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Dominación Hombres, Gays, Infidelidad

Entrenando a José

Como conocí a mi compadre José, la historia de como se volvió mío el y sus hijos….
Soy Hugo, y a mis 34 años, he perfeccionado el arte de la caza. No persigo trofeos de caza mayor, sino algo mucho más satisfactorio: hombres casados. Específicamente, esos heteros reprimidos con cuerpos que gritan «padre de familia» pero que ocultan un deseo latente. Mi físico, lo sé, es mi mejor arma. Mido 1.85, con un cuerpo esculpido por años de gimnasio y fútbol. Pecho ancho, abdomen marcado, y brazos que llenan cualquier camisa que me ponga. Mi piel bronceada contrasta con mi cabello oscuro y mis ojos verdes, una combinación que he aprendido a usar para desarmar a mis presas sin siquiera hablar.

Y entonces, en un sábado sofocante de julio, vi a mi obra maestra: José.

Lo observé mientras daba instrucciones a mis jugadores «Los Halcones». José tenía 36 años, pero parecía más joven gracias a su constitución atlética. No era un hombre flácido de oficina; debió haber practicado algo en su juventud. Mediría alrededor de 1.80, con hombros anchos que descendían hacia una cintura aún más ancha, y de allí, ese culo espectacular. No era grande, era monumental. Se marcaba bajo sus pantalones deportivos grises como dos globos perfectos, firmes pero con esa carnadura que prometía una sumisión exquisita. Su rostro era amable, con una mandíbula cuadrada y ojos marrones que escondían una melancolía que solo un cazador como yo podría identificar.

Era el padre de dos de mis jugadores: Mateo, de 10 años, un chico delgado y enérgico con el mismo cabello oscuro de su padre y una habilidad innata para el gol; y Lucas, de 9 años, más bajito y robusto, con el mismo culo prominente de su padre pero con el cabello más claro y ojos vivaces que no perdían detalle en el campo. También tenía un pequeño de 4, Santiago, a quien aún no había conocido pero que completaba ese cuadro familiar perfecto que ansiaba corromper.

No me lancé a por él de inmediato. Soy un cazador paciente. Sabía que para conseguir a una presa como José, necesitaba infiltrarme en su vida, hacerme indispensable. Empecé con pequeñas conversaciones después de cada entrenamiento, hablando del progreso de sus hijos, dándole consejos sobre cómo apoyar su talento futbolístico.

Pronto organicé una reunión de padres para hablar del desarrollo del equipo. Por supuesto, invité a todos a mi casa, pero me aseguré de que José y Marta se sintieran especialmente bienvenidos. Cuando llegaron, les presenté mi apartamento como si fuera un templo del fútbol familiar, con fotos de equipos anteriores y trofeos dispersos por todas partes.

Marta era exactamente como me la había imaginado: una mujer amable pero agobiada, completamente dedicada a sus hijos y aparentemente ciega a la insatisfacción de su esposo. Tenía el cabello castaño y siempre lucía cansada, con esa expresión de madre que ha dejado de cuidarse para dedicarse por completo a su familia. Esa noche, mientras José y yo hablábamos de estrategia futbolística, pude sentir sus ojos sobre mí. No era deseo, todavía no, era curiosidad, admiración quizás.

—Hugo, deberías venir a cenar algún día —me ofreció Marta, sinceramente—. A los chicos les encantaría hablar más de fútbol contigo.

Acepté, por supuesto. Esa cena fue el primer paso de mi infiltración. Me comporté como el modelo de amigo de la familia: encantador, atento con los niños, respetuoso con Marta. Pero cada vez que cruzaba una mirada con José, aseguraba de añadir un subtexto que solo él podría interpretar: una comprensión silenciosa de que veía más allá de su fachada de padre y esposo perfecto.

Con el tiempo, me volví una figura constante en su vida. Los sábados por la tarde, después del entrenamiento, a veces nos quedábamos hablando mientras los niños jugaban en el campo. Fui a cumpleaños, a picnics familiares. Incluso me ofrecí a llevar a José a ver partidos profesionales cuando Marta estaba ocupada con el pequeño.

