Anabela solo sería una semana.” rogó José.

Anabela pensó un rato en semejante mole dentro de su departamento y a regañadientes aceptó, pensando que la compañía al ser tan dócil encajaría con su búsqueda de paz.

Sin embargo, pronto descubrió que Max traía consigo la intensidad propia de su juventud. Aunque era extremadamente obediente y tranquilo, el joven perro atravesaba una etapa de revolución hormonal que ignoraba cualquier noción de espacio personal.

La primera noche, mientras Anabela intentaba disfrutar de su nuevo rincón de lectura, Max se acercó con parsimonia. No buscaba comida, con una determinación ciega y rítmica, el dogo comenzó a lloriquear sentada frente a ella y con su pata delantera tomaba su pantorrilla.

 

-“¡Max, no! ¡Quieto! “gritó ella, entre asustada y tentada por la risa.

 

El perro se detuvo al instante, mirándola con esos ojos claros que rebosaban una inocencia contradictoria, para luego suspirar y mirarla, ella, demolida por la ternura de Max, tomaba su cuello y lo abrazaba, eso parecía calmarlo al perro que se echaba a sus pies durante un rato. Pero la tregua duraba poco. A los diez minutos, Max regresaba a su «cortejo» con una persistencia digna de un enamorado adolescente.

Anabela se encontró en una situación desopilante, mientras intentaba borrar los recuerdos de un hombre que ya no la quería, debía lidiar con un gigante blanco que parecía quererla demasiado.

El silencio solemne que Anabela había planeado para su duelo se veía interrumpido por el llanto suave, casi un ruego, de ese gigante blanco. Max no era agresivo, era un caballero insistente. Cada vez que ella lograba concentrarse en su libro, sentía la presión de Max en su pierna.

La situación era tan absurda que rozaba lo poético. Anabela había pasado semanas llorando por alguien que había elegido el vacío y la ausencia, y ahora tenía frente a ella a un ser que no sabía cómo gestionar tanto afecto y presencia.

 

-“Max, de verdad, tenemos que hablar de los límites “ le dijo, cerrando el libro sobre su regazo.

 

El dogo la miró fijo y suspiró tan fuerte que sus cachetes vibraron, haciendo un ruido cómico. Se sentó sobre sus cuartos traseros, manteniendo una postura noble, pero su pata delantera volvió a elevarse, buscando el contacto con la piel de Anabela. No era un ataque, era una necesidad de vínculo, una urgencia biológica y afectiva que ella, a pesar de la incomodidad, empezó a encontrar enternecedora.

Esa noche, Anabela soñaba, se despertó sobresaltada a las tres de la mañana sintiendo un peso en los pies de la cama, Max se había instalado allí, cuidándola, roncando como un motor viejo. Por primera vez en dos meses, el departamento no se sentía vacío, sino pequeño para albergar tanta energía.

 

Al día siguiente, Anabela dejó Max en el patio mientras ella iba a su trabajo, le dejó comida y agua y luego se fue.

A su vuelta a la tarde Max era una manifestación de alegría suprema, se retorcía moviendo la cola y dando saltos cortos que hacían retumbar el piso del departamento. En cuanto Anabela cerró la puerta tras de sí, el dogo no perdió tiempo, se abalanzó con su habitual ternura desmedida, lloriqueando de emoción.

La rutina del «cortejo» regresó con más fuerza tras las horas de ausencia, mientras ella intentaba dejar las llaves y sacarse la cartera, Max ya tenía su pata delantera firmemente apoyada en el muslo de Anabela, aplicando esa presión rítmica y demandante.

 

-“¡Max! ¡Recién llego, dame un respiro! “reía ella, tratando de mantener el equilibrio ante esos 65 kilos de entusiasmo puro.

