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Dominación Hombres, Gays, Sado Bondage Hombre

Memo el amo, David el sumiso, está historia será real?

Memo ejerce el control absoluto y David se entrega completamente, encontrando en la obediencia, el dolor y la humillación su mayor excitación..
 

Están en la habitación, la revista pornográfica abierta entre ellos, robada del hermano mayor de Memo. Ambos se masturban, una mano en sus penes, la otra sosteniendo la revista.

 

David, inseguro, se hace a un lado, cubriéndose con la mano libre, escondiendo su pene pequeño, flácido, sin vello, los testículos contraídos por el nerviosismo. Tiene el cabello largo cayendo sobre la frente, ocultando su rostro avergonzado.

 

Memo, en cambio, tiene las piernas completamente abiertas, exhibiéndose sin vergüenza. Su pene, aunque igual de cualquier niño de esa edad, está un poco más desarrollado, más grande, erguido, la punta brillante, los testículos colgados porque el calor de la habitación los ha relajado. Se acaricia despacio, mirando a David, sonriendo, presumiendo.

 

—No te cubras —dice Memo, dominante—. Quiero verte.

 

David duda, pero baja la mano, expuesto, vulnerable, su pene pequeño temblando en su puño, mientras Memo sigue mostrando el suyo, más grande, más firme, más hombre.

 

Memo ordena, dominante, señalando su pene erecto.

 

—Ven —dice—. Tócame.

 

David duda, inseguro, su mano temblando en su propio pene pequeño, el cabello cayendo sobre sus ojos. No se mueve, paralizado por el miedo, la vergüenza, la excitación contenida.

 

Memo no espera. Se lanza hacia adelante, agarra la muñeca de David con fuerza, y la jala hacia su pene. La mano de David, pequeña, fría, nerviosa, rodea el tronco caliente, grueso, más grande que el suyo.

 

—Mastúrbame —ordena Memo, soltando su muñeca pero manteniéndolo ahí, obligándolo—. Ahora.

 

David obedece, despacio, su puño moviéndose arriba y abajo en el pene de su amigo, sintiendo la piel suave, la vena apenas marcada, la punta brillante rozando su muñeca con cada movimiento. Está tan cerca que puede olerlo, el olor a sexo, a sudor, a hombre joven.

 

Memo cierra los ojos, jadea, dejándose tocar, guiando el ritmo con sus caderas.

 

—Más rápido —ordena—. Y mírame.

 

David acelera, sus ojos encontrando los de Memo a través de su flequillo, viendo el placer en el rostro seguro de su amigo, sintiendo el poder que tiene en su mano, el poder que Memo le permite tener.

 

—

 

Memo se contrae, su pene palpitando en la mano de David, y explota. Chorros de semen blanco, caliente, cayendo sobre el vientre de Memo, sobre la mano de David, sobre las sábanas. Gime fuerte, sin contenerse, dominante hasta el final.

 

—Limpio esto —dice Memo, y se levanta, caminando desnudo al baño, dejando a David solo, cubierto de su semen.

 

David, aún con el olor de Memo en su mano, su propio pene duro, pequeño, pulsando. Se masturba rápido, frenético, imaginando la mano de Memo en él, la orden, la dominación. Se viene solo, un orgasmo silencioso, casi doloroso, su semen cayendo sobre su propio vientre plano, sus testículos contraídos.

 

Cuando Memo regresa, limpio, seguro, David lo mira con algo nuevo. No es miedo. Es adoración. Le gusta tener a ese Memo a su lado, con esa seguridad, con esa fuerza. Le gusta ser guiado, dominado, poseído.

 

Al día siguiente después de la escuela, Memo entra sin tocar a la habitación de David. Está seguro, dominante, con una determinación nueva en los ojos.

 

—Aprendí algo nuevo —dice, cerrando la puerta—. Quítate la ropa. Ahora.

 

David obedece, despacio, temblando, dejando ver su cuerpo inmaduro, el pene pequeño, los testículos colgados por el calor, sin vello, sin defensa.

 

—De rodillas —ordena Memo—. Chúpame la verga.

 

David cae, frente al bulto de Memo, que ya está erecto, grande, la punta brillante. Lo toma con ambas manos, pequeñas, y mete la cabeza en su boca. El sabor es fuerte, único. Chupa despacio, la lengua girando alrededor del glande, sintiendo la piel suave, la vena apenas marcada, el tamaño que llena su boca.

 

—Más profundo —ordena Memo, tomando su cabeza, empujando—. Traga.

 

David obedece, el pene entrando hasta su garganta, ahogándose, los ojos llorosos, pero sigue, quiere seguir las órdenes de Memo.

 

—Ahora en cuatro —ordena Memo, sacándose de la boca—. En la cama.

 

David se posiciona, de rodillas, cabeza contra la almohada, nalgas expuestas, el ano rosado, pequeño, virgen, temblando. Memo se acerca, escupe en su mano, lubrica su pene, y posiciona la punta contra esa entrada apretada.

 

—Relájate —dice, y empuja.

 

David grita, el dolor intenso, la sensación de ser abierto, poseído, dominado. Memo entra despacio, centímetro a centímetro, sintiendo la presión, el calor, la humedad de su interior. Hasta el fondo, completamente enterrado, sus pelotas golpeando las nalgas de David.

 

—Aprieta —ordena Memo—. Siente cómo te lleno.

 

David obedece, sus músculos apretando alrededor del pene de Memo, sintiéndolo grande, duro, profundo. Memo empieza a moverse, fuerte, sin cuidado, *chac, chac*.

 

—Más rápido —pide David, sorprendiéndose a sí mismo—. Por favor, Memo dame más.

 

Memo acelera, embistiendo con fuerza, cada golpe haciendo que David se desplace en la cama, sus nalgas rebotando contra sus caderas, el pene de Memo entrando y saliendo completo, la fricción intensa, el placer mezclado con dolor, con sumisión.

 

Llegan juntos, Memo explotando dentro de él, llenándolo de semen caliente, marcándolo por dentro, poseyéndolo completamente. David se corre solo, su pene pequeño chorreando sobre las sábanas, sin ser tocado, solo por la presión, por la dominación, por el amor que siente por su dueño.

 

Memo se queda dentro, susurrando:

 

—Ahora eres mío

 

Eso fue solo el inicio.

 

A partir de esa primera vez, las cosas se hicieron más intensas. Memo descubrió que le gustaba el control total, la dominación absoluta. Empezó a agarrar a David por el cuello, apretando, cortando su aire, viendo sus ojos vidriosos, su rostro rojo. Empezó a tomar sus testículos pequeños, apretarlos con fuerza, haciendo que David gritara de dolor, que se retorciera, que suplicara.

 

Y era entonces, en ese momento de dolor extremo, de sumisión total, cuando David sentía la mayor excitación. Cuando sus testículos ardían bajo la mano de su amo, cuando su cuello estaba marcado por sus dedos, cuando el dolor y el placer se confundían… era cuando David explotaba, sin ser tocado, chorreando semen,

convulsionando, completamente entregado a su amo, a su dueño, a Memo.

 

Fin..

 

15 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: baño, hermano, joven, mayor, orgasmo, semen, sexo, virgen
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