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Bisexual, Dominación Hombres, Intercambios / Trios

Clases de Regularización 4

Honorato llegó el lunes a la prepa con una sonrisa que parecía pegada a la cara. Monica caminaba a su lado, la mano atrapada entre las suyas con fuerza, los dedos entrelazados como si tuviera miedo de que se le escapara. Cada vez que pasaban frente a un grupo de compañeros….
Capítulo 4: El mejor amigo y el maestro de bosques.

Honorato llegó el lunes a la prepa con una sonrisa que parecía pegada a la cara. Monica caminaba a su lado, la mano atrapada entre las suyas con fuerza, los dedos entrelazados como si tuviera miedo de que se le escapara. Cada vez que pasaban frente a un grupo de compañeros, él la detenía en seco, la giraba hacia él y la besaba. No eran besos cortos ni discretos. Eran de esos que duraban varios segundos, con lengua, con las manos bajando hasta la cintura y a veces rozando el inicio del culo. Monica dejaba que lo hiciera. A veces respondía un poco, moviendo los labios. A veces solo se quedaba quieta, dejando que él presumiera delante de todos.

 

—Es mi novia —repetía a cualquiera que lo mirara más de dos segundos, la voz más alta de lo necesario—. Ya no soy virgen, güey. Ya cogimos. Varias veces.

 

Lo decía con un orgullo tan grande que hasta él mismo parecía creérselo del todo. No mencionaba nunca que mientras la “cogía”, Alberto le tenía la verga embutida hasta el fondo del culo y Diego hacía exactamente lo mismo con ella. Esa parte se la guardaba bien escondida. La parte que sí contaba era suficiente para que medio salón lo mirara con una mezcla de incredulidad, envidia y un poco de burla disimulada.

 

Su mejor amigo, Johan, lo soportó todo el día. Johan no era de los mejores alumnos. Trabajaba medio tiempo de fontanero con su tío, tenía las manos siempre un poco ásperas, con callos en las palmas, y olía a grasa de tubería y a jabón barato. Le gustaba la música a todo volumen en los audífonos, la calistenia en el parque hasta cansarse y, sobre todo, no creerse cuentos. Cuando Honorato le contó por quinta vez que ya se había cogido a Monica, Johan solo levantó una ceja y se quedó mirándolo en silencio varios segundos.

 

—¿En serio? —preguntó al final, mordiéndose el interior de la mejilla—. ¿Monica? ¿La misma que nunca te pelaba en los pasillos? ¿La que te contestaba con monosílabos?

 

—Sí, güey. Ya es mía. La beso cuando quiero. La toco cuando quiero. Hasta me dejó metérsela.

 

Johan no dijo nada más ese día. Solo asintió despacio y se puso los audífonos. Pero esa noche, mientras hacía dominadas en la barra del parque hasta que los brazos le temblaban, no dejó de pensar. No le cabía en la cabeza. Monica era callada, otaku, metalera, de las que apenas levantaban la vista del celular. Que de pronto le hubiera hecho caso a Honorato, el virgen eterno del salón, le olía demasiado raro. Demasiado fácil. Demasiado perfecto.

 

Al día siguiente, en el recreo, lo confrontó otra vez.

 

—Oye… ¿y cómo fue? ¿Dónde? ¿En su casa?

 

Honorato se puso nervioso un segundo, pero recuperó la sonrisa rápido.

 

—En las clases de regularización. Con el maestro Alberto. Tiene casa grande. A veces nos deja solos un rato.

 

Johan asintió otra vez, pero esa misma tarde decidió inscribirse. Llamó al número que Honorato le había pasado. Alberto contestó con la misma voz calmada de siempre.

 

—Claro. Pasa el jueves a las once. Hoy Diego y yo estamos ocupados con otros alumnos. Te va a atender Juan, otro de los que viven aquí. Es de confianza. No te preocupes.

 

Johan colgó con el ceño fruncido. “De confianza”. La frase le quedó dando vueltas.

 

El jueves llegó a las diez y cincuenta. El sol de julio calentaba el asfalto del fraccionamiento y el aire olía a pasto seco. Tocó el timbre. La puerta la abrió un tipo de piel blanca, cuerpo muy definido, hombros anchos de años de karate, abdomen marcado bajo una camiseta gris ajustada y una sonrisa que mostraba brackets todavía puestos a pesar de la edad. Cabello corto, mirada tranquila, casi amable.

 

—Soy Juan —dijo, extendiendo la mano—. Pasa. Honorato y Monica ya están adentro. Llegaste puntual. Me gusta.