 

Pero Max no era solo esos 65 kg de entusiasmo. Max era una máquina biológica inusual. El dueño del criadero donde había nacido, es un personaje biólogo y veterinario con extenso curriculum, pero con antecedentes de dudosa decencia. Un hombre brillante, pero de pocos escrúpulos que supo clonar animales y manejar sus adn con suma experiencia. Max pertenecía a un linaje de dogos que habían sido modificados genéticamente, hasta incluso con la mezcla de adn de otros seres, incluidos humanos.

Al menos esto era lo que solía decirse, claro que todo esto sin una comprobación concreta.

 

Entre los movimientos y sus intentos de abrazarla con las patas, Anabela notó algo, el perro había arrastrado hasta la entrada uno de los peluches que José le había dejado. El juguete estaba visiblemente maltratado por la intensidad de su afecto canino, pero hablaba de la ternura de semejante bestia.

La casa, que Anabela quería mantener como un templo de orden y minimalismo, era ahora el escenario de una persecución cómica. Ella caminaba hacia la cocina y el gigante blanco la seguía pegado, lloriqueando con una nota aguda que parecía decir «No me dejes solo nunca más».

Esa tarde, el plan de seguir ordenando las artesanías, Anabela se dio cuenta de que, si Max estaba cerca, era posible enfocarse en la tarea, pero si lo dejaba unos metros más allá o cambiaba de habitación, el perro demandaba un presente absoluto, con una insistencia tan ridícula que terminaba por desarmar cualquier intento de melancolía.

 

Terminó de acomodar las últimas estatuillas y decidió ir a ducharse, se desvistió en la habitación cubriéndose con un toallón solamente, antes de ir al baño fue a buscar a la cocina un shampoo nuevo que había comprado.

Al entrar en la cocina, Max, que estaba echado sobre su peluche, se incorporó como si hubiera visto un fantasma o un milagro, sus ojos claros se fijaron en las piernas descubiertas de Anabela y el llanto rítmico empezó a subir de tono, transformándose en un gemido de ansiedad pura. Ella tomó el shampoo y Max la siguió hasta el living, ella giró sobre su cuerpo y le preguntó al perro

-“Max…y ahora qué?”

 

Max con suma delicadeza acercó su hocico al borde del toallón y apoyó su húmeda nariz en la entrepierna de Anabela, ella soltó un suspiro de sorpresa y nerviosismo. El contacto frío y húmedo de la nariz del perro contra su piel la dejó paralizada un segundo. Max no se movió, se quedó ahí, con los ojos entornados y emitiendo un ronroneo gutural que vibraba contra ella, como si hubiera encontrado el centro de su universo.

Anabela sintió que el corazón le latía con fuerza. La situación había cruzado la frontera de lo cómico para volverse algo extraño, una tensión que no sabía cómo clasificar. Estaba sola en su departamento, apenas cubierta por una tela, con un animal de 65 kilos de puro músculo manifestando una devoción física absoluta.

-“Max… basta ….por favor” susurró ella, aunque su voz no sonó firme, sino cargada de una mezcla de risa, nerviosismo y excitación.

 

Max, sin moverse un milímetro y notando que la voz de mando no había tenido la autoridad suficiente, sacó su lengua y le dio una lambida a los labios íntimos de Anabela.

Ella emitió un suspiro profundo y un gemido, el sonido escapó de su garganta antes de que pudiera procesarlo. Fue un gemido que mezclaba la sorpresa del contacto húmedo con una respuesta física que su cuerpo, privado de afecto durante meses, no pudo reprimir. La calidez de la lengua de Max contra su sensibilidad provocó un escalofrío que recorrió toda su espalda, obligándola a apretar los muslos instintivamente, atrapando el hocico del dogo por un segundo.

Max, lejos de asustarse, interpretó esa reacción como una invitación. Sus ojos claros, ahora casi velados por el instinto, se mantuvieron fijos en el rostro de Anabela. Con la misma parsimonia rítmica de antes, volvió a humedecer la zona, esta vez con una lambida más lenta y profunda, mientras sus garras se hundían suavemente en la alfombra, buscando tracción. Anabela sostuvo con una mano la cabeza del perro mientras separaba sus piernas dándole a Max una perspectiva más amplia de sus intimidades.

