La Devi de Paharganj
«La Devi de Paharganj» narra la transformación de Isolda, una joven feminista argentina de clase alta que huye de su familia elitista hacia la India buscando libertad en las calles caóticas de Nueva Delh.
La Devi de Paharganj
I. La Jaula Dorada Rota
Isolda dejó que el sol de febrero le quemara la nuca mientras caminaba por las calles empedradas de Recoleta por última vez. Llevaba puesta su pollera de gasa morada, aquella que su madre odiaba, y una remera blanca de algodón orgánico con el lema bordado: «El cuerpo es territorio político». Su mochila de lona, pesada con libros de Simone de Beauvoir y un cuaderno de notas vacío, golpeaba rítmicamente contra sus caderas.
—No vas a ir —dijo su padre desde el umbral de la puerta, sin levantar la vista del diario financiero.
—Ya compré el pasaje. —Isolda se giró, plantando los pies con esa seguridad que la caracterizaba. —Y no, papá, no voy a estudiar Derecho. No voy a casarme con el hijo de nadie. Y no, no necesito tu dinero.
—Te vas a morir de hambre en la India. O peor.
—Prefiero morirme de hambre siendo libre que vivir gorda siendo tuya.
La mirada de su padre se endureció. Isolda sintió, no por primera vez, el peso de ser la oveja negra de una familia de galerías de arte y cenas de beneficencia. Pero esta vez no hubo discusión. Esta vez, simplemente giró sobre sus sandalias de cuero y caminó hacia el taxi que la esperaba en la esquina.
Veintitrés horas después, el Boeing 777 de Qatar Airways tocaba tierra en Indira Gandhi International. Isolda respiró profundo. El aire olía a especias quemadas, a escape de motos, a incienso y a algo más indefinible: a posibilidad.
II. La Diosa Blanca
Los primeros días en Nueva Delhi fueron un asalto a los sentidos. Isolda se instaló en un guesthouse barato en Paharganj, cerca de Main Bazaar, lejos de los hoteles cinco estrellas donde sus padres habrían preferido verla. La ciudad era un organismo vivo que respiraba caos: bocinas, rickshaws, vacas sagradas en medio de la avenida, vendedores que gritaban en hindi, el polvo dorado que se le metía entre los dedos de los pies descalzos.
Pero fue en el metro donde Isolda notó algo que la perturbó.
Observaba a las mujeres indias con atención militante. Veía cómo los hombres las miraban, cómo les rozaban los glúteos «sin querer» en el vagón abarrotado, cómo les susurraban cosas al pasar. Su furia feminista hervía. Quería gritar, quería organizar talleres de autodefensa allí mismo, quería cambiar el mundo con sus puños cerrados.
Pero cuando se trataba de ella, la dinámica cambiaba.
—Devi —susurraba un vendedor de chai cuando ella pasaba, ofreciéndole el té gratis, negándose a aceptar pago.
—Madam, so beautiful, like moon —le decía el dueño de la tienda de telas, doblando sus manos en un gesto casi de oración.
Los hombres no la tocaban. La miraban. Y era una mirada diferente. No era la mirada depredadora que leía en los rostros de los hombres cuando observaban a las mujeres locales. Era reverencia. Era fascinación. Era adoración.
Su piel clara, producto de sangre europea y años de protección solar en los country clubs de Buenos Aires, brillaba bajo el sol del subcontinente. Su cabello castaño claro, con mechas decoloradas, caía en ondas desordenadas que contrastaban con los saris perfectamente anudados. Sus ojos verdes, heredados de su abuela irlandesa, parecían extraños, mágicos.
Isolda se sentía incómoda al principio. Su formación feminista le gritaba que esto también era cosificación, que ser tratada como «diosa blanca» era tan reduccionista como ser tratada como objeto sexual. Pero había algo más en esa reverencia. Algo que hacía que su piel se erizara de una manera diferente, no de repulsión, sino de… ¿poder?
Una tarde, sentada en los escalones de un templo en Old Delhi, un anciano sacerdote se acercó y le tocó los pies. Isolda se sobresaltó, pero el hombre solo murmuró algo en hindi y le ofreció una marigold naranja.
—Usted tiene el aura de Lakshmi —dijo en inglés quebrado—. Diosa de la abundancia.
