• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.   Siguenos en X/Twitter
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
(3 votos)
Bisexual, Dominación Hombres, Fetichismo

Aprendiendo 6

Aldahir llevaba una semana que parecía no terminar nunca. Cada mañana se despertaba con el mismo olor impregnado en la piel, en el pelo, en las sábanas..
Aldahir llevaba una semana que parecía no terminar nunca. Cada mañana se despertaba con el mismo olor impregnado en la piel, en el pelo, en las sábanas. Cuando no era el hedor a orines fermentados de Diego —ese olor ácido, amargo, que se le pegaba a la nariz como si lo hubiera bañado en ellos—, era el sudor espeso del gym de Alberto, ese olor a esfuerzo, a axilas y a entrepierna que se le quedaba en la ropa aunque se cambiara tres veces. Y cuando no era ninguno de los dos, eran los mecos de Mario: secos, pegajosos, todavía en el culo, en el pecho o en el cabello, como recordatorios que no se iban ni con agua caliente.

 

Caminaba por los pasillos de la universidad con la cabeza gacha. Sentía que todos lo miraban, aunque nadie dijera nada. El culo le seguía doliendo un poco, abierto y sensible, y cada vez que se sentaba en clase notaba el ardor. Había dejado de intentar entender cómo había llegado hasta ahí. Solo sobrevivía día a día.

 

Fue el jueves por la tarde, después de una clase de estadística, cuando Danna se le acercó. Alta, morena clara, pelo rizado, siempre con esa sonrisa fácil. Lo interceptó junto a las escaleras.

 

—Oye, Aldahir… ¿tienes planes este fin? Hay un bar nuevo cerca del centro. Si quieres nos vemos el sábado.

 

Aldahir se quedó callado un segundo. No entendía por qué una chica como ella se le acercaba. Todavía olía a orines viejos si se acercaba demasiado la nariz a su propia camisa. Pero asintió.

 

—Sí… está bien.

 

—Te mando la ubicación —dijo ella, y se fue con una sonrisa.

 

Lo que Aldahir no sabía era que Juan ya lo había visto todo.

 

Juan era delgado, pero con músculos densos, de esos que se notaban cuando se movía. Años de karate le habían dejado el cuerpo duro, las manos rápidas y una sonrisa con brackets que parecía amable… hasta que dejaba de serlo. Esa misma tarde lo citó en los baños del edificio de humanidades, el de hasta el fondo, el que casi nadie usaba después de las cinco.

 

Aldahir entró y encontró a Juan apoyado en el lavabo, con una bolsita negra en la mano.

 

—Tranquilo —dijo con esa sonrisa de brackets—. Nadie te va a coger esta semana. Te lo prometo.

 

Aldahir lo miró con desconfianza.

 

—¿Qué quieres?

 

Juan abrió la bolsita. Dentro había una jaula para penes, la más pequeña y ajustada que Aldahir había visto, de metal oscuro, y un plug negro con un pequeño control remoto.

 

—Te la pones toda la semana. Hasta el lunes. La jaula y el plug. El plug es eléctrico. Yo controlo las vibraciones. Si aguantas hasta el lunes sin quitártelo, te dejamos en paz. Se acaba todo. Nadie te vuelve a tocar. Nadie te vuelve a orinar encima. Nadie te vuelve a usar.

 

Aldahir miró los objetos. La jaula era ridículamente chica. El plug no era grueso, pero tenía una forma que claramente buscaba la próstata.

 

—¿Y si no?

 

—Entonces la próxima semana va a ser peor —contestó Juan, todavía sonriendo—. Mucho peor.

 

Aldahir pensó en la promesa. Pensó en oler otra vez a orines de Diego, a sudor de Alberto, a mecos de Mario. Pensó en poder dormir sin sentir nada pegado a la piel. Asintió.

 

—Está bien.