El silencio del living se volvió denso, solo interrumpido por la respiración agitada de Max y el pulso acelerado de Anabela. Al sentir el permiso implícito en el gesto de ella, el dogo se entregó por completo a su instinto. Con la cabeza sostenida por la mano de Anabela, el animal profundizó su tarea, usando su lengua ancha y cálida para recorrer cada rincón con una curiosidad y una persistencia que no conocían de tabúes humanos.

Anabela echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza. La sensación era abrumadora, la fuerza bruta del perro contra la fragilidad de su piel desnuda. Ya no había rastro de la mujer que ordenaba artesanías. en ese momento, ella era solo sensación pura, respondiendo a los estímulos de un ser que la reclamaba con una honestidad salvaje.

Max, estimulado por el aroma y la respuesta física de Anabela, comenzó a emitir un gruñido bajo, un sonido que vibraba directamente contra ella, aumentando la intensidad del momento. Sus garras se tensaron sobre la alfombra mientras sus movimientos se volvían más rítmicos, guiados por una necesidad biológica que encontraba en Anabela el refugio perfecto.

El departamento, que apenas unas horas antes era un santuario de orden y duelo, se había transformado en un espacio donde las reglas sociales habían desaparecido. Anabela se entregó a ese presente absoluto que Max le imponía, dejando que la lengua del gigante blanco borrara definitivamente cualquier sombra del pasado, reemplazándola por un calor intenso, animal y profundamente perturbador.

Ella levantó una de sus piernas apoyándola en el sofá y Max tuvo a su alcance la totalidad de su intimidad, la que recorrió con su ávida lengua durante un buen rato

El tiempo pareció detenerse en aquel living. Anabela, entregada a una sensación que desbordaba cualquier lógica, se sostenía del respaldo del sofá mientras el mundo exterior desaparecía. La lengua de Max, incansable y cálida, trabajaba con una devoción primitiva, explorando cada pliegue con una lentitud que hacía que Anabela perdiera la noción de quién era y dónde estaba.

Los jadeos del perro se volvieron más pesados, llenando el aire con una urgencia que vibraba en las paredes. Anabela sentía el peso del cuerpo de Max contra su pierna elevada, una masa de músculo y calor que no pedía permiso, solo presencia. Sus dedos se hundían en el pelaje corto del cuello del dogo, guiando inconscientemente ese ritmo que la mantenía suspendida en un abismo de sensaciones eléctricas.

Aquel catorce de febrero, que había comenzado como un intento de limpieza emocional, terminaba en una entrega absoluta a lo instintivo. Max no juzgaba, no recordaba y no se iba, simplemente estaba ahí, dándole a Anabela un tipo de atención que ningún ser humano le había ofrecido jamás, una que no buscaba palabras, solo el contacto más puro y descarnado.

Cuando finalmente la intensidad llegó a su punto máximo, Anabela dejó escapar un grito ahogado que se perdió en el silencio del edificio. Se dejó caer sobre los almohadones del sofá, agotada y temblorosa, mientras Max, tras unos últimos lamidos suaves, se sentaba a su lado. El gigante blanco la miró con esos ojos claros, ahora tranquilos, y apoyó su pesada cabeza en el regazo de ella, suspirando con la satisfacción de quien ha cumplido una misión vital.

 

Al rato, Anabela se levantó y caminó a ducharse, Max la observaba desde el suelo con la mirada de pertenencia, de quien sabe que esa presa ya era suya.

Al salir del baño, envuelta nuevamente en la toalla, Anabela se encontró con Max esperándola. No hubo distancia ni preámbulos, el dogo se incorporó de inmediato y la escoltó hasta la habitación, caminando tan pegado a ella que sentía el calor de su flanco contra su cadera.

Anabela se acostó, dejando que el toallón cayera a un costado. El colchón se hundió profundamente cuando los 65 kilos de Max reclamaron su lugar, el perro no se instaló a los pies, buscó el centro de la cama al lado suyo, situándose con una naturalidad asombrosa.

