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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Educando a mis colegialas

—Por favor, Papi… —secundó Camila con un hilo de voz—. Déjanos probarlo; aliméntanos con tu lechita. Queremos hacerlo juntas, como Astrid nos prometió que sería. La demanda de las tres, en ese momento de máxima vulnerabilidad, fue la orden final que quebró mi resistencia. —Muy bien, mis niñas —dij.

Entramos en medio de una ráfaga de risas y el aroma dulce de sus perfumes. El vestíbulo, normalmente silencioso, vibraba con la energía de las tres.
​—Pasen, chicas, pónganse cómodas —dije con voz amable—. Siéntense en la sala y díganme qué quieren tomar.
​Astrid me dedicó una sonrisa, se empinó de puntillas y se colgó de mi cuello. Me dio un beso profundo: una declaración de propiedad frente a Michelle y Camila. Al soltarme, me guiñó un ojo.
​—Ya escucharon a Papi. Siéntense y pórtense bien; ahora vuelvo —anunció ella mientras se dirigía a las escaleras.​
Mis dos flamantes compañeras no tardaron en reclamar su espacio. Michelle se aferró a mi brazo; un destello de insolencia centelleaba en sus pupilas azuladas.
​—Acordamos que ya somos tus novias, Papi —ronroneó con un deje mandón—. Y reclamamos los mismos privilegios que disfruta As.
​Camila, que hasta entonces se había reservado en un discreto plano, se aproximó con una suerte de timidez predadora. Su atención descendió hacia mi boca con un ansia que ya no pretendía disimular.
​—Yo también deseo mis recompensas —musitó con el rostro encendido por el rubor.​
No tuve tiempo de responder. Michelle fue la primera en asaltarme; rodeó mi nuca con sus palmas, pequeñas pero firmes, dándome un beso hambriento que sabía a la rebeldía que la caracterizaba. Apenas se separó, Camila ocupó su lugar, presionando su diminuto y suave cuerpo contra el mío, buscándome con intensidad.
​Astrid observaba la escena de brazos cruzados. No había enojo en ella, sino una mirada perversa; disfrutaba viendo cómo sus amigas se rendían ante lo que ella ya poseía. Una comprensión tácita, casi eléctrica, selló el pacto definitivo entre las tres chicas.
​—¡Necesito ir al baño! —exclamó Michelle de repente, rompiendo el contacto, pero sin dejar de devorarme con la mirada.
​—¡Yo también! —secundó Camila. Su voz era apenas un hilo cargado de una excitación incontenible.
​Astrid soltó una carcajada de victoria; ella sabía exactamente lo que iba a ocurrir. Sin mediar palabra, se giró y corrió escaleras arriba hacia el baño principal, seguida de cerca por las otras dos. Al ganar altura en los peldaños, el ímpetu de la carrera levantó sus faldas, revelando por un instante el elástico de sus medias escolares y el movimiento frenético de sus muslos. Dejaron tras de sí un ritmo de risas cómplices y el eco de pasos apresurados: una estela de uniformes agitándose en una huida que era, en realidad, una invitación.​
Mientras ellas desaparecían, me dirigí a la cocina. El silencio fue repentino. Abrí el refrigerador y, mientras sacaba refrescos y algo de comida, mis oídos estaban arriba, siguiendo el eco de sus risas y el sonido del agua corriendo; imaginaba el caos que esas tres estarían provocando en el baño. El rumor de las voces juveniles rompió el silencio desde el piso superior.
​—¡Wow, As, tu habitación es enorme! —dijo Michelle con admiración genuina.
​—Sí, está preciosa —añadió Camila con un suave asombro.
​Me detuve un instante; escuché que se habían instalado en el santuario de Astrid. Se produjo una pausa breve, rota solo por el crujido de la cama al recibir el peso de las tres.​
​​—Oye, As… —la voz de Michelle bajó de tono, volviéndose conspiradora—. No es broma. Si de verdad vamos a ser sus novias, no queremos sobras. Queremos los mismos beneficios que tienes tú. Queremos sentir eso que nos contó Papi en el coche de tu primera noche con el… y lo queremos hoy mismo.
​—Michelle tiene razón —secundó Camila—. Ya lo pactamos en la escuela mientras planeábamos esto: nada de secretos entre nosotras. Queremos ser parte activa de esa complicidad oculta que tienes con él. Enséñanos cómo te entregas; deseo aprender a complacerlo exactamente como tú lo haces.
​Un suspiro profundo por parte de Astrid fue la única reacción antes de que el repique de sus pisadas anunciara que descendían de nuevo. Su charla flotaba por el pasillo antes de que irrumpieran en la cocina.
—¿Desde cuándo vives aquí, As? —preguntó Camila con esa curiosidad teñida de un tono dulce.
​—Desde hace tres meses —respondió Astrid con un deje de suficiencia y posesividad—. Mi madre decidió mudarse con Papi. Ella es plenamente feliz con él, y yo… bueno, yo también estoy muy a gusto aquí. Y muy complacida.
​Las tres se detuvieron justo frente a la barra de la cocina. Michelle apoyó los codos y escrutó a Astrid de arriba abajo con una sonrisa maliciosa. Luego se giró hacia mí, entornando los ojos.
​—Se nota que estás cómoda, As —soltó Michelle con un tono cargado de ponzoña y deseo—, porque tienes esa cara de satisfacción que solo pone alguien que está bien cogida por su Papi​.
Astrid no retrocedió; sus mejillas adquirieron un carmín violento. Se mordió el labio inferior y sus piernas se cruzaron de manera instintiva, buscando fricción.
—No tienes idea, Michelle —replicó Astrid, sosteniéndole la mirada con orgullo—. Él es… minucioso y muy cariñoso.
Camila se acercó a Astrid y apoyó una mano en su hombro, asintiendo con una complicidad intensa.
—Y por eso estamos aquí, ¿no? —intervino Camila con voz suave pero firme—. Para que nos enseñes. Para que él nos use igual. No queremos aprender, As. Queremos ser parte de esa satisfacción y del secreto entre ustedes.
Astrid sonrió, visiblemente complacida por el respaldo de Camila. Y como anfitriona de la casa, comenzó a tomar los platos que yo había dispuesto sobre la barra y se giró hacia sus amigas.
​—Entonces no perdamos más tiempo —sentenció con un brillo de autoridad en las pupilas—. Michelle, toma los refrescos; Camila, ayúdame con los bocadillos. Llevemos todo a la estancia… Y Mich, tú regresa por Papi; tenemos que hablar con él.
​Las tres comenzaron a llevar las cosas hacia el salón con un movimiento calculado. Mientras sostenía un par de refrescos y buscaba una bolsa de botanas, las voces provenientes de la sala me obligaron a quedarme inmóvil en el umbral.
—En el trayecto nos relataste cómo fue con Astrid, pero las crónicas no bastan, Papi —sus pupilas se dilataron, fijas en las mías—. También deseamos probar. Anhelamos sentir esa misma entrega que ella presume. Observamos cómo la tocabas bajo la falda mientras conducías y cómo perdió el control frente a nosotras; exigimos esa misma intensidad ahora.
Camila, a su lado, asintió con un movimiento casi imperceptible, aunque sus dedos jugueteaban con el dobladillo de su prenda, delatando su impaciencia.
—No seremos simples espectadoras de su goce —añadió con un susurro que vibraba de deseo—. Reclamamos nuestra parte en este secreto. Ya sentí tus manos hace un momento, cuando me ajustaste la ropa interior en la acera, y no pienso conformarme con eso. Hoy… hoy hemos decidido dejar de ser niñas, y queremos que tú seas nuestro primer hombre.
Las observé una a una: la seguridad de Astrid, el descaro de Michelle y la entrega vibrante de Camila.
—¿Por qué? —inquirí finalmente, con la voz tornándose más grave—. ¿Por qué ahora y por qué conmigo? Saben que cruzar este umbral significa que no habrá vuelta atrás. Ya no serán solo las amigas de Astrid; se convertirán en mis cómplices.
Michelle soltó una risita seca, cargada de una madurez prematura, y se inclinó hacia delante.
—Porque estamos hartas de imaginar, Papi —susurró, y sus pupilas brillaron con una determinación gélida—. Porque notamos cómo Astrid empezó a cambiar; la vimos distinta. Camina con esa suficiencia de mujer que tú le otorgaste. Se le nota en el cuerpo, en cómo se desplaza, en ese brillo de quien posee un saber que las demás ignoramos. No hemos hecho más que observar. Los hemos visto muy juntos, siempre próximos, devorándose a besos cuando creen que nadie mira… como aquel día que los sorprendí en el coche.
Hizo una pausa para humedecerse los labios antes de continuar:
—Incluso aquella mañana que nos llevaste al colegio, cuando levantamos su falda, nos percatamos de que ella no vestía lencería bajo el uniforme mientras te buscaba con la mirada. Y luego, cuando fuimos por los trajes de baño y nos compraste aquellos conjuntos de encaje a las tres… ¿O ya olvidaste cuando Astrid ocultó nuestras prendas íntimas para en tu pantalón? Y porque tú tenías sus pantis, Papi…
Michelle no apartó la vista, sosteniendo el desafío con una sonrisa que apenas curvaba sus labios.
—Y porque nos fascina estar cerca de ti, Papi —prosiguió ella, aproximándose más a Astrid—. Nos gusta cómo nos contemplas. Sentimos el peso de tus ojos recorriendo nuestras piernas cuando caminamos delante de ti.
—Sentimos cómo nos desnudas con la mirada —susurró con el rostro encendido—. Nos agrada que nos observes así. Pero dime, Papi… ¿por qué nos compraste también lencería fina a nosotras también? —Camila humedeció sus labios, clavando sus ojos en los míos—. ¿Acaso ya nos imaginabas usándola para ti?
—Se las compré porque las vi —confesé con una voz que vibraba desde la boca del estómago—. Aquella mañana cuando pase por usted para que las llevara al colegio, y encontraron y sacaron la lencería que le obsequié a la madre de Astrid, no pude ignorar cómo la contemplaban. Vi ese destello de anhelo en sus pupilas; noté cómo ansiaban vestir algo semejante, cómo sus dedos acariciaban el encaje con una envidia que quemaba. Comprendí que ustedes ya deseaban poseer algo así.
Hice una pausa, recorriendo con la vista los uniformes que apenas contenían su impaciencia.
—Y sí, Camila… las imaginé. Si ya son hermosas, me gustaría comprobar lo bellas que lucen vistiendo un conjunto de ese tipo. Pero díganme… ¿les agradó el detalle? ¿Acaso nadie les había hecho un obsequio así anteriormente?
—¿Agradarnos? —Michelle soltó una risa entrecortada mientras se ponía de pie con entusiasmo—. Papi, nos fascinó. Fue como si nos dieras permiso para dejar de ser las colegialas que todos ven. En cuanto llegué a casa me lo puse todo; lo que más me cautivó fueron los ligueros y las medias.
—Yo también me probé cada prenda —intervino Camila con las mejillas encendidas—. Lo que más disfruté fueron las tangas, aunque me arrepiento de no haber tomado unas medias El encaje es tan suave… y tan revelador; casi me descubre mi madre mientras me proba la ropa frente al espejo. Jamás nos habían regalado ni una flor, y tú apareces con algo tan especial.
Astrid, que había permanecido en un silencio expectante, se puso en pie de un salto. Sus ojos centelleaban con una mezcla de orgullo y posesividad. Caminó hacia mí con paso decidido, reduciendo la distancia hasta que su perfume me envolvió por completo.
Astrid se plantó ante mí, obligándome a sostenerle la mirada. El aire entre nosotros se volvió denso, saturado por la expectación de Michelle y Camila, que observaban cada uno de sus movimientos como si fuera un ritual sagrado.
—Es momento de que inicies la lección, Papi —sentenció con una calma que contrastaba con el fuego de sus pupilas—. Ponte de pie. Ahora.
Obedecí, sintiendo cómo la diferencia de altura me permitía dominar la escena, pero era ella quien dictaba el ritmo. Sin previo aviso, Astrid enlazó sus dedos en mi nuca y tiró de mí hacia abajo. Me capturó en un beso tierno. Sus labios, calientes y exigentes, se comenzaron a mover con una destreza que dejó a sus amigas sin aliento.
Era una exhibición de poder. Mientras me besaba, sus manos descendieron por mi pecho con una lentitud calculada, marcando el camino para las otras. Michelle soltó un suspiro trémulo al ver la entrega de Astrid, mientras que Camila se humedecía los labios, absorta en la coreografía de lenguas y caricias que se desarrollaba ante sus ojos.
Astrid se separó apenas unos milímetros, lo justo para que su aliento chocara contra el mío.
—Míralas —susurró al oído, sin soltar mi cuello—. Mira cómo nos desean. Es hora de que comprobar de que están hechas.
Tomé un respiro profundo; su fragancia me envolvía por completo. Deslicé mis manos por su cintura mientras su fragancia me envolvía.
—Mis amores —comencé, con voz firme—. Sé que cada palabra quedará grabada en la memoria de las tres. Lo que ha pasado hoy en el coche, lo que ocurra aquí y lo que suceda en el futuro nos pertenece solo a nosotros. Ustedes ya son parte de este secreto. Nadie más puede saberlo: ni sus amigos y, mucho menos, sus padres.
El silencio que siguió fue solemne. Michelle y Camila intercambiaron una mirada de determinación absoluta.
—Aceptamos, Papi —dijeron casi al unísono, con una reverencia visual que selló el compromiso—. Además, ya somos tus novias.
Astrid me dirigió una mirada de complicidad y se volvió hacia ellas con un brillo juguetón:
—Bien, chicas. Ya que Papi ha dejado claro que esto es solo nuestro y que todas somos sus parejas… todas tenemos que cumplir con nuestros deberes. Desde este instante, ustedes tienen derecho a todo, igual que yo… Pero con una condición: yo también tengo autoridad sobre ustedes. ¿Están listas para iniciar?
—Entonces no perdamos más tiempo —soltó Michelle con un hilo de voz—. ¿Por dónde empezamos la lección, amor?
Astrid alzó una mano. Su voz, aunque suave, portaba un peso ineludible de mando.
—Por ahora, solo observen —ordenó sin apartar sus ojos de los míos—. Aprendan…
Se situó frente a mí y, con una parsimonia estudiada, comenzó a desabotonar mi camisa. Sus dedos rozaban mi piel con familiaridad, desprendiendo cada ojal con destreza. Una vez que la prenda cayó al suelo, ella deslizó sus palmas por mis hombros desnudos y mis pectorales, dejando que sus labios siguieran el rastro de sus manos. Luego, tomó mis dedos y los guió hacia los botones de su propia blusa escolar.
—Ayúdame, Papi —susurró con el aliento entrecortado—. Libérame de esto.
Mis manos, expertas en su anatomía, no tardaron en deshacer el nudo de su corbata y abrir la fila de botones blancos. Al apartar la tela, quedó al descubierto el delicado encaje negro del sujetador traslúcido; un contraste exquisito contra su piel joven. Astrid soltó un suspiro de alivio y se giró levemente, ofreciéndome su espalda.
—El broche también —pidió en un murmullo—. Quiero sentir tus manos… y quiero que ellas vean cómo me tocas.
Al liberar el mecanismo, la tensión del elástico cedió y la lencería cayó sin resistencia, revelando la fragilidad de su torso. Quedó expuesta la línea grácil de su busto, unos montículos de una dermis morena clara y tersa, donde las puntas apenas comenzaban a reclamar su espacio con una firmeza naciente; las aureolas, de un tono canela sutil, destacaban suavemente sobre la calidez de su pecho.
No demoré en atender su invitación. Deslicé las palmas sobre la calidez de su torso hasta que mis manos cubrieron por completo la turgencia de sus senos. Astrid soltó un suspiro entrecortado y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome su garganta en un gesto de rendición absoluta.
Comencé a sembrar besos húmedos por la línea de su cuello, descendiendo hacia la curva de sus hombros. Podía sentir el latido acelerado de su pulso bajo mi boca, una percusión rítmica que delataba su agitación. Mis dedos se cerraron con suavidad sobre su busto, percibiendo cómo los ápices se endurecían aún más bajo mi tacto, buscando el calor de mi palma.
—Mírenla —musité sin apartar los labios de su piel, con la voz amortiguada por la cercanía—. Observen cómo su cuerpo responde a cada caricia. Esto es lo que sucede cuando el placer toma el mando.
Michelle y Camila permanecían inmóviles, como estatuas de sal, con las pupilas dilatadas por el espectáculo. Astrid, con los ojos entornados y un brillo de triunfo en la mirada, buscó la reacción de sus compañeras.
—Me encanta cuando haces eso —susurró ella, con un tono que mezclaba el goce con la instrucción—. Miren bien. Así es como se siente dejar de ser una niña.
Mis manos descendieron entonces con una lentitud deliberada, recorriendo su abdomen y su vientre hasta perderse bajo el dobladillo de la falda escolar. Al sentir mi contacto en sus muslos, Astrid comprendió el mensaje de inmediato. Con un movimiento grácil y descarado, se levantó el tableado de la prenda hasta su cintura, revelando el algodón blanco que ocultaba su intimidad.
—Por favor… —suplicó con la respiración rota—, quítame los chones.
Mis dedos, firmes pero lentos, se engancharon en los bordes de la tela que contrastaba con su piel. Al empezar a deslizarlos hacia abajo, se reveló su monte de Venus lampiño; perfectamente expuesta, su pequeña vulva se ofrecía a la vista como una joya prohibida. Los labios externos, de un rosa pálido y delicado, se mantenían apenas entreabiertos, pero la excitación era imposible de contener. Una humedad espesa y cristalina bañaba la comisura de su sexo, brillando bajo la luz de la estancia como un rastro de deseo puro que resbalaba lentamente hacia sus muslos. Al contacto con el aire, su clítoris, ya hinchado y de un tono carmín más intenso, comenzó a latir con una urgencia rítmica.
Con un gesto pausado, tomé el sujetador de encaje y la prenda de algodón que acababa de retirar, depositándolos sobre la mesa de centro, justo al lado de los refrescos que aún permanecían intactos. Astrid, completamente expuesta de cintura para abajo bajo su falda levantada, me tomó de la mano. Con una sonrisa de soberana, me guió hacia el sofá, obligándome a sentarme justo en medio de Michelle y Camila, quienes nos aguardaban con la respiración contenida y el deseo desbordado en la mirada.
No dudé. Me incliné hacia adelante, sintiendo cómo mi aliento rozaba su dermis. Sembré varios besos suaves en su vientre plano, notando que el calor corporal se intensificaba bajo mi boca. Los ojos de Michelle y Camila seguían cada movimiento sin perder detalles; sus respiraciones se volvieron profundas, audibles en el silencio de la estancia. Con las yemas de mis dedos acaricié con delicadeza su piel y, luego, recorrí la entrada de su sexo. Astrid dejó escapar un suspiro hondo y sus caderas se elevaron ligeramente en un arco de entrega absoluta.
Con un movimiento suave, introduje uno de mis dedos, sintiendo la calidez ardiente y la humedad que desbordaba su interior. En ese instante, se produjo un fenómeno casi sobrenatural: Michelle y Camila soltaron un gemido al unísono, cerrando los ojos y arqueando la espalda contra el respaldo del sofá, como si mi dedo hubiera invadido sus propios cuerpos. Michelle apretó los muslos con fuerza, atrapando sus propias manos en un gesto de autodefensa ante el placer imaginario, mientras Camila dejaba caer la cabeza hacia atrás, con el rostro contraído en una mueca de agonía deliciosa. Era como si el pacto de “novias” hubiera creado una conexión nerviosa entre las tres; lo que Astrid sentía, ellas lo padecían con una intensidad que las dejó temblando.
