Zeus (Toro) y Europa en la isla de Creta
Zeus adopta forma de toro para poseer a Europa .
El sol de la tarde caía sobre las costas de Fenicia, bañando de oro las flores que Europa y sus compañeras recogían cerca de la orilla. Ella, de cuerpo esbelto y piel dorada, se había separado un poco del grupo, atraída por un toro blanco que pastaba entre las rocas.
No era un toro cualquiera. Su pelaje era de un blanco puro, casi luminoso. Los músculos de sus flancos se movían con potencia suave bajo la piel tersa. Los cuernos, perfectos, brillaban como marfil. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: grandes, oscuros, inteligentes… y llenos de una intensidad que no pertenecía a ningún animal.
Europa se acercó, fascinada. Extendió la mano y acarició el cuello del animal. El toro bajó la cabeza y frotó suavemente el hocico contra su palma. Sin miedo, ella se apoyó contra su costado. El toro se arrodilló un poco, invitándola. Europa, riendo, se subió a su lomo.
En cuanto sintió su peso, el toro se levantó de un salto y se lanzó hacia el mar.
Europa gritó, aferrándose a su cuello. El agua salada le salpicaba las piernas mientras el animal avanzaba con fuerza imposible. El viento le arrancaba el peplo, dejándola casi desnuda. El roce constante de su sexo contra el pelaje caliente y húmedo del toro empezó a despertar en ella una sensación confusa, caliente, que crecía con cada movimiento.
Cuando llegaron a las costas de Creta, el toro no se detuvo en la playa. Siguió hasta un claro oculto entre árboles altos. Allí se detuvo.
Europa resbaló de su lomo, temblando. Antes de que pudiera dar un paso, el animal se giró. Su forma empezó a cambiar, pero no del todo: el cuerpo se volvió más humano en las proporciones, conservando la potencia brutal del toro. Entre sus piernas, un miembro grueso, oscuro y completamente erecto latía con fuerza.
Zeus la tomó por la cintura y la levantó como si no pesara nada. La empujó contra el tronco de un árbol, le abrió las piernas y, sin más preámbulos, empujó dentro de ella.
Europa soltó un grito ahogado cuando la cabeza gruesa la abrió de golpe. Zeus no se detuvo: siguió entrando hasta que todo su largo y grueso miembro desapareció en su interior. Empezó a embestirla con fuerza, profunda, brutal. Cada embestida hacía que el cuerpo de Europa se elevase contra el tronco. La sujetaba por las caderas, levantándola y bajándola sobre él. Le mordió un pecho a través de la tela empapada mientras la follaba sin piedad.
La cambió de posición: la puso de rodillas en la hierba y entró desde atrás, aún más profundo. Aceleró el ritmo, golpeándola con fuerza. Una mano le rodeó el cuello mientras la otra le frotaba el clítoris hinchado. Europa se corrió con un grito roto, contrayéndose alrededor de él. Zeus siguió embistiéndola a través de las contracciones hasta que, con un gruñido profundo, se derramó dentro de ella. Chorros calientes y abundantes la llenaron, desbordándose por sus muslos.
Cuando por fin se detuvo, Europa quedó tendida en la hierba, temblando, el semen del dios resbalando de su sexo abierto.
La noche cayó sobre Creta. Las estrellas brillaban altas y el aire se volvió más pesado, cargado del olor a sexo y hierba aplastada. Europa seguía temblando. La excitación que la recorría era distinta a todo lo que había sentido nunca: más profunda, más oscura, casi animal. Cada latido parecía concentrarse entre sus piernas, donde aún sentía el semen caliente.
Zeus se inclinó sobre ella otra vez, su miembro ya recuperando dureza. Quería volver a poseerla. Pero cuando intentó separarle las piernas, Europa lo detuvo con una mano en el pecho.
Se acercó a su oído y le susurró con voz ronca:
—Hazlo… pero en forma de toro. Quiero sentirte así. Quiero ese cuerpo enorme encima de mí otra vez.
Zeus la miró, los ojos oscuros brillando. Luego sonrió.
—Como desees.
Su cuerpo comenzó a cambiar. Los músculos se hincharon, la piel se cubrió de nuevo de aquel pelaje blanco impecable. La cabeza se alargó, los cuernos reaparecieron. Y entre sus cuartos, el miembro creció aún más: grueso, pesado, oscuro y rosado, con venas marcadas que latían a la vista. Enorme, amenazante… y hermoso.
Europa se puso de rodillas frente a él. Con ambas manos tomó aquel miembro caliente y pesado. Lo acarició despacio, sintiendo cómo latía. Se inclinó y lo besó en la punta, pasando la lengua por la abertura ya húmeda. Abrió más la boca e intentó introducir la gruesa cabeza, estirando los labios alrededor de la corona. Zeus soltó un gruñido profundo.
Ella lo lamió a lo largo, de la base a la punta, una y otra vez, mientras lo masturbaba con ambas manos. Luego levantó el miembro y se lo frotó por el pecho, dejando un rastro brillante de líquido preseminal sobre sus pezones. Lo pasó por su vientre, por el interior de sus muslos, y finalmente lo frottó contra su propio sexo hinchado, abriéndose con los dedos para que la punta gruesa rozara su clítoris.
El contacto la hizo gemir. Se frotó contra él con desesperación, deslizando el miembro enorme entre sus labios, empapándolo con su excitación. Zeus resoplaba, el hocico caliente contra su cuello, dejándose hacer.
Cuando ya no pudieron aguantar más, Europa se giró y se puso a cuatro patas. Zeus se colocó detrás. El miembro del toro empujó contra su entrada todavía sensible. Ella jadeó cuando la gruesa cabeza empezó a abrirse paso. Centímetro a centímetro, Zeus entró, más profundo y grueso que antes. Cuando estuvo completamente dentro, Europa soltó un grito ahogado, el vientre abultado por la invasión.
Empezó a embestirla con ritmo lento y poderoso. Cada embestida hacía que su cuerpo entero se moviera hacia adelante. El sonido era obsceno: el golpeteo húmedo, los gruñidos del dios-toro, los gemidos rotos de ella.
Zeus la levantó por la cintura y la puso de lado, una pierna alzada sobre su lomo. En esa posición la penetró aún más profundo, rozando un punto que la hacía arquearse y sollozar. Luego la hizo montarlo. Europa se sentó a horcajadas sobre el vientre del toro, guiando el miembro otra vez dentro de sí y empezando a subirse y bajarse con desesperación, tomándolo hasta el fondo.
El orgasmo la alcanzó primero. Se contrajo con fuerza alrededor de él, el cuerpo sacudido por espasmos violentos. Zeus aceleró entonces, embistiendo hacia arriba con potencia brutal. Pocas embestidas después, el dios-toro soltó un bramido profundo y se derramó dentro de ella otra vez. Chorros calientes y abundantes inundaron su interior, tan abundantes que se desbordaron de inmediato, resbalando por sus muslos y cayendo sobre el pelaje blanco.
Zeus siguió moviéndose unos segundos más, exprimiendo cada gota dentro de ella, hasta que por fin se detuvo. Europa se dejó caer sobre su pecho amplio, el cuerpo temblando, el sexo aún latente alrededor del miembro que seguía grueso y caliente en su interior.
La noche continuaba sobre Creta. Y ninguno de los dos parecía dispuesto a terminar todavía.

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