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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

El secuestro de un Ángel 4

Adentro.

La noche avanzaba y el apartamento se sentía cada vez más como mi reino personal. Elías, exhausto y tembloroso, yacía en la cama, sus ojos rojos e hinchados por tanto llorar. Su cuerpo marcado por mis manos, su piel con el sabor a mi semen y su miedo. Pero mi apetito no estaba saciado; apenas había comenzado el festín.

Me levanté y me acerqué a la pequeña cocina que había preparado. Abrí el refrigerador y saqué una botella de agua y un plato con unas galletas que había comprado específicamente para él. Regresé a la habitación y me senté en el borde de la cama.

– Ven aquí, angelito – le dije con una voz suave, casi paternal.

Elías vaciló, su cuerpo entero tenso por el miedo. Lentamente, se arrastró hacia mí, sus movimientos torpes y temblorosos. Le ofrecí el agua y las galletas.

– Come – ordené. – Necesitas fuerzas para lo que viene.

Observé cómo comía, sus pequeños dientes mordisqueando las galletas con una delicadeza que me excitaba. Cada migaja que caía sobre su pechito, cada sorbo de agua, era una parte de mi ritual de posesión.

– Sabes – comencé, mi voz baja y conspiradora – tu mamá debe estar muy preocupada. Probablemente está llamando a la policía, buscándote por todas partes.

El pequeño levantó la vista, sus ojos llenos de una esperanza fugaz que sofocé de inmediato.

– Pero no te preocupes – continué, acariciando su mejilla – no te encontrarán. Nadie sabe que estás aquí conmigo. Eres mío ahora, ¿entiendes?

Asintió lentamente, una lágrima solitaria rodando por su mejilla.

– Bien – sonreí. – Porque tengo planes para ti, planes que te harán muy útil.

Terminé de darle de comer y luego lo llevé al baño. Lo senté en el inodoro y me arrodillé frente a él.

– Es hora de tu baño, mi pequeño tesoro – le dije, mojando una toalla en el agua tibia.

Comencé a limpiarlo con una delicadeza que contrastaba con mi brutalidad anterior. Lamí cada centímetro de su piel, saboreando el sabor a niño, a miedo y a mi semen. Sus pies, sus piernas, su culito, su pechito, su carita… todo era un banquete para mis sentidos.

– Estás tan hermoso – susurré contra su piel, sintiendo cómo se estremecía. – Tan perfecto.

Cuando terminé, lo llevé de vuelta a la habitación. Esta vez, lo acosté boca abajo, su culito redondeado y perfecto expuesto para mí.

– Sabes – comencé, mi mano acariciando sus nalgas – desde que te vi en el parque, soñaba con este momento. Soñaba con sentirte, con tomarte, con hacerte mío.

Mi verga estaba otra vez erecta, pulsando con deseo. Saqué el lubricante y lo apliqué generosamente en mi miembro y en su pequeño agujero.

– Va a doler un poco al principio – le advertí, mi voz áspera por el deseo. – Pero después, aprenderás a disfrutarlo. A disfrutar de mí.

Él comenzó a temblar, sus sollozos ahogados contra la almohada.

– Calla y soporta – ordené, posicionándome detrás de él.

Con una lentitud tortuosa, comencé a introducir mi verga en su culito. La resistencia de su músculo, el calor de su interior, el sonido de su dolor… todo era una sinfonía de placer para mí.

– Así, sí – gemía, moviéndome dentro de él. – Así de apretado, así de mío.

Cada embestida que comencé a darle era una declaración de posesión, cada gemido suyo una prueba de mi dominio. Lo tomé con una ferocidad que me sorprendió, mi cuerpo moviéndose con una fuerza primal.

No era sexo, era una caza. Y él, mi presa. Mis manos se hundieron en la carne de sus caderas, mis dedos dejando marcas moradas que serían mi firma en su cuerpo. Cada vez que me hundía en él, un rugido gutural escapaba de mi garganta, un sonido animal que ni sabía que podía producir. El calor de su interior, la resistencia de su pequeño anillo que se rendía a la fuerza, era una embriaguez más potente que cualquier droga. Sentía cómo se rompía por dentro, cómo su cuerpo tembloroso se adaptaba a mi violencia, y eso me encendía aún más. Era un sismo, un terremoto centrado en ese pequeño cuerpo, y yo era el epicentro indomable.

Lo giré sobre la espalda con un movimiento brusco, sin siquiera salir de dentro de él. Quería ver su cara. Quería ver el terror en sus ojos mientras lo destrozaba. Sus lágrimas eran un río que corría por sus sienes, sus labios temblaban, pero ya no emitía sonido. El shock lo había sumergido en un silencio aterrador. Lo apreté contra el colchón, mis codos a ambos lados de su cabeza, mi peso aplastándolo. Le mordí el hombro, no suavemente, sino con la intención de dejar una marca, de saborear su piel y su dolor. Él se estremeció bajo mí, un espasmo involuntario que me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica.

– Mío – siseé contra su oreja, mi aliento caliente y pesado. – Mi pedacito de carne, mi juguete roto.

Aceleré el ritmo, ya no pensando en el placer, sino solo en la destrucción. La cama golpeaba la pared con un ritmo frenético, un redoble de tambor que anunciaba mi victoria. Sentía cómo mis testiculos golpeaban su piel con cada embestida, un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Mi mente se había vuelto blanca, puro instinto, pura rabia y deseo. Ya no era el hombre que calculó su secuestro en el parque; era una bestia, un depredador consumiendo a su presa, desgarrándola desde adentro para marcarla como propiedad para siempre.

Con un último aullido, me hundí hasta el fondo, mi cuerpo arqueándose en una convulsión violenta. Sentí cómo mi semen explotaba dentro de él, una ola de calor que lo llenaba, lo reclamaba. Me quedé así, clavado en él, sintiendo cómo sus pequeños latidos cardíacos luchaban contra mi pecho. Luego, con lentitud, me deslicé afuera. Vi cómo mi semen, mezclado con un hilo de sangre, se escurría de su pequeño agujero violado. Era la prueba más hermosa de mi salvajismo. La firma de mi dominio.

– Ahora, duerme – le ordené, cubriéndolo con una manta. – Mañana tenemos más lecciones.

Elías cerró los ojos, su cuerpo exhausto y dolorido. Yo me quedé despierto, observándolo, mi mente ya planeando las perversiones del día siguiente. Esta noche era solo el comienzo, y tenía la sensación de que mi angelito y yo tendríamos muchas noches como esta por delante.

Regresamos a la historia del ángel , parece que no dieron luz verde a una pequeña historia que subí antes así que…

Comenten por aquí que les va pareciendo esta

3 Lecturas/25 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: baño, culito, metro, parque, semen, sexo, verga
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