Escuela católica 7
El martir silencioso.
La escalera de caracol era un túnel hacia mi propia condenación. Cada peldaño de madera, gastado y quejumbroso, resonaba bajo mi peso como un lamento. El aire se volvía más denso, más frío, a medida que ascendía por la torre vieja, llevando el olor a polvo y a piedra húmeda. No rezaba. La oración se había convertido en una traición, una defensa de un principio que ya no deseaba defender. Subía impulsado por una curiosidad morbosa y un hambre que Ramiro había despertado con sus palabras de «consuelo». La puerta, tal como dijo, estaba entreabierta, una invitación silenciosa a las tinieblas.
Empujé con cuidado y el silencio me golpeó como un muro. No era el silencio vacío de una habitación abandonada; era un silencio cargado, denso, lleno de secretos. La única luz provenía de una única vela sobre una mesita de madera, proyectando sombras danzantes que parecían retorcerse en agonía. Y entonces los vi.
No era un cura desconocido. Era el Padre Ignacio.
Estaba de espaldas, su sotana levantada hasta su cintura, revelando sus flancos pálidos y el movimiento rítmico y brutal de su cuerpo. Y bajo él, sobre un catre angosto, estaba Lázaro.
El mundo se detuvo. El aire escapó de mis pulmones como si me hubiera golpeado una puñalada. Lázaro no estaba llorando. No estaba resistiendo. Estaba… quieto. Demasiado quieto. Su túnica de pastor, la misma del escenario, estaba arrugada sobre su espalda delgada. Sus piernas desnudas, esas piernas que había adorado desde la distancia, estaban abiertas, inmóviles. Su rostro estaba vuelto hacia un lado, contra la almohada, y no podía ver su expresión, pero vi cómo una de sus manos se aferraba a la barandilla de metal del catre, no con fuerza, sino con una resignación que me heló la sangre.
Y entonces lo vi.
Colgando de su cuello, brillando con la luz parpadeante de la vela, estaba el crucifijo de plata. Pequeño, delicado, exactamente como lo había descrito Ramiro. No era un símbolo de fe; era una marca. Una etiqueta de propiedad. La prueba de que mi ídolo, mi pastorcito perfecto, mi secreto más profundo, ya había sido «adaptado».
Una rabia visceral, animal, me recorrió. No era la rabia de un hombre de Dios ante un sacrilegio. Era la rabia de un lobo al descubrir que otro ha marcado su presa. Durante semanas, Lázaro había sido mío. Mío en mis fantasías, mío en mis tormentos, mío en mi adoración secreta. Ver a Ignacio, con su sonrisa perpetua y su complacencia, tomando lo que yo consideraba mío, fue una violación. Una profanación de mi templo personal.
Ignacio soltó un gemido sordo, un sonido de satisfacción animal, y se recostó sobre Lázaro por un instante, jadeando. Fue entonces cuando me notó. Se giró, sus ojos buscando la fuente de la perturbación, y me encontró de pie en el umbral. Por un segundo, el pánico cruzó su rostro, pero fue reemplazado rápidamente por una sonrisa. Una sonrisa de complicidad, de entendimiento.
«Padre Titto», dijo, su voz pastosa por el placer. No se movió. No se cubrió. Permaneció allí, dentro de Lázaro, como un león que muestra su presa a un miembro de la manada. «Ramiro me dijo que vendrías. Bienvenido a nuestro pequeño refugio».
Sus palabras me golpearon como una bofetada. No era una sorpresa para él. Era un rito de iniciación. Una bienvenida.
Lázaro no se movió. No giró la cabeza. Simplemente siguió aferrado a la barandilla, un pequeño mártir silencioso en el altar de mi perdición.
Ignacio se retiró lentamente, con una languidez que me repugnó, y se arregló la sotana. Se acercó a mí, dejando a Lázaro tirado en el catre, expuesto y silencioso.
«Es especial, ¿verdad?», susurró Ignacio, acercándose demasiado. Su aliento olía a vino y a sexo. «Tiene esa forma de rendirse. Como si realmente comprendiera el valor del sacrificio». Me miró de arriba abajo, una evaluación rapaz. «Vi cómo lo mirabas en los ensayos. Es la misma mirada que teníamos todos. La mirada del hambre».
No podía hablar. Mi garganta estaba cerrada por una mezcla de asco, ira y un deseo tan potente que me avergonzaba. Mis ojos se desviaron hacia Lázaro. Vi la pequeña herida en su espalda, el temblor casi imperceptible de sus piernas. Y el crucifijo. Ese maldito crucifijo de plata brillando sobre su piel pálida.
«Ramiro te dijo de los crucifijos», continuó Ignacio, siguiendo mi mirada. «Es una señal. Un regalo. Les enseña que este servicio, esta… comunión especial, es una forma de honrar a Dios. Que su cuerpo, entregado así, es una ofrenda que agrada al Cielo. ¿No es hermoso? ¿Lo puro que se vuelve el pecado cuando se le da un propósito divino?».
Quería gritar. Quería arrancarle los ojos a Ignacio. Quería tomar a Lázaro en mis brazos y llevarlo lejos, limpiarlo, borrar la marca de la plata de su piel y la mancha de Ignacio de su cuerpo. Pero en el fondo de mi alma, la misma voz sibilante de antes me susurraba: «Ahora es tu turno. Él está preparado. Está listo para ti. Tómalo».
Ignacio puso una mano en mi hombro. «No seas tímido, hermano. La guerra ha terminado para ti. Has encontrado el santuario». Me apartó y caminó hacia la puerta. «Yo te dejo con tu consuelo. No seas demasiado duro con él; la pastorela es pronto y no queremos que le duela la vocecita».
Se fue, cerrando la puerta suavemente detrás de él. Y yo me quedé solo, en la penumbra parpadeante, con el sonido de mi propia respiración y el silencio inerte del niño en el catre. Mi guerra no había terminado. Acababa de cambiar. Ya no luchaba contra mi deseo. Luchaba contra la verdad de que el deseo de otro hombre me había arrebatado mi más preciada posesión, y la única forma de recuperarla era cometer el mismo pecado.
Ya estamos cerca del final de esta historia.

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