La habitación de mi hijo 2
El sabor saltado infantil.
Capítulo 2
El aire en mis pulmones se había vuelto pesado, casi sólido. Cada latido de mi corazón era un golpe sordo contra mis costillas, un tambor de guerra para una batalla que yo mismo me negaba a librar. Y entonces, vi la inclinación final de su cabeza. La cabeza de Osmar, mi amigo, mi hermano, descendió hacia la entrepierna de Alec, mi niño, mi mundo.
Un sonido escapó de él, un gemido ahogado de pura necesidad, y su boca se hundió en la carne tierna y dormida de mi hijo.
Ese fue el punto de quiebre. No para el padre que debía proteger, sino para la cosa que yacía dormida en mí. Una oleada de calor me recorrió, violenta y vergonzosa, que no tenía nada que ver con la ira o el pánico. Era una electricidad oscura que me nubló la visión y me endureció la carne.
Mi mano, con una voluntad propia que me horrorizó y fascinó a la vez, bajó hacia mi entrepierna. Mis dedos, temblorosos al principio, encontraron el bulto duro que pulsaba contra el tejido de mi pijama. El conflicto en mi cabeza alcanzó un punto álgido, un grito ensordecedor de «¡PARA!» que fue ahogado por un siseado mucho más poderoso: «Mira. Siente. Esto está pasando y eres parte de ello».
«¿Qué cojños estoy haciendo?», pensé, mi mente un torbellino de autodesprecio y un éxtasis sucio. «Mi hijo… Osmar… y yo… aquí…». Pero el pensamiento se disolvió tan pronto como se formó, reemplazado por la sensación cruda y primaria de mi propia mano rodeándome, apretándome a través de la tela.
Mientras mi mano comenzaba su ritmo lento y tortuoso, mis ojos se fijaron en la escena. Vi la forma de la cabeza de Osmar, el movimiento rítmico de su mandíbula, la forma en que las mejillas de Alec se sonrojaban en su sueño, inconsciente de la profanación. Cada detalle se grababa en mi memoria con una claridad aterradora, y cada detalle alimentaba el fuego que me consumía.
Esto es real, susurró la voz, ya no una serpiente, sino un dios oscuro dentro de mí. Estás viendo la traición más absoluta y tu cuerpo reacciona. No eres el santo que creías ser, Genaro. Eres esto. Un espectador excitado. Un cómplice por omisión y por deseo.
El ritmo de mi mano se aceleró, coincidiendo con el movimiento de la cabeza de Osmar. Sentía la calidez de mi propia piel, la humedad que comenzaba a manchar la tela, y cada sensación era un eco perverso de lo que imaginaba que Osmar estaba sintiendo. Me estaba convirtiendo en él, estaba compartiendo su momento a través de la violación de mi hijo.
Un gemido se escapó de mis labios, tan bajo que casi no lo oí. Fue un sonido de placer, de rendición. La parte de mí que luchaba había sido arrojada a un pozo oscuro, sus gritos ahogados por el peso de mi propia lujuria. Ya no era Genaro, el padre. Era Genaro, el espectador. Genaro, el que se deleitaba en la oscuridad.
Cerré los ojos por un instante, y la imagen se grabó a fuego: la boca de Osmar en mi hijo, mi mano en mi miembro, los tres unidos en un acto de corrupción del que yo era el anfitrión silencioso. Y en ese momento de éxtasis depravado, supe que jamás podría volver atrás. Había cruzado una línea, y en el otro lado, solo había oscuridad.
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