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Dominación Hombres, Gays, Sexo con Madur@s

Futbolista, viejo morboso y secretos

Yarot, desnudo de torso en el sofá de su casa bajo la luz opresiva de la tarde, sufre la persecución silenciosa de Roberto, el amigo de su padre, que abusa de su espacio en el estrecho pasillo hacia la cocina..
El sol de la tarde colmaba la sala de estar con una luz opresiva, calentando las losetas del suelo donde Yarot descansaba. El chico de dieciocho años, varonil, blanco, pelo corto, yacía en el sofá, con una pierna colgando hacia el suelo y la otra doblada sobre el cojín. Solo vestía una pantaloneta azul de la selección de fútbol de Colombia, tela sintética que se adhería ligeramente a su piel, y estaba completamente descalzo, sus pies descalzos moviéndose con un ritmo nervioso. Su torso, desnudo y expuesto, subía y bajaba con cada respiración, el sudor de la calor brillando sutilmente en la curva de sus pectorales y en el surco que bajaba hacia su abdomen.

El padre de Yarot estaba sentado en el sillón opuesto, absorto en el periódico del día, haciendo caso omiso al silencio incómodo y al zumbido de un ventilador en la esquina. El golpe seco en la puerta rompió la monotonía. Yarot se incorporó, frotándose los ojos, mientras su padre se levantaba para abrir.

—Es Roberto —dijo el padre, volviendo a su asiento.

Roberto entró con la familiaridad de quien ha visitado esa casa cientos de veces. Un hombre de cincuenta y cuatro años, con el cabello canoso y una camisa de lino abierta que revelaba un pecho poblado de vello grisáceo. Saludó con una seca inclinación de cabeza, sus ojos oscuros deslizándose rápidamente por la sala antes de posarse, con una intensidad calculada, en Yarot.

—¿Cómo estás, muchacho? —preguntó Roberto, su voz ronca.

Yarot murmuró un saludo, sintiendo una presión repentina en el estómago. Se levantó del sofá, evitando el contacto visual, y se dirigió hacia la cocina.

—Voy por agua —mencionó, buscando una excusa para salir de la atmósfera cargada de la sala.

El pasillo que conducía a la cocina era estrecho y estaba en penumbra. Yarot apenas había dado unos pasos cuando escuchó las pisadas pesadas de Roberto siguiéndolo desde atrás. No hubo saludos ni palabras de cortesía en el pasillo. Cuando Yarot llegó al marco de la puerta de la cocina, se detuvo, sintiendo la presencia del hombre mayor invadiendo su espacio personal justo a sus espaldas.

Roberto no dijo nada al principio. Simplemente cerró la distancia hasta que su cuerpo presionaba contra la espalda de Yarot. La mano grande y callosa de Roberto se deslizó por la cintura del chico, bajando con lentitud hacia la tela ajustada de la pantaloneta azul. Yarot se quedó inmóvil, sus manos apoyadas en el marco de la puerta, la respiración conteniéndose en su garganta.

—Mírate —susurró Roberto cerca de la oreja de Yarot, su aliento caliente y con olor a tabaco—. Ya crecido.

Los dedos de Roberto encontraron la tela de la pantaloneta. Yarot, contra su voluntad, sintió cómo su cuerpo reaccionaba al contacto, la sangre fluyendo hacia su entrepierna. La erección se formó rápidamente, abultando la tela delgada de la pantaloneta de fútbol. Roberto sonrió, un gesto que Yarot no pudo ver pero que sintió en el modo en que los labios del hombre rozaron su cuello.

La mano de Roberto comenzó a moverse, masajeando la protuberancia rígida a través de la tela sintética. Los dedos apretaban y liberaban, trazando la longitud del miembro endurecido con una práctica experta.

—Recuerdas cuando hacía esto años atrás —murmuró Roberto, mientras su otra mano se deslizaba por el torso sudoroso de Yarot—. Tu padre siempre tonto sin saber nada. Nunca se entera de nada, ¿verdad?

Yarot apoyó la frente contra el marco de madera frío, un gemido escapando de sus labios a pesar de sus intentos por contenerlo. La mano de Roberto era insistente, frotando la cabeza de su pene a través de la tela, provocando una fricción eléctrica que le erizó la piel. Un pequeño charco de fluido preseminal comenzó a humedecer la tela azul, oscureciéndola en la punta.

—Ya lo mojas —siseó Roberto, complacido. Su mano bajó más, pasando por debajo de la entrepierna y acariciando el peso de los testículos del chico—. Ve y pasa enfrente de tu padre a ver si se da cuenta.

