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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

El YouTuber adicto a las pollas (part 1)

Abrí la boca. Él me agarró del pelo con una mano y me empujó la cabeza hacia adelante. La polla se me metió hasta la garganta de un solo golpe. Me atraganté. Saliva y lágrimas me bajaron por la cara. Él no paró. Me folló la boca con fuerza, empujando una y otra vez, haciendo ruidos de placer..
El youtuber adicto a las pollas

Siempre me humillaban o me molestaban. Desde el primer día de instituto hasta el último. No había descanso. Entraba al aula y ya escuchaba las risitas. “Ahí viene el rarito”, “el putito de las gafas”, “el que nadie va a tocar nunca”. Me empujaban en los pasillos hasta que chocaba contra las taquillas. Me quitaban la mochila y la lanzaban al otro extremo del patio. En el vestuario era peor. Me rodeaban, me bajaban los pantalones a la fuerza y se reían de mi polla flácida, todavía adolescente y sin nada de pelo. “Míralo, no se le para ni con lubricante”, gritaba uno. “Nadie te va a follar, maricón de mierda”, repetía otro, y todos reían. Esas palabras se me quedaron grabadas a fuego. Las oía incluso cuando estaba solo en mi habitación, por las noches, intentando dormir.

Intenté ignorarlos. Intenté ser invisible. Pero cuanto más me escondía, más me buscaban. Un día me encerraron en el baño de chicos y me obligaron a arrodillarme mientras uno de ellos se sacaba la polla y me la restregaba por la cara. “Chúpala, puto”, me decía. No lo hice. Me quedé quieto, temblando, con la cara llena de su olor. Cuando por fin me dejaron salir, me lavé la cara hasta que me ardió la piel. Esa noche me masturbé pensando en lo que había pasado. Me corrí con vergüenza y asco, pero también con una excitación que no entendía. Odio admitirlo, pero esa humillación me excitó.

Cuando terminé el instituto juré que iba a demostrarles que se equivocaban. Que alguien sí me iba a querer. Que iba a ser popular. Me compré una cámara de segunda mano con el dinero que había ahorrado de un trabajo de verano en un supermercado. Monté un setup barato en mi habitación: un escritorio, dos luces de IKEA y un fondo verde que se arrugaba por los bordes. Abrí un canal de YouTube y subí el primer vídeo: “Mi primer día siendo youtuber”. Sonreía a la cámara, intentaba sonar alegre, pero se me notaba la tensión en la voz.

—Hola a todos… soy yo. Hoy empiezo este canal porque quiero demostrar que cualquiera puede ser popular si se lo propone. Así que… acompañadme.

Tres visualizaciones. Dos de ellas mías. Los comentarios eran inexistentes. Subí más. Gameplays de juegos que apenas sabía jugar. Vlogs de “day in my life” donde mostraba cómo me hacía un café y me sentaba a mirar el techo. Retos absurdos: “24 horas sin hablar”, “comiendo solo comida blanca”. A los tres meses tenía cuatrocientos suscriptores. A los seis, mil ochocientos. Los pocos comentarios que recibía eran crueles.

“Borra el canal, nadie te quiere ver.”

“Qué voz más gay.”

“Vuelve al instituto, rarito.”

Leía cada uno. Los memorizaba. Por las noches me tocaba la polla mientras los leía en voz alta, como si el odio me excitara. Me corrí más de una vez murmurando: “Nadie me va a follar… nadie me va a follar…”

Una noche, después de un vídeo que solo había conseguido doce likes, me emborraché con una botella de vodka barato que había robado de la nevera de mi madre. Me miré al espejo del baño. La cara roja, los ojos hinchados, la polla dura dentro de los calzoncillos. Abrí el portátil y busqué “OnlyFans”. Había oído hablar de esa página. Gente que enseñaba el cuerpo y cobraba por ello. Me creé una cuenta con las manos temblando. Puse una foto de mi cara borrosa, casi irreconocible, y el nombre de usuario: ElYoutuberQueNadieVe. La primera foto fue de mi torso desnudo, de pie frente al espejo. Costillas marcadas, pezones rosados, un poco de vello en el pecho. Subí. Cinco suscriptores en la primera hora. La segunda foto, más abajo: los calzoncillos grises apretados, el bulto de mi polla semidura visible. Treinta suscriptores. Empecé a recibir mensajes.