Una tarde, mientras los niños entrenaban, José se sentó a mi lado en el banco y suspiró profundamente.

—A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía —confesó, mirando hacia el campo donde Mateo acababa de marcar un gol increíble—. Amo a mi familia, Hugo, de verdad que los amo. Pero hay días en que me siento como un extraño en mi propia casa.

Era la apertura que había estado esperando. Puse mi mano en su hombro, sintiendo la tensión en sus músculos bajo mi toque.

—Todos necesitamos nuestro espacio, José —dije con voz suave—. Un lugar donde podamos ser nosotros mismos sin presiones.

Se giró para mirarme, y vi gratitud en sus ojos, pero también algo más, algo que no se atrevía a reconocer.

—Eres como el hermano que nunca tuve —me dijo José una tarde, mientras compartíamos una cerveza en un bar cerca del campo—. Los chicos te adoran, y Marta… bueno, Marta aprecia tener a alguien que entienda su obsesión por que los chicos hagan deporte.

«Si supieras lo que realmente aprecio de ti», pensé, mirando su culo mientras se ajustaba en el taburete.

El momento clave llegó cuando se acercaba la Primera Comunión de Mateo. Una noche, mientras cenaba en su casa, José y Marta tuvieron una discusión sutil sobre quién sería el padrino.

—Mi hermano vive tan lejos… —decía Marta, preocupada—. Y el tuyo, José, ¿crees que vendría?

Fue mi oportunidad. No dije nada, simplemente esperé. Fue José quien lo sugirió, casi sin pensar:

—¿Y Hugo? Los chicos lo quieren mucho, y es como de la familia ya.

Marta pareció considerarlo seriamente. Por supuesto, acepté con una humildad falsa. Ser padrino de la Comunión de Mateo significaba un lugar permanente en su vida, un lazo familiar que ningún sospecharía cuestionar.

La ceremonia fue perfecta. Me vestí con mi mejor traje, me comporté como el padrino modelo. En las fotos, parecía el tío cariñoso, el amigo de la familia. Pero mientras posaba con mi brazo alrededor de los hombros de José, mis dedos rozaban sutilmente su espalda baja, enviando un mensaje que solo él podía descifrar.

Esa noche, después de la fiesta, José me ayudó a cargar algunos regalos a mi coche. Estábamos solos en el callejón junto a su casa cuando finalmente se rompieron las barreras.

—No sé cómo agradecértelo, Hugo —dijo, con la voz ligeramente pastel por el vino—. Has sido increíble con toda mi familia.

—Solo hago lo que me dicta el corazón —respondí, acercándome más—. Y mi corazón dice que te debo algo especial a ti, solo a ti.

Nuestras miradas se encontraron y supe que era el momento. Lo atraje hacia mí y nuestros labios se encontraron en un beso torpe pero lleno de anhelo. Por un momento, retrocedió, como si despertara de un trance.

—No… no puedo. Marta, los niños…

—Marta y los niños no tienen que saber nada —susurré en mi oído—. Esto es solo nuestro secreto. Algo que necesitas tanto como yo.

Mi mano descendió hasta su culo, esa perfección que había estado observando durante meses. Al sentir mi contacto firme, José se rindió. No hubo más resistencia.

—Vamos a la cochera —dije, sabiendo que no podríamos ir a un motel sin levantar sospechas tan tarde—. Nadie nos molestará allí.

La cochera de su casa era oscura y olía a gasolina y madera. La única luz provenía de una bombilla parpadeante en el techo. José estaba nervioso, mirando constantemente hacia la puerta que comunicaba con la casa.

—Tranquilo, compadre —dije, usando el término que ahora nos unía de una manera que él aún no comprendía del todo—. Nadie va a salir a esta hora.

Me arrodillé detrás de él, mis manos temblorosas encontrando el botón de sus pantalones. No quería desnudarlo por completo; eso era demasiado, demasiado pronto. Solo necesitaba verlo, tocarlo, saborearlo. Desabroché sus pantalones y los deslicé hasta sus rodillas, revelando lo que había estado fantaseando durante meses.