Mi boca descendió finalmente y pasé la lengua por su vulva, saboreando la dulzura que emanaba. Astrid contuvo la respiración por un instante eterno. Mis fosas nasales se llenaron con el aroma almizclado de su excitación mientras mi lengua, con un movimiento quirúrgico y preciso, se posaba sobre su clítoris para iniciar círculos lentos y tortuosos.
Astrid volvió a arquear la espalda, con el cuerpo vibrando en una nota alta de placer. Un gemido profundo escapó de su garganta y sus uñas se clavaron en mi cabello, buscando un anclaje en medio del éxtasis. Tomé sus caderas con ambas manos, abriéndola por completo para mis pupilas y para las de sus amigas; con un dedo libre, busqué la entrada de su ano, acariciando el anillo de piel que se dilataba ligeramente ante la sorpresa del contacto. Con un último gemido prolongado, intento contener su grito pero no lo controlo y el sonido de victoria resonó en toda la casa.
—Qué rico, Papi, me encanta —susurró, con la voz aún entrecortada—.
Se enderezó un poco y la hice girar hasta que su retaguardia quedó a la altura de mis ojos. Sin vacilar, separé con ambas manos la redondez de sus glúteos para despejar el surco de su intimidad, inhalando el perfume de su deseo. Con la punta de la lengua, comencé a delinear el pliegue de su pequeño anillo muscular, una zona de piel fina y ultrasensible que reaccionó al instante con un espasmo de deleite. No me detuve ahí; con una lentitud exasperante, prolongué el recorrido ascendente, pasando la lengua por toda la comisura, desde la base de su feminidad hasta perderse en el nacimiento de la espalda, saboreando cada milímetro de esa hendidura prohibida.
Astrid soltó un grito agudo, un sonido que mezclaba el escándalo con el deleite más puro, mientras sus manos, de forma instintiva, se aferraban a sus propias nalgas para abrirlas más, ofreciéndome un acceso total.
—¡Papi… sigue! —exclamó, con el cuerpo sacudido por un escalofrío que le erizó la piel—. ¡Me fascina sentir tu calidez ahí!
Comencé a presionar rítmicamente, explorando la resistencia del tejido que se rendía ante el calor de mi saliva. Michelle y Camila observaban a escasos centímetros. La tensión se acumuló y explotó en un segundo. Un grito desgarrador inundó la sala, tan agudo que las otras dos se sobresaltaron en el sofá. Sus glúteos se apretaron contra mi rostro en un espasmo convulsivo que duró varios segundos. Sentí cómo las ligeras sacudidas de su fisionomía recorrían mi cabeza mientras el clímax la dominaba por completo. Cuando las convulsiones cesaron, su cuerpo cayó laxo, y su respiración se convirtió en jadeos rápidos y húmedos.
Me tomé un momento para recuperar el aliento y besé la redondez de sus glúteos con delicadeza. Deslicé las manos por sus muslos, separando sus piernas un poco más, mientras mi mirada se fijaba en su pequeño esfínter.
—Así, corazón, déjame ver —continué—. Me fascina tu ano. Me cautiva la idea de poseerte por detrás, de hacerte el amor y colmarte de placer.
—Lo sé, Papi; sé que te mueres de ganas —susurró con una sonrisa lánguida—. Y aunque anhelo que me tomes por ahí con todas mis fuerzas, quiero que ese momento sea especial… una entrega absoluta cuando mis sentidos no resistan más. Pero ahora… anda, lame un poco más y ábreme. Me encanta cómo me haces sentir.
Se detuvo un instante para lanzar una mirada cargada de malicia hacia el sofá antes de sentenciar:
—Sé que a mi mamá también le haces estas cosas, que le encanta. Me gusta saber que somos iguales para ti. Vean, Mich y Cami… observen lo que le fascina a nuestro novio, porque Papi es nuestro. Sigue, Papi.
Sin mediar palabra, obedecí. Hundí el rostro con renovado ímpetu entre sus nalgas, dejando que el aroma de su entrega me embriagara. Mi lengua, certera y húmeda, se dirigió hacia ese pliegue prohibido. La suculenta dulzura de su sexo, ahora matizada por el matiz almizclado y punzante de su retaguardia, invadió mis sentidos. Astrid gimió con una nota de deleite que, al ser exhibido frente a sus amigas, adquiría un carácter casi impúdico.
Mientras la saboreaba, decidí mostrarles la magnitud de la entrega total de su amiga. Deslicé los dedos hacia el centro de su fisionomía y, con firmeza, comencé a dilatar el pequeño orificio. No fue un movimiento brusco, sino una invasión metódica. Usé las yemas para masajear el anillo de piel, obligándolo a reconocer mi autoridad. Sentí cómo la resistencia inicial —ese calor tenso y apretado— terminaba por ceder, abriéndose poco a poco bajo la presión.
Astrid permanecía con las piernas abiertas y con las manos separando sus nalgas, ofreciendo una vista panorámica de su vulnerabilidad a Michelle y Camila, quienes observaban con una fascinación deliciosa. El pliegue, ahora levemente dilatado, se convirtió en el centro de gravedad de la habitación. La expresión de Michelle era puro fuego; Camila, por su parte, mantenía los labios atrapados entre los dientes, hipnotizada.
Astrid, poseída por un deseo incontrolable, soltó un jadeo profundo y sus manos abandonaron los glúteos para iniciar un recorrido por su propia anatomía. Sus dedos, temblorosos por la intensidad de lo que yo provocaba, subieron con lentitud por las costillas hasta alcanzar su pecho. Ante la mirada atónita de sus compañeras, comenzó a masajear su busto con urgencia, apretando la carne firme y delineando las areolas con las uñas, provocando que los ápices se tensaran aún más bajo su propio tacto.
Sus manos descendieron entonces por el torso, acariciando el vientre plano que se contraía rítmicamente ante cada embestida de mi lengua y la presión de mi dedo. El rastro de sus dedos sobre la piel parecía quemarla; bajó más, cruzando la frontera del monte de Venus hasta que sus yemas encontraron su vulva, ya empapada y palpitante. Con descaro, Astrid comenzó a estimular su centro con movimientos circulares y rápidos, fundiendo su placer con la invasión que yo ejercía por detrás.
Me separé de ella un momento. Astrid, con la mirada perdida, continuaba dándose placer. Extendí mis manos buscando las de mis nuevas alumnas. Michelle fue la primera en reaccionar, tendiéndome las suyas con una avidez que hacía vibrar sus dedos; Camila la siguió un segundo después, con las palmas húmedas por la ansiedad. Tomé sus muñecas con suavidad y las guié hacia el cuerpo de Astrid, que seguía ofreciéndose ante nosotros.
—No se limiten a mirar —les dije con un susurro que era una orden—. Toquen, sientan su piel, su calor.
Guié las manos de Michelle y Camila hacia los glúteos de Astrid, obligándolas a recorrer su silueta. Michelle soltó un jadeo al sentir la temperatura de su amiga, mientras sus dedos comenzaban a explorar por cuenta propia. Al mismo tiempo, llevé la mano de Camila hacia el muslo interno de Astrid, enseñándole cómo acariciar.
Observé cómo la timidez de Camila desaparecía al contacto; eran las manos de sus amigas recorriéndola: una caricia colectiva que borraba cualquier rastro de duda. Michelle, envalentonada, bajó una mano hacia la humedad que bañaba la entrepierna de Astrid, mientras Camila imitaba el gesto por el costado opuesto. Sus manos se entrelazaron sobre la vulva ardiente, fundiéndose en un amasijo de caricias que buscaban el epicentro del goce de su amiga.
—Introduzcan sus dedos —ordené y con mi mano libre las guié—; sientan cómo late por dentro.
Ellas obedecieron, hundiendo sus yemas en la cavidad estrecha y empapada de Astrid. Al mismo tiempo, aproveché la apertura total para introducir por completo mi dedo en su orificio, conquistando finalmente el espacio que había estado preparando. El impacto de la doble invasión fue devastador. Astrid soltó un alarido que vibró en las manos de sus amigas; su cuerpo se tensó violentamente mientras sus músculos internos succionaban rítmicamente los dedos de Michelle y Camila. El clímax estalló como una descarga de fluidos
As, bañada en sudor y placer, abrió los ojos y observó a mis cómplices, aún con los dedos en su interior. Permaneció unos segundos asimilando la situación; una chispa de asombro cruzó sus pupilas. Ver a Michelle y Camila allí, arrodilladas a sus costados, con sus dedos aún sumergidos en su anatomía y las mejillas encendidas por el rubor de la transgresión, le arrancó una sonrisa de orgullo feroz.
—Chicas… ¿qué hacen? ¿En qué momento ustedes…? Papi… ¿qué hicieron? —susurró Astrid, y su voz sonó con total sorpresa.
Sintió la presión de mi dedo aún hundido en su orificio posterior y el pulso frenético de las manos de sus amigas en su centro. La invasión simultánea de ambas cavidades, lejos de intimidarla, la hizo sentirse el eje de un universo prohibido. Se incorporó con lentitud, sin pedir que nos retiráramos, disfrutando de la sensación de estar habitada por los tres al mismo tiempo.
—Es increíble… Papi nos obligó —murmuró Camila, sin atreverse a retirar su mano, fascinada por la succión que los músculos de Astrid aún ejercían sobre sus dedos—. Estás tan caliente, As… y tan suave. No imaginé que se sintiera así.
Michelle, cuya audacia habitual había mutado en una concentración casi religiosa, asintió mientras deslizaba su dedo un poco más profundo, buscando el eco del clímax que acababa de presenciar.
—No solo está caliente, Cami —corrigió Michelle con un hilo de voz—, está viva. Es como si cada rincón de su cuerpo nos estuviera llamando.
Astrid me dirigió una mirada cargada de complicidad y luego se volvió hacia ellas, acariciando las cabezas de sus amigas como si bendijera su iniciación.
—Se pasan… quien siga moviendo su dedo, ya basta; yo era la que tenía derecho sobre ustedes —sentenció Astrid—. Y tú, Papi, me las vas a pagar… No sentí ni cuándo introdujiste tu dedo; no lo muevas más, por favor, me gusta cómo se siente. Pero ya, suéltenme… ahora les toca a ustedes, chicas.
—Vamos, chicas —ordenó con autoridad—. No se queden ahí pasmadas.
Con un tirón suave pero firme, las guio para que se situaran frente a mí. Michelle y Camila no ofrecieron resistencia; se dejaron conducir hasta que las tres estuvieron de pie, formando un semicírculo a mi alrededor. El contraste de sus uniformes escolares con Astrid, ya desnuda de torso para arriba, exhibiendo sus incipientes senos y la respiración agitada, era una estampa de transgresión pura. Las dos nuevas aprendices aguardaban en silencio.
—Miren —dijo Astrid sin soltarlas—, ya observaron lo que les espera. Ahora es el turno de las nuevas novias. ¡Fuera ropa interior! —sentenció con un brillo de mando en las pupilas—. Quítense las prendas ahora mismo y entréguenmelas.
Michelle y Camila intercambiaron miradas nerviosas. Sin apartar la vista de la mía, sus manos descendieron al unísono bajo el tableado de las faldas. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, se despojaron de las pequeñas bragas de algodón rosa y blanco, deslizándolas por sus piernas hasta que cayeron sobre sus tobillos.
—Eso es, mis niñas, entréguenmelas —prosiguió Astrid, cruzándose de brazos para enfatizar su propia desnudez—. También quiero sus blusas y los sujetadores. Para estar iguales.
Las dos dudaron y se quedaron congeladas; el peso de la mirada de Astrid y la mía sobre sus pechos aún cubiertos las hizo vacilar. La timidez libraba una última batalla contra el deseo. Astrid notó ese instante de parálisis y se volvió hacia mí con una sonrisa cómplice.
—Papi, ¿me ayudas con Camila? —me pidió con voz melosa—. Yo me encargo de Mich; parece que tienen vergüenza.
Me puse en pie y me aproximé a la pelirroja, quien bajó la vista con el rostro encendido por un rubor abrasador. Mientras tanto, Astrid se acercó a la rubia y comenzó a liberar los botones de su camisa, revelando pulgada a pulgada el sostén de encaje negro que resaltaba con descaro sobre su piel clara.
Camila, al sentir la proximidad de mis dedos en torno a su cuello, experimentó un estremecimiento que recorrió toda su anatomía. Conforme mis manos desprendían los primeros ojales de su blusa, quedó expuesto el delicado algodón rosa de su sujetador, a juego con la prenda que acababa de entregar.
Las blusas cayeron al suelo como pétalos marchitos. Astrid retrocedió un paso, contemplando su obra con satisfacción. Michelle, con el encaje negro ciñendo sus formas incipientes, resaltaba la firmeza de su busto joven. Camila, en cambio, con su sujetador de algodón rosa, conservaba un aura de inocencia que solo hacía más profunda la transgresión. El rosa pálido destacaba contra el rubor de sus mejillas y cabello, creando una armonía visual.
Camila reaccionó de inmediato a su propia desnudez; cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto instintivo, tratando de ocultar el algodón rosa que apenas contenía el temblor de su busto. Michelle, en cambio, permanecía estática, con las manos muertas a los costados. Sus ojos, fijos y encendidos, no se apartaban de los senos descubiertos de Astrid. Observaba la firmeza de esos montículos canela y la soberbia con la que su amiga exhibía sus areolas rosas por la excitación, comparándolas en silencio con su propia anatomía de encaje negro.
—¡Fuera los sostenes! —ordenó Astrid con una nota de mando que no admitía réplica—. Quiero verlas exactamente como estoy yo. Quítense los brasieres y pónganlos en la mesa, junto a sus bragas. Ahora.
Michelle fue la primera en reaccionar, impulsada por esa envidia que la quemaba por dentro. Sus dedos, rápidos, buscaron el broche trasero. Con un chasquido seco, la tensión cedió. Dejó que los tirantes se deslizaran por sus brazos, revelando su busto: ligeramente más voluminoso que el de Astrid. Sus areolas, de un rosa suave, coronaban unos montículos pequeños pero orgullosos.
Camila, por el contrario, soltó un sollozo ahogado. Sus manos temblorosas se dirigieron a su espalda sin lograr desabrochar el cierre.
—Papi… ayúdame —suplicó en un hilo de voz, buscándome con la mirada—. No puedo… me tiemblan mucho las manos.
Me aproximé a ella por la espalda, sintiendo el calor que irradiaba su piel. Al rodearla, mis dedos encontraron el broche. Con un movimiento certero, liberé el enganche. El sujetador rosa se abrió como una flor, dejando al descubierto la fragilidad de Camila: un busto de una delicadeza absoluta, con venas azuladas que se transparentaban bajo la dermis fina y unos ápices diminutos coronando sus senos, que resultaban ser los más prominentes del trío.
—Mírense chicas—dije en un susurro que atrajo su atención inmediata—. Se imaginaban estar que iba ser así, es exactamente lo que deseaban porque desde este momento serán mías como lo es As.
Me acerqué a ellas, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de sus cuerpos jóvenes. Con una lentitud exasperante, extendí mis manos y posé una palma sobre el pecho de Michelle y la otra sobre el de Camila. El contraste de texturas era fascinante: la firmeza desafiante de la rubia contra la suavidad casi etérea de la pelirroja. Michelle cerró los ojos y soltó un jadeo de satisfacción al sentir mi tacto, mientras que Camila dejó escapar un gemido ahogado, vibrando bajo mis dedos como una cuerda de violín a punto de romperse.
El ambiente en la estancia era ya de una combustión incontenible. Al retirar mis manos, ambas quedaron en un trance de expectación, con el busto ascendiendo y descendiendo al ritmo de sus respiraciones entrecortadas.
Me desplacé un paso hacia atrás, donde Astrid aguardaba expectante. Sin romper el contacto visual con las otras dos, la rodeé por la espalda. Al sentir mi pecho contra su columna, ella dejó caer la cabeza en mi hombro, exhalando un suspiro profundo. Deslicé mis brazos bajo los suyos y mis manos, con una familiaridad absoluta, reclamaron la pequeñez de sus senos. Los apreté con una firmeza que la hizo arquearse, sintiendo cómo sus ápices presionaban contra mis palmas.
—Miren bien —dije, reforzando el abrazo mientras mis dedos delineaban sus areolas—. Ella ya no es la niña que conocen. Astrid sabe que me pertenece, y por eso su cuerpo florece así bajo mi tacto.
Astrid soltó un gemido que vibró directamente contra mi torso.
—En un momento —susurré a su oído, aunque mi voz era para las tres—, no habrá diferencias entre ustedes; los beneficios que solicitaron serán iguales para las tres.
Astrid se giró levemente en mi abrazo, buscando mi boca para un beso rápido y hambriento.
Ella se giró, buscando mi boca para un beso fugaz y hambriento. Luego, tras mirarme profundamente, dio media vuelta hacia sus compañeras. Tomó a Michelle y a Camila de las manos, tirando de ellas con suavidad pero con firmeza para situarlas justo frente a mí. Me condujo de vuelta al sofá y, con un brillo imperativo, me indicó que tomara asiento.
Astrid se acomodó a mi lado, lista para presenciar la escena. Se inclinó hacia Michelle y, con un gesto perverso, sujetó la tela de la falda de su amiga para subirla hasta la cintura.
—Sostenla ahí, Mich —le ordenó—. No quiero que la sueltes.
Michelle obedeció con ojos cargados de nerviosismo y una curiosidad innegable, apretando la prenda contra su abdomen con manos temblorosas. As, con un movimiento fluido, pasó sus manos por el vientre de la rubia; Michelle se tensó, pero no se apartó.
Al quedar expuesta su intimidad, la luz de la sala reveló un monte de Venus cubierto por un vello púbico rubio y finísimo, casi imperceptible; el rastro delicado de una niña que apenas comenzaba a florecer. Su vulva, de un rosa pálido y virginal, se mantenía firmemente cerrada, con los labios menores ocultos tras la protección de los externos. Su centro era una pequeña cuenta de nácar, apenas asomada, que vibraba con un miedo excitado.
Luego se dirigió a la tímida pelirroja, repitiendo el procedimiento con la falda. Las mejillas de Camila se encendieron aún más al sentir la mano de As en su vientre. A comparación de Michelle, su monte de Venus ofrecía un contraste vívido: estaba cubierto por un vello fino y rizado, de un rojo cobrizo intenso. Aquello la hacía lucir más madura, pero a la vez más vulnerable, pues bajo esa dermis tan pálida se transparentaba una red de venas azuladas que recorrían sus ingles, delatando la agitación de su sangre.
Su sexo, al igual que el de Michelle, conservaba esa estrechez intacta de quien no conoce la invasión; una joya apreta y secreta que latía ante la mirada ajena. Su pequeño núcleo, una gema de un carmesí encendido, resaltaba con audacia entre la palidez de su piel. Era pequeño, turgente y palpitaba con una urgencia que Camila ya no podía ocultar.
Astrid se inclinó hacia delante, entornando los ojos para inspeccionar los dos sexos que se ofrecían ante nosotros. Con un dedo índice, recorrió el vello rubio de Michelle y luego el de Camila, Se giró hacia mí, apoyando el mentón en mi hombro para que su aliento me rozara la mejilla.