 

Juan lo hizo bajarse los pantalones ahí mismo. Primero le colocó la jaula. El metal estaba frío. Le sujetó el pene flácido, lo metió dentro del tubo estrecho y cerró el anillo alrededor de los huevos con un clic seco. Aldahir sintió de inmediato la presión. No era dolorosa al principio, pero sí constante. El metal le apretaba la base, impidiendo cualquier hinchazón. Cada vez que su cuerpo intentaba reaccionar, la jaula lo detenía de golpe. El peso del metal se le hacía presente con cada paso. Cuando se acomodó la ropa, notó cómo la jaula rozaba el muslo interno, un recordatorio metálico que no se iba.

 

Después Juan le hizo girarse, le abrió las nalgas y le empujó el plug. Entró fácil. Aldahir soltó un quejido cuando la punta presionó justo contra la próstata. El plug se acomodó adentro, llenándolo de una forma incómoda, constante. Cada vez que se movía, lo sentía.

 

—Así se queda —dijo Juan, y le dio una palmada en una nalga—. Toda la semana. Si te lo quitas, me entero.

 

Aldahir se acomodó la ropa y salió del baño sintiendo la jaula fría y el plug ya empezando a hacer presión.

 

Los días siguientes fueron un infierno lento y físico.

 

El primer día la jaula solo se sentía extraña. El metal frío se calentaba con su cuerpo, pero la presión en la base de los huevos era constante. Cada vez que se sentaba, el borde del anillo le clavaba un poco. Cuando caminaba, el tubo metálico se movía ligeramente, rozándole la piel sensible. Por la noche, al acostarse, notó que su pene intentaba endurecerse por reflejo… y la jaula lo aplastaba de inmediato. Fue un dolor sordo, frustrante, que le hizo apretar los dientes. Se corrió un poco de líquido preseminal que se quedó atrapado dentro del metal, pegajoso y caliente.

 

El segundo día ya dolía. La piel alrededor del anillo se había enrojecido. Cada roce de la ropa le recordaba que estaba encerrado. En clase, cuando el plug empezó a vibrar por primera vez —un zumbido suave, preciso, contra la próstata—, su pene intentó reaccionar con fuerza. La jaula lo detuvo. El contraste era brutal: por atrás una estimulación constante e inevitable, por delante un metal que no perdonaba. Aldahir se mordió el labio hasta casi sangrar para no gemir.

 

Fue el miércoles, en plena clase de derecho constitucional, cuando llegó el peor momento. Llevaba casi una hora sentado cuando el plug se activó sin aviso. Primero un zumbido bajo, casi imperceptible. Después subió. Y subió. La vibración se clavó exactamente en la próstata, rítmica, insistente, como un dedo eléctrico que no se detenía. Aldahir apretó los muslos. El pene intentó hincharse con desesperación dentro de la jaula. El metal no cedió ni un milímetro. La presión se volvió dolorosa, caliente, frustrante. Cada pulso del plug le mandaba una oleada de placer directo a la base del pene… y la jaula lo convertía en algo incompleto, casi cruel.

 

Empezó a sudar. Las manos le temblaban sobre el cuaderno. El profesor hablaba de amparos y Aldahir solo escuchaba el zumbido interno. La vibración subió otro nivel. Su culo se contrajo solo. Los huevos le dolían de tanto intentar empujar contra el anillo de metal. Sintió el orgasmo acercarse, pero distinto: no desde la verga, sino desde adentro, desde la próstata, una presión profunda que le subía por la espalda.

 

Cuando llegó, fue seco y brutal. El cuerpo se le tensó por completo. Las piernas le temblaron bajo el pupitre. Un gemido ahogado se le escapó entre los dientes. Las contracciones eran fuertes, rítmicas, como si estuviera eyaculando… pero no salía nada. Solo espasmos internos, una y otra vez, mientras el plug seguía vibrando sin piedad. El líquido preseminal se quedó atrapado dentro de la jaula, caliente, pegajoso, humillante. Aldahir se quedó temblando varios segundos, la cara ardiendo, la respiración entrecortada. El profesor lo miró un momento.

 

—¿Todo bien, joven?

 

—Sí… sí, maestro —logró decir, con la voz rota.

 

Tuvo que quedarse sentado diez minutos después de que terminara la clase, sintiendo cómo el líquido se enfriaba dentro del metal y el plug seguía dando pequeños pulsos, como si se riera de él.