“Enséñanosla entera.”

“Sácatela.”

“Quiero ver cómo te la tocas.”

Me senté en la cama, me bajé los calzoncillos y me miré la polla. No era grande, pero estaba dura. La agarré con la mano derecha y empecé a masturbarme frente a la cámara del portátil. Grabé. Subí el vídeo con el título “Primera vez enseñando mi polla”. En el vídeo se me oía respirar agitado. Al final, cuando me corrí, gemí bajito:

—Esto es por vosotros… los que nunca me mirasteis.

Cien suscriptores nuevos esa misma noche. Empecé a subir más. Cada día un vídeo nuevo. Primero solo me tocaba. Luego me chupaba los dedos y me los metía en la boca mientras miraba a la cámara. Después me giraba de espaldas, me separaba las nalgas y me metía un dedo en el culo. La primera vez que lo hice lloré un poco del ardor, pero me corrí más fuerte que nunca. En el vídeo se me oye decir, con voz rota:

—Mirad… esto es lo que me hacéis. Me tenéis adicto a enseñaros la polla. Y el culo. Todo.

Los mensajes se volvieron más exigentes.

“Métete dos dedos.”

“Usa un dildo.”

“Di que eres un puto adicto a las pollas mientras te corres.”

Obedecía. Me compré un dildo barato en una sex-shop online. La primera vez que me lo metí grabé todo. Me arrodillé en la cama, de espaldas a la cámara, y me lo fui introduciendo centímetro a centímetro. Gritaba de dolor y de placer al mismo tiempo.

—Joder… joder… me está abriendo… soy un puto adicto… un adicto a las pollas… aunque sea de plástico…

Cuando me corrí, el semen me salpicó la sábana y yo seguía con el dildo dentro, temblando. Ese vídeo me dio trescientos suscriptores nuevos y casi dos mil euros en una semana. Empecé a vivir de eso. Dejé el trabajo del supermercado. Le dije a mi madre que había encontrado un “empleo remoto”. Ella no preguntó más.

Un día llegó un mensaje privado de un suscriptor llamado “SeñorOscuro89”. Ofrecía mil euros por un vídeo personalizado. Las instrucciones eran claras: tenía que ir a un parque público por la noche, arrodillarme detrás de unos arbustos cerca del camino de tierra, y chupar la polla del primer hombre que se me acercara y se la sacara. Tenía que grabarlo todo con el móvil escondido. Acepté sin pensarlo dos veces. El dinero ya no era lo importante. Quería sentir esa humillación otra vez. Quería que alguien me usara.

Fui al parque a las once de la noche. Llevaba una sudadera con capucha y unos pantalones holgados. Me arrodillé detrás de los arbustos, como me habían dicho. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Esperé. Pasaron diez minutos. Quince. Entonces escuché pasos. Un hombre de unos cuarenta años, grueso, con barba, se detuvo frente a mí. Me miró. Yo levanté la cara. Él se bajó la cremallera sin decir nada y sacó una polla gruesa, ya medio dura, con un olor fuerte a orina y sudor. La tenía justo a la altura de mi boca.

—Ábrela —ordenó con voz grave.

Abrí la boca. Él me agarró del pelo con una mano y me empujó la cabeza hacia adelante. La polla se me metió hasta la garganta de un solo golpe. Me atraganté. Saliva y lágrimas me bajaron por la cara. Él no paró. Me folló la boca con fuerza, empujando una y otra vez, haciendo ruidos de placer.