La penumbra del cuarto acentuaba el sonido de la respiración pesada de Max. Ella hundió los dedos en el pelaje del cuello del perro y lo abrazó con brazos y piernas,

ubicando su cabeza junto a la de ella, rodeó el cuerpo del animal con sus piernas abrazándolo por completo.

En ese momento los tenues jadeos rítmicos del perro se convertían en el único sonido que llenaba la habitación.

Así se durmieron…

La mañana siguiente Anabela se despertó, Max aún estaba a su lado, le dio un fuerte abrazo y unos besos en su hocico mientras lo mimoseaba un poco. El perro recibió los mimos con un suspiro profundo, cerrando sus ojos claros mientras disfrutaba de las caricias de Anabela.

Ella se quedó un momento en silencio, observándolo. La luz del sol que se filtraba por la persiana iluminaba el pelaje blanco del dogo, y por primera vez, el departamento no se sentía como un refugio contra el dolor, sino como un hogar vivo. Ese despertar fue diferente a todos los de los últimos meses, ya no existía el peso de la ausencia en el lado vacío de la cama, sino la presencia sólida, tibia y reconfortante de Max.

 

Era sábado, Anabela no trabajaba, así que aprovechó y luego de desayunar llevó de paseo a Max con su correa por el parque, era una mañana hermosa y soleada y ella se sentía al fin, espléndidamente bien después de un par de meses.

Caminaban con un ritmo pausado, disfrutando de la brisa. Max atraía todas las mirada, su estampa era imponente, un bloque de mármol blanco moviéndose con elegancia sobre el césped. Sin embargo, para Anabela, no era la «bestia» que el resto del mundo veía, sino el ser que la había rescatado de su propia melancolía.

En un momento, se sentaron bajo la sombra de un gran árbol. Anabela soltó un poco la correa y Max, en lugar de explorar el entorno o ladrarles a otros perros, se sentó sobre sus cuartos traseros frente a ella. El sol resaltaba el brillo de su pelaje y la nobleza de su porte.

 

-“La verdad es que sos un caballero, Max “ murmuró ella, acariciándole la frente.

 

El perro, sintiendo la cercanía y el tono suave de su voz, no tardó en retomar su lenguaje de afecto. Lloriqueó bajito y, con esa parsimonia que ya era su marca registrada, estiró su pata delantera para apoyarla firmemente en la rodilla de Anabela. No buscaba correr tras una pelota, buscaba ese contacto físico, y profundo que los había unido la noche anterior.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía la «ex» de nadie, ni una mujer sola intentando ordenar su vida. Se sentía deseada y acompañada en un presente absoluto.

Anabela se rió, pero esta vez no había rastro de timidez. Observó a su alrededor, la gente pasaba, los niños jugaban a lo lejos, y ella allí, en medio del parque, se sentía protegida por ese gigante que la reclamaba como suya.

Y este sensación de “sentirse suya”, la llevó a pensar y divagar en su mente, mientras el perro descansaba su mirada en unos niños lejanos. ¿Y si pudiera ahondar en la relación con Max?, seguramente él es lo que desea, ¿pero si ella se permitía que la cosa fluyera de un modo más natural?, ¿qué podría pasar y como se sentiría amando un ser de cuatro patas?

Todas estas intrigas hicieron que al volver al departamento comenzara a buscar información sobre relaciones de este tipo. Al cerrar la puerta de su casa, el silencio habitual se sintió diferente, cargado de una expectativa nueva. Max entró con su trote pesado y se dirigió directo a la cocina, pero Anabela se sentó frente a la computadora. Con el pulso acelerado, empezó a investigar sobre el vínculo entre humanos y animales, buscando entender esa frontera que ella sentía tan difusa.

Buscaba, leía artículos de todo tipo, fotografías y hasta videos sumamente explicativos. Fue juntando mucha información en su cabeza sobre cuidados y placeres, mientras sentía la mirada de Max desde la cocina.