 

Por las noches se miraba en el espejo. La jaula brillaba bajo la luz del baño. El pene se veía pequeño, atrapado, inútil. El plug lo sentía todo el tiempo. Y aun así no se lo quitó. Aguantó.

 

Llegó el sábado.

 

La fiesta era en una casa grande cerca de la zona de Vallarta. Música alta, luces bajas, olor a alcohol y a mota. Aldahir llegó temprano, todavía con la jaula y el plug puestos. La jaula le rozaba con cada paso. El plug le hacía sentir cada movimiento de las caderas. Buscó a Danna. La encontró en la terraza, tomándose una cerveza. Sonrió cuando lo vio.

 

—Hola… pensé que no venías —dijo ella, acercándose más de lo necesario—. Te ves… diferente esta noche.

 

—Solo cansado —mintió Aldahir.

 

Hablaron un rato. Bailaron un poco. Cada vez que se movía al ritmo de la música, el plug presionaba su próstata y la jaula le recordaba que no podía endurecerse. En un momento ella lo tomó de la mano y lo llevó hacia un pasillo más oscuro, cerca de los cuartos.

 

—¿Quieres… subir un momento? —preguntó Danna, rozándole el pecho con los dedos—. Llevo rato queriendo estar a solas contigo.

 

Aldahir asintió, aunque por dentro solo pensaba en cómo iba a manejarlo con la jaula puesta. Se dijo que si era necesario solo le chuparía el coño, solo la dedaría, que no pasaba nada.

 

Estaban a punto de entrar a un cuarto cuando escuchó la voz de Juan detrás de él.

 

—Aldahir.

 

Se giró. Juan estaba ahí, con Diego, Alberto y Mario detrás. Los cuatro lo miraban. Juan sonreía con los brackets brillando bajo la luz tenue.

 

—Ven —dijo Juan, con voz suave—. Te vamos a ayudar a encontrar a tu novia.

 

Aldahir frunció el ceño.

 

—Está aquí… justo iba con ella.

 

—No —contestó Juan, dando un paso adelante—. Ven. Confía.

 

Lo tomaron del brazo. Mario le puso una mano enorme en el hombro y lo empujaron pasillo adelante, hacia otro cuarto. La puerta estaba entreabierta. Juan la empujó con el pie.

 

Dentro, Danna estaba en la cama, de rodillas, con la falda subida hasta la cintura y las bragas en un tobillo. Diego la follaba por detrás, agarrándola de la cintura con fuerza, las caderas golpeándole las nalgas con un sonido húmedo y rítmico. Se le veía la verga saliendo brillante de saliva y fluidos cada vez que se retiraba. Alberto le tenía el pelo agarrado en un puño y le metía la verga hasta la garganta; se escuchaba el sonido húmedo de ella atragantándose y pidiendo más entre cada embestida.

 

—Así… así, verga… denme esas vergas… más duro, por favor… —gemía Danna, la voz rota, la baba cayéndole por la barbilla.

 

El olor del cuarto era una mezcla nauseabunda: cigarro, mota, sudor, sexo y el inconfundible hedor a orines viejos que siempre acompañaba a Diego. Aldahir se quedó congelado en el umbral. Diego lo vio y sonrió, sin dejar de embestirla. Le guiñó un ojo y le habló por encima del hombro de Danna:

 

—Llegaste justo a tiempo, putito. Mira qué bien se deja abrir tu “novia”.

 

Danna levantó la vista, con la boca todavía llena de la verga de Alberto. Cuando vio a Aldahir, lejos de avergonzarse, soltó una risita ahogada alrededor del pene y siguió chupando más profundo, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

 

Juan habló bajito, junto a su oído, casi con ternura falsa:

 

—Cumplió con el trato. La apuesta era invitarte a cambio de mota, dinero y que le pasaran el trabajo de la clase que va a reprobar. Nada personal, veracruzano. Solo negocio. Ella misma lo propuso.

 

Aldahir sintió que el estómago se le caía. Intentó dar un paso atrás, pero Mario ya le había cerrado el paso con el cuerpo.

 

—Ven —dijo Mario, con esa voz ronca de pueblo—. Al cuarto de al lado. No te quedes viendo como pendejo.

