El profesor de kinder 2
Breve exploración del terreno.
A veces me encontraba con el problema de que Sebas no era muy expresivo. No era un niño que gritara o que saliera corriendo por el salón cuando estaba feliz. Él era callado, observador, y eso a veces me frustraba porque yo necesitaba ver la emoción reflejada en su cara. Quería ver esos ojos brillantes, esa sonrisa de oreja a oreja que me hacía sentir que mi afecto llegaba a donde debería. Pero con él, solo obtenía un asentimiento tranquilo, un «sí» suave cuando le preguntaba si quería jugar conmigo.
Eso no me detuvo, al contrario. Empecé a usar ese silencio como mi aliado. Si él no reaccionaba con ruido, yo reaccionaba con más contacto.
Le acaricié el cabello una mañana mientras le daba el desayuno en la mesa. Me quedé largo rato, mis dedos jugando con sus mechas suaves, sintiendo la textura de su cabeza bajo mi mano. Él parpadeó, sus ojos se desviaron hacia mi mano y luego regresaron a mí. No apartó la cabeza, no retrocedió. Simplemente estaba ahí, sentado con el pecho pegado a la mesa, dejándose llevar. Su respiración cambió ligeramente, volviéndose un poco más profunda, pero no se quejó. Su cuerpo estaba en calma, pero yo podía sentir que su energía estaba en alerta, esperando algo más, aunque él mismo no supiera qué.
Luego, en la hora del recreo, lo convencí de quedarse dentro conmigo para que no se mareara con el calor. «Vamos, Sebas», le dije, «te traigo una pelota nueva que tú eres el único que puede tener». Le dije esas palabras con una sonrisa maliciosa, una sonrisa que esperaba ver brillar en él. Me sentía poderoso, como si tuviera el control absoluto de su día. Él siguió mi guía, entrando al salón conmigo, confiado en que yo siempre haría lo correcto. Cuando cerramos la puerta del salón, la sala se quedó en silencio, dejándonos solos. Yo estaba detrás de él, acariciando su espalda mientras le daba la pelota.
Mis manos bajaron por su columna vertebral, sentiendo cada una de sus vértebras pequeñas, acariciando la línea de su espalda. Él no dijo nada, solo se quedó quieto, con la pelota en las manos, dejando que sus ojos se cerraran por un segundo de relajación.
Fue en ese instante que decidí que necesitaba acercarme más. Me agaché frente a él, mirándolo a los ojos, y le pregunté si quería que le contara un secreto. Él asintió, inclinando la cabeza hacia mí, completamente abierto. Le susurré al oído, «Solo tú y yo sabemos esto, ¿verdad?». Él asintió de nuevo, sin dudarlo, un gesto de lealtad infantil. Sus ojos se abrieron de par en par al sentir mi aliento caliente en su cuello, una sensación que, en el silencio del salón, le debió resultar extraña.
No entendía por qué, pero sentía que estaba en un lugar especial, compartiendo un secreto conmigo. Para mí, ese era el momento perfecto. Su inocencia, su confianza total, su silencio dócil. Me sentía tan cerca de él que podía imaginarlo despierto en mi cama, entre mis brazos, lejos de todo el ruido y los demás niños.
Me moví más cerca, dándome cuenta de que él no se había movido, que estaba esperando algo más, aunque él mismo no tuviera idea de qué era.



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Mi nuevo tele, por cambio de nombre @lovelydovey12