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Fantasías / Parodias, Zoofilia Mujer

Haciendo practicas veterinarias I – Baco.

Una joven veterinaria y sus nuevas técnicas de atención para mascotas..
Haciendo practicas veterinarias I – Baco.

 

El pasillo interminable de la veterinaria del “GranPetShop” estaba cubierto de estanterías sobre la parte superior con jaulas y caniles que poblaban el piso, al fondo había además un sector de guarda de animales mayores, todo estaba acomodado de manera prolija, y sin dudas esta clínica era la mayor del pueblo. Marie inhaló profundamente, sintiendo el aire frío y aséptico de la clínica. A sus 23 años, recién salida de la facultad, su figura delgada y pequeña parecía casi perderse dentro del ambo azul que estrenaba esa semana. Sus pasos, rápidos pero cautelosos, resonaban con un eco metálico a lo largo del pasillo interminable del PetShop.

A medida que avanzaba, dejando atrás las pulcras estanterías y los caniles, el ambiente cambiaba. El olor a desinfectante se mezclaba ahora con el aroma dulzón de la alfalfa y el cuero.

Al final del corredor, las puertas dobles daban paso al sector de guardia de animales mayores, un área que imponía respeto por su escala y su silencio sepulcral.

Al entrar, una presencia en el primer box captó su atención. Allí, bajo la luz tenue de la guardia de 24 horas, se encontraba un pony alazán. El animal, aunque pequeño en comparación con los caballos de tiro que solían ocupar esos boxes, se veía robusto y algo inquieto. Sus cascos golpearon rítmicamente el suelo de goma, y sus ojos oscuros siguieron con desconfianza cada movimiento de la joven veterinaria. Marie se detuvo frente a la reja, sintiendo cómo los nervios de su primera guardia nocturna le subían por la espalda, estaba sola, y ella era la única responsable de todo lo que ocurriera en esas próximas horas.

Al acercarse al pony, la mirada de Marie se transformó, el miedo profesional de la novata fue reemplazado por una fascinación profunda y visceral. Se quedó inmóvil frente a los barrotes, dejando que sus ojos recorrieran cada músculo del pony. Para ella, no era solo un paciente de guardia, era la personificación de una fuerza bruta y contenida. El calor que emanaba el cuerpo del animal parecía cruzar la distancia entre ellos.

Marie cerró los ojos un segundo, inhalando con fuerza, ese olor penetrante a animal vivo y a establo, le provocaba una adrenalina que nunca había sentido en los libros de texto. Había algo en el poder de esos cascos y en la estructura compacta del pony que la hacía sentir más pequeña de lo habitual, una sensación que, lejos de asustarla, le resultaba extrañamente embriagadora.

Se acercó un paso más, casi pegando su cuerpo a la estructura de metal, sintiéndose pequeña y vulnerable ante la presencia del animal. El pony resopló, liberando un vaho caliente que le rozó la cara, y Marie sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la clínica.

 

La mente de Marie se desconectó de los protocolos médicos y las responsabilidades de la guardia, en ese pasillo solitario, bajo la luz fluorescente parpadeante, la imagen del pony comenzó a distorsionarse por el filtro de su deseo.

Se visualizó a sí misma despojándose del ambo azul que la identificaba como profesional, dejando que la tela cayera al suelo hasta quedar completamente expuesta y desnuda ante el animal. En su imaginación, su piel blanca y delicada contrastaba con el pelaje áspero y oscuro del pony. Podía sentir, en esa proyección mental, el calor sofocante que emanaría de un encuentro así, el roce de sus manos pequeñas recorriendo los flancos poderosos, su cuerpo pegado al del poderoso animal y la respuesta vibrante de los músculos del animal bajo su tacto.

La idea de esa intimidad prohibida, del encuentro entre su fragilidad humana y la fuerza indómita de la bestia, le provocó un pulso acelerado que retumbaba en sus oídos.

Estaba sola, en el silencio de la madrugada, y la barrera entre su ética profesional y sus fantasías más oscuras parecía volverse tan delgada como el papel.

Recordó automáticamente épocas de su facultad, cuando en una oportunidad fueron a ver un potrillo de carreras que se había lastimado una pata, al entrar a la caballeriza el olor persistentemente macho del potro le había llenado los pulmones…y algo más…

Mientras esa escena se proyectaba con nitidez en su mente, Marie dio un paso hacia el cerrojo del box.