 

Lo empujaron al cuarto contiguo. La música de la fiesta se escuchaba amortiguada a través de la pared. Se oían los gemidos de Danna, cada vez más altos, los golpes de carne contra carne, las risas de Diego. Juan cerró la puerta con seguro y sacó el celular.

 

—Grábame —le dijo a Alberto, y se lo pasó—. Quiero que se vea todo. De cerca. La cara, el culo, todo.

 

Aldahir estaba contra la pared. Juan se acercó, le bajó los pantalones de un tirón y le quitó la jaula. El metal se desprendió con un clic. El pene le quedó marcado, rojo, hinchado en la base, medio adormecido por días de contención. La piel alrededor del anillo estaba irritada, sensible al aire. Después le sacó el plug. Aldahir soltó un gemido largo y tembloroso al sentirlo salir; el vacío repentino le hizo doblar un poco las rodillas.

 

—Ahora sí —dijo Juan, todavía sonriendo—. Ahora sí te vamos a usar como se debe. Sin jaula, sin promesas.

 

Mario se bajó los shorts. La verga le saltó gruesa, ya dura, pesada, con la punta brillante. Juan también se liberó. Más delgado, pero venoso, con la cabeza rosada y una gota de precum colgando.

 

—Competencia —dijo Juan, mirando a Mario con los brackets brillando—. Quien lo haga gemir más fuerte gana. Y que se escuche en el otro cuarto. Quiero que Danna sepa exactamente lo que le estamos haciendo a su “cita”.

 

Mario lo volteó contra la cama. Le abrió las nalgas con las manos enormes y le escupió dos veces en el agujero, grueso, sucio. Empujó. Entró de un solo golpe, hasta el fondo. Aldahir soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido cuando Mario empezó a embestir con fuerza, sin darle tiempo a acostumbrarse. Las nalgas le rebotaban. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico.

 

—Así… así se siente, cabrón… —gruñó Mario contra su oído—. Todo el puto semanal cerrado y todavía estás abierto como puta. Aprieta. Quiero sentirte.

 

Juan se colocó enfrente, le agarró el pelo con las dos manos y le metió la verga en la boca. Empujó hasta la garganta de un solo movimiento. Aldahir se atragantó; la saliva le brotó por las comisuras.

 

—Chupa. Y grita si puedes. Quiero que se oiga del otro lado —ordenó Juan, follándole la cara con movimientos cortos y profundos—. Más lengua. Limpia bien.

 

Los dos lo usaron al mismo tiempo. Mario por atrás, embistiendo con fuerza de línea ofensiva, cada embestida sacando un gemido más alto de Aldahir. Juan por la boca, follándole la cara sin piedad, las bolas golpeándole la barbilla. Alberto grababa desde un lado, acercando el celular primero a la cara de Aldahir —ojos vidriosos, baba cayendo—, después a su culo abierto donde la verga gruesa de Mario entraba y salía brillante de saliva y precum, después otra vez a la cara.

 

—Míralo —decía Alberto en voz baja, para el video—. Todo prieto, marcado por la jaula, el culo todavía abierto del plug, y se deja partir sin quejarse. Di algo, Aldahir. Di que te gusta que te usen. Di que eres el puto de la universidad.

 

Aldahir solo podía gemir y babear. La saliva le corría por la barbilla y le caía al pecho en hilos gruesos. Cada vez que Mario embestía más fuerte, el gemido se volvía casi un grito. Juan empujaba más profundo, hasta que Aldahir se atragantaba y le lloraban los ojos.

 

—Más fuerte —ordenaba Juan entre embestidas, mirando a Mario—. Quiero oírlo. Quiero que Danna se venga escuchando cómo le abrimos el culo a su cita.

 

En el cuarto de al lado los gemidos de Danna se mezclaban con los de Aldahir. Diego se reía fuerte y se escuchó su voz a través de la pared:

 

—¡Escúchenlo, cabrones! ¡El putito está gritando más que la ruca! ¡Dale más duro!

