Como hice putito a mi sobrino
Como hice putito a mi sobrinito y termino siendo el típico niño que mama penes en los baños. .
Mi sobrinito
Nora y yo estábamos en el sofá, y mi sobrino de cinco años, un enano de piernas flacuchas y cara de tonto, jugaba con sus cochecitos en la alfombra. El aburrimiento me carcomía.
«Nora», dije, sin quitarle los ojos de encima. «Ven aquí. Agáchate y dale un mordisco a sus cositas».
Mi esposa, una perra sumisa y siempre dispuesta a complacer, se arrodilló junto al niño. Con dedos hábiles, le bajó el pantalón del pijama. Su penecito era una cosa diminuta, un gusanito rosado que se retraía asustado. Debajo, dos canicas, sus huevitos, colgaban en un saquito arrugado. Nora se metió por completo aquel penecito y huevitos en su boca, y lo succionó con un ruido húmedo. El niño se rio y se retorció, Nora vertiginosamente seguía mamando aquel penecito erecto, supongo que mi sobrino empezó a sentir demasiado por lo que se movía y tratar de zafarse de la mamada que le daba su tía, cosa que me molesto, como aquel pendejito se quería zafar de la mamada de mi Nora.
«¡Quédate quieto, mierda!», le grité. La risa se le heló en la cara. Me levanté y le solté un bofetón tan fuerte que lo tumbé de lado. Se puso a llorar con ese lloriqueo agudo y molesto de los niños. «Ya vas a ver qué es estar quieto».
Me saqué la verga. Ya estaba dura, con el glande goteando. La agarré de la nuca y la empalmé contra su boquita. «¡Abre, puto!». Abrió, y le metí la verga a la fuerza. Chocó contra el fondo de su garganta y se ahogó, tosiendo y babeará saliva mezclada con mocos. No sabía hacer nada, el inútil. Su dentadura de leche me raspaba el glande.
Me cabreé. Le di la vuelta y le bajé los pantalones hasta los tobillos. Su culo era dos mejillas blancas y duras. Le solté una tanda de nalgadas, tan fuerte que mis palmas ardían. Se marcaron cuatro dedos rojos en cada nalga. El llanto se convirtió en un aullido desgarrador. «¡Llorá, maricón! ¡Llorá más!».
Mientras lloraba, le separé las nalgas. Su agujerito era un punto marrón, contraído y virginal. Le escupí encima y metí un dedo. Estaba tieso, apretado. Metí otro. El niño gritó y intentó escapar, pero lo tenía inmovilizado. «Te voy a abrir este culo, putito».
Lo levanté como si fuera un saco de patatas y lo tiré bocarriba sobre un sillón. Le levanté las piernas y me las apoyé en los hombros. Su culito, rojo y humedecido por mi saliva, me esperaba. Alineé mi verga con su anito y empujé.
La resistencia fue brutal. Su grito fue de dolor puro, animal. Sentí como su pequeño anito se rompía y cedía. La cabeza de mi verga entró de golpe, desgarrándolo por dentro. Una mancha roja comenzó a manchar mi glande. Me cabreó aún más. «¡Te lo voy a romper todo, pendejo!».
Empecé a follarlo sin piedad. Cada embestida era un martillazo, lo hundía en el sillón. Su culo sangraba, y vi un trozo de mierda pegado a la base de mi verga. El niño ya no lloraba, emitía unos jadeos ahogados, con los ojos desencajados y la boca abierta, llena de baba.
Nora estaba al lado de mi, con la mano metida en sus bragas, frotándose el coño como una loca. «¡Sí, mi amor! ¡Destrúyelo! ¡Hazle cogete a ese pequeño putito! ¡Enséñale quién es el hombre de la casa!». Su excitación me alimentaba, me daba más fuerza.
Sentí que me venía. Le clavé mi verga hasta el fondo de su culito roto, mis bolas estaban completamente pegada a sus nalgas rojas y exploté. Le llené las tripas de semen caliente. Me quedé así un momento, disfrutando las contracciones de su agujero sangrante alrededor de mi verga.