Extendió la mano con lentitud, como si el tiempo se hubiera espesado. Cuando sus dedos finalmente hicieron contacto con el flanco del pony, la textura del pelaje corto y el calor que irradiaba el músculo firme enviaron una descarga eléctrica directo a su columna. El roce no fue clínico ni profesional, fue una caricia demorada, posesiva. Sintió la vibración interna del animal, un motor de fuerza contenida que parecía responder a su tacto. En ese instante, la sensación en su bajo vientre se intensificó, un cosquilleo ardiente que se transformó en una humedad innegable, empapando la tela de su ropa interior y recordándole lo vulnerable que se sentía ante esa presencia.

El pony giró levemente la cabeza, sus grandes ojos fijos en la figura pequeña de la joven. Marie soltó un suspiro entrecortado, perdiendo la mirada en la grupa del animal, mientras su imaginación seguía volando hacia lugares recónditos y desconocidos.

 

El sonido de un casco golpeando el suelo de cemento rompió el hechizo. Marie retiró la mano como si el pelaje del pony hubiera empezado a quemarle la piel.

El aire, que antes sentía denso y cargado, volvió a entrar en sus pulmones con la frialdad de la realidad. Se ajustó el ambo con dedos temblorosos, sintiendo todavía la incómoda pero intensa humedad en su entrepierna, un recordatorio físico de lo que acababa de imaginar.

 

Obligándose a recuperar su rol profesional, se dio la vuelta y comenzó a caminar rápidamente, alejándose del sector de animales mayores. Sus pasos resonaban ahora con una urgencia eléctrica. Necesitaba que el aire circulara, que el movimiento de la guardia la distrajera de esos pensamientos que la habían tomado por sorpresa.

Cruzó de nuevo las puertas dobles hacia el pasillo principal, donde las luces eran más blancas y menos sugerentes. Se detuvo frente a las jaulas de la zona intermedia, intentando concentrarse en los pacientes más pequeños.

 

Marie recorría las jaulas con la vista fija en las fichas médicas, tratando de que el lenguaje técnico (frecuencia cardíaca, dosis de analgésicos, hidratación) tapara el eco del resoplido del pony que aún vibraba en su mente.

Se detuvo frente al canil de un Golden Retriever.

El perro, de un tono dorado pálido, ocupaba casi todo el espacio del cubículo acolchado, se llamaba «Baco», según la tarjeta plastificada que colgaba del frente.

Ella se puso de cuclillas, quedando a la altura de la mirada del animal. El perro estaba en ese estado de duermevela típico de la recuperación, sus párpados pesaban y su respiración era lenta, profunda. Marie introdujo los dedos por la rejilla para acariciar su cabeza, el pelaje del Golden era suave, mucho más dócil que el del pony, y ese contacto familiar y doméstico comenzó a calmar sus pulsaciones. Sin embargo, el silencio de la clínica era traicionero, mientras acariciaba la oreja caída de Baco, Marie no pudo evitar notar cómo el perro, en un reflejo inconsciente, movió la cola con un golpe sordo contra el piso del canil. Ese sonido rítmico, sumado al calor que emanaba el cuerpo grande del perro, volvió a disparar una chispa de aquella excitación que intentaba reprimir.

Se quedó allí, atrapada entre la ternura del animal convaleciente y la persistente sensación de humedad que sentía al rozar sus propios muslos al estar agachada.

 

Marie deslizó el pestillo con un clic metálico que pareció retumbar en todo el pasillo. Al abrir la puerta del canil, el espacio se sintió pequeño y privado, como un refugio oculto del resto de la inmensa clínica. Entró con cuidado, acomodando su cuerpo menudo en el espacio junto al Golden Retriever. El perro, tranquilo, no opuso resistencia, simplemente dejó caer el peso de su cabeza sobre el regazo de Marie. Ella sintió el calor animal atravesando la fina tela de su ambo, una temperatura que encendió de nuevo el pulso en su entrepierna. Con movimientos lentos, comenzó a palpar el tórax del animal bajo el pretexto de un control físico, pero sus manos se demoraban más de lo necesario en cada curva del cuerpo de Baco.