—Dime, Papi… de las tres, ¿cuál te gusta más? —preguntó con una voz que destilaba una curiosidad maliciosa—. Mira el contraste: tienes el nácar delicado de Michelle, tan pulcro y claro; tienes el rubí ardiente de Cami… y me tienes a mí.
En ese instante, Astrid se puso de pie frente a mí y, con un movimiento lento y cargado de soberbia. Sujetó el dobladillo de su falda y lo elevó con decisión hasta sus caderas, dejando que el tableado se amontonara sobre su vientre. Sin nada que la cubriera, ofreció a mi vista —y a la de sus atónitas amigas— la plenitud de su vulva canela, ya húmeda y palpitante, reclamando su lugar como la pieza central.
—No me pidas que elija, As —respondí con una voz profunda, cargada de una determinación que las hizo estremecer—. Me fascinan las tres. Cada una es un matiz distinto de la misma entrega, y las quiero a todas.
Me incliné hacia delante, sin levantarme del sofá, quedando a la altura de sus intimidades expuestas. Comencé por Michelle. Mis labios buscaron la suavidad de su monte de Venus, aspirando el aroma limpio y floral de su vello rubio. Al sentir el contacto de mi boca, Michelle soltó un jadeo agudo y sus dedos se enterraron en el tableado de su falda con una fuerza renovada. Deslicé un dedo por su vulva nácar, separando con lentitud sus labios firmes; estaba tibia, palpitante y bañada en una humedad incipiente que prometía una rendición absoluta.
Luego, me desplacé hacia Camila. El contraste fue inmediato: el calor que emanaba de su piel pálida era casi febril. Besé su vello cobrizo, saboreando la intensidad de su reacción; un sollozo ahogado escapó de su garganta mientras sus muslos temblaban de forma incontrolable. Al pasar mi dedo por su centro carmesí, sentí un pulso frenético, una urgencia que amenazaba con desbordarse. Estaba mucho más empapada que su amiga, como si su timidez hubiera estado alimentando un incendio interno que ahora buscaba salida.
Finalmente, regresé a la soberana. Astrid me esperaba con las piernas abiertas, ofreciendo su tono canela con una soberbia que solo la experiencia otorga. Besé su sexo con una familiaridad posesiva, reconociendo el territorio que ya me pertenecía. Al deslizar mis dedos por su humedad espesa y cristalina, ella echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos en un gesto de triunfo.
—Sientan… —susurré, sin apartar mis manos de ellas—. Sientan cómo sus cuerpos se reconocen. Ya no hay marcha atrás.
Con movimientos rítmicamente calculados, comencé a estimular sus centros de forma simultánea. Mis pulgares recorrían la delicadeza de Michelle y Camila, mientras el resto de mis dedos buscaban abrir sus vulvas para adentrarse en su calor. Astrid, hipnotizada por el vaivén de mis manos, murmuró para sí misma: «Esto no me lo pierdo», y recuperó de inmediato su lugar junto a mí en el sofá.
Me incliné con seguridad , para reanudar los besos sobre los vientres de mis nuevas novias; el calor que emanaban sus pieles era una invitación silenciosa que mi boca no tardó en reclamar.
Astrid, a mí lado sentada, no perdía detalle alguno. Su mirada buscaba cada detalle de mis movimientos.
—Qué hermoso se ve, Papi —dijo, con una voz que era puro terciopelo y deseo—. Mira cómo tiemblan.
No les di tregua. Utilizando ambas manos, deslicé mis dedos hacia las pequeñas e inexploradas vulvas de Michelle y Camila. Las acaricié apenas con la punta, sintiendo la tersura de esos labios que nunca habían conocido las caricias. Sus respiraciones se fracturaron en jadeos erráticos.
Entonces, con un movimiento fluido, hundí un dedo índice en el interior de Michelle. La estrechez de su entrada me recibió con una resistencia deliciosa que cedió ante mi firmeza, revelando un nicho húmedo y ardiente. Un gemido agudo, casi un llanto de placer, escapó de sus labios. Me miró con una mezcla de pánico y adoración, como si comprendiera que la invasión era el precio necesario para alcanzar el saber de Astrid. Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el azul del iris, y un espasmo recorrió su vientre cuando sus músculos internos intentaron atrapar mi dedo con una fuerza sorprendente.
Sin retirar mi atención de ella, procedí con Camila. Con la otra mano, mis yemas trazaron círculos sobre su pequeño clítoris antes de invadirla. Al sentir la presión de mi dedo abriéndose paso en su canal virgen, Camila soltó un alarido sordo que quedó atrapado en su garganta. Sus manos se clavaron en mis hombros y sus uñas se hundieron en mi espalda.
Con suavidad pero sin detenerme, la invadí. Camila cerró los ojos y sus lágrimas de éxtasis comenzaron a rodar, mientras sus piernas, flaqueando por la intensidad de la doble sensación —la caricia externa y la penetración interna—, amenazaban con dejarla caer sobre la alfombra. Estaba completamente abierta, rendida a la voluntad de mis dedos, mientras su interior palpitaba con una fuerza rítmica que enviaba oleadas de calor hacia mi mano.
—Papi —dijo Astrid, con la mirada clavada en mi rostro antes de desviarla hacia las vulvas que yo exploraba con una delicadeza voraz—. ¿Puedo… probar?
Me detuve un instante, con mis dedos aún habitando el interior de Michelle y Camila. Levanté la vista para encontrarme con los ojos de Astrid; eran dos abismos de una lujuria sombría.
—As, mi amor… de acuerdo —murmuré—. Observa. Mira con atención cómo lo hago con Camila, porque en un momento… tú harás lo mismo con Michelle.
—Pero, Papi… —alzó la voz Michelle, con un tono quebrado por la incredulidad—. Astrid y yo… somos niñas. Y somos amigas. Se supone que esto solo se hace con un hombre. ¿Cómo va a tocarme ella? No es correcto.
—Michelle tiene razón —secundó Camila con voz temblorosa, encogiéndose ligeramente—. Es imposible… dos mujeres no pueden… no deberían. Entre nosotras es diferente, ¿no? Ni siquiera es natural.
Sonreí y acaricié el muslo de Camila, sintiendo su temblor bajo mis yemas, y luego recorrí con la mirada a Michelle, quien aún intentaba cubrirse en vano.
—¿Que no deben? ¿Que no es natural? —repetí—. Qué poca memoria tienen, señoritas. Hace apenas unos minutos, cuando Astrid se entregaba, ninguna de las dos se detuvo a pensar en lo que era correcto.
Hice una pausa para que el peso de mis palabras se hundiera en sus mentes. Sus ojos se abrieron con una mezcla de asombro y realización.
—Ustedes no solo miraron —continué, bajando el tono hasta convertirlo en un secreto—. Ustedes la tocaron. La penetraron. Ambas sintieron su orgasmo en sus manos y disfrutaron de su clímax. Así que no me hablen de lo que no es natural, porque sus dedos todavía guardan los fluidos de Astrid.
El silencio fue absoluto. Michelle observó a Astrid con una timidez que pronto mutó en un escrutinio fascinado. Recorrió con la vista el torso desnudo de su amiga y su propia intimidad.
—Tienes razón, Papi —claudicó Michelle, con la voz temblorosa y un rastro de duda—. Ya lo hicimos… y fue increíble estar dentro de su vulva.
Astrid, con una sonrisa de triunfo, no aguardó un segundo más. Se deslizó del sofá y se arrodilló frente a Michelle, quedando a la altura de su sexo.
—Es verdad… —susurró Camila, asintiendo con una vulnerabilidad absoluta—. Si Astrid es parte de ti, y nosotras también… entonces ya no hay nada prohibido entre nosotras. Acepto, Papi. Enséñanos a ser una sola.
—Observa, princesa. —Me incliné sobre Camila, quien me observaba con el aliento contenido. Deslicé mis manos por la parte interna de sus muslos, sintiendo la suavidad extrema de su piel y ese temblor incontrolable que la delataba. Comencé a cubrir su vientre y sus ingles con besos lentos y húmedos, marcando el camino hacia su botón carmesí.
Mis dedos se deslizaron hacia su clítoris, intensificando el ritmo con una presión circular que no le dio tregua. Ella se arqueó con un gemido más fuerte; sus piernas, antes tensas, se abrieron un poco más, ofreciéndose con una rendición total.
Michelle, de pie, y Astrid, hincada, miraban atónitas la rendición de la más tímida. Con mis pulgares, separé con firmeza los labios externos de Camila, abriendo su pequeña vulva. Sus labios menores, finos y delicados como pétalos de seda, se abrieron.
—Miren esto, mis niñas —ordené; con mi lengua recorrí el surco húmedo entre los labios de su vagina.
Pasé la punta de la lengua con una lentitud por todo el vestíbulo vulvar, desde la comisura superior hasta el frenillo. Me detuve en la entrada de su vagina, saboreando el flujo que comenzó a brotar de su interior. Luego, con gran delicadeza, succioné uno de sus labios internos, tirando de él suavemente hasta sentir el espasmo de Camila.
La respiración de Camila se volvió un silbido agudo. Sus muslos empezaron a sacudirse, incapaces de sostener la sobrecarga sensorial. Astrid y Michelle miraban sin perder detalle; la piel de Camila se erizaba.
No me detuve. Capturé su clítoris entre mis labios y apliqué una succión rítmica y poderosa, mientras mis manos sujetaban sus caderas para que no pudiera escapar del placer. Camila soltó un grito que se ahogó en un sollozo; su espalda se arqueó tanto que tuvo que buscar apoyo en mis hombros. Estaba en la cima, suspendida en ese segundo eterno antes de la caída.
En el instante preciso en que sentí la primera contracción de su vientre, hundí con una firmeza devastadora dos de mis dedos en su interior.
La invasión fue total. El gemido de Camila se transformó en un grito desgarrador de puro éxtasis. Sus paredes internas, vírgenes y ardientes, se cerraron sobre mis dedos en un espasmo violento. Fue entonces cuando comencé a mover mis dedos con un vaivén lento y profundo, rompiendo su resistencia para convertirla en puro fuego. El roce de mis falanges contra su tejido virgen provocó que Camila perdiera por completo el sentido de la realidad.
—¡Ahhh… Papi, no pares! ¡Me duele… pero me encanta! ¡Por favor… no saques tus dedos, déjalos ahí dentro! —gritó Camila, con la voz rota por el llanto y el placer.
El clímax estalló con una violencia poética. El cuerpo de Camila se tensó como un arco antes de colapsar en una serie de sacudidas rítmicas que inundaron mis dedos de una calidez líquida y constante. Sus ojos se pusieron en blanco por un instante mientras su pecho subía y bajaba en busca de un aire que parecía habérsele escapado para siempre. Finalmente, tras unos segundos de espasmos finales, tuve que rodearla con fuerza por la cintura, sosteniendo su peso muerto contra mi pecho, porque sus piernas habían perdido toda capacidad de soporte.
Camila quedó suspendida en mis brazos, con la cabeza hacia atrás y los hilos de su cabello cobrizo pegados a su frente sudorosa, mientras pequeños espasmos residuales seguían recorriendo sus muslos.
—Tu turno, As —le dije. Señalé a Michelle, quien observaba con los ojos dilatados—. Ahora, demuéstrale lo que has aprendido.
Astrid, sin perder un segundo, se inclinó hacia ella. Su mirada intentaba emular la mía, cargada de una determinación depredadora, aunque sus movimientos delataban su falta de práctica. Sus labios se posaron en la vulva de Michelle con una torpeza evidente; al no saber posicionar el rostro, sus dientes rozaron accidentalmente la piel sensible, provocando que Michelle soltara un respingo de sorpresa.
Pude ver cómo sus dedos, trémulos, buscaban la entrada de su amiga. Astrid tanteó un par de veces, errando el ángulo, hasta que finalmente logró introducir un dedo. Lo hacía con una rigidez nerviosa, olvidando el ritmo fluido que yo le había enseñado. Sin embargo, su lengua comenzó a trazar círculos alrededor del centro de Michelle con un entusiasmo desesperado, compensando con ganas lo que le faltaba en técnica. Michelle, a pesar de la falta de destreza, comenzó a jadear, atrapada por el morbo de sentir a su mejor amiga profanándola bajo mi atenta mirada.
Me incliné sobre Astrid, colocando una mano en su nuca para calmar su ímpetu. Mi voz fue un susurro firme en su oído:
—Despacio, As. No es una carrera —le instruí, sintiendo cómo se tensaba bajo mi mando—. Respira. Usa tu lengua con tranquilidad, como yo hago contigo. Desliza con la punta, explora los pliegues de sus labios. Siente sus latidos y sigue su ritmo; no le impongas el tuyo. Trátala como te gusta que yo te trate a ti.
Astrid asintió y pude ver cómo su cuerpo se relajaba. Con una nueva confianza, su lengua se volvió húmeda y atenta. Comenzó a lamer con trazos largos, imitando mi cadencia. Michelle soltó un jadeo profundo, esta vez de puro deleite. Astrid, ahora más segura, comenzó a acariciar con suavidad el sexo de su compañera, sincronizando el movimiento con la caricia de su boca.
—Eso es, As… Pasa tus dedos entre sus pliegues. Deja que Michelle disfrute también.
Astrid obedeció y recorrió el vello rubio. Michelle echó la cabeza hacia atrás, elevando más su falda escolar sobre la cintura.
—As… se siente… tan bien —gimió Michelle, con la voz entrecortada—. Tus labios son tan suaves… Mete tus dedos.
Astrid, envalentonada por el elogio, decidió dar un paso más. Sin dejar de lamer, deslizó un dedo en el interior de Michelle; esta soltó un alarido sordo.
—Ahora, As —susurré—, succiona su centro. Haz que pierda el sentido igual que tú lo perdiste hace un momento.
Astrid capturó el pequeño capuchón entre sus labios y aplicó una succión rítmica, mientras su dedo trabajaba en el interior. Michelle se tensó, sus pupilas se dilataron y me buscó con la vista. Estaba a punto de estallar y Astrid, sintiendo la inminencia del clímax, introdujo un segundo dedo intensificando el vaivén con una destreza que me sorprendió. La alumna estaba superando la lección, convirtiendo a su amiga en un volcán de fluidos y gemidos.
Mientras tanto, Camila, ya más sosegada tras su propio estallido, buscó refugio en mi cercanía. Con un movimiento grácil, la tomé de la cintura y la guié. Con sus caderas aún descubiertas y la falda alzada, la senté a horcajadas sobre mi regazo, sintiendo la dureza de mi miembro presionando contra su sexo húmedo a través de la tela. Camila soltó un suspiro al sentir mi magnitud, rodeando mi cuello con sus brazos.
Camila, con el rostro hundido en mi cuello y sus senos desnudos pegados a mi pecho, con la respiración aún entrecortada, se separó apenas unos centímetros. Sus ojos, cargados de asombro, bajaron hacia mi regazo, donde mi miembro seguía presionando con insistencia contra su intimidad.
—Papi… —susurró con una voz tan baja que casi se perdió en el aire—. Por favor… déjame verlo. Nunca he visto una verga y mucho menos la he tocado.
Con un movimiento pausado, llevé las manos a la cremallera de mi pantalón y la bajé con un siseo metálico que resonó, apagado por los gemidos de Michelle.
—Espera, Papi, yo te ayudo —pidió Camila con la voz tensa por la impaciencia.
Sin solicitar permiso, deslizó su pequeña mano al interior. Sentí sus dedos rozar primero la tela y luego, con resolución, buscó bajo la ropa interior hasta rodear mi falo con su palma. Con asombro, percibió el calor y la dureza que palpitaba bajo su tacto.
—¡Dios, Papi! —exclamó con los ojos brillantes—. Está tan caliente, tan duro… y es tan suave. No imaginé que fuera así.
Con un movimiento decidido, lo liberó. Mi miembro saltó hacia delante, vibrando y reclamando su libertad. La piel de Camila se erizó; se quedó inmóvil un instante, hipnotizada por la red de venas que recorría el tronco y el intenso tono carmesí del glande, que ya asomaba húmedo y desafiante. Sus dedos se cerraron alrededor de la base, midiendo un grosor que superaba su imaginación. Lejos de amedrentarse, apretó su agarre con una posesividad instintiva.
La tomé de la cintura y, con un tirón cargado de intención, la invité a recuperar su lugar. Al sentarse de nuevo a horcajadas, ya sin ninguna barrera, su sexo entró en contacto directo con mi erección. El roce fue eléctrico. La humedad de su vulva, aún fresca por su reciente orgasmo, bañó la cabeza de mi miembro, fundiendo nuestras temperaturas. Camila me rodeó el cuello con sus brazos, hundiendo de nuevo el rostro en el hueco de mi hombro mientras yo la estrechaba contra mí. Comencé a acariciar su espalda desnuda con parsimonia, sintiendo la suavidad de su piel y el rastro de sudor que la hacía brillar bajo la luz.
—Se siente tan bien, Papi… —murmuró contra mi oído, con un tono de absoluta plenitud—. Me gusta… me gusta mucho estar así contigo.
De pronto, un gemido más agudo de Michelle rompió el trance. Camila alzó la cabeza, atraída por el sonido de la carne contra la carne que provenía de la alfombra.
—Papi, mira a As… —susurró Camila, girando el torso sin bajarse de mi regazo para no perder el contacto—. Quiero ver cómo lo hace. Quiero aprender también lo que ella le está haciendo a Mich.
Asentí con una sonrisa lenta, comprendiendo su fascinación.
—De acuerdo, princesa —le dije al oído—. Pero antes, ponte de pie un segundo.
Camila obedeció, elevándose sobre mis muslos. Le indiqué con un gesto que se diera la vuelta, dándome la espalda, y luego la atraje de nuevo hacia mí. Se sentó sobre mi regazo una vez más, pero esta vez mirando hacia sus amigas. Al descender, sujeté con firmeza su falda para que no bajara, manteniendo su retaguardia completamente descubierta. Sus glúteos se acomodaron perfectamente contra mi pelvis, y sentí cómo mi miembro buscaba de nuevo el surco de su intimidad desde atrás. Sus manos buscaron mis rodillas para apoyarse, mientras su espalda quedaba pegada a mi pecho, permitiéndole una vista privilegiada de la escena.
En ese instante, el mundo se detuvo: la punta de mi glande, caliente, rozó la entrada de su pequeña vulva, perdiéndose entre los labios que aún palpitaban. Ella soltó un grito ahogado e intentó elevarse por un segundo, abrumada por la magnitud de la invasión inminente, pero mis manos se anclaron en sus caderas con una autoridad que no admitía huida.
—No te vayas, Cami —le susurré, obligándola a descender unos milímetros.
Camila, mirando hacia abajo, clavó sus ojos verdes en nuestros sexos, dilatados y suplicantes. Su cuerpo estaba tenso como una cuerda. Se apoyó con las manos sobre mis piernas, intentando sostener su propio peso para evitar la invasión que la asustaba tanto como la atraía.
—No… espera, Papi —susurró, con la voz temblando por el esfuerzo de detener su propio descenso—. Es demasiado…
—¿Qué pasa, hermosa? —le pregunté con voz baja al oído. Apliqué una presión casi imperceptible hacia arriba, haciendo que mi glande se hundiera apenas unos milímetros más.
Un jadeo asustado escapó de sus labios y sus manos temblaron sobre mis rodillas, pero no se apartó.
—Todavía no estoy lista… —repitió Camila, con una lágrima de excitación y miedo rodando por su mejilla—. Papi, de verdad… es muy grande. Siento que me voy a romper si me dejo caer… Por favor.
