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Dominación Hombres, Incestos en Familia, Masturbacion Femenina

Espiando a mi pervertida sobrina, ser su tío es la lotería. Perdiendo la virginidad anal (Parte 2)

Sin ropa interior, con el culo lleno y vibrando, Sofía en la escuela bajo el control remoto de su tío. Cada clase es un tormento de placer..
Sofía bajó en pantuflas y una camiseta vieja de Eduardo que le quedaba hasta medio muslo, sin nada debajo. El olor a café y huevos recién hechos flotaba. Eduardo estaba de espaldas, torso desnudo como siempre, shorts de pijama colgando bajo en sus caderas.

—Buenos días —dijo ella, voz ronca, todavía adolorida de anoche.

Él se giró. La miró de arriba abajo. La camiseta marcaba sus pezones erectos, el vientre plano, la sombra entre sus piernas.

—Ven aquí —ordenó, señalando la barra de mármol blanco.

Sofía obedeció, sintiendo el latido entre sus piernas con cada paso. Eduardo la interceptó a mitad de camino, la agarró de la cintura, la giró, la sentó de golpe sobre la fría barra de mármol. El impacto helado contra su piel desnuda la hizo jadear.

—Abre —dijo él, bajándose los shorts en un movimiento, su pene ya duro, saltando erecto, la punta brillante de presemen.

Sofía se recostó sobre la barra, el mármol frío contra su espalda, y abrió las piernas. Estaba húmeda ya, lista para él. Eduardo no preguntó, no preparó. La agarró de los muslos, la jaló hacia el borde, y entró de una embestida profunda, completa, hasta el fondo.

—¡Dios! —gritó ella, arqueándose, las uñas raspando el mármol.

Eduardo empezó inmediatamente, ritmo brutal, salvaje, sin calentamiento. Plap-plap-plap, el sonido seco de sus caderas golpeando sus nalgas, su pene saliendo casi entero para volver a clavarse profundo. La barra temblaba, los platos del desayuno vibraban, el café en la taza creaba pequeños círculos.

—Más fuerte —suplicó ella, jadeando, las piernas abiertas en V, los pies colgando del borde—. Fóllame, tío, fóllame duro.

Él agarró sus pequeños pechos por encima de la camiseta, los amasó con fuerza, pellizcó los pezones duros mientras aumentaba el ritmo, convirtiéndolo en un martilleo desenfrenado. Su pene entraba y salía visible, brillante de su humedad, desapareciendo completamente dentro de ella con cada embestida.

—Vas a venirte ahora —gruñó él, sudor ya corriendo por su pecho, su abdomen—. Apriétame, putita.

Sofía sintió la ola subir, rápida, violenta. Contracciones profundas empezaron, su vagina pulsando alrededor de su pene, succionándolo, apretando con fuerza rítmica. Gritó, un sonido agudo, animal, sin control, sin vergüenza, el eco rebotando en la cocina vacía.

—¡Sí, sí, sí! —chilló, convulsionando, chorros de humedad empapando sus muslos, la barra, el borde de la camiseta.

Eduardo gruñó, empujó una última vez hasta el fondo, y explotó. Contracciones profundas de su pene, semen caliente inundándola, llenándola, marcándola por dentro. Jadeó, temblando, agarrándose de sus caderas con fuerza, dejándose vaciar completamente.

Quedaron así unos segundos, él jadeando sobre ella, ella temblando en la barra, ambos sudorosos, el desayuno frío a un lado.

—Ahora sí, a comer —dijo él, saliendo de ella lentamente, un hilo de semen y humedad conectándolos antes de romperse—. Tienes que ir a tu secundaria en una hora.

Sofía bajó tambaleante de la barra, sintiendo el goteo entre sus piernas, el dolor dulce de la penetración brutal, la camiseta manchada. Sonrió.

—Primero ducharme —dijo, pasando junto a él, rozándolo—. ¿Me acompañas?

Eduardo sonrió, ajustándose, ya creciendo otra vez.

—Claro. La ducha también tiene cámaras.

 

En el auto. Camino a la secundaria.

Eduardo conducía con una mano. Con la otra, sacó una caja negra pequeña del compartimiento central. La abrió. Dentro, un plug anal de metal frío, plateado, con una base de joya rosa, tamaño mediano-grande, pesado.

—Tu nuevo juguete —dijo, lanzándole una mirada—. Lo usarás todo el día. Clases, pasillos, cafetería. Sin excepciones.

Sofía lo tomó, sintiendo el peso metálico, el frío contra su palma. Tragó saliva. Anoche había sido su primera vez vaginal. Su ano era virgen, apretado, sin entrenar.

—Es grande —susurró.

—Por eso te dilato yo —respondió él, estacionando el auto en una zona apartada, árboles cubriendo los vidrios oscuros—. Quítate la ropa interior. Ahora.