 

La sala estaba en penumbra, las cortinas medio corridas. Honorato estaba sentado en el sillón grande con Monica a un lado, la mano todavía agarrada a la de ella como si temiera que se evaporara. Cuando vio a Johan, sonrió de oreja a oreja.

 

—¡Johan! ¿También te metiste a las clases? Qué bueno, güey. Así vemos juntos. Te va a caer bien Juan, es buena onda.

 

Juan cerró la puerta detrás de ellos. El clic de la llave sonó más fuerte de lo normal en el silencio de la sala.

 

—Hoy la clase va a ser un poco diferente —dijo con calma, caminando hacia el centro de la habitación, las manos en los bolsillos—. Alberto y Diego me pidieron que los ayudara con ustedes. Y yo ya sé cómo se trabajan estas cosas aquí. Llevo años viéndolos.

 

Honorato se tensó un poco. Monica bajó la mirada al piso. Johan frunció el ceño y cruzó los brazos.

 

—¿Qué cosas? —preguntó—. Yo vine a regularizar matemáticas, no a otra cosa.

 

Juan se detuvo frente a él. Era más bajo que Diego, pero el cuerpo de karate se notaba en cada movimiento. Se quedó mirándolo varios segundos antes de hablar.

 

—Honorato ha estado presumiendo en la prepa que ya no es virgen. Que se cogió a Monica. Tiene medio cansado a todo el salón con el cuento. Pero no les contó la parte completa. ¿Quieres que te la cuente yo, o prefieres que se la cuente él?

 

Honorato abrió la boca para protestar.

 

—Juan, no…

 

Juan levantó una mano y Honorato se calló al instante, como si le hubieran apagado la voz.

 

—La verdad es esta —continuó Juan, sin subir el tono—. Mientras Honorato “cogía” a su novia, Alberto le tenía la verga hasta el fondo del culo. Y Diego hacía exactamente lo mismo con Monica. Los dos al mismo tiempo. Honorato se corrió con la verga de un hombre adentro. Y después se bebió una botella completa de orines de Diego a cambio de poder besarla y decir delante de todos que era su novio. Esa es la versión completa. La que no cuenta en los pasillos.

 

El silencio que siguió fue espeso, casi sólido. Johan miró a su mejor amigo. Honorato tenía la cara roja hasta las orejas, los ojos bajos, la mandíbula apretada. Monica no decía nada. Solo miraba el piso, las manos juntas sobre las rodillas.

 

Johan soltó una risa corta, incrédula.

 

—¿Estás mamando? ¿Me estás hablando en serio?

 

Juan no sonrió.

 

—Completamente. Y ahora que ya sabes la verdad… puedes irte. La puerta está cerrada con llave, pero te la abro. O puedes quedarte y aprender. Si te quedas, te voy a poner una jaula. Vas a ver cómo tu mejor amigo te coge. Vas a beber su leche de la vagina de su “novia”. Y vas a beber mis orines. Todo eso mientras yo me encargo de tu culo. Porque a mí me gustan los culos. Las vergas no tanto. Los culos sí. Mucho.

 

Johan sintió el corazón subirle a la garganta. Quiso reírse otra vez. Quiso empujar a Juan y salir corriendo. Pero se quedó quieto. La curiosidad, la rabia y algo más oscuro, más caliente, lo tenían clavado en el lugar. Miró a Honorato. Honorato no levantaba la vista.

 

—¿Y si me quedo? —preguntó Johan, la voz más baja.

 

—Si te quedas, aceptas las reglas de la casa —respondió Juan—. Yo tengo la llave de la jaula. Yo decido cuándo te la quitas. Y hoy vas a aprender lo que Honorato ya empezó a aprender: que aquí uno no presume de macho hasta que se lo gana de verdad.

 

Johan tragó saliva. Asintió una sola vez.

 

Juan no esperó más diálogo. Sacó de la bolsa de deporte que tenía junto al sillón una jaula de castidad de metal, pequeña, brillante, con un candado plateado. Se la mostró a Johan de cerca.

 

—Bájate el pantalón. Y el bóxer. Despacio.

 

Johan dudó varios segundos. Honorato lo miraba ahora, con una mezcla de vergüenza y algo que parecía excitación mal disimulada. Monica seguía en silencio. Juan esperó, paciente. Al final Johan se bajó el pantalón y el bóxer hasta los tobillos. La verga ya estaba medio dura por los nervios y el calor de la situación. Juan se arrodilló frente a él sin ninguna prisa, le tomó la verga con dos dedos, la metió dentro de la jaula con movimientos precisos, ajustó el anillo detrás de los testículos y cerró el candado con un clic seco que resonó en la sala. Se guardó la llave en el bolsillo delantero del pantalón.