El sonido de la súplica de Camila cortó el aire de la habitación. Astrid, que hasta ese momento estaba sumergida en el cuerpo de la linda rubia de ojos azules, se detuvo. Michelle, con el cuerpo arqueado y las pupilas perdidas en el vacío, soltó un último alarido que se transformó en un espasmo mudo; el orgasmo la sacudió con tal fuerza que sus dedos se clavaron en el cabello de mi alumna preferida.
Ambas giraron el rostro al mismo tiempo hacia nosotros. Sus miradas bajaron, hipnotizadas, hacia el punto exacto donde el glande presionaba la entrada de la vagina de Camila, deformando ligeramente los labios de su pequeña vulva que luchaba por estirarse ante la magnitud de la invasión.
—Tienes razón —le dije a Camila; mi tono era ahora una caricia para tranquilizarla—. No vamos a ir demasiado rápido.
La elevé por las caderas y retiré mi miembro de su umbral, sintiendo cómo se deslizaba sobre su dermis húmeda con una fricción que la hizo estremecerse. El jadeo de Camila se volvió más profundo ante la pérdida repentina del contacto; sus ojos me buscaron con una mezcla de alivio y deseo insatisfecho. La tomé de la cintura y, con un movimiento fluido, la acomodé a horcajadas sobre mi regazo, de modo que su vientre quedara justo encima de mi anatomía palpitante. Ella no intentó huir.
—De esto sí que no te escapas, mi pequeña hermosa —le susurré, mientras mis ojos se dirigían a Michelle y Astrid, quienes observaban la escena con una fascinación casi religiosa.
Con ímpetu, mis dedos se dirigieron a sus costados. Los deslicé por sus costillas, notando cómo su pecho subía y bajaba con una respiración que amenazaba con desbordarla. Recorrí la base de su busto: dos bellas promesas de marfil, firmes y pálidas, coronadas por ápices rosados que ya apuntaban al techo, endurecidos por la excitación.
Mis manos se cerraron con firmeza alrededor de sus montículos. Mis pulgares presionaban su piel suave, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Me incliné y capturé uno de sus pezones en mi boca. Mis labios se cerraron sobre la tersa piel, saboreando el perfume de su juventud, mientras mi lengua iniciaba un baile y succionaba pausadamente.
Camila arqueó la espalda. Sus manos se aferraron a mis hombros para no perder el equilibrio. Cerró los ojos con fuerza, entregándose totalmente. Decidí dar una mordida suave; su cuerpo se rindió, balanceándose rítmicamente en busca de más. El sonido de sus gemidos, más alto y libre que antes, llenó la sala.
Fue entonces cuando sentí un nuevo peso a cada lado de mi muslo. Estaba tan concentrado en Camila que no las había escuchado. Abrí los ojos y me encontré rodeado. Michelle se había deslizado hasta el sofá a mi derecha; Astrid, a la izquierda, con sus ojos fijos en la boca que succionaba a su amiga.
El rostro de Astrid era una mezcla de lujuria y posesividad; tomó mi rostro entre sus manos, forzándome a mirarla.
—No te olvides de nosotras, Papi —susurró Astrid con voz mimosa.
Tomó mi rostro entre sus manos, forzándome a mirarla mientras mi boca aún trabajaba sobre el pecho de Camila. Con su mano libre, Astrid rodeó el otro seno de su amiga, pellizcando el pezón con una firmeza que hizo que Camila soltara un grito de deleite. Michelle, desde el otro lado, se acercó gateando por el sofá.
—Yo también quiero —murmuró Michelle, pegando su cuerpo al mío—. Yo también soy tu novia.
Se arrodilló y me miró con una determinación que ya no conocía el miedo. Sus dedos se cerraron sobre el hombro de Camila, no con delicadeza, sino con la urgencia de quien reclama su derecho.
—Cami, ya tuviste suficiente por ahora —sentenció Michelle, con la voz cargada de una dulzura excitada—. Papito amor, es mi turno contigo.
Astrid ayudó a Camila a incorporarse, guiándola con una delicadeza protectora mientras el relevo se consumaba. Michelle no perdió un segundo y tomó el lugar de su amiga sobre mi regazo, sintiendo el calor que Camila había dejado en mis muslos.
—Papi —dijo Michelle, fijando sus ojos azules en los míos con una intensidad eléctrica—, tú dijiste que somos tus novias, que tendríamos los mismos beneficios… y yo ya quiero los míos.
Se acomodó a horcajadas, rodeando mi cintura con sus piernas y dejando que su intimidad, aún húmeda por el estímulo de Astrid, presionara directamente contra mi dureza.
—¿Qué es lo que pides, Mich? —le pregunté, deslizando mis manos por su espalda hasta descansar en la firmeza de sus glúteos.
—Quiero todo lo que ellas ya sintieron —sentenció Michelle, con la respiración agitada—. Me volvió loca ver cómo devorabas a As, cómo tus dedos la hacían gemir… y lo que acabas de hacerle a Camila. Me fascinó ver cómo besabas sus senos, cómo succionabas sus pezones hasta que perdió el sentido. Yo también quiero.
Michelle se inclinó hacia delante, pegando su pecho al mío con una urgencia que no admitía demora. Sus ojos escrutaban los míos, buscando la confirmación de su estatus.
—Me encantó mirarlas —continuó —, pero ahora no quiero ser solo una espectadora. Quiero que tu boca se pierda en mí, igual que hiciste con Cami. Hazme tu novia de verdad, Papi… ahora mismo.
Sin retirar las manos de sus nalgas, apreté mis dedos contra su carne firme. Me incliné hacia ella, acortando el último espacio que nos separaba, y busqué sus labios con una avidez que la sorprendió. Fue un beso hambriento, una invasión húmeda y profunda con mi lengua, sellando el pacto de su iniciación. Michelle respondió con una desesperación deliciosa, aferrándose a mis hombros mientras comenzé a acariciar sus caderas.
Bajé entonces hacia su cuello, dejando un rastro de besos ardientes que la hicieron arquear la espalda. Finalmente, mi boca descendió hacia sus senos. Capturé uno de sus montículos, y rodeé la areola con mi lengua antes de succionar el pezón con fuerza. Michelle soltó un alarido de puro goce, clavando sus uñas en mi nuca.
Mientras mi boca seguía devorando la firmeza de su busto, con una de mis manos, busque el nacimiento de sus glúteos, mis dedos comenzaban a explorar el valle de su retaguardia.
Con la punta del índice, inicié un recorrido por el surco de sus nalgas, mis yemas encontraron el pequeño y apretado anillo de su esfínter. Era una joya de piel tensa, virgen, suave y caliente, Mich reaccionó con un espasmo con un espasmo ante mi contacto.
—Papi… ¿ahí…si… sigue? —susurró ella, con la voz quebrada por una mezcla de pánico y un morbo incontenible.
—Ahí te gusta, mi niña —le respondí al oído, mientras mis dedos comenzaban a masajear el contorno con movimientos circulares.
Michelle hundió el rostro en mi hombro, soltando un gemido agudo cuando mi dedo, lubricado por su propia humedad, comenzó a presionar con firmeza. Al sentir la invasión inicial, soltó un pequeño grito de sorpresa:
—¡Ay! —exclamó, mientras su cuerpo se tensaba violentamente, asimilando la nueva sensación que recorría su espina dorsal.
Retiré el dedo solo un instante para humedecerlo de nuevo en su fuente y repetí la maniobra, hundiéndolo con una decisión más profunda. Mi boca, mientras tanto, no abandonaba su pecho, tirando del pezón con una succión que la mantenía anclada a mi pecho.
—¡Ay! —volvió a gritar, arqueándose tanto que su busto pareció ofrecerse con más fuerza a mis labios—. ¡Ay! —repitió por tercera vez, con la voz rota, mientras su músculo anal se resistía a la apertura.
Aproveché el flujo que escurría de su vulva para lubricar aún más mi índice. Con un empuje certero y pausado, volví a ejercer presión sobre el anillo rebelde. Esta vez, la combinación del estímulo en su pecho y el lubricante facilitó el camino; el músculo cedió, permitiendo que mi dedo se deslizara en su interior. Michelle soltó un jadeo sordo.
—¡Ah… ahh, Papi… sí! —fue una nota de asombro puro al sentir cómo su ducto era finalmente conquistado.
Me puse en pie con un movimiento fluido y potente, sin retirar el dedo de su interior ni romper el sello de mi boca contra su pecho. Michelle soltó un grito de asombro que vibró contra mi piel; sus piernas se cerraron instintivamente alrededor de mi cintura, aferrándose a mí como si fuera su única ancla en un mundo que acababa de volverse inestable.
La gravedad empujaba su cuerpo hacia abajo, haciendo que mi dedo se hundiera aún más en su cavidad. El rostro de Michelle, encendido por la lujuria, se transformó en una máscara de sorpresa. Sus manos abandonaron mis hombros para enredarse en mi cabello, buscando desesperadamente un punto de apoyo mientras yo caminaba un par de pasos por la estancia, manteniéndola suspendida.
—Papi… ¡oh, Dios, qué rico! —jadeó ella—. ¿Qué me vas a hacer?
Di media vuelta con ella en vilo y me detuve frente al sofá, donde Astrid y Camila nos observaban. La deposité sobre el sillón, dejando que su espalda se hundiera en los cojines mientras sus piernas permanecían abiertas y elevadas, ofreciendo su intimidad a mi escrutinio. Retiré mi dedo de su retaguardia; Michelle soltó un suspiro de alivio y pérdida simultáneos.
Sin darle tiempo a recuperarse, me situé entre sus muslos. Michelle levantó el rostro para observar con fijeza mi posición.
Comencé el ascenso desde abajo. Mi lengua, húmeda y experta, buscó primero el anillo que acababa de invadir. Recorrí el esfínter con trazos circulares, saboreando su reacción. Michelle soltó un gemido agudo, una nota de asombro ante la audacia de mi boca en esa zona tan secreta. No me detuve; continué subiendo por el periné, ese estrecho puente de seda que separaba sus dos mundos, hasta alcanzar la comisura de su vulva.
La humedad de Michelle comenzó a abundar, bañando mi lengua mientras trazaba una línea ascendente por el surco de sus labios. Pasé por el vestíbulo, saboreando el flujo que brotaba con cada latido de su sexo, hasta que finalmente alcancé su centro. Al rozar el pequeño botón con la punta de la lengua, Michelle se arqueó violentamente sobre el sofá.
—¡Ahhh… Papi! —gritó, clavando los talones en el cuero del sillón—. ¡Ahí… qué rico es ahí!
Repetí la maniobra una y otra vez, convirtiendo mi lengua en un pincel que dibujaba el camino entre su retaguardia y su clítoris. Con cada pasada, Michelle perdía un poco más el control de sus extremidades; sus muslos temblaban rítmicamente y sus dedos se enterraban en los cojines, buscando una estabilidad que mi boca le negaba. La cadencia de mis lametones, alternando succiones rápidas en su centro con caricias lentas en su anillo, la llevó a un estado de trance donde solo existía el pulso de su propia sangre.
—¡Papi, por favor… me voy a morir! —sollozaba Michelle, con la cabeza balanceándose de lado a lado mientras su fuente no dejaba de manar—. ¡Sigue, sigue, no pares!
Tras un último y prolongado lengüetaso me incorporé. Michelle me miró, el pecho subiendo y bajando en busca de aire, completamente a merced de mis deseos.
—A gatas, Mich —le ordené con una voz que no admitía réplica—. Ponte sobre tus rodillas y apoya las manos en el respaldo.
—Ponte de espaldas, a gatas —ordené con firmeza—. Apoya tus manos en el respaldo del sofá.
La falda escolar, ahora arrugada, apenas cubría la línea de sus caderas. La vista desde mi posición era un espectáculo: sus glúteos, redondos y de una palidez nacarada, se abrían naturalmente ante la inclinación de su espalda. Justo en el centro, el pequeño anillo de su esfínter destacaba como un punto rosado, apretado y virginal, que reaccionaba con espasmos minúsculos al ritmo de su respiración.
Más abajo, entre la apertura de sus muslos, su vulva se revelaba desde atrás en una perspectiva prohibida. Pude ver el rastro húmedo que Astrid había dejado con su lengua, brillando sobre los labios menores que asomaban como pétalos de rosa humedecidos por el rocío.
Mis dedos comenzaron a recorrer la parte posterior de sus piernas, subiendo lentamente hasta que Michelle soltó pequeños gemidos de expectación. Al alcanzar la base de sus nalgas, separé sus mejillas con firmeza, exponiendo la plenitud de su ano ante mis ojos y los de sus amigas, que observaban desde los flancos con el aliento contenido.
Me incliné y, sin previo aviso, mi lengua buscó el centro de su retaguardia. Al primer contacto con el anillo, Michelle soltó un alarido; sus dedos se clavaron en el respaldo del sofá con fuerza. Comencé a lamer su esfínter con trazos circulares y decididos, saboreando la resistencia de ese músculo que se contraía rítmicamente bajo mi presión, provocando que la piel de sus muslos se erizara por completo.
No me limité a la superficie. Con la punta de la lengua, comencé a presionar el centro del anillo mientras abría con mis dedos hacia los lados. Michelle sollozaba de puro morbo, balanceando las caderas de forma instintiva en un intento de huir o de entregarse más profundamente.
—Papi… ¡oh, Dios, ahí no! —gemía, aunque su cuerpo decía lo contrario—. Se siente… tan prohibido… sigue…
Ignoré su falsa protesta y descendí apenas unos milímetros para alcanzar su vulva desde atrás. Con mis manos aún separando sus glúteos, mi lengua se hundió en el surco húmedo de su sexo. La penetré con trazos largos, ascendiendo desde la comisura inferior hasta perder de vista la punta de mi lengua entre sus labios ardientes. El sabor de Michelle, una mezcla de su propia esencia y el rastro de Astrid, era un elixir que alimentaba mi urgencia.
Fue entonces cuando el cuerpo de Michelle alcanzó su punto de ebullición. El flujo comenzó a emanar de su interior con una abundancia que empapó mis labios, deslizándose en hilos cristalinos por la comisura de su vulva y perdiéndose en el vello rubio. Sus jugos, cálidos y dulces, brotaban con cada espasmo de sus paredes internas, delatando que su resistencia se había fundido por completo.
—¡Papi, me estoy mojando toda! —gritó Michelle, con la voz rota por el éxtasis mientras sus caderas realizaban un vaivén frenético contra mi rostro.
—Mira, Papi… —susurró Astrid, con los ojos encendidos—. Mich ya se vino toda.
Michelle soltó un sollozo largo y profundo cuando mi lengua capturó el brote de su centro, succionando su esencia con voracidad. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyar los antebrazos en el respaldo para no colapsar. Estaba completamente desbordada.
Su falda se había deslizado por los movimientos y colgaba de forma precaria sobre sus muslos, entorpeciendo mi acceso. Sin decir palabra, llevé mis manos a su cintura, abrí el cierre y desabotoné la prenda. Sujeté la tela por los costados y, con un movimiento firme, la deslicé hacia arriba sobre su espalda arqueada.
Michelle facilitó la maniobra; al erguirse, su cuerpo desnudo se pegó contra el mío. La tomé por los senos mientras mi miembro quedaba posado justo en la entrada de su retaguardia. Al atraerla hacia mí, mi glande chocó de lleno contra el anillo rosado.
—¡Ahhhhhhh! —el grito inesperado y agudo de Michelle hizo brincar a nuestras espectadoras.
No la solté; la abracé con más fuerza. Mis manos reclamaron su busto, sintiendo sus pezones endurecidos como cuentas de nácar. Al estar tan pegados, mi miembro ejercía una presión constante contra su esfínter. Cada vez que intentaba tomar aire, se veía obligada a frotarse contra mí. El calor de su cuerpo envolvía la punta de mi glande.
Michelle comenzó a forcejear, entrando en pánico. Sus manos, que antes se aferraban al respaldo con morbo, ahora empujaban hacia atrás intentando ganar distancia. Sus muslos se tensaron y sus glúteos se apretaron instintivamente, tratando de cerrar la puerta que mi miembro reclamaba. Sin embargo, con cada esfuerzo que ella hacía por alejarse, mi miembro ganaba terreno, hundiéndose más debido a sus propios movimientos.
—¡No… Papi! ¡Espera…! —gritó con la voz quebrada—. Siento… que… ¡duele, duele!
Con un movimiento de cadera, mi glande, caliente y exigente, se hundió un poco más. La resistencia terca de su pequeño anillo comenzó a ceder. Michelle empezó a temblar violentamente.
—Quédate quieta, Mich —le susurré al oído, mientras mis manos seguían moldeando sus pechos con una firmeza que le recordaba quién mandaba.
Michelle giró el rostro, mirándome con confusión y súplica. Sus ojos se empaparon con lágrimas de excitación. En ese momento, su fachada se desmoronó. Era una criatura acorralada que empezaba a comprender la magnitud de lo que ocurría. Su labio inferior tembló y un sollozo de asombro escapó de su garganta. Intentó encogerse, gesto que solo sirvió para que mis manos apretaran con más fuerza sus senos. Se sentía indefensa; su seguridad se había disuelto ante el peso de mi autoridad.
—Papi… por favor… —balbuceó con voz sumisa, sellando su rendición—. Papi… por favor… ¡Astrid… Cami… ayúdenme! —suplicó—. Díganle que pare… ¡me va a romper! Aún no estoy lista.
Me quedé inmóvil, permitiendo que su cuerpo asimilara la presencia de mi glande, que ya había conquistado el umbral. La presión era absoluta. Me mantuve así, dejando que la conciencia de la invasión se grabara en su memoria, mientras el anillo, vencido, pulsaba débilmente. Me incliné sobre su hombro, aspirando su aroma.
—Tranquila, mi niña —le susurré—. Hoy no te voy a penetrar todavía. Primero lo voy a preparar para que lo desees.
Sentí cómo Michelle soltaba un suspiro de alivio que murió a mitad de camino cuando mi mano derecha descendió de su pecho. Con lentitud, mis dedos recorrieron su vientre plano, deteniéndose apenas un segundo antes de continuar su camino hacia la humedad que seguía manando de su sexo.
Michelle se estremeció al sentir que la presión de mi miembro desaparecía. Fue un alivio inmediato, pero seguido de una extraña sensación de vacío que la hizo buscarme con la mirada por encima del hombro. Sin darle tiempo a procesar mis palabras, me deslicé hacia abajo en el sofá, quedando justo detrás de ella mientras permanecía a gatas, con la espalda arqueada y el busto apoyado en el respaldo.
Desde esta nueva perspectiva, la vulnerabilidad de Michelle era absoluta. Su retaguardia quedaba a la altura de mis ojos, ofreciendo ese anillo rosado semiabierto que aún pulsaba, exhausto por la tensión. Astrid y Camila se acercaron más, flanqueando el sofá, convirtiéndose en espectadoras de lujo de la delicada tarea que estaba por comenzar.
—Miren bien —les dije en un susurro, mientras mis dedos comenzaban a masajear de nuevo el contorno de su esfínter—. No se trata solo de entrar, sino de que ella pida la entrada.
Michelle soltó un jadeo sordo. Sus caderas realizaron un movimiento involuntario hacia atrás, buscando el contacto que antes la aterraba. El pánico se había transformado en curiosidad.
—Papi… —murmuró con la voz rota—, ¿qué vas a hacer ahora?