Sus calzoncillos eran de algodón blanco, simples, los que usa un hombre que no espera que nadie más los vea. Pero era lo que había debajo lo que me interesaba. Deslicé mis manos por sus muslos, sintiendo la aspereza del vello, la tensión de sus músculos contraídos por la ansiedad. José temblaba, sus manos se aferraban a una estantería de herramientas como si necesitara anclarse a la realidad.

—Hugo, esto está mal —murmuró, pero su cuerpo decía lo contrario. El bulto en sus calzoncillos ya se marcaba con insistencia, traicionando la excitación que su boca se negaba a confesar.

—Dime que no lo quieres y me detengo —respondí, mi aliento calentando la piel de su muslo. No esperé respuesta. Sabía que no la habría.

Tiré de la cintura elástica hacia abajo, liberando finalmente lo que había estado imaginando durante meses. José no era enorme, pero era perfecto: grueso, circuncidado, con venas que se marcaban bajo la piel morena. Ya estaba semi-erecto, palpitando con cada latido de su corazón acelerado. El olor a hombre, a sudor limpio y algo más, algo eléctrico y prohibido, llenó mis fosas nasales.

—Por Dios, Hugo…

No le di tiempo para más objeciones. Tomé su longitud en mi mano, sintiendo cómo se endurecía por completo bajo mi toque. Era cálido, pesado, un trofeo mejor que cualquier copa de campeonato. Comencé a mover mi puño lentamente, observando cómo su cabeza caía hacia atrás, cómo su mandíbula se tensaba en una mezcla de agonía y éxtasis.

—Mira qué necesitado estabas, compadre —susurré, acelerando el ritmo—. Cuánto tiempo llevabas sin que te tocaran así?

No respondió. Solo emitió un gemido ahogado que música para mis oídos. Con mi otra mano, busqué sus nalgas, masajeando esa carne firme que tanto había observado bajo los pantalones deportivos. Estaba mejor de lo que imaginaba: musculosa, con suficiente carne como para hundir los dedos, para dejar marcas.

Me arrodillé completamente, mi rostro a centímetros de su virilidad. Podía ver una perla de humedad en la punta, brillante bajo la luz tenue de la bombilla. Lo lamí, saboreando la salinidad, y José jadeó como si le hubieran quemado.

—Shhh —lo tranquilicé—. Los niños están durmiendo arriba. No querrás despertarlos.

Eso pareció traerlo de vuelta a la realidad por un momento. Sus ojos se abrieron, llenos de pánico, pero también de algo más profundo, más oscuro. La prohibición lo excitaba tanto como a mí.

—Solo… solo hazlo rápido —suplicó, su voz rota—. Antes de que alguien…

No dejé que terminara. Tomé su longitud completa en mi boca, hundiéndome hasta la base en una sola succión profunda. José mordió su puño para contener un grito, sus caderas se sacudieron instintivamente hacia adelante, buscando más calor, más presión. Era un hombre hambriento, y yo era el festín que había estado negándose a sí mismo durante años, quizás décadas.

Usé todas las técnicas que había perfeccionado en mi «caza». Mi lengua trazó patrones en su frenillo, mi garganta se relajó para acogerlo completamente, mi mano trabajó lo que no podía alcanzar con la boca. El sonido de mi succión, húmedo y obsceno, llenaba la cochera, mezclándose con los jadeos ahogados de José y el traqueteo ocasional de la nevera vieja en la esquina.

—Voy a… Hugo, me voy a venir —advertía, intentando apartarme, pero yo me aferré.

Quería su semen, quería esa prueba física de su rendición. Quería saborear la carga de un hombre casado, de un padre de familia, de mi «compadre» que me había abierto las puertas de su hogar con tanta confianza. Era el poder más embriagador que había experimentado.

Cuando explotó, lo hizo con una violencia que me sorprendió. Chorros calientes llenaron mi boca, uno tras otro, mientras su cuerpo se tensaba como un arco. Tragué rápidamente, sin perder gota, sin dejar que se derramara nada en su ropa. No podía dejar evidencia. Cuando terminó, cuando sus manos dejaron de aferrarse con fuerza mortal a la estantería, me aparté lentamente, limpiándome los labios con el dorso de la mano.

