Estrenando a José
José mi compadre quiere algo mas que fajes y mamadas, quiere que lo estrene por completo.
Esta es a continuacion de mi relato «Entrenando a José» la historia de como mi compadre y su familia se volvieron cercanos a mi.
Primera parte aqui: https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/dominacion-hombres/entrenando-a-jose/
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Estrenando a José
Con el tiempo, la dinámica entre José y yo se volvió más intensa y desesperada. Él ya no podía negar el deseo que sentía por mí, y aunque intentaba resistirse, su cuerpo siempre lo traicionaba. Empezó a buscar oportunidades para estar a solas conmigo, para tocarme, besarme y sentirme cerca. Era como si mi presencia lo hipnotizara, como si no pudiera evitar caer en mi trampa cada vez que lo atraía.
Una tarde, mientras entrenaba a los niños en el campo de fútbol, José se acercó a mí con una excusa para hablar en privado. Nos alejamos del grupo y, sin decir una palabra, me empujó contra un árbol cercano. Sus labios encontraron los míos con una urgencia que me sorprendió. Me besó con fuerza, como si estuviera hambriento, y sus manos exploraron mi cuerpo con una necesidad que no podía ocultar. Sentí su erección presionando contra mí, y no pude evitar sonreír.
—¿Qué pasa, compadre? —le susurré al oído—. ¿No puedes controlar tus impulsos?
—No, no puedo —admitió, su voz ronca—. Cada vez que te veo, es como si algo en mí se rompiera. Necesito estar contigo, necesito sentirte.
Nos tocamos con desesperación, nuestras manos buscando alivio bajo la ropa. José, con su cuerpo atlético pero con un pequeño vientre que le daba un aire de oso pardo, me masturbó con habilidad, sus movimientos seguros y decididos, mientras yo lo acariciaba con la misma urgencia. Mi cuerpo, esculpido por años de gimnasio y fútbol, era mi mejor arma, y lo sabía. Mis músculos marcados y mi piel bronceada contrastaban con el vello oscuro de su pecho y su panza, que se movía con cada respiración agitada.
Una vez, en los baños de la oficina donde yo trabajaba, José llegó a visitarme de sorpresa, me llevo el almuerzo (un lindo detalle no?) me siguió al baño y cerró la puerta con llave. Sin perder tiempo, me empujó contra la pared y se arrodilló frente a mí. Sus manos desabrocharon mis pantalones y, antes de que pudiera reaccionar, su boca estaba alrededor de mi erección. Lo sentí chupar con fuerza, su lengua trabajando mi frenillo con precisión. No pude evitar gemir, y él continuó, disfrutando del poder que tenía sobre mí en ese momento.
—Sabes que no deberías hacer esto aquí —le advertí en un tono burlón me agradaba ver como se desvivía por mi verga, aunque no había nada que realmente me importara.
—No puedo evitarlo —respondió, levantando la vista con una sonrisa traviesa—. Eres adictivo, Hugo.
Finalmente, llegó el momento en que la familia de José no estaba en casa. Era una oportunidad perfecta, y no la desperdicié. José me invitó a su casa bajo la excusa de que necesitaba ayuda con algo del equipo. Cuando entramos, la casa estaba en silencio, y nos dirigimos directamente a su dormitorio.
Con su cuerpo atlético pero con un pequeño vientre que le daba un aire de oso pardo, me miró con una mezcla de deseo y nerviosismo. Sus ojos marrones, usualmente llenos de melancolía, ahora brillaban con una lujuria que no podía ocultar.
Mi atención se centró en su culo, esa perfección que había estado observando durante meses. Era monumental, firme pero con esa carnadura que prometía una sumisión exquisita. Lo acaricié con reverencia, sintiendo la firmeza de sus nalgas bajo mis manos.
Me incliné y empecé a lamer su ano, mi lengua trazando círculos alrededor de su entrada peluda. Él jadeó, su cuerpo tensándose bajo mi toque. El sabor de su piel, salado y ligeramente dulce, llenó mis sentidos. Lo lamí con más fuerza, mi lengua penetrando su entrada, y él gimió, sus manos aferrándose a las sábanas. Su ano, rodeado de vello oscuro, se abrió para mí, mi lengua hizo círculos saboreando de cada pliegue enterre mi cara hasta lastimarme la nariz cuando choque con su entrepierna pude escuchar un —¡Oh DIOS! —de la boca de José, me separé y dije riendo —puedes llamarme mi Rey, con eso basta
—No, NO estoy para bromas… sigue por favor—juró que mi compadre creyó dar una orden, pero no se dio cuenta que estaba suplicando como una hembra deseosa, regrese a mi tarea, a ensalivar bien ese culo que me tenia loco desde el primer momento que lo imagine, la mitad de mi lengua acabo entrando y saliendo de su velludo ano, estaba algo sucio y salado pero no me importó sabía a ambrosía y deseo.