 

Mario aceleró. Cada embestida era más profunda, más brutal. Se corrió primero, profundo, gruñendo como animal, vaciándose dentro de Aldahir con sacudidas fuertes. Se quedó adentro un momento, respirando pesado, y después se salió. El semen le escurría por las nalgas de inmediato, caliente y espeso.

 

Juan lo volteó, lo puso de espaldas en la cama y se lo metió de frente, levantándole las piernas hasta casi doblarlo por la mitad. La verga le entró de un solo empujón.

 

—Ahora grita para mí, prieto —le dijo, mirándolo a los ojos mientras empezaba a embestir—. Quiero ver tu cara cuando te corras otra vez sin poder tocarte.

 

Empezó a follarlo con fuerza, los brackets brillando cada vez que sonreía. Cada embestida sacaba un gemido más alto, más roto. Aldahir tenía los ojos vidriosos, la boca abierta, el culo ardiendo. Juan se inclinó y le habló al oído mientras lo embestía, sin dejar de mirar a la cámara de Alberto:

 

—Pensaste que aguantando la semana te ibas a librar… y mira. Todavía eres el puto de todos. El inodoro. El culo de turno. Y encima tu “novia” se está dejando partir al lado mientras tú gritas como perra. Aprieta. Quiero sentirte correrte seco otra vez.

 

Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas. Aldahir sintió otra vez esa presión en la próstata, esa necesidad de correrse sin poder hacerlo del todo. El orgasmo seco lo atravesó de nuevo: contracciones fuertes, el cuerpo temblando, un gemido largo y roto que casi fue un grito. Juan se rio y se corrió adentro en ese mismo momento, profundo, llenándolo otra vez.

 

Cuando por fin se salió, el semen de los dos le escurría en un hilo grueso por las nalgas y los muslos oscuros, mezclado con saliva y sudor.

 

Alberto apagó la grabación, todavía riendo.

 

—Buena competencia —dijo, revisando el video—. Mario lo hizo gritar más al principio, pero Juan lo rompió al final. Se ve precioso el prieto cuando se corre seco.

 

Los dejaron ahí un momento. Aldahir estaba tirado en la cama, el culo abierto y palpitante, el pene todavía marcado en rojo por la jaula, el olor a semen, a sudor y a la fiesta mezclado con el hedor que venía del otro cuarto. Se escuchaban todavía los gemidos de Danna y las risas de Diego.

 

Juan se acomodó la ropa y le miró desde la puerta, con esa sonrisa de brackets que ya no parecía amable en absoluto.

 

—La próxima semana hablamos otra vez. Descansa, Aldahir. Te ganaste un pequeño descanso… por ahora.

 

Se fueron. La puerta quedó entreabierta. La música de la fiesta seguía sonando. Aldahir se quedó mirando el techo, sintiendo el semen escurrirle, el culo ardiendo, la marca de la jaula todavía presente en la piel, y esa sensación familiar de que, otra vez, no sabía cómo había llegado hasta ahí… y que, otra vez, una parte de él ya estaba esperando lo que viniera después.

 

9 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por BiKarma
Etiquetas: baño, culo, joven, orgasmo, puta, puto, semen, sexo
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
El dia en que mi mejor amiga y yo dejamos de ser virgenes
el misionero sexy
Primera vez a los 12 en Oaxaca parte 6
Recordando a mis primas
Crisis Matrimonial.
INCESTO CON MI HERMANA ( I )
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.584)
  • Dominación Hombres (5.080)
  • Dominación Mujeres (3.586)
  • Fantasías / Parodias (4.093)
  • Fetichismo (3.287)
  • Gays (23.985)
  • Heterosexual (9.645)
  • Incestos en Familia (20.541)
  • Infidelidad (5.045)
  • Intercambios / Trios (3.581)
  • Lesbiana (1.297)
  • Masturbacion Femenina (1.213)
  • Masturbacion Masculina (2.363)
  • Orgias (2.445)
  • Sado Bondage Hombre (525)
  • Sado Bondage Mujer (233)
  • Sexo con Madur@s (5.173)
  • Sexo Virtual (301)
  • Travestis / Transexuales (2.717)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.899)
  • Zoofilia Hombre (2.445)
  • Zoofilia Mujer (1.780)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba