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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

Et Ego Me Absolvo

Un muchacho debilucho se deja usar por el padre..
**Relato ficticio**

Si no sabes distinguir entre la fantasía y la realidad, pasa de esta historia. El autor no condona este tipo de actividades bajo ninguna circunstancia en la vida real. Esto es pura fantasía y no representa ningún manifiesto político ni social.

****

Dicen quienes dicen saber, que hay cosas que simplemente son claras. Cosas que nadie pone en duda. En este mundo, al débil se le defiende porque no puede defenderse por sí mismo. Al ignorante se le guía y educa porque nadie sabe sabiendo. Y al que quiere y no puede, se le ayuda porque por sus medios no tiene lo suficiente. Pero, al que se deja… al que se deja se le desprecia. Porque podemos ser ignorantes, débiles y limitados, pero no podemos rendirnos cuando tenemos los medios para pelear y defendernos para seguir nuestra senda. Yo lo sabía, yo podía pelear, yo podía alzar la voz… pero elegí no hacerlo porque el placer pudo más que mi humanidad.

Junto a la escuela católica a la que atendía estaba lo que llamábamos la casa de los hermanos y ese día, luego de que mis bullies me bajaran los pantalones frente a todos, me sentía humillado en grado sumo. Así que cuando la maestra nos dijo que si alguno de nosotros queríamos quería confesarse podíamos ir en ese momento a la casa de los hermanos. El padre Arnulfo estaba dispuesto a salvar nuestras almas.

Con unos pecadillos a mis espaldas y con tal de evadir las risas, burlas y bromas de mis compañeros y mis abusadores por haber quedado expuesto tras la broma de mis bullies, ir a confesarme pacería lo mejor. Un momento lejos de la humillante presencia de mis compañeros.

Fui el último, delante de mí estaba un chico que no conocía y pasó a una habitación donde lo confesaron. Luego de una espera que quería que se alargara lo más posible, salió y fue a la capilla. Una voz me llamó y entré a la habitación donde el padre Arnulfo me esperaba al lado de la puerta. Cerró la puerta tras de mí y me encontré solo con el padre en una sala enorme alfombrada con una alfombra color vino. Los sillones de color rojizo también como se acostumbraba en ese entonces y muchos espejos en las paredes junto con crucifijos y pinturas de santos. La sala era enorme, con otra puerta al fondo donde estaba una mesa de billar, un comedor de ocho sillas redondo y las ventanas cubiertas con los visillos blancos coronados con cortinas de color dorado. Típica decoración que para un niño de 11 años era definitivamente de una abuela.

La casa era enorme. Servía para que los monjes de la orden vivieran ahí mientras administraban la escuela y alojaban a los sacerdotes también. En ese lugar había al menos 14 hermanos y sus ayudantes, pero la enorme casa de tres pisos y extensos jardines arbolados con vallas de arbustos densos parecía siempre deshabitada, aunque los jardines estaban perfectamente cuidados.

Habiendo comenzado con mi confesión, la más tonta que un niño puede concebir considerando sus 11 años, el padre solo escuchaba con sus ojos paseándose de pies a cabeza sobre mí. Mi piel blanca como la hostia se tornaba roja al confesar lo que mis bullies me hacían y las cosas que pensaba de ellos. Y sus ojos penetrantes se posaban en mis ojos y luego, veía como bajaban a mirarme allá abajo provocándome cierto miedo.

Siendo verano y el día que me tocaba portar el uniforme de la clase de deportes, solo vestía una camiseta roja deportiva con unos cortos shorts blanco como se acostumbraba entonces. Todo coronado con calcetas rojas y unos tenis de colores brillantes.

La confesión parecía aburrida para él porque estaba distraído mirando mis piernas. Yo concentrándome para escarbar en el barril de mis pecados cualquier cosa para alargar la confesión y evitar volver a clase no le daba importancia a su desinterés por mis pecados.

Cuando sentí su mano posarse en mi muslo, con sus dedos apretándolo suavemente nuevamente no le di importancia. Pero me parecía irregular eso.

  • ¿Te molesta Julián? – Preguntó el padre.
  • No padre. Para nada. – Respondí.