Me separe de su culo y puse mi dedo en lugar de mi lengua —Siempre has sido mío, compadre —le susurré al oído mientras le lamía el cuello y la oreja derecha—. Desde el primer momento en que te vi, supe que serías mi presa.
José solo pudo asentir, su voz perdida en el éxtasis. Sus gemidos llenaban la habitación, cada uno más fuerte y desesperado que el anterior. Lo penetré con mi dedo, con toda lentitud, disfrutando de cada centímetro que me recibía. Él arqueó su espalda, su cuerpo buscando más, más presión, más placer. Empecé a meter y sacar mi dedo, mis embestidas con mi índice eran rítmicas y profundas, y él gritó, su voz quebrándose con cada gemido solo me puso la verga mas dura.
Me voltee poniendole mi verga en su cara, y vi como sus ojos se abrieron de par en par al ver mi polla gruesa y circuncidada, ya completamente erecta y goteando de excitación. Él no perdió tiempo y se la metió en la boca, sus labios cerrándose alrededor de mi longitud con un sonido húmedo y obsceno. Empecé a mover mi cabeza, sintiendo cómo su lengua trabajaba mi frenillo, cómo sus labios se deslizaban arriba y abajo de mi eje.
Al mismo tiempo, José se colocó sobre mí, su polla gruesa y circuncidada, ya completamente erecta y palpitante, frente a mi rostro. La tomé en mi boca, chupando con fuerza, sintiendo cómo su sabor salado llenaba mis sentidos. Él jadeó, su cuerpo tensándose bajo mi toque, y yo lo sentí endurecerse más en mi boca. Nos movimos al unísono, nuestras bocas trabajando las pollas del otro, nuestras lenguas trazando patrones en los frenillos, nuestras gargantas relajándose para acoger cada embestida.
Mis embestidas con mi dedo eran rítmicas y profundas, y él gritó, su voz quebrándose con cada gemido. José se movía con urgencia, sus caderas empujando hacia adelante, buscando más calor, más presión. Cada chupada, cada lamedura, cada gemido que escapaba de nuestras bocas nos acercaba más al borde del abismo. Podía sentir cómo su cuerpo se tensaba, cómo su polla palpitaba en mi boca, y supe que estaba cerca del orgasmo, asi que me detuve.
Por fin me coloque tras de el, contemplando ese enorme culo — tienes culo de señora compadre…
—Si, eso me dicen todos, muchos se me han insinuado pero nunca me he dejado
—¿querias ser mío?
—Quiero ser tuyo… tomame Hugo por favor —seguía suplicando incluso levanto el culo, quería mi lengua pero yo tenia una mejor idea, con mi erección palpitando con la anticipación del momento. Mis manos acariciaron sus muslos, sintiendo la tensión en sus músculos, y luego se posaron en sus nalgas, firmes y perfectas. Lo acaricié con reverencia, sintiendo la firmeza de su carne bajo mis manos.
Me levanté y me coloqué entre sus piernas, mi erección presionando contra su entrada. Lo penetré con lentitud, disfrutando de cada centímetro que me recibía. José jadeó, su cuerpo tensándose con la invasión, pero rápidamente se relajó, sus músculos ajustándose a mi tamaño, cuando senti que me dio paso empuje con fuerza, la verdad le dolió grito con la cara en la almohada, me coloque sobre el y le bese las mejillas, pude ver una lagrima que corrió por ella —shhh ya paso compadre… ¿me muevo? —solo asintió ya era mío.
Comencé a moverme con lentitud, cada embestida profunda y rítmica, sintiendo cómo su ano se ajustaba a mí. José gimió, sus manos aferrándose a las sábanas, sus ojos cerrados en éxtasis. Mis movimientos se volvieron más rápidos, más fuertes, cada embestida acompañada de un gemido de placer que escapaba de su boca.
—Más, Hugo, más —suplicó, su voz quebrándose con cada palabra—. Necesito más.
Sus palabras me encendieron, y mis embestidas se volvieron más frenéticas, más urgentes. Sus gemidos se transformaron en gruñidos de deseo y placer, y yo respondí con gruñidos similares, nuestros cuerpos moviéndose al unísono, nuestros gemidos llenando la habitación.