Cuando salí, era un espectáculo. Mi verga era un monstruo cubierto de semen, sangre y mierda. El niño yacía en el sillón, con el culo abierto como una herida, temblando y sollozando.
«¡Ven aquí, asqueroso!», le ordené. Se arrastró hacia mí. Le agarré por el pelo y le empalmé mi verga sucia contra la cara. «¡Limpiala!». Llorando, la lamió con su lengua, probando sus propias heces y su sangre. Mientras lo hacía, volví a meterle tres dedos en el culo, hasta el fondo, removiéndoselos por dentro. El dolor lo hizo retorcerse.
Verlo tan hecho una mierda, tan destruido, me puso otra vez la verga como un poste. La saqué de su boca, le escupi en la cara y la volvi a meter de nuevo a la fuerza, esta vez para follarle la garganta. Lo agarré de la cabeza con las dos manos y la usé como un muñeco de goma, embistiéndole la boca sin compasión. Me excita el sonido de su ahogo, el de sus arcadas. Me vine de nuevo, ahogándolo con mi semen. El líquido denso le salía por los lados de la boca y caía al suelo.
Cuando terminé, lo empujé con el pie. «Lame eso del suelo». De rodillas, como un perro, lamió el charco de semen del suelo.
Nora se había venido con los dedos. Vino hacia mí, me besó en la boca y me susurró: «Te amo. Amo verte coger a ese nene. Eres un cabrón, mi hombre».
Miré al niño, temblando en el suelo, con el culo ensangrentado y la cara cubierta de semen. «Ahora a bañarte, mierda», le dije. Antes de que se fuera, me agaché y me oriné encima desde el pecho a la cabeza. Al caerle el chorro caliente me dijo «¿porqué me orinas tío?», le sonreí y le despeine el cabello. «Nora, tú también. Orínale en la cara». Mi esposa, sin dudarlo, se cuclillo sobre él y lo empapó con su orina. «Ahora llévalo, báñalo y acuéstalo», le dije a mi mujer, mientras me sentaba en el sofá y encendí el televisor.
El nene durmió como un campeón, la tarde paso normal, salimos, llevamos a mi sobrino al cine y a cenar, no antes sin parar en una juguetería y comprarle un regalo. Al llegar la noche, ya en casa, nos preparamos para dormir, como mi sobrino se quedaba todo el fin de semana, lo acostamos en nuestra cama.
Nora y yo tuvimos sexo al lado de nuestro sobrino, aunque esta vez no lo incluimos, teníamos todo el fin de semana para eso, siempre nos ha gustado exhibirnos y coger enfrente de algún nene o nena, así aprenden mejor. Cogimos delicioso, literal hicimos el amor y nos dispusimos a dormir.
La noche estaba pesada, silenciosa. A mi lado, Nora dormía profundamente, pero yo estaba despierto, con la verga dura mientras pensaba en el culito de mi sobrino, el cual estaba al otro lado de la cama. El mismo sobrino de cinco años, durmiendo como un ángel, con la boquita entreabierta y una mejilla marcada por la almohada.
Me levanté con sigilo. Algo de luz entraba por la ventana, dibujando un rectángulo de luz sobre la cama. Me agaché sobre él. El olor a niño, a leche y a sexo me embriagó. Le bajé el pijama. Su culito, aunque ya había sido usado, se veía pequeño y tierno bajo la luz. Le separé las nalgas. Su agujerito ya no era un punto, sino una pequeña estrella oscurecida, ligeramente abierta, como si esperara ser llenada de nuevo.
Me escupí en la mano y me lubriqué la verga. Me arrodillé entre sus piernas. Él no se movió. Alineé mi glande con su anito y empujé lentamente. Entró con más facilidad que la primera vez, pero seguía siendo un anillo de fuego que me estrangulaba el glande. El niño gimió en sueños, pero no despertó.