Estar allí dentro, rodeada por el olor del perro y la suavidad de su pelaje, le daba una sensación de seguridad y, al mismo tiempo, de transgresión. El contraste entre su piel pálida y el pelaje dorado del animal, en la penumbra del canil, alimentaba la fantasía que el pony había despertado minutos antes. Marie cerró los ojos, dejando que su respiración se sincronizara con la del perro, mientras sus dedos se hundían en el pelaje del lomo del animal, buscando calmar, o quizás alimentar, ese fuego interno que no la dejaba en paz.

El silencio del pasillo era absoluto, roto solo por el zumbido lejano de un motor de refrigeración.

Marie, sintiendo que el corazón le martilleaba en la garganta, llevó sus dedos temblorosos al primer botón de su ambo. Con un movimiento torpe, lo desabrochó, dejando que el cuello de la prenda se abriera. Al inclinarse sobre el Golden Retriever, la piel de su pecho entró en contacto directo con la suavidad tibia del pelaje del animal. El contraste fue inmediato, la frescura del aire de la clínica contra su piel pálida y el calor casi febril que emanaba del cuerpo de Baco.

Marie soltó un gemido ahogado, una mezcla de alivio y una excitación que ya no podía contener. Cerró los ojos y se hundió más en el cuerpo del perro, dejando que su pecho rozara el lomo del animal mientras sus manos, ahora más audaces, recorrían los flancos del Golden. La humedad en su entrepierna se volvía más intensa con cada movimiento, y la sensación de estar haciendo algo prohibido en su lugar de trabajo, rodeada de animales que no podían juzgarla, la envolvía como una bruma densa.

En ese rincón oscuro del canil, Marie se sentía extrañamente poderosa y, a la vez, completamente entregada a sus instintos más primarios.

 

Con un movimiento frenético y cargado de urgencia, Marie pasó sus manos una última vez por el cuerpo del Golden, hundiendo los dedos en su pelaje como si quisiera grabarse esa temperatura en las palmas. La adrenalina de la posible captura la obligó a reaccionar, el riesgo era demasiado alto para su primera semana.

Se puso de pie dentro del estrecho canil, con el cuerpo todavía temblando y la piel encendida por el roce. Se subió el ambo y abrochó cada botón con dedos rápidos, aunque torpes, asegurándose de que su uniforme luciera impecable. Se alisó la tela sobre las caderas, tratando de disimular la mancha de humedad que sentía en su ropa interior, ese rastro físico del «fuego» que había despertado en ella. Salió del canil y cerró el pestillo con un clic firme. Marie se obligó a caminar por el pasillo, retomando la ronda de control, revisó los niveles de suero, anotó frecuencias cardíacas en las planillas y verificó que las luces del sector de cirugía estuvieran apagadas. Cumplía con cada paso de la rutina médica con una precisión mecánica, pero su mente estaba en otra parte.

Cada vez que miraba el reloj de pared, calculaba cuánto faltaba para que el silencio de la madrugada fuera absoluto, que todos estuvieran lo suficientemente lejos y ella pudiera ser, finalmente, la dueña absoluta de la clínica.

 

Caminó hacia la pequeña oficina de guardia, buscando el refugio de las paredes sólidas y la luz mortecina de un escritorio. Al cerrar la puerta tras de sí, el silencio del PetShop se volvió más denso.

Se dejó caer en la silla giratoria, sintiendo cómo el respaldo frío atravesaba la tela de su ambo, contrastando con el calor que aún subía por su cuello. Sobre el escritorio había una computadora con el software de la clínica abierto y una taza de café a medio terminar. Marie intentó fijar la vista en la pantalla, revisando las fichas clínicas de manera automática, pero las palabras parecían bailar ante sus ojos. Su respiración seguía siendo irregular, se pasó las manos por la cara, notando que sus palmas todavía olían a ese aroma animal, una mezcla de perro y hospital que ahora le resultaba embriagador.

Abrió un cajón del escritorio buscando un distractor, cualquier cosa que la anclara a su rol de veterinaria responsable. Sin embargo, al cruzarse de piernas, el roce de la tela húmeda contra su piel volvía a enviarle una descarga de deseo.