Acerqué mi rostro a su intimidad expuesta; mis ojos recorrieron la piel finísima de su esfínter, que se contraía ante la inminencia de mi presencia. Pasé la punta de la lengua por el pliegue prohibido. Michelle soltó un alarido agudo que resonó en toda la estancia. Sus manos se aferraron al respaldo del sofá con todas sus fuerzas.
—¡Papi! ¡No… ahhh… sí, ahí… sí! —exclamó. Su cuerpo no retrocedió; al contrario, sus caderas buscaron inconscientemente el calor de mi boca.
Con el esfínter ya dilatado y lubricado por el rastro de mi lengua, decidí que era el momento. Apoyé la punta de mi dedo medio contra la abertura y, con un empuje lento, lo hundí en su interior.
Michelle no gritó de dolor; en su lugar, soltó un suspiro largo, una exhalación de pura rendición. Sus ojos, fijos en los de Astrid, se dilataron hasta el límite mientras sentía cómo mi falange conquistaba su cavidad. Sus paredes internas se cerraron sobre mi dedo con una calidez asombrosa, aceptando la invasión como algo necesario y deseado.
—Sí, As… —balbuceó Michelle, respondiendo al susurro de su amiga mientras su pelvis realizaba un vaivén rítmico contra mi mano—. Es… es increíble. Dile que no se detenga… dile a Papi que me está gustando… Lo amo.
Aprovechando la apertura que mi dedo medio ya había reclamado, deslicé el índice a su lado, humedecido en su propio flujo. Con una presión cuidadosa, hundí ambos dedos en su interior. Michelle soltó un grito que se quebró en un sollozo; el estiramiento de su pequeño anillo la obligó a arquearse aún más, con el pecho aplastado contra el cuero del sofá.
Comencé a mover mis dedos en un vaivén profundo y rotatorio, explorando cada pliegue de su mucosa ardiente. El sonido de la carne lubricada chocando contra su piel llenó el silencio de la sala. Astrid se inclinó sobre ella, acariciando su rostro sudoroso y susurrándole palabras de aliento que solo servían para avivar el fuego.
—¡Oh, Dios… Papi, los siento… siento cómo me abres! —gritaba Michelle, con la cabeza balanceándose frenéticamente—. ¡Más… mételos más, sí, así, así!
Intensifiqué el ritmo y la profundidad. Mis dedos frotaron las paredes de su conducto con una cadencia que la hizo perder el contacto con la realidad. El cuerpo de la rubia comenzó a sacudirse; sus muslos, antes firmes, se volvieron gelatina, y sus dedos se enterraron con tal fuerza en el respaldo que los nudillos se le pusieron blancos.
El clímax la alcanzó con la fuerza de un relámpago. Michelle soltó un alarido desgarrador, un sonido de puro triunfo y dolor placentero, mientras su interior se contraía en una serie de espasmos violentos que atraparon mis dedos con una fuerza asombrosa. Su fuente se desbordó sobre el sofá, mientras su espalda se tensaba hasta el límite antes de colapsar.
Cayó hacia delante, exhausta, con el rostro hundido en los cojines y los glúteos aún elevados, vibrando por los restos del orgasmo anal que acababa de reclamar su inocencia.
Astrid, que observaba con las pupilas dilatadas, no pudo soportarlo más. El espectáculo de sus amigas encendió en ella un fuego incontenible. Se puso de pie y, con manos trémulas pero decididas, se despojó de su última prenda. Al quedar desnuda, su cuerpo menudo irradiaba una determinación salvaje. Se acercó a mí con un movimiento posesivo.
—Ya fue suficiente para ellas, Papi —sentenció—. Ahora me toca a mí. No aguanto más, estoy quemándome por dentro… Te quiero a ti adentro, ahora mismo.
Astrid hundió los dedos en su vulva y, empapándolos con su propio néctar, llevó una porción de ese líquido tibio directamente a mis labios, obligándome a catarlo.
—Prueba el sabor de tu Astrid —ordenó, con la mirada fija y profunda—. Ahora, ven y toma a tu niña, Papi. Hazme tuya frente a ellas.
No me dio tiempo de responder. Con firmeza, rodeó mi miembro con su palma; sus ojos estaban inyectados de deseo. El movimiento, urgente, me sacó del trance y me obligó a seguirla. Me arrastró hacia el centro del sofá mientras Camila y Michelle se hacían a un lado, abriendo un espacio justo en medio de ellas.
Astrid se hincó frente a mí, entre mis piernas. Con determinación, acarició por completo mi anatomía; su agarre era firme, sin soltar mi verga, mientras el calor de su mano me envolvía.
—Ayúdenme —ordenó Astrid sin dejar de mirarme, dirigiendo su mando hacia Michelle y Camila—. Quítenle todo.
Ellas obedecieron al instante. Sus manos, ansiosas, se encargaron de despojarme del pantalón y el bóxer, dejando mi cuerpo totalmente expuesto ante sus miradas devoradoras. Astrid, aún de rodillas, volvió a cerrar su mano alrededor de mi miembro. Con un movimiento lento, deslizó su palma desde la base hasta el glande, midiendo mi longitud. Sus dedos rodearon el grosor, y una sonrisa de triunfo iluminó su rostro al sentir el pulso de mi excitación contra su piel.
—¿Qué pasa, chicas? —soltó, rompiendo el silencio—. ¿Por qué dudaron? ¿Acaso las asusta lo que tanto deseaban? Miren lo grande que es. —Se irguió, colocándose en el centro del grupo como la dueña de la situación—. Mírenlo bien. Esto es de nosotras tres y, desde luego, de mi mamá. No es momento de timideces; es momento de gozar.
Camila fijó sus ojos en ella con una pizca de malicia juguetona.
—Hablas con mucha seguridad ahora, As —intervino—, pero si no recuerdo mal lo que nos contó Papi… tú también tuviste miedo cuando lo conociste. Dijiste que no estabas lista. No eras tan valiente entonces.
Astrid soltó una carcajada cristalina y cargada de suficiencia. Se inclinó hacia Camila, rozando su nariz con la de ella, antes de volver a clavar su mirada en mi miembro, que seguía prisionero de su mano.
—Tienes razón, Cami. Estaba aterrada —confesó sin un ápice de vergüenza—. Aquella primera vez, mi madre dormía en la habitación de arriba y yo temblaba solo de pensar en que pudiera despertarse y vernos. Tenía pánico a que nos descubriera, pero el miedo a que Papi me rompiera era aún mayor. Sentía que mi cuerpo no sería capaz de contenerlo, que me partiría en dos. Pero cuando lo tuve dentro, el dolor y la invasión se fundieron en algo increíble. Dolió, claro que dolió, pero me gustó más de lo que puedo explicar. Una vez que dejas que Papi te invada, el miedo se vuelve la nota más alta de tu melodía favorita. Tuve miedo, sí… y ahora vivo para esto.
Astrid volvió a rodear mi miembro, apretándolo con una devoción casi religiosa mientras sus ojos se humedecían de puro afecto.
—Papi me fascina, tiene un magnetismo que no sé explicar —confesó, bajando la voz—. Además me cuida, me trata con una ternura inmensa y me complace en cada capricho; él me ama tanto como yo a él. Y ahora, niñas… les voy a mostrar lo que significa entregarse de verdad.
Astrid se volvió a hincar frente a mí, manteniendo su mano firme alrededor de mi miembro, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo. Me miró a los ojos con una mezcla de orgullo y sumisión, antes de inclinar la cabeza.
Sin soltar su agarre, comenzó a lamer la base, subiendo con trazos lentos y húmedos por todo el tronco. Su lengua, experta y cálida, recorría cada vena en relieve. Michelle y Camila, se arrodillaron a ambos lados, para observar hipnotizadas por el brillo de la saliva que Astrid iba dejando a su paso.
—Miren —susurró Astrid, separando los labios apenas un segundo—. Tienen que lubricarlo bien. No es solo por él, es para que cuando entre en ustedes, se deslice como seda. La humedad es nuestra mejor aliada.
Astrid alcanzó el glande y rodeó la corona con la punta de su lengua y se detuvo un instante para saborear el líquido preseminal que brotaba como una ofrenda y realizó círculos concéntricos que me hicieron soltar un gruñido de aprobación. Luego, con un movimiento decidido, capturó la punta en su boca y comenzó una succión rítmica, mientras sus ojos buscaban a sus amigas para asegurarse de que no perdieran detalle de la lección.
De pronto, se detuvo y dirigió la mirada hacia sus compañeras con un desafío oscuro en las pupilas.
—Michelle, Camila… —ordenó—. Sujétenme el cabello, hagan dos coletas. No quiero que nada me estorbe ahora.
Las dos obedecieron al instante. Rodearon con sus manos la melena de Astrid; Michelle tomó un mechón del lado derecho y Camila del izquierdo, tirando de ellos con suavidad hacia atrás para exponer por completo su cuello y su boca entreabierta. Con el rostro despejado por la ayuda de sus amigas, Astrid me miró fijamente y abrió la boca al máximo. Sin vacilar, se abalanzó hacia adelante y engulló por completo mi falo.
El calor de su garganta me recibió como un guante. Sentí cómo sus labios se apretaban contra la base, creando un vacío succionador que me sacó un gemido profundo. Astrid no se detuvo; comenzó un movimiento rítmico y profundo, bajando hasta que su nariz rozaba mi vello púbico. Sus mejillas se hundían con cada embestida, demostrando una técnica que dejó a sus amigas sin aliento. Ambas seguían sosteniendo su cabello, asombradas por la imagen de Astrid devorando aquello que tanto las había asustado minutos antes.
Astrid mantuvo el vaivén con una cadencia técnica. Al llegar al punto más profundo, sus ojos se pusieron en blanco por un segundo, pero no se apartó.
—¡Dios mío! ¡Astrid, no puedo creer que hagas eso! —jadeó Michelle, sin apartar la vista ni un milímetro.
Camila, con el rostro iluminado por la excitación, mostraba una mezcla de asombro y admiración ante ese acto de entrega absoluta.
—Es increíble… qué valiente eres, Astrid —susurró Camila con una envidia palpable—. En serio te cabe todo; qué boca tienes, amiga.
Finalmente, Astrid liberó mi verga con un chasquido húmedo, dejando el glande reluciente y listo para la invasión. Se apartó apenas unos centímetros. Levantó el rostro, con los labios rojos y brillantes por la lubricación, y clavó sus ojos en sus compañeras.
—Ya está listo —sentenció, intentando recuperar el aliento—. Ya está preparado para lo que sigue. Mírenlo… no es enorme; es nuestro novio.
Con un movimiento grácil, se puso de pie. Sus ojos, fijos en los míos, irradiaban una determinación que no admitía réplicas. Colocó sus manos pequeñas pero firmes sobre mis hombros y, con una presión decidida, me empujó hacia atrás hasta que caí sentado en el centro del sofá.
Astrid no esperó. Con una agilidad felina, subió al sillón y se colocó de pie sobre el cojín, justo frente a mí. Abrió sus piernas con lentitud, obligándome a quedar en medio de ellas, mientras su intimidad, húmeda y palpitante, quedaba a la altura de mis ojos.
Al estar de pie sobre el asiento, su sexo ofreció una visión panorámica de su entrega. Su intimidad era totalmente lampiña, de una suavidad que resaltaba la delicadeza de sus formas. La piel, tersa y rosada, palpitaba rítmicamente. La ausencia de vello hacía que cada pliegue de su desarrollo quedara expuesto sin defensas ante mi mirada y la de sus compañeras.
Me incliné hacia adelante, atrapado por su fragancia, y le di unos cuantos besos profundos directamente en su vulva. El calor que emanaba de ella me envolvió. Astrid soltó un jadeo agudo y se estremeció de pies a cabeza; enterró sus dedos con fuerza en mi cabello, tirando de mí para presionarme contra su suavidad, obligándome a beber de ella mientras Michelle y Camila observaban, desde abajo, el altar de carne en el que se había convertido el sofá.
—¡Basta, Papi! —exclamó de pronto Astrid, con la voz quebrada por la urgencia—. ¡Basta de lamer! Me estoy volviendo loca… Lo que quiero ahora es sentir tu verga dentro de mí. ¡Que me cojas ya!
No la hice esperar más. Extendí mis manos y rodeé sus muslos, sintiendo la firmeza de su juventud. Con un movimiento lento y cargado de autoridad, la obligué a descender.
—Baja, princesa —le susurré, mientras mis ojos no se apartaban de los suyos—. Toma lo que es tuyo.
Astrid obedeció con parsimonia. Sus manos se apoyaron en mis hombros buscando estabilidad, mientras sus rodillas se doblaban para permitir que su intimidad buscara el contacto con mi miembro. Mi anatomía, gruesa y palpitante, quedó expuesta justo frente a su monte de Venus. Al estar ella hincada, la magnitud de mi erección se hizo evidente para las tres.
La punta de mi miembro parecía una lanza carmesí que amenazaba con invadir la pequeña e inmaculada vulva de Astrid. Michelle y Camila, arrodilladas a los lados, clavaron sus ojos en la revelación de nuestras formas a punto de chocar; el contraste entre la piel morena y venosa de mi falo y la dermis canela del abdomen de Astrid era demoledor.
—¡Dios mío! —jadeó Michelle, con los ojos fijos en cómo mi erección prácticamente le llegaba al ombligo a su amiga—. Astrid, ¿de verdad te va a entrar todo eso? Es… es muy grueso y largo.
—Es enorme —susurró Camila con una mezcla de pánico y asombro—. Parece que te va a atravesar, As. Tu cosita es muy pequeña.
—Claro que me va a entrar, bobas. No es la primera vez —replicó Astrid con una sonrisa de suficiencia—. Me encanta sentir cómo me abre y me llena por completo.
Astrid no esperó más. Con un gesto de mando, guio el glande hacia su estrechez. Sus muslos temblaron violentamente al sentir el primer contacto real de la punta contra su centro.
—¡Mírenlo, chicas! —gritó con la voz rota por la excitación mientras empezaba a dejarse caer con su propio peso—. ¡Ahora lo ven… ahora no lo ven!
Astrid soltó un alarido seco, un sonido que nació en el fondo de su garganta y murió en un jadeo ahogado cuando mi miembro forzó su entrada y comenzó el empalamiento. La piel de su vientre se tensó de tal manera que se podían adivinar las venas azuladas bajo la superficie. El rubor violento que había comenzado en sus mejillas descendió como un incendio por su cuello, cubriendo su pecho de un carmín revelador.
Sus pezones, ya endurecidos, se tornaron de un tono púrpura oscuro. Cada centímetro que ella ganaba hacia abajo era una batalla contra su propia estrechez. Sus muslos comenzaron a sacudirse en espasmos involuntarios; la piel de sus piernas se cubrió instantáneamente de una fina capa de sudor.
—¡Ahhh… Papi! —gritó Astrid, echando la cabeza hacia atrás mientras sus uñas se clavaban en mis hombros con fuerza desesperada—. ¡Siento… siento cómo me abres! ¡Me quema… me encanta sentir cómo vas entrando!
Su vulva se estiraba hasta el límite de mi grosor. Los labios menores, antes recogidos, se ensancharon y se tornaron de un rojo encendido, envolviendo la base de mi miembro como un anillo de carne viva. La piel de su perineo se tensaba hasta parecer que no aguantaría más, mientras el flujo brotaba de su interior, lubricando la unión que fundía nuestros cuerpos en uno solo.
—¡Mira, Mich! —balbuceó Camila, con la voz temblando por el shock—. ¡Le está entrando todo…! As, ¿estás bien?
Astrid solo atinó a asentir. Con un último empuje descendente, se dejó caer por completo. El sonido de la carne chocando —el golpe seco de su pelvis contra la mía— retumbó en el silencio. Se quedó inmóvil un segundo, con los ojos en blanco y la boca abierta en un grito silencioso. Su pecho subía y bajaba en oleadas frenéticas; su abdomen se veía ligeramente abultado por la presencia de mi miembro, que ahora ocupaba cada rincón de su interior.
—Ya… ya está… —susurró con un hilo de voz que vibraba con un placer doloroso—. Ya soy… toda tuya, Papi. Mírenme, niñas… miren cómo lo tengo todo adentro.
Astrid comenzó a subir y bajar sus caderas con un ritmo lento. Con cada movimiento soltaba un gemido húmedo que parecía arrancar de sus entrañas, mientras sus pezones rozaban mi pecho, enviando descargas eléctricas a través de ambos. La lección había terminado: la imagen de su amiga siendo poseída de forma tan total borró cualquier resto de infancia en Michelle y Camila.
Astrid inició la cabalgata con una cadencia rítmica, una danza de posesión absoluta que hacía que el sofá crujiera bajo nuestro peso. Sus ojos buscaron los míos en una súplica de reconocimiento. No le di tregua; mis manos, grandes y autoritarias, bajaron hasta sus caderas, anclándome en la tersura de su piel sudada para marcar el ritmo de su ascenso y descenso. Deslicé mis palmas hacia arriba, recorriendo sus costillas, donde su respiración galopaba como un animal atrapado. Astrid soltaba gemidos que se mezclaban con el roce de nuestros cuerpos.
—Así, mi amor… —le susurré, mientras mis manos ascendían finalmente para reclamar sus pequeños senos.
Los atrapé con una presión firme, sintiendo su desarrollo bajo mis dedos; dos pequeños montículos que palpitaban al unísono con su sexo. Me incliné hacia adelante, buscando con mi boca esos pezones que ahora lucían un carmín oscuro y desafante. Al capturar uno entre mis labios, Astrid soltó un grito que hizo eco en el salón; su espalda se arqueó tanto que sus costillas se marcaron bajo la piel fina, ofreciéndome un acceso total. Inicié una succión rítmica y poderosa, tirando de su pecho. Michelle y Camila observaban sin perder detalle.
—¡Se ve que te encanta! —exclamó Michelle, cuya mano bajó instintivamente hacia su propia intimidad, buscando aliviar la tensión—. Astrid, parece que te vas a romper… pero te mueves como si lo necesitaras.
—Lo necesita —respondí yo, sin soltar el pecho de Astrid, dejando que mi voz vibrara contra su piel—. Necesita sentir que no queda espacio para nada más que para su Papi.
Astrid aumentó la velocidad, impulsada por mis caricias y por la mirada de sus amigas. Sus nalgas golpeaban mis muslos con un sonido rítmico y carnal. Mis dedos se clavaron en su carne, dejando marcas rojas que contrastaban con su palidez. Astrid estaba en un trance absoluto; su cuerpo, una máquina de placer bajo mi mando, comenzó a acelerar de forma frenética. Sus gemidos ya no eran sonidos articulados, sino ráfagas de aire caliente que golpeaban mi rostro mientras su cabello empapado se pegaba a su frente.
—¡Papi… más… más fuerte! —gritó ella, con la mirada perdida en el techo y sus brazos rodeando mi cuello—. ¡Ya viene… siento que me voy a derretir por dentro!
El movimiento de sus caderas se volvió un galope descontrolado. Sentí cómo las paredes de su interior se cerraban sobre mí en una serie de espasmos rítmicos y poderosos; era una succión tan intensa que me obligó a tensar cada músculo de mi cuerpo. Astrid soltó un alarido largo y desgarrador, arqueando la espalda en un último esfuerzo de entrega, mientras su vientre se sacudía contra el mío. El clímax la golpeó con tal fuerza que sus ojos se pusieron en blanco y su cabeza cayó hacia atrás, dejando que su garganta expuesta vibrara con los restos de su grito.