Proseguí con mi confesión a la cual claramente ya no escuchaba pues su mano comenzó a acariciarme el muslo. Yo sabía lo que hacía, lo sabía, pero simplemente no me atrevía a reclamarle. Como todo debilucho, me daba miedo confrontar a alguien y siendo un sacerdote mucho menos. Cuando su mano me acarició el muslo hasta tocarme la ingle con sus dedos, un escalofrío me recorrió la espalda. Me sacudí un poco como si me hubieran tirado un hielo por la espalda entre la ropa y mi piel.

  • ¿No te importa que te tranquilice un poco verdad Julián? – Preguntó el padre.
  • N… no padre. – Volví a responder sumiso.

El padre sonrió y en ese momento sus ojos me miraron con un fuego que me hizo sentir insignificante.

  • Por qué no te pongo un poco más cómodo, como si estuvieras en tu casa ¿eh? Te hace falta que te alivianes un poco muchacho. – Dijo con una voz profunda y diferente.

En ese momento se agachó y me quitó los tenis a los cuales les metió la nariz para oler su interior, luego las calcetas. En ese punto mi confesión calló. Me llevó descalzo a un diván caminado sobre la alfombra suave color vino. Ahí me recostó y me dijo que intentara tranquilizarme. Sumiso obedecí y en ese momento me acarició en rostro, luego el torso y desfajándome la camiseta me la quitó dejando mi torso blanco desnudo.

  • Que hermoso eres Julián. Pareces un querubín. Qué lástima que te molestan, aquí podrías encontrar cosas más agradables que hacer con nosotros. No tienes que estar solito. – Dijo el padre mientras sus manos comenzaron a acariciarme el torso morbosamente, picándome el ombligo con su dedo medio y jugando con mis tetitas y luego plantándome un beso en el cuello.

 

Me preguntó de nuevo si me molestaba y quería yo que parara. Nuevamente sumiso y temeroso de llevarle la contraria, le dije que no aun sabiendo que estaba muy mal la forma en que me trataba. Así que en ese momento me empezó a chupar el torso. Su lengua se paseaba por mi pecho, chupándome las tetitas y luego el ombligo mientras que con su otra mano me apretaba la entrepierna.

 

  • ¿Sabes besar jotito? – Preguntó dominante.
  • No padre. – Respondí con voz tímida.
  • Es muy fácil y delicioso. Solo imita lo que hago. – Respondió.

 

Me puso la boca en mi boca y con sus labios me abrió los míos. Su lengua entró a mi boca y su saliva inundó mi boca llenándola de un sabor delicioso pero extraño. Mientras sus manos me bajaban los shorts dejando mi trusa de Superman como última prenda sobre mí. Me chupó la lengua lo que me gustó mucho y yo en cambio chupé la de él lo que le hizo soltar pequeños gemidos y risitas tiernas.

 

Entonces me dijo que abriera mi boca grande y cuando lo hice me escupió en ella a lo que yo instintivamente tragué su saliva. Esto lo excitó tanto que se alejó un poco y tras sonreírme, me escupió en la cara para luego lamérmela como perro. Mi boca, mis cachetes, mi nariz, mis ojos. Todo tenía su baba y su lengua se paseaba por todo mi rostro. Olía su baba deliciosa mientras repetía el proceso de escupirme a la cara y luego lamerla. Para percibir mi sabor decía con maliciosa sonrisa.

 

Luego de un rato me empezó a chupar y besar el torso luego el abdomen. Se aseguró de chuparme las tetitas, el ombligo, las axilas. Su lengua me lamía y sus labios me chupaban.

 

De pronto se va a mis pies y me empieza a chupar los dedos y el espacio entre ellos. La planta de los pies era suave y tenían buen sabor para él. Se metía todo mi pie en su boca y sentía cómo su lengua se paseaba entre mis dedos y sus dientes me daban tiernos mordiscos en los dedos. Me hacía cosquillas cuando me chupaba los pies lo que me arranció risitas que lo excitaban.

 

Se comía mis pies como si fueran un manjar. Su saliva chorreaba entre mis dedos, la planta y el empeine al tiempo que la recogía con su lengua o la succionaba para tragarla y saborear el sabor de mi cuerpo.