Se dio vuelta y lo vio allí, tirado, esperándola, listo para reclamar su atención nuevamente.

Se preguntó si «dejar que la cosa fluyera» significaba simplemente aceptar que Max era el único ser que, en ese momento, la miraba sin juzgarla por su pasado. Decidió dejar de lado la lógica y permitirse sentir. Se acercó a él, se sentó en el suelo y dejó que el dogo, con su habitual insistencia, volviera a apoyar su hocico en su regazo.

Esa noche, la curiosidad de Anabela se transformó en una aceptación silenciosa. Ya no buscaba etiquetas para lo que sentía, solo quería disfrutar de esa compañía que, por extraña que fuera, la hacía sentir completa por primera vez en años.

Sin pensarlo más, tomó la decisión, fue al lavadero y trajo un par de trapos grandes que dejó en el piso del living, buscó un par de toallas y las colocó sobre el sofá y se dirigió al dormitorio a cambiarse, la cosa iba a ser en serio.

Se ató el pelo en una coleta, una remera de manga larga iba a ser el atuendo ideal, por encima una bata liviana que la cubría por completo, y así volvió del dormitorio a conquistar a su nuevo amante canino.

Anabela entró al living con un paso decidido que Max detectó al instante. El perro se puso de pie, sus músculos tensándose bajo el pelaje blanco, y sus ojos claros siguieron cada movimiento de la bata liviana que ondeaba al caminar. Ella no dijo nada, simplemente se situó en el centro del espacio que había preparado con los trapos y las toallas, creando un nido improvisado en el corazón de su hogar.

Se paró sobre las telas y abrió un poco los brazos en una invitación silenciosa. Max no necesitó que lo llamaran dos veces. Se acercó con esa parsimonia ritual, pero esta vez había una vibración diferente en su cuerpo, un jadeo más profundo que nacía desde el pecho. Ni bien se acercó a ella, su hocico buscó por debajo de la bata la entrepierna de la joven, la humedad fría de ese toque produjo un escalofrío en el cuerpo de la mujer que emitió un gemido.

Anabela se despojó de la bata, quedando parada solo con la remera de mangas largas, y dejó que sus piernas quedaran expuestas sobre el algodón de los trapos.

Max lloriqueó, un sonido agudo que rompió el silencio del departamento. Ella se sentó al borde del sofá y separó sus piernas ofreciéndose, él, se acercó y hundió su hocico entre las rodillas de ella. La lengua del dogo, ancha y caliente, comenzó su labor de inmediato, encontrando la piel con una avidez renovada.

 

-“Ahora sí, Max… “susurró ella, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.

 

Sus manos buscaron el cuello de Max, sujetándolo con firmeza mientras se entregaba a ese flujo natural que tanto había divagado en su mente. En la penumbra del living, bajo la luz tenue de una lámpara de pie, Anabela se dejaba llevar por la devoción de su amante canino, descubriendo una forma de amor descarnada y absoluta que el mundo de los humanos nunca le había sabido dar.

 

En medio de ese tsunami de sensaciones que la áspera lengua le estaba regalando, logró encontrar un momento de cordura y separando a Max de su entrepierna, bajó del sofá arrodillándose a su lado. Parecía tan pequeña al lado de esa mole musculosamente blanca que la sensación era abrumadora.

Anabela lo miró a los ojos, que ahora brillaban con una intensidad casi salvaje bajo la luz de la lámpara. La respiración del perro era un ritmo constante que ella sentía vibrar en el aire. Sin dejar de sostenerle el cuello, Anabela deslizó sus manos hacia el pecho ancho de Max, acariciando sus flancos, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la piel tensa

 

-“Querés más, ¿no? “murmuró ella, con la voz quebrada por el deseo y la adrenalina.

 

Max respondió con un gemido profundo, casi un ruego, y comenzó a apoyar su cuerpo contra el de ella, buscando recuperar el contacto perdido. Anabela, arrodillada sobre los trapos que había dispuesto en el suelo, sintió la vulnerabilidad de su posición frente a la imponente fuerza del dogo. Sin embargo, no había miedo, solo una curiosidad voraz que la impulsaba a seguir explorando ese territorio prohibido.

Con un movimiento lento, ella se despojó de la remera de mangas largas, quedando completamente desnuda ante la mirada fija del animal. Max pareció contener el aliento segundos antes de abalanzarse con una delicadeza contradictoria, lamiendo sus hombros, su cuello, sus pechos y bajando nuevamente hacia su centro con una determinación que dejaba a Anabela sin aliento. Ella lo dejó seguir unos segundos más mientras de reojo observaba algo que hasta ahora había permanecido ignorado a su vista. Bajo el atlético abdomen de Max, la funda de piel de su miembro era obscenamente gruesa, delataba una herramienta de muy buen tamaño, suspiró profundo al verla sintiendo que su corazón daba un vuelco, golpeando contra sus costillas con violencia. La visión de ese rasgo animal, tan explícito y poderoso, la devolvió bruscamente a la realidad de lo que estaba permitiendo, Max no era un sustituto, era una fuerza de la naturaleza. La preocupación que sintió no era solo moral, sino física, la escala de lo que tenía ante sus ojos era imponente, casi intimidante para su propia anatomía.

Sin embargo, el instinto de Max ya no aceptaba retrocesos. Al notar el suspiro profundo y la mirada fija de Anabela, el dogo emitió un sonido bajo, vibrante, que ella sintió en la base de su columna. El perro se irguió sobre sus patas traseras con una agilidad sorprendente, obligando a Anabela a apoyarse contra el respaldo del sofá para no ser derribada por el peso de esos 65 kilos de músculos.

Él la acorraló contra los almohadones, con su respiración caliente golpeando directamente su cuerpo. Anabela, con las manos temblorosas, buscó el pecho del animal, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su piel. El miedo y la excitación se fundían en un nudo ciego en su garganta.

 

-“Noo Max…despacio..!”logró articular.

 

Él comenzó a empujarla con su hocico, buscando abrirse paso entre las piernas de ella con fuerza. Anabela se encontró atrapada entre la suavidad de las toallas que había preparado y la dureza del cuerpo de Max, que ahora la reclamaba con una urgencia que ya no tenía nada de dócil. En la penumbra del living, la inquietante visión de aquel detalle anatómico seguía grabada en su mente como una promesa de algo que escapaba totalmente a su control.

Ella en un tono grave y firme le gritó que esperara, la voz de mando fue efectiva porque Max se separó un poco dejando de empujarla, mientras sus manos a través de su flanco acariciaron esa mole cubierta de blanca piel que pendía bajo el abdomen del perro, permitiendo vislumbrar el rojo fuego de una punta que ya asomaba. Con absoluta determinación y un temor que le quemaba las entrañas, se arrodilló apoyándose en el sofá y dándose una palmada en sus nalgas llamó suavemente al perro.

Max entendió la señal al instante. El sonido de la palmada en la piel desnuda de Anabela actuó como un detonante para su instinto, pero también como la confirmación de que el juego había cambiado de nivel. Con un movimiento pesado y seguro, el dogo se posicionó detrás de ella, tomándola de la cintura con sus patas delanteras cubriendo su espalda con la inmensidad de su pecho. Anabela, apoyada firmemente contra el sofá, sintió el calor abrasador del animal rodeándola por completo.

La punta de rojo intenso, que antes solo asomaba, se liberó finalmente de su funda de piel, revelando una anatomía imponente que hizo que Anabela contuviera la respiración. El contacto fue eléctrico, el miembro de Max buscó instintivamente y la humedad y el calor de la entrada que ella le ofrecía. El perro emitió un gruñido profundo, una vibración que Anabela sintió en sus caderas, ella se aflojó dejando de lados los nervios del inicio mientras él comenzaba a empujar con una fuerza persistente, cargada de una potencia salvaje.