Antes de que Yarot pudiera responder o moverse, Roberto aprovechó la posición para llevar ambas manos a las nalgas del joven. Las palmas se abrieron sobre las mejillas firmes, apretando con fuerza, separándolas a través de la tela. Los dedos de Roberto se hundieron en la carne, masajeando y manipulando los glúteos mientras Yarot temblaba.

—Anda —lo instó Roberto, dándole una palmada firme en el trasero que resonó en el pasillo—. No lo hagas esperar.

Yarot caminó de regreso a la sala, sintiendo el peso de la mirada de Roberto clavada en su espalda y el roce de la tela húmeda contra su piel sensible. Su erección era evidente, el bulto marcado claramente en la pantaloneta azul, y una mancha más grande de humedad se extendía en la tela. Entró a la sala donde su padre seguía leyendo el periódico, aparentemente indiferente al mundo.

Se paró frente al televisor, bloqueando la vista por un momento. Su padre bajó el periódico y miró sobre sus lentes. Sus ojos se posaron en la entrepierna de su hijo, en la tela manchada y el bulto prominente.

—¿Por qué traes la panta mojada? —preguntó el padre con voz cansada, sin inmutarse, como si estuviera comentando sobre el clima.

Yarot sintió que el calor le subía a las mejillas, incapaz de articular una respuesta coherente. Antes de que pudiera inventar una excusa, Roberto apareció en el umbral de la sala, sonriendo con falsa inocencia.

—Debe haberse derramado algo de agua —mintió Roberto con facilidad—. Ven, muchacho, ayúdame a buscar algo en el depósito.

El padre asintió y volvió a su periódico, la atención ya desvanecida. Yarot, atrapado, siguió a Roberto. No fueron al depósito. Roberto lo guio por el pasillo hacia el baño de visitas, cerrando la puerta con un clic suave y echando el cerrojo.

El espacio era pequeño, el aire viciado. Roberto empujó a Yarot contra el lavamanos, obligándolo a inclinarse hacia adelante. Sin preámbulos, Roberto se arrodilló detrás del joven. Bajó la pantaloneta azul hasta las rodillas de Yarot, exponiendo sus nalgas pálidas y tensas.

—Qué buen culo tienes ahora —gruñó Roberto.

Separó las mejillas con firmeza y, sin avisar, hundió su cara en el espacio entre ellas. Yarot soltó un grito ahogado, agarrándose al borde del lavamanos mientras sentía la lengua húmeda y rugosa de Roberto lamiendo su ano. El movimiento era brusco, húmedo y obsceno. Roberto chupaba y mordisqueaba la piel sensible, introduciendo la punta de su lengua en el orificio apretado, lubricándolo con saliva.

Yarot jadeaba, sus piernas temblando mientras el hombre mayor lo comía con avidez, el sonido de los chupidos y la respiración pesada llenando el pequeño baño. Roberto disfrutaba del poder, del control que ejercía sobre el cuerpo del chico y la ignorancia del padre en la otra habitación.

Después de unos minutos intensos, Roberto se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Le subió la pantaloneta a Yarot, pero no antes de darle una palmada dolorosa en el trasero ya rojo.

—Vuelve a la sala —ordenó—. Y aguántate las ganas de gritar.

Yarot caminó de nuevo hacia la sala, esta vez con las piernas inestables, sintiendo el frío de la saliva en su entrepierna y el ardor en su ano. Se sentó en el sofá, intentando parecer normal, mientras su padre hojeaba una revista. Roberto se quedó en el pasillo, observando, esperando.

Minutos después, Roberto hizo un gesto con la cabeza para que Yarot lo siguiera de nuevo. Esta vez lo llevó al patio trasero, oculto entre la sombra de los árboles y la pared de la casa. Allí, lejos de las ventanas principales, la luz del atardecer era tenue.

Roberto no perdió tiempo. Desabrochó su propio pantalón, liberando su miembro, grueso y erecto, con venas pronunciadas que palpitaban con el ritmo de su corazón.

—Arrodíllate —dijo Roberto.

Yarot obedeció, sus rodillas rozando la tierra rugosa del patio. Roberto se acercó, frotando la cabeza de su pene contra los labios de Yarot.

—Ábrelo.