 

—Así te quedas. No te la vas a tocar. No te vas a correr hasta que yo diga. Si intentas quitártela, la siguiente va a ser más chica.

 

Después se levantó, se sacudió las rodillas y miró a Honorato.

 

—Tú. Quítale la ropa a tu novia. Despacio. Quiero ver todo. Y quiero que Johan vea todo también.

 

Honorato obedeció. Se acercó a Monica, le levantó la playera negra con las dos manos y se la sacó por la cabeza. Las tetas grandes y blancas quedaron libres, los pezones ya un poco duros. Le bajó el short y las bragas juntas, hasta los tobillos. El coño ya estaba un poco húmedo, los labios brillantes. Juan se acercó por detrás de ella, le separó los cachetes del culo con las dos manos y le pasó el pulgar por el agujero, lento, evaluando la textura.

 

—Buen culo —murmuró, casi para sí—. Redondo, firme. Honorato, acuéstate en el sillón. De espaldas. Monica se te monta. Y tú, Johan… te vas a poner de cuatro aquí al lado. Voy a empezar contigo. Sin prisa.

 

El orden se cumplió en silencio. Honorato se recostó en el sillón grande. Monica se montó sobre él, tomó la verga de Honorato con una mano, la guió hasta su coño y bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarse completa. Honorato soltó un gemido largo, las manos subiendo a las caderas de ella. Monica empezó a moverse, lenta, las tetas grandes rebotando con cada subida y bajada. Juan se colocó detrás de Johan, que ya estaba de cuatro en el piso, el culo hacia arriba, la jaula de metal colgando entre las piernas.

 

Juan le escupió directamente en el agujero, dos veces. Después le metió dos dedos de golpe y los movió en círculos, abriendo, estirando, sin ninguna delicadeza. Johan apretó los dientes y soltó un quejido.

 

—Relájate —dijo Juan, la voz calmada—. Si te pones duro, duele más. Y yo no tengo prisa.

 

Cuando el agujero cedió lo suficiente, Juan retiró los dedos, se alineó y empujó. La cabeza de su verga —no tan larga como la de Diego, pero gruesa y dura— abrió el culo de Johan con lentitud deliberada. Entró centímetro a centímetro, sin detenerse ni un segundo, disfrutando de cada resistencia. Johan gritó contra el brazo del sillón, los nudillos blancos.

 

—Mierda… joder…

 

Juan se detuvo solo cuando estuvo completo, las caderas pegadas al culo de Johan, respirando contra su nuca.

 

—Así. Ahora mira —ordenó, tomándole el cabello y obligándolo a levantar la cabeza—. Mira cómo tu mejor amigo se coge a la morra que tanto te jodía con el cuento. Mientras yo te abro el culo. Despacio. Para que lo sientas bien.

 

Empezó a moverse. Embistes largos, profundos, enfocados solo en el culo. No tocaba la verga de Johan. Ni siquiera la miraba. Solo el culo. Cada embestida hacía que Johan se estremeciera y que la jaula de metal tintineara contra sus muslos. Honorato, debajo de Monica, veía todo: a su mejor amigo siendo abierto por Juan, a Monica montándolo con las tetas rebotando, a la cara de Johan contraída de dolor y algo más. Se sentía extrañamente poderoso y al mismo tiempo todavía dominado por la casa.

 

Juan aceleró un poco, las caderas chocando contra el culo de Johan con sonido seco y rítmico.

 

—Honorato —dijo, sin dejar de embestir—, córrete adentro. Llénala bien. Quiero que Johan beba de ahí después. Quiero que pruebe lo que tú le dejaste a tu “novia”.

 

Honorato no tardó. La imagen de Johan siendo follado, el sonido de la piel, el calor del coño de Monica… se corrió con un gemido ahogado, hundido hasta el fondo, las manos apretándole las caderas a ella. Monica se quedó quieta encima, sintiendo el semen caliente llenándola. Juan se salió del culo de Johan con un sonido húmedo, dejó el agujero abierto y rosado, goteando un poco, y le dio una nalgada seca.

 

—Ahora. Johan, ponte de rodillas frente a ella. Abre la boca. Come. Limpia todo lo que Honorato le dejó adentro. Trágatelo. Sin dejar nada.

 

Johan se arrastró de rodillas. Acercó la cara al coño de Monica, todavía montada sobre Honorato. El olor a semen fresco y a ella lo golpeó de lleno. Sacó la lengua y lamió. El sabor era espeso, salado, mezclado con el gusto dulce de Monica. Empujó la cara más profundo, chupando, limpiando los labios, metiendo la lengua, tragando lo que salía. Juan lo miraba desde atrás, de pie, satisfecho, pasándose una mano por el abdomen marcado.