La verga de Max entró…

Entró como un sable de fuego que la dividió en dos, brutal, ardiente, profunda, sintiendo cada vena gruesa, cada rugosidad ardiente, cada latido brutal mientras la abría centímetro a centímetro sin pedir permiso.

El temor inicial en las entrañas de Anabela se transformó en una oleada mezcla de adrenalina pura y dolor anestesiado. Cada embestida de Max, aunque controlada por su propia docilidad, era un recordatorio de que estaba entregando su cuerpo a una fuerza primaria. Sus manos se hundieron en el cuero del sofá, apretando el tejido con fuerza mientras su cabeza caía hacia adelante, dejando escapar un grito largo y profundo que se perdió en la penumbra del living.

Max continuó empujando cadenciosamente, su nudo pasó la puerta del cofre de Anabela sin dificultades y una vez dentro comenzó a hincharse, presionándola por dentro llenándola de una manera que ella nunca lo hubiera creído posible.

Mientras se inflaba, continuó con sus movimientos arando las paredes internas de la vagina de la joven que gritaba en sollozos contra el cuero del sofá. Ella incluso, pudo percibir cuando él, comenzó la segunda etapa de su fertilización, eyaculando su esperma más rica, más gruesa, la que regaba viscosa y cálidamente toda su superficie hasta llegar al útero. En ese mismo instante, el nudo se infló por completo rellenando todo espacio que Anabela pudiera tener, obstruyéndola y atrapándola contra sí, sin dejarla moverse anclada por completo.

Anabela en un rapto de consciencia y sin mucho más que poder hacer, apretó con sus músculos vaginales con más fuerza ese nudo que ya palpitaba con contracciones violentas. Sintiendo cómo late dentro suyo, y cómo sus testículos se contraen contra sus labios vaginales, y es él, Max, en su más puro instinto, su necesidad de vaciarse dentro de una hembra caliente y húmeda que pueda retenerlo, quien la está volviendo loca.

Y esa misma presión que ella misma ejerció sobre esa enormidad canina es la que la lleva a su final, su orgasmo explotó de manera instantánea contorsionando su cuerpo en un enorme cóctel de espasmos, gritos y latidos.

Max se aquietó y mientras ella acababa de manera brutal, él comenzó su tercera etapa eyaculatoria, la de la inundación.

El líquido seminal de Max brotó en gotas por los bordes de la rosada vulva de Anabela, mojando sus piernas, mientras él empujaba aún más, su esperma fértil marcaba el inicio del abotonamiento o fase de «atadura», donde la fisiología de Max aseguraba que el material genético llegue a su destino, o sea, el altar de la vida de la joven.

En este estado de conexión total, el cuerpo de Anabela se convierte en el recipiente perfecto para la «inundación», manteniendo la presión necesaria para que la fertilización sea inminente mientras los espasmos del orgasmo ceden ante una calidez profunda y persistente.

 

Los espermatozoides de Max, cual soldados en una noble misión, surcan la entrada al útero, ingresando, muchos de ellos se encuentran con el óvulo fértil de la muchacha.

El adn de los canes difiere de los humanos en cromosomas y por eso no hay peligro de coincidencias indeseadas.

 

Claro que, en los perros normales…

 

Max, que no es ni más ni menos que un eslabón más en la saga de modificaciones genéticas de laboratorio, en pos de depurar su raza, lo han concebido con la particularidad de mutar su adn gracias a una enzima agregada, dependiendo el medio en donde se encuentra.

Todos los soldaditos de Max golpean los muros del ovulo de Anabela buscando ingresar, cosa que no sucede, pero uno de ellos encuentra un resquicio y entra…

Y ese único espermatozoide, portador de la enzima mutogénica diseñada en el laboratorio, actúa como la llave maestra. Al ingresar al óvulo de Anabela, la enzima se activa instantáneamente al contacto con el citoplasma humano. No es una simple fecundación, es una reconfiguración celular en tiempo real.

