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Relato publicado originalmente en SexoSinTabues.com por Ricia.
Es de una raza dominante y me lo hace sentir a tal punto que me empuja y me derriba cuando tiene deseos de penetrarme.

Una vez que me monta, su pene se expande rápidamente en longitud y circunferencia.
Estas medidas varían en cada raza, en Rey alcanza los 18 cm de largo y 4 de circunferencia.

Una vez que todo su miembro está dentro de mi canal vaginal se le forma la famosa bola y quedo abotonada a él.
La bola ejerce una presión constantemente creciente sobre mi punto G, y creo que esa es la razón principal por la que lo prefiero a Rey antes que a cualquiera: me provoca repetidos orgasmos durante el abotonamiento.

A la vez sus bolas bombean pequeñas y constantes cantidades de semen.
He aquí otra fuente de placer infinito: me inunda de sus fluidos y, por estar abotonada, quedan todos adentro mío.
La salida está bloqueada por la bola.
Debido a que la temperatura corporal de un perro es mucho más alta, puedo sentir el semen caliente bombeando dentro de ti.
Es un sentimiento único altamente adictivo.

Después de unos minutos de estar abotonado, Rey siente la necesidad (por instinto) de darse vuelta y quedamos pegados pero trasero contra trasero.

Es un momento delicado y debo tener cuidado de no intentar zafarme porque puede ser muy doloroso para él y para mí.
Y si Rey se mueve, yo tengo que arrastrarme hacia atrás pegada a él.

Cuando la bola se deshincha y sale de mi concha, me brota toda la leche que me metió adentro.
Lamentablemente no puede dejarme preñada, es lo que más deseo.

Espero que mi experiencia le haya servido a quienes estén interesados en el tema.
Besos.

Ricia.

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