 

—Así. Más profundo. Que no quede nada.

 

Cuando Johan terminó, la cara le brillaba completa de jugos y semen. Juan se colocó frente a él, se sacó la verga todavía húmeda del culo de Johan y, sin avisar, empezó a orinar directo en su boca abierta. El chorro fue fuerte, caliente, amargo. Johan tosió al principio, pero Juan le agarró el cabello y lo mantuvo en su lugar.

 

—Traga. Todo. No desperdicies.

 

Johan tragó a tragos largos, los ojos llorosos, hasta que Juan vació la vejiga completa. El líquido le corría por la barbilla y le caía al pecho. Juan se sacudió la última gota en la lengua de Johan y se limpió la verga en su cabello.

 

Después se giró hacia Honorato, que seguía debajo de Monica, respirando agitado.

 

—Ahora sí. Ponte detrás de él. Cógilo. Despacio. Quiero que sientas cómo se aprieta todavía. Y mientras lo haces, recuerda: cada vez que presumas en la prepa que eres un macho, vas a tener que demostrar algo más aquí. Hoy fue esto. La próxima será peor… o mejor. Según se mire.

 

Honorato se deslizó de debajo de Monica. Ella se corrió hacia un lado del sillón, todavía desnuda, mirando en silencio. Honorato se colocó detrás de Johan, que seguía de rodillas, el culo abierto y rosado. La verga de Honorato, que se había ablandado un poco, se puso completamente dura otra vez solo de ver el agujero de su mejor amigo. Escupió dos veces, se frotó la saliva y empujó.

 

Entró más fácil de lo que esperaba. Johan soltó un gemido largo, la frente contra el sillón, la jaula tintineando con cada movimiento. Honorato empezó a moverse. Lento al principio, sintiendo cómo el culo se apretaba alrededor de su verga. Después más profundo. Juan se sentó en el sillón de enfrente, las piernas abiertas, el codo en la rodilla, mirando cómo uno de sus “alumnos” se cogía al otro mientras Monica, todavía con restos de semen en los muslos, se limpiaba la cara con el dorso de la mano.

 

El sonido de la piel contra la piel llenó la sala otra vez. Honorato veía el culo de Johan abrirse alrededor de su verga, veía la jaula de metal brillando, veía a Monica mirándolo en silencio. Se sentía más macho que nunca. Y al mismo tiempo sabía, en el fondo, que Juan, Alberto y Diego seguían teniendo el control absoluto de todo lo que pasaba en esa casa.

 

Cuando Honorato sintió que se acercaba otra vez, Juan habló:

 

—Adentro. Llénalo. Quiero que se le salga después.

 

Honorato embistió las últimas veces con más fuerza y se corrió profundo dentro del culo de Johan, gruñendo entre dientes. Se quedó embutido un momento, respirando pesado, sintiendo las contracciones. Cuando se salió, el semen empezó a salir del agujero abierto.

 

Juan se levantó, se acercó y le dio una palmada en la espalda a Honorato, casi paternal.

 

—Bien. Clase terminada por hoy. Johan, la jaula se queda puesta. La llave la tengo yo. Honorato, el martes vuelves a las once. Monica también. Y la próxima vez… vamos a ver qué tan macho puedes llegar a ser de verdad cuando te pongamos a los dos a trabajar al mismo tiempo.

 

Johan se quedó de rodillas en el piso, el culo ardiendo, el sabor a orines y a semen todavía mezclado en la lengua, la jaula apretándole los testículos de forma constante. Honorato se acomodó el pantalón con manos temblorosas, todavía sintiendo el calor del culo de su mejor amigo alrededor de la memoria de su verga.

 

Monica se puso la playera en silencio, sin mirar a nadie a los ojos.

 

Juan abrió la puerta de la sala y les hizo un gesto hacia la salida.

 

—Nos vemos el martes. Y Johan… no intentes forzar la jaula. Duele más después.

 

Afuera, en la calle, el sol de julio seguía brillando como si nada hubiera pasado dentro de esa casa. Honorato tomó la mano de Monica otra vez, por inercia. Johan caminaba un paso atrás, las piernas un poco abiertas, la jaula recordándole con cada movimiento quién tenía realmente el control.

 

3 Lecturas/17 de octubre de 2026/0 Comentarios/por BiKarma
Etiquetas: amigo, culo, leche, metro, parque, semen, vagina, virgen
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