 

Mientras tanto, tras la violencia del orgasmo, Anabela queda sumergida en una hipersensibilidad absoluta. Cada palpitación del nudo de Max, que sigue firme y expandido dentro de ella, se siente como un eco sordo que recorre su columna. La sensación de plenitud es total, sus paredes vaginales, aunque agotadas por las contracciones, continúan abrazando esa masa caliente que se niega a soltarla.

Ella respira agitada, sintiendo aún el goteo cálido y la presión de Max en su interior, mientras dentro de ella se desata una tormenta microscópica, una lucha entre ambos ADNs, forzando una compatibilidad que la naturaleza nunca previó.

El óvulo, ahora un cigoto híbrido, vibra con una energía biológica nueva, asimilando la información genética del can modificado para crear algo único.

 

Con el nudo todavía firme dentro de ella, Max apoya su pesado hocico en el cuello de Anabela, marcándola con su aliento caliente y su saliva, mientras sus garras se hunden suavemente en la superficie donde ella descansa. Su postura ya no es la del simple apareamiento, sino la de un guardián sobre su creación, siente el pulso del cigoto híbrido como un segundo latido propio, vinculándolo a ella mediante un lazo químico inquebrantable.

Anabela siente un escalofrío súbito, que nace en su útero y se expande hasta su nuca. Ella no lo sabe, pero es la señal física de que su cuerpo ha dejado de ser solo suyo, la mutación ha comenzado a nivel molecular, sellando su destino con el de Max de una forma que trasciende el placer.

 

Luego de varios minutos, el nudo de Max comienza a ceder y permite que, en un tirón seco, retire la totalidad del miembro de adentro de la cueva de la joven. El vacío repentino que deja la salida de Max provoca en Anabela un espasmo de desamparo biológico. Al romperse el sello del nudo, la presión interna acumulada se libera de golpe, y ella siente cómo el resto de la «inundación canina» se desborda, bañando sus muslos en una calidez que ahora le resulta extrañamente necesaria.

Giró su cabeza para mirar a Max y lo que vió le heló la sangre. La enormidad del miembro de Max, ahora fuera de ella, es una visión que desafía cualquier noción de anatomía natural. No se parece a nada que Anabela haya visto, es una pieza de ingeniería biológica diseñada para la saturación y el anclaje. Su grosor es lo más perturbador, se mantiene expandido como un antebrazo humano, con una textura rugosa y tensa. La longitud es tal que parece imposible que hubiera estado contenido totalmente dentro de su cuerpo hace solo unos instantes. Cerca de la base, el nudo o bulbo (responsable de haberla mantenido atrapada) que aún no ha terminado de desinflamarse del todo, se ve como una protuberancia esférica y maciza, del tamaño de un puño, que todavía conserva el rastro de la presión que ejerció contra las paredes internas de Anabela. Su piel es de un tono rosado intenso hacia la punta y más oscuro en la base, cubierta por una capa de mucosidad y restos de la fracción prostática que le dan un brillo metálico bajo la luz. Cada vez que Max respira, el miembro oscila levemente, pesado y cargado de una potencia que parece seguir vibrando.

 

Para Anabela, ver esa masa venosa y masiva es entender físicamente la magnitud de la invasión que ha sufrido su útero, refuerza la idea de que Max no es un animal común, sino un organismo diseñado para la dominación reproductiva.

Es la prueba tangible de que el «altar de la vida» dentro de ella ha sido reclamado por algo que supera los límites de lo humano.

 

Y finalmente, en ese rincón de su casa, rodeada de sus nuevas artesanías y el silencio de la noche, Anabela experimentó una conexión que desafiaba toda lógica humana. Ya no había pasado, ni ex novio, ni soledad, solo existía ese presente compartido con el gigante blanco, una unión física, cruda y hasta biológica, que la hacía sentir más viva y deseada de lo que jamás había imaginado.

6 Lecturas/30 abril, 2026/0 Comentarios/por Moechustrefe
Etiquetas: baño, joven, metro, orgasmo, parque, recuerdos, vagina, vecino
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