Yarot abrió la boca, y Roberto penetró con fuerza, comenzando a mover las caderas inmediatamente. El chico se ahogó ligeramente, intentando acomodar la respiración mientras el hombre mayor lo usaba, golpeando el fondo de su garganta. Roberto agarró la cabeza de Yarot entre sus manos, controlando el ritmo, mirando hacia la casa para asegurarse de que nadie los viera desde la ventana del vecino.

—Así… buen zorro —murmuró Roberto, retirándose para dejar que Yarot respirara y luego volviendo a introducirse profundamente.

El juego continuó, moviéndose de un lugar a otro. Roberto llevaba a Yarot al estudio, lo arrodillaba detrás del escritorio, le bajaba la pantaloneta y le introducía los dedos, preparándolo, estirándolo, mientras el chico mordía su puño para no hacer ruido. Luego lo hacía regresar a la sala, con la cara roja y el aliento agitado, a sentarse junto a su padre como si nada hubiera ocurrido. La tensión era un elástico estirado al límite, el secreto compartido pesando más que el aire caliente.

Finalmente, Roberto decidió que el juego había durado lo suficiente. Esperó a que el padre se levantara para ir al baño principal. En ese instante de libertad, agarró a Yarot del brazo y lo arrastró hacia la cocina de nuevo, pero esta vez pasó de largo hacia el pequeño cuarto de lavado que quedaba al final, un lugar estrecho lleno de ropa sucia y olor a jabón.

Cerró la puerta y giró a Yarot, empujándolo contra la lavadora encendida, que vibraba con un zumbido constante.

—Es hora de acabar esto —dijo Roberto, su voz baja y llena de urgencia.

Bajó la pantaloneta azul de Yarot hasta los tobillos de un tirón. El chico estaba empapado de sudor y fluido preseminal, su piel brillando bajo la luz amarilla del cuarto. Roberto escupió en su mano y se lubricó el pene rápidamente, luego colocó la cabeza en la entrada del ano de Yarot, que ya estaba algo relajado por las manipulaciones anteriores.

—Agárrate fuerte —advirtió.

Con un empujón potente de sus caderas, Roberto penetró a Yarot. El chico arqueó la espalda, un grito ronco atrapado en su garganta, sus dedos aferrándose a la tapa fría de la lavadora mientras sentía el miembro grueso desgarrándolo, llenándolo por completo. Roberto no esperó a que se acostumbrara; comenzó a moverse de inmediato, con golpes secos y profundos, usando el movimiento de la lavadora para añadir vibración al acto.

El cuarto olía a sexo y sudor. Los golpes de piel contra piel eran audibles, húmedos y violentos. Roberto mordió el hombro de Yarot mientras lo sodomizaba, sus manos agarrando las caderas del joven para inmovilizarlo mientras él se hundía una y otra vez.

—Tu padre fuera ahí… y tú aquí tomando mi verga —susurraba Roberto con cada empujón, el placer distorsionando su voz—. Qué buen hijo eres.

Yarot no podía responder, solo gemir, sus ojos desenfocados mirando la pared de ladrillos frente a él. La mezcla de dolor y placer era abrumadora, la vibración de la máquina contra su pene atrapado contra el metal frío lo acercaba al borde. Roberto aceleró el ritmo, sus testículos golpeando con fuerza contra las nalgas de Yarot.

Con un gruñido final, Roberto se clavó hasta el fondo, sintiendo cómo el semen explotaba dentro del cuerpo del chico, llenándolo, calentándolo por dentro. Yarot sintió la pulsación del miembro dentro de él, y eso fue suficiente para empujarlo sobre el borde; su propio pene se contrajo y eyaculó contra el lateral de la lavadora, manchando la pintura blanca con su fluido lechoso.

Se quedaron así un momento, pegados el uno al otro, respirando pesadamente, escuchando el zumbido constante de la lavadora y los pasos lejanos del padre en el pasillo. Roberto se retiró lentamente, dejando un hilo de semen brillante caer del ano abierto de Yarot hacia sus muslos. Se arregló la ropa, mientras Yarot se recostaba contra la máquina, incapaz de sostenerse en pie por sí mismo.

—Arregla eso —dijo Roberto, señalando la pantaloneta manchada y el desastre en la lavadora—. Y vuelve con tu papá.

Roberto salió del cuarto de lavado, dejando la puerta entreabierta, y se dirigió a la sala con un paso tranquilo y satisfecho, listo para saludar a su amigo como si nada hubiera pasado.

7 Lecturas/23 julio, 2026/0 Comentarios/por Futbolista morboso
Etiquetas: baño, culo, hijo, mayor, padre, semen, sexo, vecino
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