Colapsó sobre mi pecho, sacudida por espasmos residuales. Su piel, bañada en sudor, se pegaba a la mía. Lentamente, recuperó algo de aire. Me buscó con una devoción que rozaba la locura y capturó mis labios en un beso profundo. Se separó apenas unos milímetros, apoyando su frente contra la mía.
—Qué rico, Papi… pero todavía quiero más —dijo con una voz cargada de una lujuria renovada—. Quiero que ellas vean la siguiente lección. Ponte detrás de mí… entra otra vez.
Sin esperar mi respuesta, Astrid se levantó con un movimiento lánguido pero decidido. El sonido de la succión al separarnos fue un chasquido húmedo que resonó en el silencio del salón. Ella se giró sobre el sofá, dándome la espalda, y se colocó a gatas. Apoyó los codos en los cojines y elevó sus glúteos en una invitación silenciosa, ofreciendo su retaguardia al descubierto ante mi mirada y la de sus fascinadas amigas.
Desde esta perspectiva, la visión de su entrega era absoluta. Sus nalgas, redondas y firmes, se abrían naturalmente, revelando el rastro de nuestra unión anterior que brillaba bajo la luz tenue. Justo en el centro, su intimidad palpitaba rítmicamente, aún dilatada y enrojecida por la magnitud de mi miembro. Michelle y Camila espectativas, arrodilladas a los flancos del sofá para observando el umbral que Astrid ofrecía con tanta suficiencia.
Me situé tras ella, con mi miembro entre sus muslos, rozando la entrada que ya me esperaba.
—Por favor, Papi… —suplicó Astrid, girando el rostro por encima del hombro—. Entra ya… Chicas, miren bien. Métela hasta el fondo.
Sujeté sus caderas con firmeza; ella soltó un jadeo al sentir el calor de mi glande presionando contra su apertura. Me incliné hacia adelante, pegando mi pecho a su espalda, y con un empuje certero la invadí de una sola estocada.
—¡Ahhh… Dios! —el grito de Astrid fue una mezcla de alivio y asombro.
Sus paredes internas, aún calientes y sensibilizadas por el encuentro anterior, se estiraron para recibirme. La profundidad desde esta posición era distinta; sentí cómo, con la embestida, alcanzaba el fondo de su ser, chocando contra su cuello uterino.
Me enderecé lentamente, manteniendo la unión total, y comencé un movimiento de atrás hacia adelante con una cadencia pausada y demoledora. Con cada envite, mi pelvis chocaba contra sus glúteos con un sonido sordo. Astrid, con la frente apoyada en los cojines, soltaba gemidos rítmicos que con cada arremetida.
Mis manos abandonaron sus caderas para deslizarse por su espalda sudorosa, buscando sus hombros para tirar de ella hacia mí en cada penetración. El vaivén era tan profundo que Astrid sentía mi presencia en lo más íntimo de su vientre; sus ojos, fijos en el vacío, reflejaban su goce total.
Entonces centré toda mi atención en su pequeño anillo rosado que palpitaba, y ofrecía una visión impúdica y perfecta.
Con una mano, apoyé la yema de mi pulgar directamente sobre el centro del esfínter de Astrid. El músculo, fino y tenso, reaccionó con un espasmo de pánico, cerrándose con fuerza contra mi tacto. Astrid soltó un quejido agudo, hundiendo más el rostro en el cojín, pero sus caderas buscaron inconscientemente la presión de mi mano.
Comencé a presionar con masajes circulares constantes. Sentí cómo el calor de su piel se elevaba. Poco a poco, mi pulgar inició un hundimiento en su estrecha cavidad prohibida. La piel de alrededor se estiró, tornándose de un rosa pálido a un blanco tenso bajo la magnitud de mi dedo.
—¡Ahhh… Papi! ¿Qué estás haciendo? —dijo con un hilo de voz, en una mezcla de dolor exquisito y sorpresa—. ¡Espera… no, por favor!
—Tranquila, mi amor —le ordené, aumentando la presión con una autoridad que la dejó sin aliento—. Deja que tus amigas vean cómo tu cuerpo se rinde por completo. Observen por qué también ellas pasarán por lo mismo.
Hundí el pulgar con un empuje implacable hasta que el primer nudillo desapareció en su estrechez. Astrid soltó un alarido seco y su espalda se arqueó. La resistencia del esfínter era una pared de fuego, pero mi fuerza era superior. No me detuve hasta que mi pulgar estuvo enterrado casi por completo; sentía los latidos de su corazón directamente en mi yema. La combinación de mi miembro ocupando su vulva y mi dedo invadiendo su ano creó una sobrecarga sensorial que la hizo sollozar de pura excitación.
Sin retirar el primer pulgar, llevé mi otra mano hacia su retaguardia. Apoyé el segundo dedo justo al lado del que ya la habitaba. Con un movimiento coordinado, comencé a separar ambos hacia los lados, obligando al anillo a ensancharse más allá de lo que ella creía posible.
—¡No… Papi, me vas a romper! —gritó, mientras su carne se estiraba hasta mostrar un color violáceo—. ¡Duele… pero se siente tan bien!
El orificio quedó forzado a una apertura circular y profunda. Astrid temblaba, suspendida entre el placer frontal y la invasión doble de su canal anal, mientras yo continuaba bombeando dentro de ella. Con mis pulgares anclados, inicié un movimiento de rotación, obligando al músculo a ceder milímetro a milímetro. El anillo se transformaba en una oquedad rosa y voraz que devoraba mis dedos.
Fue entonces cuando su cuerpo comenzó a secretar un flujo torrencial. La humedad brotaba con tal abundancia que empapó la base de mi miembro y se escurrió en hilos brillantes hacia los cojines.
—¡Papi… ahhh! —jadeó Astrid—. ¡Me encanta cómo me estás abriendo! Siento que me vine sin sentir… ¡Ábreme más, no pares!
Sus jugos, cálidos y espesos, seguían brotando. Acumulé saliva y la dejé caer directamente sobre el anillo rosado que mis dedos mantenían abierto. El hilo de saliva resbaló por los bordes, humedeciendo la mucosa. Astrid soltó un quejido agudo al sentir el tibio relativo contra su carne encendida. Repetí el gesto varias veces, bañando la entrada hasta que la piel brilló. Con mis pulgares, repartí la lubricación, masajeando el músculo en el interior. Finalmente, con un movimiento lento y definitivo, retiré ambos dedos de su retaguardia.
El orificio, vencido por la dilatación, no regresó a su forma original; permaneció abierto, ofreciendo una oquedad oscura que pulsaba débilmente, incapaz de cerrarse tras la invasión. Me incorporé un poco, señalando la rendición de su músculo, y miré a mi público.
—Ya está lista —sentencié con voz ronca—. Mis amores… el camino está abierto. Observen bien.
Michelle y Camila se inclinaron hacia adelante, observando la oquedad que permanecía como un pequeño cráter rosado que palpitaba al ritmo de la respiración agitada de Astrid.
—Papi… —susurró Camila, con la voz teñida de una curiosidad casi infantil—, ¿para qué dices que ya está lista? ¿Qué es lo que sigue ahora?
—Sí, Papi —secundó Michelle, rozando con la punta de su dedo el muslo sudado de su amiga—. Ya la abriste mucho con tus dedos… ¿Por qué no cierra?
Astrid, que permanecía con el rostro hundido en el cojín y el cuerpo entumecido por el deleite que acababa de experimentar, escuchó la pregunta de sus amigas como si viniera de una dimensión lejana. Sin embargo, el trance se rompió de golpe cuando, con un movimiento lento, comencé a retirar mi miembro de su vagina. El sonido de la succión al salir —ese chasquido húmedo— retumbó en el silencio. Mi verga emergió reluciente, bañada en el néctar de Astrid. Ella, sintiendo el vacío repentino en su vientre, intentó protestar, pero sus palabras murieron cuando apoyé la punta de mi glande sobre su otra entrada.
El glande, saturado de los propios jugos de su vulva, presionaba el anillo rosado lubricado por mi saliva.
—¡No, Papi! ¡Espera! —suplicó con la voz desgarrada, intentando retirarse, moviendo su pelvis hacia adelante en puro instinto de supervivencia.
Hice caso omiso a sus palabras. Mis manos subieron con autoridad hacia sus senos, atrapándolos y tirando de ellos hacia atrás para anclar su espalda contra mi pecho. La invasión comenzó implacable: mi miembro empezó a abocardar el esfínter, reclamando el espacio que mis dedos habían preparado. Con un empuje pausado, mi glande forzó el umbral. Sentí la resistencia terca del músculo que se aferraba a mi grosor. Astrid soltó un alarido seco que se ahogó en su garganta mientras la corona desaparecía en su interior, haciéndola temblar y suplicar por ayuda.
Sintiendo que su cuerpo se partía en dos, Astrid comprendió que cada esfuerzo por liberarse solo servía para que mi miembro se introdujera más y más profundamente en su recto. Sus ojos cafés, anegados en lágrimas de shock y un placer que la aterrorizaba, se clavaron en sus amigas.
—¡Mich… Cami… por favor! —gimió, extendiendo una mano temblorosa—. ¡Ayúdenme… no puedo… duele! Pidan que pare… ¡No dejen que me penetre por atrás!
Michelle y Camila, lejos de intervenir, le brindaron su apoyo emocional y sentimental. Michelle le tomó la mano derecha, entrelanzando sus dedos con fuerza, mientras con la otra limpiaba con ternura las lágrimas de sus mejillas.
—Tranquila, As… —le susurró Michelle al oído—. Respira, estamos contigo. Papi, por favor, no la lastimes tanto… Mira cómo sufre. As, eres tan valiente.
Camila se inclinó para besar sus labios, dándole un aliento de apoyo que se perdía en el fragor de la batalla. Michelle dijo lo siguiente:
—Aquí estamos para ti, As… Te queremos mucho. Eres la mejor —murmuró entre besos—. Papi sabe lo que hace… entrégate, amiga.
Ante el contacto y el consuelo de sus compañeras, el cuerpo de Astrid finalmente dejó de luchar. La resistencia del esfínter, esa última frontera, cedió con un suspiro húmedo. Mi miembro se hundió hasta la base, sepultándose por completo en su interior.
—¡Eso es, mi niña hermosa! —le hablé al oído, mientras mis manos estrujaban su busto—. Ya eres toda una mujer, por fin.
Astrid, atrapada entre mi empuje y el apoyo de sus amigas, cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Su cuerpo, antes tenso, se volvió una ofrenda dócil. Michelle no soltó su mano y volvió a besar sus labios con devoción, mientras Camila la tomaba con firmeza de la otra mano, anclándola a la realidad. Astrid soltó un quejido largo y vibrante. La invasión era tan profunda que podía sentir mi glande presionando contra la pared que separaba la vulva. Estaba literalmente llena; su interior había sido reclamado por una fuerza que no dejaba espacio para el aire.
—¡Papi… me… me vas a atravesar! —gimió, mirando a sus amigas mientras su cuerpo asimilaba al intruso—. Siento… siento que soy de cristal… ¡Mich, Cami, no me suelten por lo que más quieran.
La imagen era un retablo de devoción pagana: Astrid, ensartada como una mariposa por el alfiler de mi miembro, permanecía suspendida entre las manos de Michelle y Camila, quienes la sostenían con la unción de quien custodia a una pequeña virgen del placer. Sus cuerpos formaban una trinidad de carne y sumisión, donde el dolor de la invasión se sublimaba en el rostro de Astrid, transformando su agonía en una ofrenda sagrada ante mis ojos
Intenté iniciar el primer movimiento de retirada para comenzar el vaivén, pero sentí cómo los músculos internos de su recto se contraían en un espasmo de posesión ciega. Astrid soltó un jadeo presuroso y apretó las manos de sus damas de honor.
—No… todavía no, Papi —suplicó en un susurro roto, echando la cabeza hacia atrás hasta que su nuca golpeó mi hombro—. No te muevas… deja que me acostumbre. Siento que… que si te mueves ahora, me voy a romper en pedacitos. Solo quédate ahí… por favor.
Obedecí a su súplica, manteniéndome inmóvil. Aproveché su parálisis sensorial para reclamar el resto de su cuerpo. Mis labios buscaron la curva de su cuello, donde el pulso le galopaba con violencia. Comencé a depositar besos húmedos y tiernos, succionando la piel fina que exhalaba ese aroma a adrenalina de niña asustada.
—Estás tan tensa, mi bella hija—le susurré contra el oído, sintiendo cómo Michelle y Camila contenían el aliento al escuchar mi voz—. Relájate mi princesa. Tus amigas te cuidan.
Mis manos, que aún apresaban sus senos, empezaron un juego. Con las palmas realicé movimientos circulares, presionando la firmeza de sus pequeños pechos contra su propio tórax. Astrid soltaba gemidos rítmicos, una sinfonía que marcaba cada presión de mis dedos. Entonces, atrapé sus pezones entre mis índices y pulgares. Estaban tan erguidos y sensibles que parecían a punto de estallar. Comencé a tirar de ellos con delicadeza, apretándolos rítmicamente. El efecto fue inmediato: un calambre eléctrico recorrió la columna de Astrid y llegó directo al anillo que me rodeaba, obligándolo a succionarme con una fuerza que me hizo apretar los dientes.
—¡Ahí… Papi… otra vez! —gritó—. ¡Siento tus manos en mis pechos y… y siento cómo me abres al mismo tiempo! ¡No pares!
Mis pulgares continuaron rodeando sus aureolas, pellizcando sus pezones hasta que Astrid soltó un sollozo de puro placer.
Mis pulgares continuaron rodeando sus aureolas, pellizcando sus pezones hasta que Astrid soltó un sollozo. Sin dejar de reclamar su busto con una mano, comencé el descenso con la otra. Mi palma recorrió la arquitectura de sus costillas y se deslizó por su abdomen tenso, donde los músculos vibraban bajo la piel. Al llegar al monte de Venus, la ausencia total de vello ofreció una suavidad de seda que acentuaba la vulnerabilidad de su posición.
Mis dedos buscaron el surco húmedo de su vulva, que palpitaba en el aire, desprotegida. Con un movimiento experto, localicé el pequeño botón de su centro, oculto entre los labios menores que ahora lucían un carmín encendido. Comencé a estimular su clítoris con trazos circulares y decididos, frotando su sensibilidad mientras mi miembro seguía sepultado en su retaguardia.
Astrid sufrió un cortocircuito sensorial. Al sentir la presión frontal sobre su clítoris combinada con la invasión anal, su cuerpo se arqueó violentamente contra el mío.
—¡Ahhh… Papi! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Ahí… me encanta sigue, siii! ¡Me voy a volver loca!
Miré a las dos niñas aprendiendo a ser mujeres que la flanqueaban, cuyos rostros reflejaban un hambre que ya no conocía límites.
—Suéltenla —ordené con autoridad—. Ya no necesita que la sostengan. Ahora quiero que la acaricien conmigo. Ayúdenme a que se pierda del todo.
Michelle y Camila obedecieron al instante. Michelle se inclinó sobre el hombro de Astrid y comenzó a devorar su cuello con besos urgentes, subiendo hasta unir sus labios con los míos en un beso compartido sobre la piel de la morenita. Camila, por su parte, bajó una de sus manos y comenzó a acariciar el vientre tenso de Astrid, descendiendo hasta su vulva para unir sus dedos a los míos en la estimulación de su centro.
La temperatura corporal de Astrid subió otro grado. Su cuerpo empezó a sudar, haciendo que su piel se volviera resbaladiza. El músculo de su esfínter, ya acostumbrado al cuerpo extraño en su interior, empezó a relajarse, enviando señales de que la fase de dolor había sido derrotada por la lujuria.
—Creo que ya estoy… ya estoy lista —balbuceó Astrid, girando el rostro para buscar mis labios—. Papi, yo me muevo. Ya no aguanto más este fuego… Ya soy tuya.
Astrid volvió la cabeza para mirar a sus amigas. Al verlas participando activamente en su entrega y compartiendo su cuerpo con el mío, una sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios. Al impulsarse hacia adelante, su rostro quedó a milímetros del de Camila; sin previo aviso, la tomó por la nuca y capturó sus labios en un beso profundo y hambriento.
Tras separarse de Camila con un chasquido húmedo, giró el rostro hacia el otro flanco. Michelle la observaba con el aliento contenido. Astrid la sujetó de la barbilla, obligándola a sostener la mirada.
—Mira, Mich… —susurró Astrid, mientras sus caderas iniciaban un vaivén lento—. Mira cómo me tiene… Mira cómo me abre por tu culpa. Si no fueras tan miedosa, tú estarías aquí, sintiendo cómo te parte en dos.
Astrid selló sus palabras estampando sus labios contra los de Michelle. Fue un beso cargado de desafío. Michelle, lejos de apartarse, correspondió con una desesperación repentina, aferrándose al cabello de su amiga, mientras sus ojos se cerraban para imaginar que era su propio cuerpo el que estaba siendo reclamado. Mientras la lengua de Astrid exploraba la boca de Michelle, sus caderas comenzaron a moverse, chocando rítmicamente contra mi pelvis.
Me detuve manteniendo mi verga en su interior, con mi respiración pesada y errática. La presión del esperma era tan dolorosa que reclamaba su salida. La miré por encima del hombro, con los ojos nublados por la urgencia.
—¿Qué pasa, Astrid? —pregunté, con la voz profunda y cargada de una vibración peligrosa por la descarga contenida.
Astrid jadeó, intentando enfocar la mirada. Sus ojos, inyectados en deseo y agotamiento, se dirigieron a Michelle y Camila, quienes observaban la pausa con una mezcla de frustración y una excitación que las hacía temblar.
—¡Les… les prometí… a las nuevas novias! —suplicó Astrid, mie.ntras el sudor resbalaba por su frente—. ¡Les prometí que probaríamos juntas… tu semen! ¡Ellas quieren probar por primera vez tu esperma, Papi!
Michelle, con el rostro encendido por un rubor violento, se inclinó hacia adelante. En lugar de buscar a su amiga, presionó su torso directamente contra mi costado, permitiendo que sus senos desnudos se aplastaran contra mi brazo en un contacto eléctrico.
​—Es verdad, Papi… —susurró Michelle, con una voz cargada de una ternura impúdica—. As nos prometió leche. Queremos probar por primera vez tu semen.
​Camila, por su parte, humedeció sus labios con un gesto instintivo y devoto. Se pegó a mi otro flanco, rodeando mi hombro con su brazo mientras la firmeza de su pecho rozaba mi piel sudada. Sus ojos verdes, dilatados por la excitación, brillaban con una fijeza casi hipnótica.
​—Por favor, Papi… —secundó Camila con un hilo de voz—. Déjanos probarlo; aliméntanos con tu lechita. Queremos hacerlo juntas, como Astrid nos prometió que sería.
​La demanda de las tres, en ese momento de máxima vulnerabilidad, fue la orden final que quebró mi resistencia.
​—Muy bien, mis niñas —dije, con la voz ronca por la descarga contenida.
​Retiré mi miembro lentamente. Michelle y Camila no apartaron la vista del trasero de As. Al emerger, la retaguardia de Astrid quedó como un testimonio mudo de la posesión: su anillo anal permanecía dilatado, vencido, incapaz de recuperar su forma tras la invasión. La piel de sus glúteos, enrojecida por mis embestidas, enmarcaba ese centro abierto que aún pulsaba rítmicamente, dejando a la vista la profundidad de su entrega. Camila llevó sus dedos a las comisuras de su boca mientras sus pupilas se fijaban en la oquedad que yo acababa de abandonar.