José estaba jadeando, despeinado, sus pantalones aún alrededor de sus rodillas. Parecía un hombre que acababa de correr una maratón, o de sobrevivir un terremoto. Sus ojos, cuando finalmente me miraron, estaban húmedos, confundidos, llenos de una culpa que apenas comenzaba a asentarse.

—Esto no puede volver a pasar —dijo, pero su voz carecía de convicción. Se subió los calzoncillos y los pantalones con dedos torpes, sin mirarme—. Marta… los niños… yo no soy…

—No eres gay —terminé por él, poniéndome de pie y ajustando mi propia ropa. Mi erección era evidente, pero no la atendí. Esta noche era sobre él, sobre su liberación—. No, no lo eres. Solo eres un hombre con necesidades que su esposa no puede satisfacer. No hay nada de malo en eso.

—Pero fue… fue increíble —confesó, finalmente encontrando mi mirada—. Dios, Hugo, no sabía que podía sentirme así.

Esa admisión era más valiosa que cualquier orgasmo. Era la grieta en la presa, la primera piedra que cae antes del deslizamiento de tierra.

Cuando salimos de la cochera, éramos diferentes hombres. José caminaba delante, inseguro, como si cada paso lo llevara más profundo en territorio desconocido. Yo lo seguía, el cazador satisfecho con la primera sangre, sabiendo que la verdadera caza apenas comenzaba.

Empecé a infiltrarme más profundamente en su vida familiar. Me ofrecí a llevar a los niños al entrenamiento cuando José tenía reuniones de trabajo. Marta, ingenua y agradecida, me veía como su salvador. «No sé qué haríamos sin ti, Hugo», decía a menudo, mientras yo sonreía pensando en lo que hacía con su esposo en mi cama.

Mateo, el mayor, empezó a confiarme secretos de niño de diez años: que quería ser delantero profesional, que le gustaba una niña de su clase, incluso una ocasión comentó que un niño le parecía guapo. Guardaba esos secretos como monedas de cambio, sabiendo que algún día podrían ser útiles.

Lucas era más reservado, pero me gané su confianza llevándole dulces después de los entrenamientos. Su cuerpo robusto me recordaba a su padre, y a veces, cuando lo veía correr por el campo, sentía una mezcla extraña de afecto y algo más oscuro que no quería nombrar.

Y entonces estaba Santiago, el pequeño de cuatro años, a quien trataba como un bebé pues era el menor, el mas tierno y afectuoso.

Una noche yo estaba cuidando a los chicos, ya se había vuelto costumbre cuando mis compadres estaban ocupados por el trabajo, cuando José llegó, me encontró jugando a construir torres con bloques con Santiago. El pequeño se había encariñado conmigo decía que yo era su otro papá.

—Eres un santo —suspiró José, cargando a Santiago para acostarlo—. No sabes cuánto te lo agradezco.

Cuando bajó de la habitación del niño, me encontró esperándolo en el pasillo. Lo empujé contra la pared, besándolo con la furia de la posesión, mis manos bajando a su cinturón.

—No aquí —protestó débilmente—. Los niños…

—Arriba están durmiendo —murmuré contra su cuello, mordiendo la piel que olía a su perfume barato y su sudor—. Y Marta no vuelve hasta las nueve.

Lo llevé al sofá de la sala, el mismo donde su familia veía películas los domingos. Lo desvestí parcialmente, dejándolo en camiseta y calcetines, expuesto y vulnerable. Esta vez fui más duro, más exigente. Quería que recordara quién mandaba, quién había conquistado su cuerpo y su mente. Le hice rogar por mi semen mientras hacíamos un 69, terminé bañándole la cara, la verdad hicimos mucho ruido no se si despertamos a los niños

Cuando terminamos, José yacía en el sofá, despeinado, con los ojos vidriosos. La culpa ya no parecía pesarle tanto. Se estaba acostumbrando a ser mi presa, a disfrutar de la jaula dorada que le había construido.

Una noche, mientras cenaba con ellos como de costumbre, sentí el teléfono de José vibrar en la mesa. Era un mensaje mío, una foto de mi erectión con el texto: «Esto es tuyo. Ven a buscarlo.» Vi cómo su rostro se sonrojaba, cómo tartamudeaba cuando Marta le preguntó si estaba bien.