Sofía levantó su falda cuadriculada, se bajó las bragas blancas, las quitó. Eduardo las guardó en su bolsillo. Ella quedó expuesta, sentada en el asiento de cuero, la brisa del aire acondicionado rozando su vagina húmeda.

—Ven aquí —ordenó, reclinando su asiento hacia atrás.

Sofía se arrodlló en el asiento del copiloto, de espaldas a él, el culo apuntando hacia su regazo. Eduardo bajó el cierre de sus pantalones, sacó su pene ya semierecto, pero no era para eso. Tomó un frasco de lubricante del porta vasos, abrió el tapón con un dedo, y vertió el líquido frío directamente sobre el ano de Sofía.

Ella jadeó, el shock del frío, la intimidad expuesta.

—Relaja —dijo él, y metió un dedo índice lubricado de golpe, hasta el nudillo.

—¡Ah! —gritó ella, agarrándose del respaldo, los ojos cerrados.

Eduardo no esperó. Empezó a mover el dedo, entrando y saliendo, circulando, abriendo el músculo apretado. Metió el segundo dedo, estirando, preparando el camino. Sofía gemía, mordiendo su propio brazo, sintiendo la invasión, la humedad creciendo en su vagina a pesar del dolor.

—Listo —dijo él, sacando los dedos con un sonido húmedo.

Tomó el plug, lo lubricó generosamente, y apuntó la punta contra su ano contraído.

—Empuja hacia atrás —ordenó—. Sobre mi mano. Ahora.

Sofía obedeció, presionando hacia atrás. La punta metálica entró, fría, dura, implacable. Ella gritó, un sonido ahogado, sintiendo el estiramiento intenso, el músculo cediendo bajo la presión. Eduardo empujó firme, constante, no dándole tregua, hasta que el plug entró de golpe, la base de joya rosada quedando apretada contra sus nalgas, brillante, decorativa.

—Dios, Dios, Dios —jadeó ella, temblando, sintiendo la plenitud anal, el peso del metal dentro de ella, la base fría contra su piel caliente.

Eduardo la giró, la sentó de nuevo en su asiento. Le subió la falda, dejándola a la altura de las caderas. Sofía sintió el asiento de cuero contra sus nalgas desnudas, el plug presionando más profundo por la posición sentada.

—Estaras todo el dia sin bragas —dijo él, arrancando el auto—. Todo el día. Cada paso que des, cada escalón, cada vez que te sientes, sentirás eso dentro de ti. Pensando en mí. Preparándote para esta noche, cuando te abra por completo ahí también.

Sofía cruzó las piernas, sintiendo la presión intensa, el juguete sólido ocupando su ano, inmovilizable, presente con cada respiración.

—Y si me lo saco? —preguntó, voz temblorosa.

Eduardo sonrió, mirándola de reojo, maniobrando hacia la entrada de la escuela.

—Tengo la llave —dijo, mostrando un pequeño control remoto—. Vibración en nivel bajo todo el día. Si intentas quitártelo, subo la intensidad hasta que grites en medio de clase. ¿Entendido?

Sofía asintió, tragando saliva, ya sintiendo el primer zumbido eléctrico, bajo, profundo, dentro de su culo, propagándose a su vagina.

Eduardo se detuvo frente a la entrada principal. Niños caminaban por todos lados.

—Baja —dijo—. Y recuerda: cada vez que te sientes en esas sillas de plástico duro, cada vez que subas escaleras, cada vez que te inclines a recoger algo, sentirás que eres mía. Completamente mía.

Sofía abrió la puerta. El movimiento de sentarse y levantarse hizo que el plug se moviera, presionara, la llenara. Gimió bajito, agarrando el marco de la puerta.

—Adiós, tío —susurró.

—Hasta la noche, putita —respondió él, y presionó un botón del control.

La vibración aumentó un nivel. Sofía casi se dobla, agarrándose del auto, un gemido escapando de sus labios. Dos estudiantes pasaron cerca, mirándola extrañada.

Eduardo sonrió, y aceleró, dejándola ahí, falda corta, sin bragas, el plug anal vibrando dentro de ella, caminando hacia su primera clase del día.

 

 

Sofía estaba sentada en la última fila, las piernas cruzadas, apretadas, los músculos tensos. El plug anal vibraba en intervalos irregulares — Eduardo jugaba con el control remoto desde su casa, enviando pulsos de placer cada vez que ella intentaba concentrarse en la explicación del profesor sobre teoría económica.

Cada vibración la hacía contraerse, el metal frío calentándose dentro de ella, presionando contra la pared vaginal, creando una sensación de llenura doble, insoportable, deliciosa.

Sentía el asiento de plástico duro contra su culo desnudo, sin la barrera de las bragas. Cada vez que se movía, el plug se ajustaba, rozaba puntos internos que la hacían jadear disimuladamente. La humedad no paraba de fluir de su vagina, empapando sus muslos, dejando rastro en el asiento.