Lo tuve como diez minutos así cuando sentí que solo el empujaba sus nalgas buscando que llegara mas adentro suyo decidí cambiar de postura, lo puse boca arriba estirando sus piernas y llevandolas a mis hombros, José arqueó su espalda al sentir que le llegaba mas a adentro, sus manos aferrándose a mí, sus uñas clavándose en mi espalda. Lo penetré con fuerza, sintiendo cómo su ano se apretaba alrededor de mi erección, cómo su cuerpo temblaba con cada embestida. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, y yo supe que estaba cerca del orgasmo.
—¿te gusta compadre? —le dije agresivo
—¡si, coño si! — lucia como una bestia sedienta de lujuria—¡Cojeme compadre! ¿hazme tuyo!
No me hice de rogar, se la deje ir con todas mis fuerzas con toda la velocidad que pude, ambos sudamos y el sonido de palmadas de mi pelvis al chocar con su entrada era inconfundible, el gruña. Gemia se tocaba las tetas, me tocaba, estaba en éxtasis —No, no, no puedo aaaaaaa! — ni siquiera se tuvo que tocar, directo dejó escapar su semen que manchó su cuerpo y cayó en la sabana
—¡Comete mis mecos compadre! — le deje mi leche dentro apenas senti que su ano apretó mi verga, me vine a chorros, no voy a decir que tanto que se la salía por el culo, pero si fue una buena corrida.
Nos descuidamos olvidamos que por su inexperiencia no se preparo como se debía, manchamos todo, pero con todo y eso nos quedamos abrazados, sudados mi compadre el oso ahora parecía un cachorrito en brazos de su amo, y eso me gustaba.
Nos dormimos como media hora, me senti cansado pero satisfecho, mi compadre se levantó estaba en silencio, pensé que le había entrado la culpa —¿te quedas a cenar? Marta y los niños regresan mañana
Sonrei— solo si después de cenar me puedo comer de nuevo tu culo —José rio y asintió lo jale y le di un beso, no uno desesperado, uno lento, romántico, tenia que acabar de desarmarlo y asi lo hice toda esa noche lo folle hasta agotar mis reservas de semen, recuerdo que la ultima en la madrugada ya contrabajo se me paraba la verga pero aun asi le cumplí a mi oso cazado.
Cuando mi comadre llegó con los niños al día siguiente nos encontró viendo un partido y con la cena en el comedor, habíamos comprado algo para recibirlos, los niños corrieron a saludarme, Mateo me abrazó, Santiago me besó la mejilla y Lucas se sentó en mi regazo como si quisiera ganar lugar, se ve que en el futuro el tendría el culo de su padre, lo acomodé y vi de reojo a mi compadre que besaba a su esposa, parecía que ella igual saldría ganadora, cenamos, bromeamos, hablamos de futbol, del equipo de los niños, cuando me fui salí por el garage y antes de irme me bese con José, en la oscuridad cómplice del garage, le volví a bajarle el short y el boxer, puso menos peros esta vez, no le importaba que nos vieran mientras le chupaba el culo y sacabe la leche que aun le quedaba, se aguantaba los gemidos y sacaba el culo, eso me gustaba de el.
Escuchamos algo, nos detuvimos—no es nada, sigue, sigue— me dijo y continue, si a el no le importaba a mi menos.
Continué con mi tarea, mi lengua explorando cada pliegue, cada rincón de su ano velludo y salado. José, mientras tanto, se masturbaba con fuerza, su mano moviéndose arriba y abajo de su polla gruesa y circuncidada. Sus gemidos, aunque ahogados, llenaban el garaje, y yo los disfrutaba como si fueran música para mis oídos. Sabía que estaba cerca del orgasmo, y no quería perderme ni un segundo de su placer.
—Más, Hugo, más —suplicó, su voz quebrándose con cada palabra—. Necesito más.
Sus palabras me encendieron, y redoblé mis esfuerzos, mi lengua penetrando más profundamente, mi boca chupando con más fuerza tanto que por momentos hacia eco en el garage. José arqueó su espalda, sus manos aferrándose a la pared, su cuerpo tensándose con cada embestida de mi lengua. Y entonces, con un gemido ahogado, se vino, su semen caliente salpicando el suelo del garaje. Le lamí la verga con avidez, saboreando cada gota, disfrutando de su sabor salado y amargo.
Nos despedimos con un beso, uno lento y romántico, y luego me fui, sabiendo que José estaba completamente bajo mi control. Él, mi oso cazado, mi presa, mi todo.
.-.-.-.-.-.-.
Espero que les guste… se que quedó un poco mas corto, pero pronto les traere mas relatos de José y míos



(9 votos)
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!