Escuela católica 5
Plática entre curas.
El silencio de la capilla se había vuelto mi único refugio, un lugar donde el peso de mi sotana parecía menos aplastante. Pero ese miércoles, el aire se sentía pesado, denso, como si la tormenta que se avecinaba no fuera del cielo, sino de mi propia alma. El ensayo general de la pastorela era en pocas horas, y la sola idea me llenaba de una anticipación febril. Necesitaba aire, un respiro del claustrofóbico ambiente de mi celda, así que decidí caminar por los pasillos traseros que conectaban el convento con los jardines.
Fue entonces cuando escuché las voces. Provenían de la pequeña sala de estar de los curas, una habitación acogedora con sillones gastados y una estantería llena de textos teológicos. La puerta estaba entreabierta, y por la rendija pude ver a dos de mis compañeros: el Padre Benito, un sacerdote de unos cincuenta años con una reputación de ser estricto pero justo, y el Padre Ignacio, el más joven del claustro, recién ordenado y con una sonrisa perpetua que siempre me había parecido un poco demasiado complaciente.
Al principio no les presté atención, pero algo en el tono de su conversación, en las risas ahogadas, me detuvo en seco. Me acerqué sigilosamente, con el corazón latiéndome en la garganta, y me pegué a la pared junto a la puerta.
«—…y después de la misa de mañana, ¿nos vemos en el lugar de siempre?», decía el Padre Benito con una voz que nunca le había escuchado, baja y cargada de una insinuación que me heló la sangre.
Me quedé inmóvil, incapaz de creer lo que estaba oyendo. El Padre Benito, el hombre que daba sermones sobre la castidad y la pureza, hablando con una familiaridad que sugería un secreto compartido.
«Claro, Benito. Pero mañana trae al de quinto, el nuevo. El que se sienta siempre al fondo», respondió Ignacio, y su risita me produjo una náusea instantánea. «Creo que está listo para… la confesión especial».
«Controla tu entusiasmo, Ignacio. La paciencia es una virtud, incluso en esto», dijo Benito, aunque su tono era más de complicidad que de reproche. «Pero tienes razón, tiene esa mirada… esa mezcla de miedo y curiosidad. Como el año pasado con el del coro. ¿Te acuerdas? Ese tardó menos en adaptarse».
«Adaptarse… esa es una buena palabra», repitió Ignacio. «A veces me pregunto qué sería de este lugar si no tuviéramos estos pequeños consuelos. Estos… encuentros que tanto bien nos hacen al espíritu».
«Al cuerpo también, hermano, al cuerpo también», bromeó Benito, y ambos se echaron a reír, una risa cavernosa y sucia que resonó en mi cabeza como el eco del infierno. «Pero cuidado con los más pequeños. Esos requieren un tacto especial. Un manejo más… delicado. Como el que tienes tú con…»
El Padre Benito se detuvo. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. Pude imaginar su mirada desviándose hacia la puerta, como si sintiera mi presencia invisible. Ignacio, que parecía a punto de decir algo, también guardó silencio. La atmósfera en la sala cambió radicalmente, de complicidad a cautela en un instante.
«En fin», dijo Benito, cambiando de tono a uno más formal y distante. «Debemos prepararnos para la misa de la tarde. No queremos dar mal ejemplo».
«Por supuesto», respondió Ignacio, con una voz que ya no sonaba cómplice, sino apresurada. «Tengo que… revisar los sermones».
Escuché el sonido de sillas moviéndose y de pasos que se alejaban. Me quedé inmóvil, sin aliento, tratando de procesar lo que había oído. No hablaban de deseo, de fantasías o de tentaciones. Hablaban de acciones. De «confesiones especiales», de «adaptarse», de «encuentros». Hablaban de un sistema, de un lugar, de una rutina.
No estaba solo.
Esa era la única idea que daba vueltas en mi cabeza, una revelación a la vez que aterradora y extrañamente reconfortante. No era un monstruo único, una anomalía en el cuerpo de la Iglesia. Éramos una plaga, una hermandad secreta de lobos con piel de cordero, pastoreando un rebaño del que, en secreto, nos alimentábamos.
Y el niño que no nombraron… esa pausa, ese cambio súbito de tema… ¿era Lázaro? La posibilidad me llenó de una rabia visceral, un sentimiento de posesión animal que me sorprendió por su intensidad. ¿Cómo se atrevían a mirarlo? ¿Cómo se atrevían a incluirlo en sus… «confesiones especiales»?
Me alejé de la puerta con pasos silenciosos pero rápidos, como si me persiguieran los fantasmas de sus palabras. Llegué a mi celda y cerré la puerta con llave, apoyando la espalda contra la madera y resollando como si hubiera corrido una maratón.
Me arrodillé frente al crucifijo, pero esta vez no fue para rezar. Fue para acusar. «¿Ves? ¿Ves lo que has creado?», le grité en silencio al Cristo sangrante. «No soy yo. Somos nosotros. Tienes un ejército de demonios con sotana, y yo solo soy uno más».
Pero en el fondo de mi alma, una voz sibilante me susurraba otra verdad. Una verdad que me aterrorizaba más que cualquier condenación. Si no estaba solo, si otros compartían mi carga, si incluso los que parecían más piadosos se hundían en la misma cloaca de deseos y acciones… entonces, ¿por qué resistir? ¿Por qué luchar solo? ¿Por qué no unirse a la hermandad secreta, aceptar mi naturaleza y encontrar consuelo en la complicidad?
Esa noche, por primera vez, no dormí atormentado por la culpa. Dormí soñando con una conversación imposible, en la que el Padre Benito y el Padre Ignacio y yo nos sentábamos alrededor de una mesa, y hablábamos abiertamente de nuestros «encuentros». Y en el centro de esa mesa, como un postre celestial, estaba la imagen sonriente de un niño sin nombre, con sus pies descalzos y sus ojos inocentes, esperando ser… «adaptado».
Retomamos los capítulos :), comenten

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