—¡Por Dios… mira cómo la dejaste, Papi! —exclamó con un estremecimiento—. Está totalmente abierta… parece que su cuerpecito ya no puede cerrarse. As, mira cómo estás.
Astrid, liberada de la presión interna pero aún vibrando por el clímax, no se alejó. Con un movimiento grácil, se giró sobre sus rodillas para unirse a sus compañeras. Se situó justo en medio de ellas, formando un semicírculo de piel frente a mi erección palpitante. Sus ojos ahora brillaban con una claridad hambrienta, reclamando su lugar. Sus manos, pequeñas pero decididas, rodearon mi verga.
—Miren… —susurró Astrid, dirigiendo una mirada triunfal a sus amigas mientras sus dedos delineaban las venas hinchadas.
Sin dudarlo, abrió los labios y succionó la punta, con una lengua experta que recorrió la corona con devoción. Sus labios, tibios y firmes, comenzaron a deslizarse hacia abajo, engulléndome.
—¡Astrid, no! ¡Espera! —ordené, con la voz forzada por la intensidad—. ¡Detente, mi amor!
Ella se detuvo de golpe, con su boca tibia aún cubriendo el glande. Me miró con ojos frustrados y llenos de fuego. Me liberó con un chasquido húmedo y yo aproveché la pausa para controlar mi respiración. Con un suspiro forzado, me senté en medio de Camila y Michelle en el sofá. Astrid no permitió que el espacio se enfriara; se acomodó sobre mi pierna izquierda, rodeando mi cuello con sus brazos y apoyando su mejilla contra la mía.
—Tómate tu tiempo, Papi —susurró al oído, mientras su mano derecha bajaba para acariciar mi vientre tenso—. Pero no mucho… mira cómo están ellas. Se mueren por recibirte.
Michelle se deslizó hacia mi pierna derecha, sentándose con una agilidad que hizo que su cadera golpeara mi costado. Camila me rodeó por la espalda, presionando su busto contra mis hombros. Astrid, desde su posición, bajó la mirada y soltó una risita cargada de malicia.
—Pero miren esto —comentó Astrid, señalando con un dedo juguetón—. Camila todavía tiene puesta esa faldita. ¿Qué pasa, Cami? ¿Acaso piensas que puedes quedarte así mientras nosotros estamos desnudas?
Michelle se unió al asedio con una sonrisa depredadora.
—Es verdad —secundó—. Aquí no hay lugar para secretos. Si quieres probar la leche de Papi, tienes que estar igual que nosotras. Desnuda.
Camila se sonrojó, pero no intentó retroceder. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de nerviosismo y entrega. Astrid miró fijamente a Michelle y le guiñó un ojo antes de hablar.
—¿Recuerdas lo que les dije, Mich? Ustedes también son mis novias ahora. Yo tengo derechos sobre ustedes… y las tres sobre él.
Ante esa declaración, Astrid y Michelle se pusieron de pie, obligando a Camila a levantarse con ellas. La rodearon. Astrid se situó frente a ella, mientras Michelle se colocó a su espalda. Astrid buscó el cierre de la prenda con dedos ágiles. Michelle, por su parte, rodeó la cintura de Camila y bajó las manos para apretar con firmeza sus glúteos, masajeando la carne bajo la falda con una posesividad que hizo que su amiga diera un pequeño grito.
Astrid deslizó la cremallera. La falda cayó al suelo, revelando las piernas largas de Camila, que aún lucían esas medias blancas impolutas por encima de las rodillas. Astrid se arrodilló frente a ella y, con una devoción ritual, comenzó a besar sus muslos, justo donde el encaje de la media mordía su piel canela. Sus manos recorrieron las pantorrillas de Camila, subiendo por la seda blanca hasta perderse en su intimidad.
Michelle, desde atrás, comenzó a besar la nuca de Camila mientras sus manos ascendían para reclamar sus senos, estrujándolos. Entre las dos, empezaron a recorrer cada centímetro de su cuerpo: Astrid besaba su vientre y las caras internas de sus muslos, mientras Michelle mordisqueaba sus hombros y acariciaba sus costillas. Camila quedó atrapada en ese torbellino de caricias, temblando por el contraste de las manos expertas de Astrid y la ansiedad de Michelle.
—Ya esperamos mucho, Papi —anunció Astrid, levantando la vista—. Las tres ya estamos desnudas. Míranos…
Camila permanecía de pie entre sus dos amigas. Astrid, hincada, tenía el rostro pegado al monte de Venus de la pelirroja; Michelle estaba detrás, sosteniendo sus senos.
—Es el momento, chicas —sentenció Astrid, poniéndose en pie y tomando la mano de Camila—. No vinimos aquí solo a mirar. Papi tiene un regalo para sus tres novias.
Astrid la guio con suavidad hasta que Camila se agachó frente a mí. La joven observó mi miembro con temor y deseo. Cuando estiró sus manos temblorosas para rodear la base, Michelle, colocada tras ella, soltó una carcajada. Sin previo aviso, rodeó la cintura de Camila y empujó con fuerza su propia pelvis contra las nalgas de su amiga.
—¡Cuidado, Cami! —bromeó Michelle, imitando un vaivén rítmica—. ¡Mira que si yo tuviera lo que tiene Papi, ya te habría partido en dos! ¡Quédate quieta y abre la boca!
Camila soltó un grito de sorpresa ante el empellón, lo que la obligó a apoyarse en mis muslos para no perder el equilibrio. Astrid se unió a la risa y se arrodilló a su lado, acariciándole el cabello.
—No le hagas caso a Mich, es una impaciente —susurró Astrid—. Pero tiene razón: ya no hay marcha atrás. Papi, dánoslo. Danos tu regalo ahora.
—Camila, mírame —ordené con una voz que no admitía réplicas—. Abre la boca.
La pelirroja obedeció al instante. Sus labios se separaron, revelando una humedad expectante. Astrid tomó mi verga con una delicadeza que contrastaba con la urgencia del momento y apuntó el glande directamente hacia el rostro de su amiga.
—Hazlo lentamente, chupa hasta que llegue a tu garganta, Cami —susurró Astrid—. No te detengas, que no quede nada fuera.
Camila comenzó a inclinarse, pero Michelle, anclada tras ella, no permitió ceremonias. Con una carcajada, rodeó la cintura de la pelirroja y, con un empuje seco y violento de su propia pelvis, la lanzó hacia adelante. El impacto fue total. Sin tiempo para prepararse, Camila recibió la embestida de mi miembro, que se hundió profundamente en su cavidad bucal. El glande forzó su camino, superando la barrera de los dientes y la lengua hasta impactar directamente contra su garganta.
Camila soltó un sonido sordo, un ahogo que se transformó en un gemido de sumisión mientras sus manos se aferraban a mis muslos.
—¡Eso es! —exclamó Michelle, manteniendo la presión para que Camila no pudiera retroceder—. ¡Mírala, As! ¡Le entró toda de un solo golpe!
Astrid observaba con una sonrisa de triunfo absoluto. Se inclinó sobre el hombro de Camila y comenzó a acariciarle las mejillas mientras la joven procesaba la magnitud de la invasión. El calor de su boca me envolvió; sentí cómo sus músculos faríngeos reaccionaban con espasmos ante la profundidad del encuentro.
—No la sueltes, Mich —ordenó Astrid—. Que sienta lo que es estar realmente llena.
Camila, con los ojos anegados en lágrimas de reflejo pero brillando con lujuria, comenzó a moverse por puro instinto. Sus labios se apretaron alrededor de mi grosor, creando un vacío insoportable. Michelle, desde atrás, seguía dando embestidas rítmicas, chocando su monte de Venus contra la vulva de la pelirroja. Camila, atrapada en esa cadencia forzada, aprovechó cada empujón de Michelle para succionar con más fuerza, rindiéndose al ritmo de la otra mientras mi miembro exploraba el fondo de su garganta.
Camila, con más confianza y la cadencia, aprovechando cada empujón de Michelle para succionar con más fuerza, rindiéndose al ritmo de su amiga mientras mi miembro exploraba el fondo de su garganta. Sin embargo, Astrid, que observaba con una fijeza casi mística, estiró su mano y detuvo el movimiento de Camila por la barbilla.
—Espera, Cami… no seas egoísta —le susurró Astrid—. Déjame algo a mí. Yo también tengo hambre.
Sin darle tiempo a protestar, Astrid se acomodó al otro lado. Camila, aún con los ojos empañados, se vio obligada a compartir el espacio. Astrid abrió la boca y, con una agilidad experta, se unió a la tarea, rodeando la base mientras Camila se concentraba en la corona. Las dos lenguas comenzaron a trabajar en una coreografía perfecta, entrelazándose sobre mi miembro, compitiendo y colaborando al mismo tiempo. La combinación del calor de Astrid y la humedad ansiosa de Camila.
—¡Oigan! ¡Eso no es justo! —protestó Michelle desde atrás, dejando de empujar la pelvis de Camila para asomarse por encima de sus hombros con un gesto de indignación infantil—. ¡Yo también estoy aquí! ¡Yo también soy una de las novias!
Michelle intentó hacerse un hueco, forcejeando con sus amigas para alcanzar una parte de mi miembro, pero Astrid la apartó con un movimiento de cadera, sin soltar su succión.
—¡Está bien, Mich! —logró decir Astrid entre gemidos húmedos—. ¡Todavía no es tu turno! Deja que Papi termine de prepararse… ¡Ahhh, mira cómo se pone!
Finalmente, Astrid y Camila se hicieron a un lado, liberando mi miembro que brillaba por la lubricación compartida. Me puse de pie, mientras as y Camí permanecieron hincadas, y miré a la rubia que esperaba con una ansiedad devoradora.
—Ven aquí, Michelle —ordené.
Ella no necesitó que se lo dijera dos veces. Se arrastró por la alfombra hasta quedar frente a mí. Sus ojos reflejaban una urgencia; había visto a Astrid ser poseída y a Camila ser invadida, y su cuerpo reclamaba su propia ración de autoridad. Agarró mi miembro con ambas manos, apretándolo con una fuerza que delataba su falta de paciencia.
—es para mi sola… —susurró Michelle antes de abrir la boca y abalanzarse sobre mí.
Su desesperación e inexperiencia era puro fuego y hambre. Sus labios se cerraron con fuerza e inició una succión rítmica y desesperada, queriendo recuperar el tiempo perdido. Astrid y Camila se quedaron a los lados, observando cómo la rubia se entregaba a la tarea con una devoción casi salvaje. No permití que su ímpetu descontrolado dictara el final; estiré mi mano y la sujeté con firmeza por su melena dorada.
—Más despacio, Michelle —le ordené, mientras mis dedos se enredaban en sus cabellos—. Ahora yo marco el paso.
La obligué a subir con lentitud, sintiendo cómo sus labios se resistían a soltarme, hasta que solo el glande permaneció en su boca. Luego, con un tirón decidido de su cabello, la obligué a descender de golpe. Michelle soltó un quejido ahogado cuando mi miembro impactó contra el fondo de su garganta, superando cualquier resistencia. Sus manos se clavaron en mis muslos, buscando un anclaje mientras sus ojos se cerraban.
—Mira, As… mira, Cami —susurré, mientras mis dedos se cerraban con más fuerza en el cabello de Michelle, obligándola a subir y bajar con una cadencia mecánica—. Esto es lo que pasa cuando se tiene hambre. Hay que saber comer.
Michelle obedecía sumisa al tirón de mi mano, emitiendo ruidos rítmicos y húmedos que denotaban su entrega. Astrid se acercó por el flanco y comenzó a acariciar mis testículos,
Michelle obedecía sumisa al tirón de mi mano, emitiendo ruidos rítmicos y húmedos que denotaban su entrega. Astrid se acercó por el flanco y comenzó a acariciar mis testículos con una delicadeza que contrastaba con la voracidad de la rubia.
—Así, Mich… —susurró Astrid, disfrutando de la visión de su amiga sometida—. Aprende cómo se siente tenerlo todo dentro.
No le di tregua. Con mi mano anclada en su melena dorada, marqué un ritmo de estocadas profundas que obligaban a Michelle a engullirme por completo una y otra vez. Sus mejillas se hundían con cada descenso, y sus ojos, empañados por el reflejo del ahogo, buscaban los míos en una súplica de aprobación. La inexperiencia de Michelle se transformó en una técnica dictada por mi propia fuerza; ya no era ella quien succionaba, sino yo quien reclamaba su garganta como un territorio conquistado.
—¡Prepárense! —gritó Astrid con una voz que vibraba por el deseo—. ¡Es la promesa de Papi y tienen que tragarlo todo!
Michelle, que seguía entregada a su labor, fue la primera en recibir el impacto. Mi cuerpo se sacudió con la primera detonación. Un chorro espeso, caliente y potente se disparó directamente al fondo de su garganta. Los ojos de la rubia se abrieron desmesuradamente mientras sentía el golpe contra su úvula. El sabor, intenso y cargado de virilidad, inundó sus sentidos. Se mantuvo allí, bebiendo con desesperación, tragando cada gota de esperma mientras sus manos se aferraban a mis muslos para no perder el equilibrio.
Tiré suavemente del cabello de Michelle para apartarla y giré mi cadera hacia Camila. La pelirroja estaba temblando, perdida en un trance de expectación. Apunté a su boca, forzándola a abrir los labios, y enseguida la segunda descarga la alcanzó con la misma violencia. El chorro gran bañó su boca y se desbordó por las comisuras, deslizándose por su barbilla. Camila cerró los ojos y se entregó al festín, dejando que el líquido tibio se deslizara por su garganta virgen en un acto de sumisión absoluta.
Pero la mayor carga estaba reservada para la dueña, mi mujercita de ojos cafés, la más experimentada.
—¡As! —exclamé, apuntando al centro.
Astrid se abalanzó con una voracidad animal. No esperó a que el semen llegara a ella; fue a buscarlo, engullendo mi miembro hasta la mitad justo cuando las descargas finales estallaron. Astrid no se apartó ni vaciló. Se quedó allí, succionando con fuerza para extraer hasta la última gota de mi esperma, mientras sus manos masajeaban mis testículos en un último gesto de posesión y agradecimiento.
El silencio volvió a reinar en el salón, roto solo por los sonidos húmedos de la succión de Astrid y la respiración entrecortada de las tres. Finalmente, Astrid me liberó con un chasquido prolongado. Su rostro, al igual que el de Michelle y Camila, estaba marcado por el rastro de mi entrega.
—Mírennos, Papi —susurró Astrid, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar para luego llevárselo a la boca—. Ya somos tus tres novias. Ya no hay secretos entre nosotras.
Con sus dedos finos, Astrid comenzó a recoger el semen que escurría de los labios de Michelle y Camila. Sus manos se movían con una delicadeza, recolectando la espesa blancura. Una vez que sus dedos estuvieron cargados, los llevó de vuelta a las bocas de sus compañeras.
—Lámanlo —les ordenó, clavando su mirada primero en los ojos verdes de Camila y luego en los de Michelle—. No quiero ver nada en el suelo, nada en la alfombra… Saboreen, disfruten.
Michelle fue la primera en obedecer, envolviendo el dedo de Astrid con sus labios para succionar la esencia recolectada. Camila la siguió de inmediato, cerrando los ojos mientras terminaba de limpiar los dedos de su amiga con una devoción absoluta.
Sin embargo, Astrid no había terminado. Con una mirada cargada de una lujuria inagotable, bajó de nuevo su rostro hacia mi entrepierna. Abrió la boca y envolvió mis testículos. Su lengua comenzó a recorrerlos con una humedad cálida, succionándolos con una fuerza que enviaba descargas eléctricas directamente a mi columna. Mientras mantenía ese contacto, su mano derecha rodeó la base de mi miembro, que volvía a latir con urgencia.
Inició una masturbación frenética, moviendo su mano con una velocidad que no daba tregua. Michelle y Camila, arrodilladas a los flancos, observaban hipnotizadas cómo mi verga recobraba su dureza bajo el puño de Astrid, mientras ella seguía devorando mi centro con pasión salvaje. La fricción constante y la succión crearon una sobrecarga sensorial imposible de contener. Mi cuerpo se arqueó hacia adelante y, sin previo aviso, una segunda oleada de vida estalló con una furia mayor a la anterior.
Los chorros salieron disparados con tal presión que no hubo boca que pudiera contenerlos; la lluvia de espermatozoides salpicó violentamente los rostros de las espectadoras, cubriendo párpados, mejillas y alcanzando los senos de Michelle y Camila. Astrid soltó su presa y adelantó el rostro, situándose en primera línea para recibir el impacto directo. Cerró los ojos, dejando que la descarga golpeara su frente, nariz y labios en una bendición cálida y viscosa.
—Sabía que aún tenías más para nosotras… —balbuceó Astrid, con el rostro empapado y una sonrisa de triunfo—, Papi.
Michelle se pasó la mano por la mejilla, mirando con asombro la blancura que cubría sus dedos.
—Es tan espeso… —susurró con la voz temblorosa—. Y brilla. Siento que me quema la cara, pero no quiero limpiarme. Huele tan fuerte… me marea.
Camila, por su parte, recogió la gota que resbalaba por su párpado y la llevó a su lengua.
—Sabe diferente —balbuceó—. Al principio es amargo, pero luego se vuelve dulce… quizá es que mi cuerpo lo necesitaba tanto. Es como seda líquida. Siento cómo se pega a mis labios, reclamándome. Nos bañaste a todas, Papi.
Astrid se acercó a sus amigas, rozando su mejilla impregnada contra las de ellas, mezclando los fluidos en un abrazo carnal.
—Papi es generoso con sus mujeres —sentenció Astrid, respirando el aroma que emanaba de los cuerpos—. Es mucha cantidad porque nosotras lo provocamos. Sientan el aroma… es denso, opaco y perfecto.
Michelle volvió a aspirar la esencia con fuerza.
—Es verdad… se queda grabado en la memoria. Miren mis pechos, están cubiertos.
Astrid soltó una risita cargada de una oscura complicidad y, mirando a sus dos amigas a los ojos, añadió con total naturalidad:
—No se sorprendan tanto, niñas. Esto no es nada comparado con lo que he visto. Yo misma he presenciado cómo Papi llena de leche a mi mamá por sus tres orificios, dejándola tan blanca y rebosante como nosotras ahora. Si ella, que es una mujer hecha y derecha, se rinde así ante su esperma, imagínense lo que nos espera a nosotras.
Michelle y Camila se quedaron mudas, procesando la revelación mientras el calor del semen seguía enfriándose sobre su piel, sellando así el pacto de silencio y placer que acababan de iniciar.
Me desplomé en el centro del sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo y las piernas abiertas en una invitación de mando. No pasaron ni dos segundos antes de que el vacío fuera reclamado. Astrid, con la autoridad que le otorgaba su reciente rendición, se acomodó sobre mi muslo izquierdo; sus glúteos, aún sensibilizados, buscaron el calor de mi pierna mientras rodeaba mi cuello con un brazo. Michelle, contagiada por esa misma urgencia de cercanía, ocupó mi muslo derecho, apretando su cuerpo contra mi costado y dejando que su cabello rubio rozara mi hombro.
Camila, al verse desplazada de los flancos principales, permaneció de pie frente a nosotros, buscando un lugar. Astrid, al notar la vacilación de la pelirroja y su desamparo, le dedicó una mirada cargada de complicidad.