A su lado, una compañera tomaba notas, ajena. Sofía fingía escribir, pero su mano temblaba. Otra vibración larga, intensa. Apretó los labios, conteniendo un gemido, sintiendo cómo el placer subía, amenazando con hacerla venirse allí mismo, en medio de la clase, con otros 50 niños alrededor.

—Y por eso las sumas… —decia el profesor.

Sofía no escuchaba. Sentía. Solo sentía. El zumbido profundo, la presión anal, la humedad entre sus piernas, la falda corta que no protegía nada.

La campana sonó. Recreo.

Se levantó despacio, sintiendo el vacío cuando el plug se reajustó por gravedad, presionando más profundo. Miró el asiento. Una mancha humeda, pequeña pero visible, de su excitación, brillaba en el plástico azul.

Su corazón latió fuerte. ¿Alguien lo notaría?

Caminó hacia la salida, cada paso haciendo que el plug se moviera, vibrara, la acariciara por dentro. Las piernas húmedas, pegajosas, rozándose. Sentía los ojos de algunos compañeros, especialmente los hombres, recorriéndola, deteniéndose en sus muslos desnudos bajo la falda corta.

Llegó a las escaleras principales. El pasillo obligado.

Allí, como siempre, grupos de chicos sentados en los escalones, fingiendo comer sándwiches, mirando. Esperando. Normalmente observaban las bragas de las chicas que subían — líneas de tela, colores, formas. Un juego estúpido, infantil.

Pero ella no llevaba bragas.

Sofía lo sabía. Lo sintió con cada fibra de su cuerpo mientras ponía el primer pie en la escalera. La falda cuadriculada se elevaba ligeramente con el movimiento. Estaba expuesta. Completamente. Si alguno miraba en el ángulo correcto, vería su vagina húmeda, brillante, el plug asomando apenas entre sus nalgas si se inclinaba.

Un chico con gorra la miró. Sus ojos se detuvieron en sus piernas, subiendo, intentando ver bajo la falda.

Sofía debería haber bajado la vista, haberse apurado, haber cerrado las piernas.

En cambio, subió los escalones despacio. Una. Por. Una.

El plug vibró en ese momento, un pulso largo, intenso, enviado por Eduardo en el momento perfecto. Sofía jadeó audiblemente, se tambaleó, tuvo que agarrarse de la barandilla. La falda se levantó más de la cuenta.

El chico de la gorra vio. Sus ojos se abrieron. Vio el destello de su vagina sin vello, los labios hinchados, húmedos, la humedad brillando en la luz natural. Vio la base rosada del plug asomando entre sus nalgas cuando ella se inclinó para recuperar el equilibrio.

Sofía lo vio ver. Lo vio sonreír, asombrado, excitado.

Y en lugar de vergüenza, sintió una oleada de poder, de exhibicionismo, de control absoluto. Él la deseaba. La miraba. Pensaría en ella toda la noche mientras se masturbaba, sin saber que ella estaba siendo usada, llena, propiedad de su tío.

Llegó arriba, caminó hacia la librería, las piernas temblando, el plug vibrando constante ahora, el pasillo vacío acogiéndola. Entró entre estanterías altas, olor a papel viejo, silencio.

Se apoyó contra una estantería, jadeando, una mano entre sus piernas, encontrando su clítoris hinchado, sobresensibilizado, el plug vibrando dentro de su culo, presionando todo.

Estaba al borde. Tan cerca.

Su teléfono vibró. Mensaje de Eduardo:

«Te vi subir las escaleras. El chico de gorra se está masturbando en el baño pensando en ti. Cuando vengas a casa. Te voy a castigar por ser una exhibicionista traviesa.»

Sofía sonrió, el dedo moviéndose en círculos rápidos, el orgasmo construyéndose, inevitable.

—Sí, tío —susurró al aire vacío—. Castígame.

 

El teléfono vibró en su mano. Número desconocido. Contestó.

—No cuelgues. Escucha mi voz y obedece —la voz de Eduardo, baja, autoritaria, directa en su oído.

Sofía jadeó, el plug vibró en ese instante, sincronizado con su voz.

—Estoy viéndote. Cámara tres, estantería siete, ángulo noroeste. Hay una camara en ese pasillo. Camina hacia allí. Ahora.

Sofía miró alrededor. La librería tenía media docena de estudiantes dispersos: una chica con audífonos en mesa lejana, dos chicos estudiando juntos tres estanterías más allá. Nadie la miraba… todavía.

—Sí —susurró al teléfono.

—No hables. Solo escucha y haz. Camina. Lento. Deja que la cámara te vea.