Isolda sintió un escalofrío que recorrió su espalda y se instaló entre sus muslos.
III. La Transformación
Pasaron dos semanas. Isolda dejó de recogerse el cabello en esa coleta desprolija que usaba en Buenos Aires para parecer «intelectual». Lo dejó suelto, cayéndole por la espalda como una cascada de seda sucia. Empezó a vestirse con más intención: salwar kameez de seda en colores imposibles —fucsia, esmeralda, azafrán— que compraba en los mercados y que se transparentaban contra el sol. Dejó el sostén en la habitación del guesthouse. Sus pezones se marcaban contra la tela fina, y notaba cómo las miradas se detenían allí, reverentes.
Caminaba más lento. No porque temiera al caos de Delhi, sino porque había descubierto el placer de ser observada. Cada mirada era una confirmación de poder. No era una mujer acosada; era una mujer adorada.
Su cuaderno de notas empezó a llenarse no solo de reflexiones políticas, sino de algo más íntimo:
«Hoy entendí que el feminismo no es negar el deseo de ser deseada. Es elegir cómo ser deseada. Es tener el poder de decir quién puede mirar y cómo. Cuando estos hombres me llaman Devi, no me siento reducida. Me siento elevada. ¿Es esto contradictorio? Quizás. Pero soy compleja. Puedo ser feminista y disfrutar de mi poder sexual. Puedo ser intelectual y disfrutar de que me miren los pechos.»
Isolda empezó a experimentar. En un ashram en Rishikesh, donde fue a «encontrarse a sí misma», terminó encontrando algo más carnal. Un instructor de yoga, con piel color canela y ojos negros como la noche, la observó durante toda una clase de ashtanga. Al final, cuando los demás se fueron, él se acercó.
—Tienes el shakti —dijo—. La energía femenina divina.
Isolda no le pidió explicaciones. Lo tomó de la mano y lo llevó a los jardines del ashram. Allí, entre flores de loto y el sonido del Ganges, lo montó como si fuera una diosa reclamando su sacrificio. El instructor gimió en hindi, sus manos temblaban mientras acariciaban sus pechos, y Isolda sintió por primera vez esa mezcla embriagadora de poder absoluto y entrega. Ella controlaba el ritmo. Ella decidía cuándo parar. Y cuando llegó el orgasmo, fue un trueno que resonó en las montañas.
IV. El Mercado al Anochecer
El regreso a Delhi fue diferente. Isolda ya no era la turista asustada que llegaba con miedo a romper las reglas. Era una mujer transformada, que caminaba por Main Bazaar con la certeza de quien sabe que el mundo se doblega ante su mirada.
Esa tarde de marzo, el calor era sofocante. Isolda había pasado el día comprando especias y textiles, bebiendo lassi en puestos callejeros, discutiendo política con otros mochileros en el café del guesthouse. Cuando el sol empezó a caer, pintando el cielo de naranja y violeta, decidió dar un último paseo.
Paharganj cambiaba de rostro al atardecer. Los puestos de artesanías cerraban sus toldos. Las luces de neón parpadeantes de los guesthouses y bares para turistas empezaban a competir con la oscuridad creciente. La multitud se transformaba: dejaba de ser familias y turistas para convertirse en hombres solos, mendigos, borrachos, sadhus con ojos vidriosos por el bhang, trabajadores del día que ahora vagaban sin rumbo.
Isolda caminaba por un callejón estrecho, más allá de las zonas iluminadas. El olor a orina y basura quemada era intenso. Debería haberse dado la vuelta. Su instinto de supervivencia gritaba que retrocediera.
Pero no lo hizo.
Primero fueron dos. Luego cuatro. Luego una docena. Hombres que emergían de las sombras, de entre cajas de cartón, de bares oscuros. La rodearon sin prisa, como una jauría que ha olfateado a su presa y sabe que no hay escape.
Isolda sintió que el corazón le golpeaba las costillas. Su respiración se aceleró. Los hombres no hablaban. Solo la miraban. Y en esas miradas había algo que reconoció: la misma reverencia que había visto en el metro, en el mercado, en el ashram, pero ahora intensificada, oscurecida, convertida en algo más primitivo.