—Es… es del trabajo —mintió, y yo sonreí mientras cortaba mi filete.

Esa noche, después de que Marta se fuera a dormir, José me siguió hasta mi coche. Estaba desesperado, furioso y excitado a partes iguales.

—No puedes hacer eso —siseó—. ¿Y si ella hubiera visto?

—Pero no vio —respondí, calmado—. Y aunque hubiera visto, ¿qué habrías hecho? ¿Me habrías delatado? ¿Habrías confesado que tu «mejor amigo», te tiene cogido por las pelotas, literal y figuradamente?

Lo besé allí mismo, en la entrada de su casa, arriesgándolo todo. Y él me devolvió el beso con la desesperación de un ahogado.

El punto de inflexión llegó con el aniversario de bodas de José y Marta. Trece años de matrimonio, más de una década de promesas que yo estaba desmoronando. Organizaron una fiesta, una barbacoa en su jardín con familia y amigos. Por supuesto, fui invitado. Era parte de la familia, después de todo, el padrino de Mateo, el futuro padrino de Lucas y el “otro papá” de Santiago, el amigo inseparable de José.

Llevé un regalo elegante, un elegante marco para fotos, a Marta le gustaban esos detalles, le gustaba lucir las fotos de su familia por la casa.

Durante la fiesta, me comporté como el invitado perfecto. Jugué fútbol con los niños en el jardín, ayudé a Marta con la parrilla, charlé con sus padres sobre el progreso de Mateo y Lucas en el equipo. Pero cada vez que cruzaba una mirada con José, el aire se cargaba de electricidad.

Fue Lucas, el de nueve años, quien sin querer creó la oportunidad. Se cayó corriendo y se cortó la rodilla con un plato que estaba en el suelo, llorando desconsoladamente. Marta lo llevó adentro para limpiar la herida, llevándose a Santiago y a Mateo para que «el profe Hugo descansara un poco». Los abuelos estaban en el jardín trasero, charlando con otros invitados.

Nos quedamos solos, José y yo, en la cocina.

—No —dijo él, leyendo mi intención en mis ojos—. No aquí, no hoy.

—Sí, aquí —respondí, avanzando—. Sí, hoy. Es tu aniversario, compadre. ¿No mereces un regalo que realmente disfrutes?

Lo empujé contra la nevera, mi mano bajando a su bragueta. Estaba duro, siempre estaba duro para mí, a pesar de sus protestas. Lo liberé rápidamente, trabajándolo con mi mano mientras mi otra se ocupaba de mí mismo.

—Date prisa —suplicó José, sus caderas moviéndose contra mi puño—. Por favor, date prisa.

Fue rápido, sucio, intensamente erótico. Nos masturbamos mutuamente en la cocina de su hogar familiar, a metros de donde su esposa atendía a su hijo herido, de donde sus otros hijos jugaban, de donde sus invitados celebraban su matrimonio. Cuando José se vino, mordió mi hombro para contener el grito, dejando una marca de dientes que llevaría por días.

—Feliz aniversario —susurré, limpiándolo con una servilleta de papel y acomodándolo de nuevo en sus pantalones.

Salí de la cocina primero, reuniéndome con los niños en el jardín como si nada. Minutos después, José apareció, pálido pero sonriente, abrazando a Marta cuando ella regresó con Lucas curado.

Esa noche, cuando me despedí, Marta me abrazó con genuino cariño.

—Gracias por todo, Hugo —dijo—. No sé qué haríamos sin ti.

José estaba detrás de ella, y nuestras miradas se encontraron. Sonreí, sabiendo que ahora poseía algo más valioso que su cuerpo. Poseía su secreto, su vergüenza, su adicción. Y pronto, muy pronto, reclamaría todo lo demás.

La presa estaba atrapada, y el cazador apenas comenzaba a disfrutar de su festín.

-.-.-.-.-.-.-.-

Ojala les guste

10 Lecturas/22 mayo, 2026/0 Comentarios/por Cazadads
Etiquetas: amigos, cumpleaños, gay, hermano, hijo, madre, mayor, padre
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