Sofía obedeció. Caminó entre los estantes altos, cada paso haciendo que el plug se moviera, vibrara, la llenara. Llegó a la esquina noroeste. Un espacio reducido, un ángulo muerto para la vista humana, pero perfecto para ser desapercibido.

—Ya estoy —susurró.

—No hables —dijo Eduardo, firme—. Ahora. Te vas a tirar al piso. Espalda contra la alfombra. Piernas abiertas hacia la cámara. Falda arriba de la cintura. Quiero ver todo.

Sofía tragó saliva. Miró hacia atrás. Los estudiantes seguían en sus lugares, distraídos, pero a solo metros de distancia. Si alguien se levantaba, si alguien caminaba entre los estantes…

El plug vibró fuerte, una advertencia, una orden.

Se dejó caer. La alfombra raspó contra su espalda. El plug presionó más profundo por el impacto, haciéndola gemir bajito.

—Abre las piernas. Ahora. Totalmente. Quiero ver ese coñito húmedo, esos labios hinchados, ese plug brillando en tu culo.

Sofía obedeció. Abrió las piernas en V, la falda subida, expuesta completamente hacia la camara donde sabía que Eduardo miraba. Estaba desnuda debajo, su vagina brillante, abierta, los labios separados mostrando el interior rosado, húmedo, pulsante. El plug asomaba, la base rosada visible, vibrando.

—Tócate —ordenó Eduardo—. Lento. Arriba y abajo. Quiero ver cómo brillas.

Sofía llevó su mano entre sus piernas. Un dedo, luego dos, deslizándose por su hendidura, arriba y abajo, separando los labios, mostrando la entrada de su vagina, el clítoris hinchado. Estaba empapada, los dedos resbalando, haciendo sonidos húmedos que en el silencio de la librería parecían estruendosos.

—Más rápido —gruñó Eduardo—. Mete los dedos. Quiero oírte.

Sofía metió dos dedos profundo, el sonido de succión, de humedad, claro ahora. Jadeó, más fuerte de lo que debía, el eco en la estantería cercana.

—Shhh —la calló Eduardo—. Silencio. Hay una nena a tres metros, estantería seis. Si la escuchas, te paras y te vas sin venirte. Mastúrbate en silencio. Controla tus gemidos o te castigo.

Sofía mordió su labio hasta casi sangrar. Sus dedos se movían rápido ahora, entrando y saliendo, el plug vibrando en su culo creando una fricción doble, el placer acumulándose en su vientre, subiendo, amenazando con explotar.

Vio movimiento. La niña con audífonos se levantó de su mesa, caminó hacia los estantes, buscando un libro, a solo metros de distancia, del otro lado del mueble de lectura. Si daba la vuelta, si caminaba un poco más…

—Viene alguien —susurró Sofía, pánico y excitación mezclados.

—No pares —ordenó Eduardo, frialdad absoluta—. Si para, nunca te toco de nuevo. Sigue. Silencio.

Sofía obedeció, los dedos moviéndose frenéticamente, el plug vibrando sin piedad, el orgasmo construyéndose, inevitable, imposible de contener. Vio la sombra de la chica detrás del mueble, a centímetros, buscando en el estante, ajena a que al otro lado una niña estaba desnuda, masturbándose, llena de un plug, a punto de explotar.

—Vente —ordenó Eduardo—. Ahora. Silencio absoluto. Vente con la boca cerrada, putita. Ahora.

Sofía arqueó la espalda, los ojos cerrados, la boca abierta en un grito mudo, el orgasmo estallando. Contracciones violentas, su vagina apretando sus dedos, el plug pulsando en su culo, chorros de humedad saliendo, empapando la alfombra, sus muslos, sus dedos. Tembló, convulsionó, el placer ciego, absoluto, el riesgo de ser descubierta amplificando cada onda.

La chica del otro lado tomó un libro y se alejó, sin saber nunca.

Sofía quedó tendida, jadeando, los dedos todavía dentro de ella, el plug vibrando suave ahora, el teléfono pegado a su oreja.

—Bien —dijo Eduardo, voz satisfecha—. Ahora levántate. Sin limpiarte. Camina a casa así, húmeda, usada, oliendo a sexo. Te espero en la puerta. Y Sofía…

—¿Sí? —jadeó ella.

—Trae el plug puesto. Esta noche te lo saco yo. Con la boca.

Sofía gimió, el teléfono cortó, y ella se levantó, temblando, la falda manchada, las piernas brillantes de su propio jugo, caminando entre los estantes hacia la salida, cada estudiante que pasaba cerca sin saber lo que acababa de hacer, lo llena que estaba, lo que aún vibraba dentro de su culo.

Eduardo la esperaba afuera, sonriendo, el control remoto en su mano.

 

Continuara….

3 Lecturas/19 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: anal, baño, culo, exhibicionismo, orgasmo, semen, sexo, vagina
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