 

Con el mismo gusto como uno se come la pata de un pollo frito, me chupó las pantorrillas. Alternando entre besos y chupetones, mordiscos y lambidas me tenía con mis piernas en s boca totalmente poseído por él. El padre Arnulfo se aseguraba de captar mi sabor de niño mientras subía lentamente alternando entre mis dos piernas, pasando la rodilla y finalmente perdido en mis muslos su boca chupaba y besaba, lamía y mordía como un depredador comiéndose a su presa. Como queriendo arrancar mi carne del hueso sin dejar moretones visibles.

 

En ese momento decidí dejarme usar porque me gustaba lo que me hacía. No sabía nada del sexo, pero eso que sentía me gustaba. Me hacía sentir excitado, aunque no entendía bien ese concepto entonces. Era como sentir la sangre envenenada por un deseo que no puede contenerse. Yo les juro que sabía que lo que me hacía estaba mal, muy mal. Pero no me importaba. Se sentía tan rico que me chupara y me acariciara tocándome donde nadie lo hacía que para ese momento gemía con mi voz infantil. Cooperando para él y poniéndome en la pose que me pidiera ya entonces esbozando una clara sonrisa de placer en mi rostro. Esto lo animaba más.

 

Cuando su boca llegó a mi ingle temblaba yo de placer y él bufaba como animal. Restregaba su cara en mis huevos y ponía su nariz en ellos para inhalar su olor como un buzo que se quedó sin aire lo hace al romper la superficie del agua. Sus manos ya adentro de mi trusa la jalaron hacia abajo y por primera vez en mi vida estaba totalmente desnudo a los ojos de alguien que no era mis padres. Sus ojos me miraron la verguita parada y mis huevos colgados sonriendo y saboreándose con su lengua paseando por sus labios lo que veía.

 

  • ¡Ay putito, estás bien rico! – Dijo con voz lujuriosa por primera vez mostrando desprecio y total falta de respeto hacia mi persona.

Hundió su cara entre mis piernas abriendo su boca y mi verga y huevos desaparecieron dentro de ella sintiendo succiones, lengüetazos y chupetones con su baba chorreando por entre mis muslos mojándome el fundillo. Lo que sentía era maravilloso. Su lengua y sus labios me chupaban los huevos y la verguita parada, todo al mismo tiempo. Su boca abierta grande cubría toda mi área genital como si quisiera arrancarme todo de un mordisco. Su voz expresaba gemidos de placer como si de comer una ostra se tratase. Tronaba chupetones en el silencio de esa habitación en lo que alternaba entre lamidas y mamadas a mi verga con chupadas a mis huevos que le gustaba tener dentro de su boca con su lengua jugando con ellos ensalivándolos y tragando la baba con el sabor de mis huevos en ella. Sus dedos metidos ente mis nalgas y apretándolas muy fuerte y yo gimiendo afeminadamente por primera vez.

  • ¡Qué rico sabes perra! ¡Que bonito y delicioso putito me trajo Dios hoy! – Agradecía el padre mientras tenía toda mi carne en su boca.

Ya sin sentir respeto por mí me cargó a la mesa de billar y me puso bocarriba abriéndome las piernas exponiendo mi fundillo el cual su dedo medio acariciaba y punteaba. Me escupía en el ano y su dedo lo acariciaba lo que se sentía riquísimo para mí. Yo me sentía en el paraíso mientras el tipo me dedeaba el fundillo. Fue cuando me ordenó ponerme en cuatro patas como “una perra callejera” con mi culo hacia él para hundir su rostro entre mis nalgas tersas y blancas y chuparme el yoyopo como si su vida dependiera de ello. Restregaba su cara en mis nalgas las cuales besaba, chupaba, mordía y nalgueaba con tosca mano y yo mirando cómo pendeja. Su baba chorreaba por mis huevos y me sentía inundado de baba. Mis ojos se ponían en blanco mientras se abría la puerta del fondo para ver entrar a otro sacerdote y cuatro monjes. Uno de ellos llevaba una cadena atada a una correa en el cuello de otro chico de mi edad que estaba totalmente desnudo y llevaban a otra habitación para cogérselo entre todos.

Yo me quedé sorprendido por la imagen de ese chico totalmente encuerado junto a ellos perfectamente vestidos. Su cara claramente tenía semen y sus ojos llorosos. Le habían estado metiendo la verga en la garganta en uno de los jardines luego me enteraría. Pasaron como si nada, eso sí, pasando sus ojos por todo mi cuerpo.