—No te quedes ahí, Cami —susurró, mirándola por encima del hombro—. Papi tiene espacio para todas. Ven aquí…
Sin esperar a que Camila reaccionara, Astrid estiró su mano libre y la tomó con firmeza de la cintura, tirando de ella hacia su regazo. Con un movimiento fluido, obligó a la pelirroja a sentarse directamente sobre ella. Camila soltó un pequeño jadeo de sorpresa al sentir el contacto de su piel contra la de Astrid, pero terminó por rendirse al abrazo. Las manos de Astrid se cerraron posesivamente sobre la cintura de su amiga, anclándola.
Michelle, por su parte, no se quedó como una espectadora pasiva. Sus dedos comenzaron a recorrer mi pecho con caricias lentas, descendiendo por mi abdomen. Se inclinó sobre mí, depositando pequeños besos húmedos en mi cuello y la base de mi clavícula.
—Pues aquí nos tienes, Papi… —murmuró Michelle contra mi piel, con un aliento cálido que me erizó el vello—. Aquí tienes a tus tres novias juntas.
Bajo sus cuerpos menudos, la mano de Michelle descendió de nuevo, aventurándose hacia mi entrepierna. Con una mezcla de audacia e inexperiencia, rodeó mi miembro, que aún latía con fuerza tras la doble descarga. Sus dedos se cerraron con firmeza, deslizándose por el fuste húmedo y reconociendo el mapa de venas que lo surcaban. Astrid, al notar el movimiento, soltó una risita y bajó su propia mano para unirse a la caricia, entrelanzando sus dedos con los de la rubia sobre mi virilidad.
Entre las dos iniciaron un juego rítmico y pausado, como si estuvieran descubriendo un tesoro que ahora les pertenecía a partes iguales. Camila, sentada sobre el regazo de Astrid, bajó la mirada, hipnotizada por el vaivén de las manos de sus amigas.
—Míralo, Cami… Mich —susurró Astrid mientras continuaba el masaje—. Es nuestro. Todo para nosotras… y muy pronto estará dentro de ustedes.
El olor a sexo, sudor y perfumes infantiles flotaba en el ambiente, espesando el aire del salón. La «lección» había dejado sus cuerpos adolescentes al borde del agotamiento físico, sumidas en una lasitud que las mantenía dóciles y pegadas a mi cuerpo, como si el contacto conmigo fuera la única forma de recuperar el aliento.
Camila observaba desde su posición privilegiada. Vio el rostro de Astrid, donde las gotas de semen aún brillaban como perlas viscosas. Luego desvió la vista hacia Michelle; la rubia tenía un rastro blanquecino secándose en la comisura de sus labios, párpados y senos, un estigma de su reciente iniciación. Finalmente, Camila bajó la vista hacia su propio cuerpo. Sus senos, pequeños y firmes, estaban salpicados por la lluvia de mi segunda descarga. Los hilos de esperma, densos y opacos, se habían deslizado por su piel blanca hasta quedar atrapados en el encaje de sus medias.
—Miren… —susurró Camila con voz quebrada, rozando con la punta de su dedo una de las manchas sobre su pecho—. Todavía está caliente. Se siente… se siente tan bien.
Levantó la vista hacia mí con las mejillas encendidas y los ojos verdes empañados por una devoción recién descubierta.
—As tenía razón —continuó—. Ya no somos las mismas.
De pronto, un sonido mundano rompió la atmósfera mística: el estómago de Camila soltó un rugido prolongado. Ella se sonrojó de inmediato, escondiendo el rostro en mi hombro.
Camila, al verse desplazada de los flancos principales, permaneció de pie frente a nosotros, buscando un lugar. Astrid, al notar la vacilación de la pelirroja y su desamparo, le dedicó una mirada cargada de complicidad.
—No te quedes ahí, Cami —susurró, mirándola por encima del hombro—. Papi tiene espacio para todas. Ven aquí…
Sin esperar a que Camila reaccionara, Astrid estiró su mano libre y la tomó con firmeza de la cintura, tirando de ella hacia su regazo. Con un movimiento fluido, obligó a la pelirroja a sentarse directamente sobre ella. Camila soltó un pequeño jadeo de sorpresa al sentir el contacto de su piel contra la de Astrid, pero terminó por rendirse al abrazo. Las manos de Astrid se cerraron posesivamente sobre la cintura de su amiga, anclándola.
Michelle, por su parte, no se quedó como una espectadora pasiva. Sus dedos comenzaron a recorrer mi pecho con caricias lentas, descendiendo por mi abdomen. Se inclinó sobre mí, depositando pequeños besos húmedos en mi cuello y la base de mi clavícula.
—Pues aquí nos tienes, Papi… —murmuró Michelle contra mi piel, con un aliento cálido que me erizó el vello—. Aquí tienes a tus tres novias juntas.
Bajo sus cuerpos menudos, la mano de Michelle descendió de nuevo, aventurándose hacia mi entrepierna. Con una mezcla de audacia e inexperiencia, rodeó mi miembro, que aún latía con fuerza tras la doble descarga. Sus dedos se cerraron con firmeza, deslizándose por el fuste húmedo y reconociendo el mapa de venas que lo surcaban. Astrid, al notar el movimiento, soltó una risita y bajó su propia mano para unirse a la caricia, entrelanzando sus dedos con los de la rubia sobre mi virilidad.
Entre las dos iniciaron un juego rítmico y pausado, como si estuvieran descubriendo un tesoro que ahora les pertenecía a partes iguales. Camila, sentada sobre el regazo de Astrid, bajó la mirada, hipnotizada por el vaivén de las manos de sus amigas.
—Míralo, Cami… Mich —susurró Astrid mientras continuaba el masaje—. Es nuestro. Todo para nosotras… y muy pronto estará dentro de ustedes.
El olor a sexo, sudor y perfumes infantiles flotaba en el ambiente, espesando el aire del salón. La «lección» había dejado sus cuerpos adolescentes al borde del agotamiento físico, sumidas en una lasitud que las mantenía dóciles y pegadas a mi cuerpo, como si el contacto conmigo fuera la única forma de recuperar el aliento.
Camila observaba desde su posición privilegiada. Vio el rostro de Astrid, donde las gotas de semen aún brillaban como perlas viscosas. Luego desvió la vista hacia Michelle; la rubia tenía un rastro blanquecino secándose en la comisura de sus labios, párpados y senos, un estigma de su reciente iniciación. Finalmente, Camila bajó la vista hacia su propio cuerpo. Sus senos, pequeños y firmes, estaban salpicados por la lluvia de mi segunda descarga. Los hilos de esperma, densos y opacos, se habían deslizado por su piel blanca hasta quedar atrapados en el encaje de sus medias.
—Miren… —susurró Camila con voz quebrada, rozando con la punta de su dedo una de las manchas sobre su pecho—. Todavía está caliente. Se siente… se siente tan bien.
Levantó la vista hacia mí con las mejillas encendidas y los ojos verdes empañados por una devoción recién descubierta.
—As tenía razón —continuó—. Ya no somos las mismas.
De pronto, un sonido mundano rompió la atmósfera mística: el estómago de Camila soltó un rugido prolongado. Ella se sonrojó de inmediato, escondiendo el rostro en mi hombro.
—Papi… tengo mucha hambre —susurró con una risita tímida—. Siento que me voy a desmayar si no como algo.
Astrid me dio un beso tronado en los labios y me miró con una chispa de picardía, recuperando el mando natural que ejercía sobre el grupo.
—Es verdad, yo también estoy vacía —coincidió, apretando mi pene con su mano—. Necesitamos recuperar energías. ¿Qué tal una pizza?
—¡Sí! ¡Pizza! —exclamó Michelle, incorporándose con entusiasmo renovado—. Pero que sea grande, Papi. Con mucha carne y mucho queso.
Me reí, disfrutando de la imagen: yo, sentado en medio del caos, rodeado de tres colegialas desnudas y hambrientas que acababan de cruzar el umbral de la madurez.
—Ok, mis amores. En lo que pido las pizzas, vayan a bañarse al baño principal mientras yo voy al otro —dije, dejando que mi voz autoritaria se impusiera—. No vamos a comer así como estamos, sin ropa y llenas de semen.
Las tres se quedaron inmóviles, intercambiando miradas cargadas de picardía. Astrid soltó una risita que contagió a las otras dos.
—¿Bañarnos solas, Papi? —preguntó Astrid, ladeando la cabeza con un desafío tierno—. Eso no es justo. Estamos demasiado cansadas por todo lo que nos hiciste.
Michelle se levantó con elegancia y sus senos quedaron a la altura de mi rostro, mientras Camila hacía lo mismo por el lado derecho.
—Astrid tiene razón —susurró Michelle, mirándome con una súplica—. Tú nos ensuciaste, Papi… tú nos bañas.
—Es tu responsabilidad —secundó Camila, con esos ojos verdes empañados—. Queremos que nos limpies tú.
Me desplomé en el centro del sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo y las piernas abiertas en una invitación de mando. No pasaron ni dos segundos antes de que el vacío fuera reclamado. Astrid, con la autoridad que le otorgaba su reciente rendición, se acomodó sobre mi muslo izquierdo; sus glúteos, aún sensibilizados, buscaron el calor de mi pierna mientras rodeaba mi cuello con un brazo. Michelle, contagiada por esa misma urgencia de cercanía, ocupó mi muslo derecho, apretando su cuerpo contra mi costado y dejando que su cabello rubio rozara mi hombro.
Camila, al verse desplazada de los flancos principales, permaneció de pie frente a nosotros, buscando un lugar. Astrid, al notar la vacilación de la pelirroja y su desamparo, le dedicó una mirada cargada de complicidad.
—No te quedes ahí, Cami —susurró, mirándola por encima del hombro—. Papi tiene espacio para todas. Ven aquí…
Sin esperar a que Camila reaccionara, Astrid estiró su mano libre y la tomó con firmeza de la cintura, tirando de ella hacia su regazo. Con un movimiento fluido, obligó a la pelirroja a sentarse directamente sobre ella. Camila soltó un pequeño jadeo de sorpresa al sentir el contacto de su piel contra la de Astrid, pero terminó por rendirse al abrazo. Las manos de Astrid se cerraron posesivamente sobre la cintura de su amiga, anclándola.
Michelle, por su parte, no se quedó como una espectadora pasiva. Sus dedos comenzaron a recorrer mi pecho con caricias lentas, descendiendo por mi abdomen. Se inclinó sobre mí, depositando pequeños besos húmedos en mi cuello y la base de mi clavícula.
—Pues aquí nos tienes, Papi… —murmuró Michelle contra mi piel, con un aliento cálido que me erizó el vello—. Aquí tienes a tus tres novias juntas.
Bajo sus cuerpos menudos, la mano de Michelle descendió de nuevo, aventurándose hacia mi entrepierna. Con una mezcla de audacia e inexperiencia, rodeó mi miembro, que aún latía con fuerza tras la doble descarga. Sus dedos se cerraron con firmeza, deslizándose por el fuste húmedo y reconociendo el mapa de venas que lo surcaban. Astrid, al notar el movimiento, soltó una risita y bajó su propia mano para unirse a la caricia, entrelanzando sus dedos con los de la rubia sobre mi virilidad.
Entre las dos iniciaron un juego rítmico y pausado, como si estuvieran descubriendo un tesoro que ahora les pertenecía a partes iguales. Camila, sentada sobre el regazo de Astrid, bajó la mirada, hipnotizada por el vaivén de las manos de sus amigas.
—Míralo, Cami… Mich —susurró Astrid mientras continuaba el masaje—. Es nuestro. Todo para nosotras… y muy pronto estará dentro de ustedes.
El olor a sexo, sudor y perfumes infantiles flotaba en el ambiente, espesando el aire del salón. La «lección» había dejado sus cuerpos adolescentes al borde del agotamiento físico, sumidas en una lasitud que las mantenía dóciles y pegadas a mi cuerpo, como si el contacto conmigo fuera la única forma de recuperar el aliento.
Camila observaba desde su posición privilegiada. Vio el rostro de Astrid, donde las gotas de semen aún brillaban como perlas viscosas. Luego desvió la vista hacia Michelle; la rubia tenía un rastro blanquecino secándose en la comisura de sus labios, párpados y senos, un estigma de su reciente iniciación. Finalmente, Camila bajó la vista hacia su propio cuerpo. Sus senos, pequeños y firmes, estaban salpicados por la lluvia de mi segunda descarga. Los hilos de esperma, densos y opacos, se habían deslizado por su piel blanca hasta quedar atrapados en el encaje de sus medias.
—Miren… —susurró Camila con voz quebrada, rozando con la punta de su dedo una de las manchas sobre su pecho—. Todavía está caliente. Se siente… se siente tan bien.
Levantó la vista hacia mí con las mejillas encendidas y los ojos verdes empañados por una devoción recién descubierta.
—As tenía razón —continuó—. Ya no somos las mismas.
De pronto, un sonido mundano rompió la atmósfera mística: el estómago de Camila soltó un rugido prolongado. Ella se sonrojó de inmediato, escondiendo el rostro en mi hombro.
—Papi… tengo mucha hambre —susurró con una risita tímida—. Siento que me voy a desmayar si no como algo.
Astrid me dio un beso tronado en los labios y me miró con una chispa de picardía, recuperando el mando natural que ejercía sobre el grupo.
—Es verdad, yo también estoy vacía —coincidió, apretando mi pene con su mano—. Necesitamos recuperar energías. ¿Qué tal una pizza?
—¡Sí! ¡Pizza! —exclamó Michelle, incorporándose con entusiasmo renovado—. Pero que sea grande, Papi. Con mucha carne y mucho queso.
Me reí, disfrutando de la imagen: yo, sentado en medio del caos, rodeado de tres colegialas desnudas y hambrientas que acababan de cruzar el umbral de la madurez.
—Ok, mis amores. En lo que pido las pizzas, vayan a bañarse al baño principal mientras yo voy al otro —dije, dejando que mi voz autoritaria se impusiera—. No vamos a comer así como estamos, sin ropa y llenas de semen.
Las tres se quedaron inmóviles, intercambiando miradas cargadas de picardía. Astrid soltó una risita que contagió a las otras dos.
—¿Bañarnos solas, Papi? —preguntó Astrid, ladeando la cabeza con un desafío tierno—. Eso no es justo. Estamos demasiado cansadas por todo lo que nos hiciste.
Michelle se levantó con elegancia y sus senos quedaron a la altura de mi rostro, mientras Camila hacía lo mismo por el lado derecho.
—Astrid tiene razón —susurró Michelle, mirándome con una súplica—. Tú nos ensuciaste, Papi… tú nos bañas.
—Es tu responsabilidad —secundó Camila, con esos ojos verdes empañados—. Queremos que nos limpies tú.
Astrid se puso de pie con un ligero quejido, llevándose la mano entre el surco de sus nalgas mientras soltaba una risita maliciosa. Con un movimiento vacilante, bajó su mano derecha hacia su retaguardia; sus dedos rozaron con cuidado el anillo anal que aún estaba dilatado y sensible. Al sentir la ligera molestia del músculo que se resistía a cerrar tras la invasión, Astrid soltó un suspiro entrecortado.
—¡Ay! —exclamó, fingiendo indignación—. Mira cómo me dejaste, Papi. Me duele todo el trasero por esa penetración tan salvaje… me abriste tanto que siento que todavía te tengo adentro, te pasas.
Se giró hacia Michelle y Camila, buscando su apoyo en la travesura.
—¿Saben qué? Debería decirle a mamá —continuó Astrid con un brillo travieso en los ojos—. Debería contarle que nos hiciste llorar a las tres, que nos trataste como si fuéramos tus juguetes y que nos dejaste así de sucias.
Michelle soltó una carcajada y se pegó a mi costado, siguiéndole la corriente a su amiga.
—Es verdad, As. Le vamos a decir que Papi no tuvo piedad de nosotras —añadió Michelle mientras me pellizcaba el brazo con cariño—. Que nos dolió mucho pero que nos obligaste a seguir.
Camila, aunque más tímida, no se quedó atrás y se unió al complot con una sonrisa cómplice.
—Sí, Papi… le diremos que somos tus víctimas —murmuró Camila mientras acariciaba mi hombro—. A menos, claro, que nos lleves tú mismo al baño y nos cuides como merecemos.
No me dieron tiempo para responder. Las tres me arrastraron hacia el baño. Michelle dio un salto y me rodeó la cintura con sus piernas. La tomé por las nalgas y, sin previo aviso, hundí dos dedos en su vulva empapada. Michelle arqueó la espalda violentamente, enterrando las uñas en mis hombros.
—¡Ahhh! ¡No, Papi! —protestó Michelle, fingiendo una debilidad que sus ojos desmentían—. ¡Saca los dedos, por favor… no quiero más! ¡Por favor…detente! —Sin embargo, a pesar de su negativa verbal, sus caderas se acomodaron con más fuerza contra mi mano, buscando una profundidad mayor.
—¡Eso es, Papi! ¡No me sueltes! —exclamó finalmente con un gemido roto.
A pesar de su negativa verbal, sus caderas se acomodaron con fuerza contra mi mano, buscando profundidad. De pronto, el timbre del teléfono cortó el aire. Astrid se detuvo en seco, su rostro palideció y un temblor recorrió sus hombros al ver la pantalla.
—Es mamá, Papi —susurró con los ojos desorbitados.
Astrid tragó saliva, tratando de estabilizar su voz.
—Hola, mami, ¿cómo estás?
—¿Astrid? Hola, cielo —la voz de Wendy llegó cargada de preocupación—. Perdóname, se me pasó avisarle a Papi que pasara por ustedes, por estar muy ocupada en el trabajo. ¿Dónde están?
—Tranquila, mami. Yo le marqué a Papi justo cuando íbamos a salir. Estamos ya en casa los cuatro; Michelle y Camila están aquí conmigo.
—¡Ay, gracias a Dios! Pásamelo un segundo, quiero darle las gracias.
Astrid me extendió el teléfono. Michelle, aún colgada de mi cuello, escondió el rostro en mi piel para ahogar un gemido. Contesté sin retirar mis dedos de su interior:
—Hola, amor. No te preocupes. Las niñas están perfectamente; se han portado muy bien y vamos a pedir unas pizzas para almorzar.
—Gracias, de verdad —respondió Wendy—. Eres un ángel por cuidarlas. Me quedaré un par de horas más. Ah, ¿podrías pasar por mí a la oficina al terminar el turno? De ahí nos vamos todos al centro comercial a comer hamburguesas por recompensa por mi olvido.
—Claro que sí, corazón —contesté con calma gélida, mientras Michelle clavaba los dientes en mi hombro para no gritar—. Nos vemos al rato.
Astrid colgó y el pánico se transformó en euforia.
—¡Vamos a comer hamburguesas! —celebraron Camila y Astrid—. ¡Con papas extra y malteadas!
Entramos en el baño. El vapor comenzó a llenar el cuarto. Michelle no se bajó de mi cuello hasta que estuvimos bajo el chorro. La deposité con lentitud mientras Astrid y Camila se acercaban.
—A ver mis niñas quien va a ser la primera—ordené.
Se colocaron las tres al frente mío una detrás de otra: Astrid primero, luego Michelle y finalmente Camila. Tomé la esponja y comencé a acariciar sus pequeños cuerpos.

7 Lecturas/8 mayo, 2026/0 Comentarios/por SERRANO V4
Etiquetas: amigos, anal, colegio, hija, madre, madura, mayor, sexo
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