Miró el reloj digital en la esquina de la pantalla: las 2:15 AM. El pueblo afuera estaba muerto, y en la clínica, ella era la única ley. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos, tratando de recuperar el control, pero en la oscuridad de sus párpados solo veía la figura dorada de Baco y la mole imponente del pony al fondo del pasillo.

 

Marie estiró el brazo y, con un movimiento seco, apagó el interruptor, la oficina quedó sumergida en una penumbra azulada, solo interrumpida por el brillo tenue del monitor. En la oscuridad, sus sentidos se agudizaron, el zumbido del aire acondicionado parecía un susurro y el olor animal que impregnaba su piel se volvió más intenso, casi asfixiante.

Se reclinó en la silla, dejando que su cabeza colgara hacia atrás, con los ojos cerrados, Marie no solo pensaba en Baco o en el pony, su mente empezó a vagar por el resto de las salas de la clínica. Imaginaba a los animales grandes en la oscuridad del fondo, sus respiraciones pesadas, sus cuerpos calientes y poderosos esperando en el silencio. Se visualizaba a sí misma recorriendo cada jaula, no como una doctora, sino como alguien que buscaba una conexión carnal y prohibida con esa fuerza bruta que tanto la excitaba.

El cosquilleo en su bajo vientre no cedía, al contrario, se transformaba en un pulso rítmico que la obligaba a removerse en el asiento. Se imaginaba a las 3:00 AM, caminando desnuda por esos pasillos vacíos, entregándose a cada animal que despertara su instinto, sintiendo el pelaje, las lenguas rugosas y el peso de esos cuerpos sobre el suyo.

Faltaban pocos minutos, el reloj digital marcaba las 2:52 AM. el silencio era total, y el «PetShop» ya no era una clínica, sino su propio santuario privado.

 

A las 3:00 AM exactas, el silencio de la clínica se volvió absoluto. Marie se puso de pie en la oscuridad de la oficina, sintiendo que sus piernas temblaban levemente bajo el ambo. Caminó por el pasillo con una determinación nueva, ignorando las luces de emergencia, hasta llegar al canil de Baco. El Golden Retriever ya estaba despierto, sus ojos oscuros y brillantes la siguieron con una inteligencia ancestral mientras ella abría la reja.

Esta vez no hubo dudas. Marie le puso una correa de lona suave y, con un gesto firme pero cómplice, lo guio fuera del cubículo. Los pasos de la joven y las uñas del perro sobre el piso pulido marcaban un ritmo urgente hacia el final del pasillo, pasaron de largo el sector de los animales grandes, donde el pony resopló al verlos pasar, y llegaron a esa puerta al fondo del todo, el depósito.

Marie giró el picaporte y entraron a un espacio cargado de olor a encierro, lonas viejas y goma espuma. Era un cuarto atiborrado de sillas apiladas y colchonetas de gimnasia que se usaban para la rehabilitación de animales grandes.

Marie cerró la puerta con llave y la penumbra del depósito los envolvió. Sin dudarlo, empujó un par de colchonetas gruesas hacia el centro del cuarto, creando una cama improvisada sobre el suelo frío. El calor en su entrepierna era ya una quemadura constante. Se giró hacia Baco, que la observaba con la lengua afuera, moviendo la cola y jadeando suavemente en la oscuridad.

Marie se despojó de su uniforme con una urgencia que rayaba en la desesperación. En la penumbra del depósito, su piel blanca parecía emitir un brillo propio, destacándose contra la lona oscura de las colchonetas. Dejó caer el ambo y su ropa interior en un rincón, quedando completamente desnuda, sintiendo el aire frío de la madrugada erizarle la piel de sus muslos y su pecho.

 

-“Ven aquí, Baco…ven querido… “susurró con voz quebrada, palmeando la superficie acolchada a su lado.

 

El Golden Retriever no esperó una segunda invitación. Subió a la colchoneta con movimientos rápidos y erráticos, sus uñas rascando la lona en un gesto de ansiedad pura. El animal estaba nervioso, el olor de la excitación de Marie, mezclado con el encierro del cuarto, lo tenía en un estado de alerta que se traducía en jadeos cortos y calientes. Baco comenzó a olfatearla frenéticamente, recorriendo con su nariz húmeda el cuello y los pechos de Marie, mientras ella arqueaba la espalda, entregada por completo al «fuego» que la había consumido durante toda la noche. Marie cerró los ojos, hundiendo sus manos en el denso pelaje dorado del lomo del perro, mientras sentía que el jadeo de Baco se volvía más rítmico.