  • Mira, Arnulfo ya consiguió otra perrita. – Dijo el padre.
  • Ay que buena está la putita. ¡Mira no’más como se deja comer el culo el putito! ¡Que maravilla! – Dijo un monje.
  • ¡Ja ja ja! Esta puta me llegó solita como las demás. Y sabe a mil locuras. ¡Delicioso culo tiene esta pendeja! – Contestó el padre Arnulfo.

No fueron sus ojos sobre mis partes íntimas lo que me intimidó, fue la forma en que se referían a mí con total desprecio como si fuera una cosa sin valor. Algo totalmente inesperado de una orden religiosa. No sé qué fue, pero escuchar cómo hablaban así de mí me puso la verguita bien dura, cosa que notaron ellos y no perdieron la oportunidad de manosearme los huevos y la verga junto con mis nalgas mientras el padre Arnulfo me seguía comiendo el fundillo.

Luego de un momento en que me manosearon se fueron junto con el chico a la habitación contigua y el padre Arnulfo, saciado por el sabor de mi culo, me ordenó ir un sillón caminado en cuatro patas como “la perra pendeja que yo era”. Esas fueron sus palabras. Obviamente, todo excitado obedecí.

Me acostó con mi panza sobre el descansabrazo del sillón con mis nalgas al aire. Con sus manos se levantó la sotana y me mostró su verga dura y grande, sus huevos depilados y su glande sin circuncidar. Para ese momento, escuchaba los gemidos y alaridos del otro chico detrás de la puerta. Ya se lo estaban cogiendo y supe lo que me esperaba. Entonces, con mi culo lleno de baba, me metió la verga la cual para su sorpresa entró fácilmente. Mis gemidos de dolor y placer ahora llenaban la habitación en coro con los gemidos, jadeos y alaridos del otro chico en la otra habitación mientras en mi mente todo me decía que debía parar lo que me hacía, pero se sentía tan rico que no quería detenerlo. Así que le dejé meterme la verga por el culo disfrutando de la sensación de carne abierta en mi culo y sus jadeos de bestia herida.

  • ¡Ay que rico culo putito! ¡Bien apretadito como me gustan! ¡Qué buena putita saliste! Con razón te bajan los pantalones tus bullies. Te la quieren meter como yo y con esas nalgotas de globo que te cargas, ¡ay mamita! ¡Estás para convertirte en la perra de toda la orden! ¡Aaaaaaaay que riiiico pinche puta pendeja de mierda! ¡Te voy a preñar estúpida! ¡Y me vas a dar las gracias pendejo! ¿Entendiste? – Dijo el padre Arnulfo mientras me la metía toda hasta chocar sus caderas con mis nalgas.
  • Sí padre. Gracias. – Respondí yo entre jadeos con voz afeminada.
  • ¡Todavía no me agradezcas pendejo! ¡Hasta que te llene el hoyo de mi leche! ¡Puta madre! ¡De’veras que estás bien pendejo! Con razón te hacen bullying. – Se burló de mí el padre al tiempo que me daba un manotazo duro en la cabeza por pendejo.

Luego de un rato me puso bocarriba me abrió las piernas y me la metió otra vez mirándome a los ojos y escupiéndome en la cara para burlarse de mí. Para entonces sentía tan rico que le sonreía de vuelta cada vez que me escupía y me metía su baba en la boca con mis dedos.

Ahí estaba con mis piernitas blancas totalmente abiertas y al aire con el padre metiéndome la verga tratándome como basura. Ni siquiera se molestó en ponerse condón. Su carne peneana acariciaba directamente mi carne anal. Me la metía y sacaba con agresiva ternura mientras me chupaba un pie y luego el otro.

De pronto se detuvo, sacó su verga y me la metió otra vez hasta el fondo con gran violencia, lo que me arrancó un alarido, y entonces gimió como si le doliera algo y se estremecía como si le hubiera caído un rayo. Sentía su semen dentro de mí. Me estaba llenando las entrañas con lechita de hombre mientras me miraba con esa mirada intensa y de desprecio y placer que los activos ponen cuando se vienen adentro de su perra.

Cuando terminó de embarazarme, sacó su verga y se acostó en el diván ordenándome que se la mamara para limpiársela. Fue la primera vez que mamé una verga cosa que, con el sabor del semen y mis entrañas, me gustó muchísimo. Luego de un rato largo nuevamente se vino en mi boca para que yo me tragara su semen.