—Eso… trágatela, puto… así se hace…

Intenté hablar, pero solo salían sonidos ahogados. Cuando se corrió, lo hizo profundo, sujetándome la cabeza para que no pudiera separarme. El semen me llenó la garganta. Me lo tragué todo, tosiendo. Él se limpió la polla con mi sudadera, se subió la cremallera y se fue sin decir nada más. Me quedé de rodillas, la boca abierta, la saliva y el semen mezclados en la barbilla. Saqué el móvil, me miré a la cámara con los ojos rojos y susurré:

—Ya no puedo parar… me encanta. Soy un adicto. Un puto adicto a las pollas.

Subí el vídeo esa misma noche. Al día siguiente mi canal de YouTube había explotado. El vídeo se había filtrado a Twitter, a Reddit, a foros de porno. Miles de comentarios. “El youtuber adicto a las pollas”, “el que se traga todo en el parque”, “el rarito que ahora chupa por dinero”. En vez de borrarlo, lo abracé. Cambié el nombre de mi canal y de mi OnlyFans a El Youtuber Adicto a las Pollas. Subí un vídeo de presentación nuevo:

—Hola. Soy el que nadie quería. El que humillaban. El que molestaban. Ahora solo quiero pollas. Todas las que pueda. Y os voy a mostrar cada una de ellas.

Desde entonces la adicción se me fue de las manos. Empecé a grabar en cualquier sitio. En el baño de un centro comercial, arrodillado frente a un desconocido que había quedado por una app. Él me decía:

—Más profundo, puto. Usa la lengua.

Yo obedecía, mirando a la cámara cada vez que podía, con la polla de él golpeándome la garganta. En el vestuario de un gimnasio, después de las once de la noche, cuando casi no quedaba nadie. Un tío musculado me encontró toqueteándome frente al espejo. En vez de echarme, se bajó los pantalones y me obligó a chupársela mientras él se miraba a sí mismo.

—Grábame también —me dijo—. Quiero salir en tu puto canal.

Lo hice. Se corrió en mi cara y me obligó a lamerle los restos de los abdominales. Yo gemía:

—Gracias… gracias por usarme…

Organicé un “meet & suck” en una habitación de hotel. Veinte tíos. Los había contactado por la app y por mi OnlyFans. Cuando llegué, ya estaban todos allí, con las pollas fuera, algunos ya duros, otros tocándoselas. Me arrodillé en el centro de la habitación. Uno de ellos, un chico joven de pelo rubio, se acercó primero.

—Ábrela, adicto —dijo sonriendo.

Me la metí. Luego otro. Y otro. Me pasaban de boca en boca como si fuera un juguete. Me corrían en la cara, en el pelo, en la lengua. Uno me agarró de las muñecas y me las ató a la espalda mientras otro me follaba la garganta. Yo solo podía gemir y babear. Al final, cuando ya no podía más, me quedé de rodillas en medio de un charco de semen, la cara completamente cubierta, la polla dura y chorreando sin que nadie me la hubiera tocado. Miré a la cámara, que estaba en un trípode, y dije con la voz destrozada:

—Miradme… el rarito del instituto. Ahora solo quiero pollas. Todas. Cuantas más, mejor. Soy un adicto. Un puto adicto a las pollas. Y no pienso parar.

Los números no paraban de subir. Cada vídeo era más extremo. Me dejaba follar el culo en directo por dos tíos a la vez. Uno me embestía mientras el otro me obligaba a chuparle. Grababa en aseos públicos, lamiendo la taza del váter antes de que un desconocido me usara la boca. Me metía tres pollas en la boca al mismo tiempo hasta que me dolía la mandíbula durante días. Y cada vez que me corría, gritaba el mismo mantra:

—¡Más! ¡Dadme más pollas! ¡No puedo parar!