Marie se colocó en cuatro patas e invitó a Baco a olfatearla, cuando el perro se posicionó atrás ella, Marie sintió la frialdad de su hocico abriéndose camino entre sus labios, y eso la estremeció. Baco al oler esos aromas comenzó a lamer con sumo cuidado y dedicación esos labios, Marie se encontraba en un estado de excitación como hacía años no tenía. Su última relación amorosa había sido ya hacia más de dos años con su antiguo novio de la facultad. Para ella esto era abrir nuevamente la puerta de su sexualidad.

La áspera lengua de Baco estaba llevándola directo a un orgasmo y ella prefirió guardarse posteriormente para su amante canino, se corrió de lugar y dándose unas palmadas sobre sus nalgas invitó a Baco a subirse. El perro obedeció como si siempre lo hubiera hecho, el peso de su cuerpo, la firmeza de sus patas apoyándose a ambos lados de ella y el contraste brutal entre la fragilidad de Marie frente a la potencia de Baco le provocó un estremecimiento involuntario, una mezcla de temor y fascinación. Intentó acomodarse para buscar la altura justa, pero él no le dio tiempo. La atrajo hacia sí con una fuerza dominante y, tras tantear la humedad de su centro, se hundió en ella de un solo embate. Marie ahogó un grito contra su propia mano, sacudida por la violencia de una profundidad que no esperaba en absoluto. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, no solo por el impacto físico, sino por la invasión absoluta de su espacio personal.

Una parte de su mente, la que siempre intentaba mantener el control, gritó en protesta ante la rapidez del asalto, se sentía pequeña, casi desdibujada bajo la sombra de Baco. Sin embargo, tras el dolor punzante del primer segundo, una oleada de calor oscuro comenzó a irradiar desde su vientre. Esa violencia no era crueldad, sino una urgencia primitiva que la obligaba a abandonar cualquier pretensión de delicadeza. Se sintió expuesta, abierta de par en par por ese sable implacable, y esa vulnerabilidad extrema encendió un tipo de placer prohibido, el de ser tomada sin rodeos, sin protocolos por un animal de esa estirpe.

Su mente luchaba entre el deseo de huir y la necesidad de abrir sus piernas a esa potencia que, aunque la lastimaba, también la hacía sentirse más viva que nunca.

Aferrada a ese último vestigio de voluntad, Marie hundió las uñas en la colchoneta con fuerzas, intentando refrenar el ritmo frenético que él dictaba. Necesitaba aire, necesitaba espacio para procesar la invasión que la estaba dejando sin aliento. Trató de arquear la espalda, buscando una posición que le permitiera imponer su propio compás, una cadencia más lenta que no la hiciera sentir tan a merced de su fuerza.

 

-“Espera…por favorrr….Baco…”  susurró ella, con la voz quebrada, intentando empujar su pecho para ganar unos centímetros de distancia.

 

Pero Baco era una fuerza de la naturaleza, sordo a cualquier resistencia que no fuera la entrega absoluta. En lugar de ceder, él reforzó su agarre, rodeándole la cintura con tal firmeza que la inmovilizó. Cada intento de Marie por retomar el mando se encontraba con un nuevo embate, más profundo y exigente que el anterior, que desmoronaba sus defensas.

La intensidad de él funcionaba como un ruido blanco que anulaba los pensamientos de ella. Marie quería mandar, quería ser la dueña de su propio placer, pero su cuerpo la traicionaba, con cada sacudida, sus manos pasaban de los empujones a los agarres desesperados, y sus protestas se convertían en gemidos que ya no pedían clemencia, sino más. Baco no solo la habitaba físicamente, barría cualquier intento de control con una voracidad que la obligaba a olvidarse de quién era.

La resistencia de Marie terminó por desmoronarse bajo el peso de una realidad biológica que no podía ignorar. Fue en ese instante de rendición total cuando sintió un cambio aterrador y fascinante en el interior de su cuerpo.