Una vez relajado, me llevó desnudo de la mano por los pasillos de la casa exhibiéndome desnudo a todo el que se topaba hasta llegar a un jardín bien escondido. Ahí sacó una cámara de fotos réflex y me ordenó posar en poses humillantes y altamente sexuales. En cuatro patas, con mis piernas abiertas, tirado en el pasto con mis piernas abiertas mostrándole su semen chorrear por mi enrojecido fundillo tronado, y muchas otras posas afeminadas. Me tomó fotos de cuerpo completo desnudo, de mi cara, mi culo, close-up a cada parte íntima de mi cuerpo y mi cara. No dejó ni un milímetro sin fotografiar.

Luego de ello, habían pasado ya dos horas. Me llevó de nuevo desnudo exhibiéndome con los otros hermanos de la casa de los cuales recibía piropos sexuales y burlones hasta la sala donde mi confesión había sido abortada. Ordenándome vestirme el padre Arnulfo me dejó claro todo.

  • Ok putito. Esto va a pasar. Vas a callar esto, ni se te ocurra decirle a nadie que te hice mi perra ¿entiendes? Nadie va a creerte y te voy a mandar al infierno por putito por toda la eternidad. ¿Quiere eso? – Profirió intimidantemente.
  • No padre. Quiero ir al cielo. – respondí.
  • Entonces nada de esto vas a contar a nadie. ¡NADIE! Ahora bien. Quiero que le digas a tu mami o tu papi que quieres ser mi monaguillo. Les vas a insistir hasta que te traigan y vas a ayudarme con mis tareas ¿entiendes? De ahora en adelante yo y mis hermanos, además de quien yo quiera, vamos a disfrutar de tus nalgas y boquita. Vas a ser nuestra puta oficial y te vas a aguantar. ¿Entendido? – Continuó.
  • Si padre. Cuente con ello. – Asentí con mi cabeza tímidamente.

Cerró sus ojos y se persignó rezando algo entre balbuceos y seseos para terminar con la frase que te dicen al acabar la confesión, pero ligeramente diferente esta vez.

  • Et ego me absolvo… sigues aquí pendeja, ¡ya vete a chingar tu madre y a mamarle la verga a tus bullies. Que eso es lo que deberías hacer en vez de venir a quejarte de que te pegan. Ya vete y no se te olvide lo que te dije. ¡Orale! ¡Que Dios te bendiga y a chingar a tu madre pinche putito! – Dijo con total frialdad y desprecio despachándome finalmente.

Huelga decir que obedecí al padre y dos semanas después, era el monaguillo de su parroquia donde cada sábado traía a mis bullies para que me cogieran entre ellos y luego me cogía él y sus hermanos y amigos como diversión. Incluso el arzobispo se paseó por mis nalgas.

Luego de varios años, lo cambiaron de parroquia y el nuevo padre me corrió de la iglesia a patadas cuando me sorprendió besando a otro monaguillo que me gustaba y quería como novio. El tipo me delató con mis padres y desde los 13 años salí del clóset por esto. Mi familia desde entonces me odia y mi hermanastro me viola en casa en secreto con sus amigos de tanto en tanto. Seguí callando y dejándome abusar por cualquiera a sabiendas de que siempre supe que estaba mal, que siempre pude defenderme, y que voluntariamente me dejaba usar por ellos porque soy débil.

Hoy no soy nadie. Un perdedor más con un empleo mediocre. De vez en cuando estos recuerdos me asaltan y traen una sonrisa a mi cara. Pues a pesar de que en esos años me usaron como una muñeca inflable, el placer de ser su juguete sexual hoy me excita todavía. Me gustaba cómo me trataban y hoy lamento que nadie me trate así.

Así pues, como es de esperar, no sientan lástima por mí. Lo sabía, pero lo ignoré, pude pelear, pero decidí rendirme, debí darme a respetar, pero encontré placer en ser un objeto sexual de gente que me odiaba. Solo puedo decir que al final, cosecho lo que sembré.

9 Lecturas/3 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Uranides
Etiquetas: amigos, anal, cogiendo, hermanos, madre, padre, recuerdos, sexo
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