Eran hombres de la calle. Obreros con manos callosas. Mendigos con ropa harapienta. Vendedores ambulantes con ojos rojos por el alcohol barato. Pero todos la miraban como si fuera un milagro bajado del cielo. Como si su piel clara brillara en la penumbra.
Isolda intentó hablar. Quería decir algo en hindi, quería gritar, quería recordar quién era: una mujer educada, feminista, de Recoleta, hija de abogados. Pero su voz salió como un susurro ronco.
—Devi —susurró uno de ellos, un hombre joven con barba incipiente y ojos enormes.
La palabra resonó en el callejón. Otros la repitieron. Devi. Devi. Devi.
Isolda sintió que sus piernas temblaban, pero no de miedo. O no solo de miedo. Entre sus muslos, ese calor húmedo que había sentido en Rishikesh volvía, más intenso, más urgente. Su cuerpo traicionaba su mente, o quizás su cuerpo estaba diciendo una verdad que su mente se negaba a escuchar.
Un hombre mayor, con turbante sucio y dientes amarillos, dio un paso adelante. Extendió una mano temblorosa hacia su cabello. Isolda no se movió. Los dedos ásperos tocaron sus mechas castañas, acariciándolas con una delicadeza que contrastaba con la aspereza de la piel.
—Diosa —dijo en inglés, con acento casi incomprensible—. Bella.
Otros se acercaron. Manos que olían a curry y tabaco, manos de trabajadores, manos que nunca habían tocado algo tan «blanco», tan «puro», se posaron sobre ella. Una mano en su hombro. Otra en su cintura. Una tercera, más atrevida, en su cadera.
Isolda cerró los ojos. Su feminismo gritaba: ¡Esto es acoso! ¡Esto es violencia! ¡Reacciona! ¡Golpea! ¡Corre!
Pero su cuerpo… su cuerpo se derretía.
Una mano más audaz subió por su pierna, por debajo de la salwar. Isolda jadeó. Los dedos encontraron su sexo, ya húmedo, empapado. El hombre que la tocaba emitió un sonido entre gemido y oración.
—Devi… —repetía, como si estuviera tocando lo sagrado.
Isolda sintió que sus pezones se endurecían contra la tela de seda. Sintió que su respiración se volvía entrecortada, no de pánico, sino de excitación. Estaba rodeada. Estaba vulnerable. Y nunca en su vida se había sentido tan poderosa.
Levantó los brazos lentamente. Era una señal. Un permiso. Un acto de voluntad disfrazado de sumisión.
Los hombres entendieron.
Manos tiraron de su salwar, bajándola hasta sus tobillos. Otras manos levantaron su kameez, exponiendo sus pechos, blancos, con venas azules visibles, con pezones erectos y rosados. La brisa cálida de Delhi acarició su piel desnuda.
Los hombres callaron. Era un silencio de templo. De iglesia. De mezquita. La miraban como si estuvieran ante la mismísima Kali, la diosa de la destrucción y la creación, desnuda y terrible y hermosa.
Entonces empezaron a tocarla.
No era violencia. Era adoración llevada al extremo. Manos callosas acariciaban sus pechos con reverencia, pellizcaban sus pezones suavemente, como si temieran romper algo sagrado. Otros dedos exploraban su vientre, sus caderas, sus muslos. Y entre sus piernas, siempre más dedos, tocando, acariciando, entrando en ella con la delicadeza de quien penetra un santuario.
Isolda jadeaba. Su cabeza caía hacia atrás, su cabello rozaba la espalda de otro hombre que estaba detrás de ella, sosteniéndola. Era un mar de manos, un océano de tacto áspero y húmedo y caliente. Cada centímetro de su piel era tocado, besado, lamido. Alguien le chupó el cuello. Otro le mordió el hombro, suave, como un perrito. Una lengua rascosa recorrió su ombligo.
Y entre sus piernas, la fricción se intensificaba. Dedos entraban y salían de ella, recogiendo su humedad, extendiéndola por su clítoris. Isolda empezó a mover sus caderas, no para escapar, sino para buscar más contacto. Era una danza antigua, primigenia. La diosa y sus devotos. La hembra y su jauría.
—Devi… Devi… —el sonido era un mantra, un zumbido colectivo.