El miembro de Baco, ya de por sí imponente, comenzó a latir con una intensidad renovada, inflándose progresivamente dentro de ella. Marie abrió los ojos de par en par, con la respiración suspendida, sintiendo cómo cada pared interna era presionada y reclamada por un volumen que desafiaba su capacidad. Antes de que pudiera siquiera procesar esa expansión, sintió cómo su base se ensanchaba considerablemente, transformando el bulbo, en un ancla de carne firme y sólida. El ensanchamiento selló por completo la entrada de Marie, eliminando cualquier rastro de aire o espacio entre ambos. Estaba atrapada, anclada de una manera tan física y definitiva que el más mínimo movimiento de Baco repercutía en lo más profundo de su ser. Ya no había forma de apartarse, ni de huir, ni de fingir desapego, el nudo que los unía la obligaba a sentir cada pulsación de la herramienta de él como si fuera propia.

La expansión interna era tan absoluta que sentía sus propios músculos estirarse hasta el límite, obligándola a ser consciente de cada milímetro de esa invasión.

Marie intentó remover sus caderas, un acto instintivo de liberación, pero el ensanchamiento en la base de Baco actuaba como un cerrojo infranqueable. Estaba soldada a él. Esa inmovilidad forzada la hizo sentirse repentinamente pequeña y atrapada, como una presa que advierte, demasiado tarde, que la trampa se ha cerrado.

 

-“Baco,por favor detente… no puedo moverme..”  lloriqueó ella, con el corazón martilleando contra sus costillas.

 

Sus manos golpearon los flancos de él, ya no con deseo, sino con la urgencia de quien necesita escapar de un espacio que se ha vuelto demasiado estrecho. Sin embargo, cuanto más forcejeaba, más sentía la presión del anclaje, una firmeza que le recordaba que, en ese momento, su cuerpo ya no le pertenecía. La inmensidad de él la mantenía fija, convirtiendo su propio placer en una jaula de carne de la que no tenía llave.

La desesperación de Marie escaló hasta convertirse en un frenesí sordo. Sus sollozos se mezclaban con el sonido de su respiración entrecortada mientras golpeaba rítmicamente el colchón sobre el que se encontraban, una resistencia inútil contra el muro de músculos que la aplastaba. Se sentía claustrofóbicamente unida a él, el anclaje en su entrada era tan firme y el volumen interno tan vasto que cada latido de Baco se sentía como una expansión invasiva que amenazaba con desgarrarla desde dentro.

 

-“¡Suéltame, por favor, Baco, no aguanto másss!”  suplicó ella, retorciéndose, pero el movimiento solo servía para recordarle que estaba completamente inmovilizada, cosida a él por ese ensanchamiento biológico.

 

Baco, sin embargo, permanecía en un estado de calma absoluta, casi trascendental, no había rastro de la urgencia violenta de antes, en su lugar, había una fijeza marmórea. Mientras Marie se deshacía en pánico y lágrimas, él comenzó a eyacular pausadamente, un flujo cálido y constante que Marie sintió inundar su interior sellado.

Esa tranquilidad de Baco fue lo que terminó por disparar la tensión de ella al máximo, verlo tan sereno, disfrutando de su clímax con una lentitud casi cruel mientras ella se sentía presa de una trampa de carne, la hizo entrar en una crisis de ansiedad sensorial. Cada descarga de él, lenta y rítmica, era una nueva cadena que la amarraba a ese espacio.

El contraste entre el llanto desesperado de Marie y el silencio satisfecho de Baco creó una atmósfera eléctrica, donde el aire parecía pesar tanto como el cuerpo que la mantenía anclada.

La lucha de Marie se extinguió de golpe, dejando solo el eco de sus sollozos y el sonido denso de su respiración. El pánico, al no encontrar salida, se transformó en una aceptación fría y anestesiada. Sus manos dejaron de golpear y cayeron inertes a los lados de su cabeza, con los dedos quedándose débilmente apoyados en la colchoneta.