Empecé a moverme, muy despacio al principio, para no despertarlo. Cada embestida era un deleite. Su calor, su apretura, la sensación de poseerlo en su sueño más profundo. Era mío, completamente mío, incluso en su inconsciencia.
Nora se revolvió a mi lado. Abrió los ojos y me vio, con las caderas metidas entre las piernas de mi sobrino. Una sonrisa perversa se dibujó en su cara. No dijo nada. Se levantó, fue al armario y volvió con algo que me hizo endurecerme todavía más. Un arnés con un dildo negro, gordo y con venas marcadas. Se lo ajustó a la cintura, quedándose como un hombre con una erección monstruosa. Se acercó a la cama, su sombra cubriéndonos.
«Muévete amor», me susurró, empujándome a un lado. «Quiero abrirlo yo, también es mi sobrino y tiene que aprender a querer a su tía».
Me aparté y Nora ocupó mi lugar. Le pasó el dedo por el agujero del niño y luego, sin más preámbulos, le hundió el dildo de goma hasta las bolas. El niño se despertó de golpe con un grito ahogado, un grito de dolor y confusión al ver a su tía, con ese monstruo de goma saliendo de su entrepierna, clavado en su culo.
«¡Shhh, mi amor!», le dijo Nora, acariciándole el pelo mientras lo sodomizaba sin piedad. «La tía también te quiere. La tía también te va a cuidar». Sus embestidas eran tan brutales como las mías. El niño lloraba, pero Nora no se detenía. Se inclinó y le mordisqueó el cuello, sus pechos se balanceaban sobre su espalda.
Mi verga estaba a punto de estallar. Me levanté, me paré frente a la cabecera de la cama y le agarré la cabeza al niño. «¡Abre la boca, puto!». Se la abrí a la fuerza y me la metí hasta el fondo. Nora, por detrás, y yo, por delante. Lo usábamos como un trapo de cocina, un muñeco de goma para nuestro placer. Sus lágrimas mojaban mi verga, sus gemidos ahogados me vibraban en el glande. Nora y yo nos miramos por encima de su cuerpo tembloroso, y en esa mirada hubo amor, complicidad y deseo. Me vine en su garganta, y casi al mismo tiempo, Nora gritó, arqueando la espalda en un orgasmo violento mientras hundía el dildo hasta el fondo del niño.
Lo dejamos caer en la cama, temblando, con culito rojo y abierto, y su cara roja escurriendo saliva y semen. Nos acostamos a su lado, mi esposa y yo nos dormimos abrazados, escuchando sus sollozos hasta que se apagaron en la noche.
El niño ya no es un niño. Tiene doce años, y su cuerpo se ha estirado, volviéndose delgado y creo que para su fortuna algo afeminado. Sus ojos ya no tienen esa inocencia, sino una mirada buscona y alegre, siempre deseando aprobación, siempre dispuesto. Se convirtió en lo que yo hice de él: un maricón feliz. Un putito.
En el colegio es el chico fácil. El que en los baños se arrodilla delante de los mayores y los mama por algo de dinero o solo porque se lo ordenen. Lo sé porque me lo he contado, orgulloso, como si fuera un logro. «Hoy mame 3 penes y gane dinero, tío», me dice, y mientras habla, su mano se va instintivamente a su entrepierna.
Y yo sigo cogiéndolo. Cada vez que lo veo, cada vez que viene a casa, lo llevo a cualquier rincón y me lo follo. Ya no llora. Ya no hay sangre. Solo hay sumisión. Se pone en cuatro, levanta el culo y me espera. «Tío, métela», susurra. «Métela fuerte». Y le gusta. Le gusta que yo lo use, que lo trate como al putito que es. A veces, mientras me la mama, me mira con esos ojos llenos de devoción y me dice: «Sólo a ti te la chupo así, tío, a ti te la chupo culo, huevos y pito, a los otros solo huevos y pito», yo me río y le acaricio su verga. Él es mi obra de arte. Mi putito de doce años.

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