Un hombre se arrodilló ante ella. Tenía la cara marcada por el sol, los labios agrietados. Miró hacia arriba, a sus ojos, pidiendo permiso. Isolda asintió, casi imperceptiblemente.
La lengua encontró su sexo. Isolda gritó. No era un grito de terror. Era un grito de liberación. El hombre la lamía con fervor religioso, succionando su clítoris, metiendo la lengua en su interior, bebiendo de ella como si fuera el amrita, el néctar de la inmortalidad.
Otros hombres se unieron. La levantaron entre varios. Estaba suspendida en el aire, sostenida por docenas de manos, un cuerpo flotante de mujer blanca ofrecida al cielo de Delhi. Le abrieron las piernas. Alguien —no supo quién, no importaba— desabrochó sus propios pantalones y se posicionó entre ellos.
La penetración fue lenta, casi ceremonial. Isolda sintió la polla dura, gruesa, de un obrero que probablemente nunca había estado con una mujer «como ella». Entró en ella con gemidos ahogados, con reverencia, moviéndose despacio, como si temiera que ella se desvaneciera.
Isolda lo tomó. Lo envolvió con sus piernas. Lo atrajo más adentro.
—Más —susurró, y la palabra sonó como un trueno en el callejón.
El hombre empezó a moverse más rápido. Otros se acercaron. Isolda sintió otra polla contra su mejilla, otra contra su mano. Tomó ambas, empezó a masturbarlas mientras la follaban. Era un tren de manos, de bocas, de sexos. Cada orificio suyo estaba ocupado, no por fuerza, sino por devoción extrema.
La polla dentro de ella se hinchó, pulsó, y sintió el chorro de semen caliente llenándola. El hombre gritó, un sonido primigenio, animal, sagrado. Salió de ella temblando, y otro tomó su lugar. Y otro. Y otro.
Isolda perdió la noción del tiempo. Era una sucesión infinita de penetraciones, de lenguas, de manos que la tocaban, de semen que caía sobre su vientre, sobre sus pechos, sobre su rostro. Cada hombre que la tomaba la miraba a los ojos, buscando confirmación, y ella se la daba con un gemido, con un movimiento de caderas, con una sonrisa borrosa de éxtasis.
En algún momento, sintió que el orgasmo la atravesaba como un rayo. No fue uno solo. Fueron oleadas, tsunamis de placer que la hacían convulsionar entre sus adoradores. Gritó, y el sonido resonó en las paredes de cemento del callejón, mezclándose con los gemidos de los hombres que se corrían al ritmo de sus espasmos.
Cuando terminó —cuando el último hombre se retiró temblando, dejándola caer suavemente sobre un montón de telas abandonadas— Isolda yacía desnuda, cubierta de semen y sudor y polvo dorado. Respiraba con dificultad. Su cuerpo brillaba en la oscuridad, lunar blanco en la noche india.
Los hombres se habían ido. No con la satisfacción de violadores, sino con la solemnidad de peregrinos que han visitado un santuario. Algunos dejaron flores a su lado. Otros monedas. Uno, su propio pañuelo sucio para que se limpiara.
Isolda permaneció allí, mirando el cielo estrellado que apenas se veía entre los cables de electricidad robada. Su cuerpo palpitaba, dolorido, usado, glorificado.
Sonrió.
En ese callejón de Paharganj, entre la basura y lo sagrado, Isolda había encontrado lo que buscaba. No era la India espiritual de los ashrams. Era esto: la unión del espíritu y la carne, del poder y la entrega, del feminismo y el deseo.
Se levantó lentamente, recogiendo sus ropas. Se vistió con movimientos ceremoniales, como una sacerdotisa que termina un ritual. En su cuaderno de notas, más tarde, escribiría:
«Hoy fui violada por cien hombres. Hoy fui adorada por cien devotos. Ambas cosas son verdad. Ambas cosas me hicieron libre.»
Guardó el cuaderno en su mochila de lona. Salió del callejón, caminando erguida, con esa seguridad que la caracterizaba. En Main Bazaar, un vendedor de chai le ofreció una taza. Ella la tomó, sonrió, y siguió caminando hacia el siguiente templo, la siguiente aventura, la siguiente revelación.
Isolda, la diosa de Paharganj, había nacido.
Fin

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