Se quedó inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del piso, permitiendo que la plenitud de Baco la habitara por completo. En ese estado de shock, el flujo pausado y constante de él dejó de sentirse como una invasión para convertirse en una marea que la envolvía, sumergiéndola en una resignación absoluta. El silencio se apoderó de la habitación durante varios minutos, roto solo por el latido compartido de sus cuerpos todavía soldados. Baco permaneció sobre ella, manteniendo ese anclaje total hasta que la última pulsación de su clímax se desvaneció. Entonces, el cambio comenzó. Marie sintió una extraña vibración interna cuando el bulbo de Baco empezó a desinflarse. Fue un proceso agónicamente lento, la presión que la había mantenido fija contra el colchón fue cediendo milímetro a milímetro, permitiendo que el aire volviera a circular tímidamente por los rincones de su cuerpo que habían estado sellados. Él comenzó a retirarse con una parsimonia casi ritual, permitiendo su escape muy lentamente. Marie sintió cada pliegue de su propia piel recuperando su lugar mientras el venoso volumen de él abandonaba su santuario, dejando un reguero de esperma chorreándole por sus muslos.

La sensación de vacío que siguió a la liberación fue casi tan intensa como la del anclaje, cuando finalmente quedaron separados, Marie se sintió extrañamente ligera, pero marcada por una profundidad que tardaría mucho tiempo en olvidar.

 

Baco, en lugar de apartarse con la frialdad de quien ha cumplido una tarea, se deslizó a un lado de Marie con una delicadeza que contrastaba radicalmente con la violencia de minutos antes. Al verla allí, todavía sumida en ese shock silencioso y con el rastro de las lágrimas surcando sus mejillas, se colocó a su lado como envolviéndola, comenzó a besarle las sienes y los párpados, secando el resto de su llanto con sus labios, como si intentara pedirle perdón.

Marie, aunque todavía sentía el eco del vacío y la piel sensible por la expansión, se encontró apoyando la mejilla en el rostro de él. El calor de Baco, que antes había sido una jaula, ahora se sentía como un refugio. Él la acunó con paciencia, permitiendo que ella recuperara el ritmo de su respiración, demostrando que, a pesar de la brutalidad de su naturaleza, poseía un rincón de afecto capaz de sostenerla tras la tormenta.

Marie alzó la vista, todavía con los ojos empañados y el cuerpo vibrando por las secuelas de la intensidad de Baco. A pesar del dolor inicial y del pánico que la había paralizado cuando se sintió anclada, el calor con el que él la rodeaba ahora lograba disipar su miedo. Buscó la mirada de él, y con una mano temblorosa, acarició su hocico, sintiendo la fuerza que todavía emanaba de sus músculos.

 

-“Eres una tormenta, mi Baco hermoso… pero incluso a pesar del dolor, me haces sentir única en este mundo…” susurró con la voz apenas recuperada.

 

Sus palabras, cargadas de una ternura que parecía imposible tras semejante furia, flotaron en el aire de la habitación. Marie se acurrucó más contra él, encontrando en el mismo pecho que la había subyugado el latido que ahora la calmaba.

Ese refugio de ternura fue interrumpido por la fría realidad del deber.

 

-“Tengo que volver… Debo continuar la guardia, no pueden encontrarme aquí.”  murmuró ella, mientras empezaba a recoger su ropa con movimientos todavía algo torpes por el agotamiento.

Se vistió bajo la mirada atenta de Baco, sintiendo cómo cada roce de la tela sobre su piel sensible le recordaba el anclaje y la expansión de hacía unos minutos.

Una vez recompuesta, aunque con el cabello ligeramente desordenado y el brillo de la experiencia todavía en los ojos, le hizo una seña. Con la misma autoridad suave con la que lo había invitado antes, Marie comenzó a guiarlo para llevarlo de nuevo a su lugar.

Caminaron por los pasillos en sombras, con Marie alerta a cualquier sonido, sintiendo la presencia imponente de Baco a sus espaldas. Al llegar a su destino, ella se aseguró de que Baco quedara en su canil y todo quedara como si nada hubiera pasado. Antes de cerrar la jaula y volver a su puesto, le dedicó al can, unos besos y una última mirada cargada de complicidad y una promesa silenciosa de que ese secreto, a pesar de su violencia y su dulzura, quedaría sellado entre ellos.

 

Marie volvió al cuarto de la oficina, ahí había un sillón donde recostarse mientras transcurría la guardia, cosa que hizo. Se durmió el instante, con el resabio de ese nuevo amor latiendo entre sus piernas.

 

(continuara…)

19 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por Moechustrefe
Etiquetas: amante, culo, joven, mayor, mayores, metro, novio, orgasmo
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