A los 8 años aprendí los juegos de adultos: mi confesión cruda y de primo Jiaro.
El problema no era solo cómo me veía, sino cómo me movía. Desde chiquito caminaba así, como dicen los viejos: «con el culo haciendo palmas». No era cosa de ponerme, se me salía solo, como si las nalgas tuvieran vida propia. .