Mi madre empezó a sospechar. Un día entró en mi habitación sin llamar y me encontró de rodillas frente al portátil, con un dildo enorme dentro del culo y la cara llena de saliva. Me miró. Yo la miré. Ella cerró la puerta sin decir nada. Esa noche no cenamos juntos.

Los haters del instituto me encontraron. Empezaron a enviarme mensajes. “Siempre supe que eras un puto.” “Te lo mereces.” “Ojalá te folle alguien hasta matarte.” Yo les contestaba con vídeos. Me grababa chupando una polla mientras leía sus mensajes en voz alta y después me corría encima del móvil.

Un día recibí una oferta que cambió todo. Un productor de porno profesional me contactó. Quería hacer una película conmigo. El título tentativo: “Del bullying al gangbang”. Me ofrecía diez mil euros y un contrato. Acepté. La grabación era en dos semanas. Mientras tanto, seguí subiendo contenido. Cada día más sucio. Cada día más adicto.

La noche antes de la grabación me quedé solo en mi habitación. Me miré al espejo. La cara ya no era la del rarito del instituto. Tenía ojeras, labios hinchados de tanto usarla, marcas de dedos en el cuello. Me toqué la polla. Estaba dura solo de pensarlo. Me arrodillé frente al espejo y empecé a masturbarme mientras hablaba solo:

—Mamá… si estuvieras aquí… verías lo que soy ahora. Ya no me humillan. Me usan. Y me encanta. Soy un adicto. Un puto adicto a las pollas. Y mañana… mañana van a ser muchas más.

Me corrí mirándome a los ojos. El semen me salpicó el cristal. Me quedé de rodillas, temblando, con una sonrisa rota.

Al día siguiente fui al estudio. Me recibieron tres tíos altos, musculados, con las pollas ya semiduras dentro de los pantalones. El director me miró de arriba abajo y dijo:

—Así que tú eres el adicto. Vamos a ver si aguantas lo que te vamos a dar.

Me hicieron desnudarme. Me ataron las manos a la espalda. Me arrodillaron. Empezaron a usarme uno tras otro. La boca, el culo, la cara. Perdí la cuenta de las veces que me corrí sin que nadie me tocara la polla. Perdí la cuenta de las corridas que me tragaba. En un momento dado, mientras uno me follaba el culo con fuerza y otro me llenaba la garganta, miré a la cámara que estaba grabando todo y pensé: esto es solo el principio.

Pero entonces pasó algo que no esperaba.

El director se acercó a mi oído, mientras yo seguía siendo usado, y me susurró:

—Hay alguien que quiere conocerte después de esto. Alguien del instituto. Alguien que te humillaba. Dice que quiere “terminar lo que empezó”. Y está dispuesto a pagar mucho más.

Me quedé helado. Incluso con una polla dentro de la garganta y otra destrozándome el culo, el corazón se me detuvo un segundo. ¿Quién? ¿Cuál de ellos? ¿El que me restregó la polla por la cara en el baño? ¿El que me gritaba que nadie me iba a follar?

El director sonrió.

—Mañana te lo presento. Si aguantas esta sesión hasta el final.

Seguí. No tenía elección. O eso me decía a mí mismo. Cuando por fin terminaron conmigo, me dejaron tirado en el suelo del estudio, el cuerpo cubierto de semen, el culo ardiendo, la garganta destrozada. Me miré las manos temblando y susurré a la cámara que todavía grababa:

—Fin del vídeo…

Pero dentro de mí solo había una pregunta que me quemaba más que cualquier polla:

¿Quién de ellos va a venir a “terminar lo que empezó”?

Y, lo peor de todo…

¿por qué mi polla se puso dura otra vez solo de pensarlo?

Fin de la parte 1

6 Lecturas/14 agosto, 2026/0 Comentarios/por MamadorDePollas
Etiquetas: baño, culo, follar, gay, hotel, madre, puto, semen
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