Educando a mis colegialas
—Por favor, Papi… —secundó Camila con un hilo de voz—. Déjanos probarlo; aliméntanos con tu lechita. Queremos hacerlo juntas, como Astrid nos prometió que sería. La demanda de las tres, en ese momento de máxima vulnerabilidad, fue la orden final que quebró mi resistencia. —Muy bien, mis niñas —dij.
