Paolo 10
Casi un sueño, casi un horror.
Esa misma noche el sueño comenzó como siempre. Paolo estaba flotando en una neblina cálida y perfumada que olía a tiza y a papel nuevo. Frente a él, la neblina se condensó para formar la figura de Miguel. Esta vez, el maestro no estaba en un aula ni en un pasillo. Estaban en una biblioteca silenciosa, con estanterías altas que llegaban hasta un techo invisible, bañadas por una luz dorada que parecía emanar del propio cuerpo del maestro.
Miguel lo miró con una sonrisa que Paolo nunca había visto en la vida real, una sonrisa cálida, sin reservas, llena de un amor que hacía que el pecho del niño se expandiera. El maestro llevaba su camisa blanca de siempre, pero en el sueño, la tela parecía más suave, casi transparente, dejando ver la silueta de su torso.
—Ven, Paolo —dijo Miguel, y su voz no era la de un maestro, sino la de un confidente. Su mano se extendió hacia el niño, y Paolo no dudó en tomarla.
La mano de Miguel era cálida y firme, y al tocarla, Paolo sintió una oleada de seguridad que lo inundó por completo. El maestro lo guio hasta un gran sillón de cuero oscuro en el centro de la biblioteca.
Se sentó y tiró suavemente de Paolo para que se sentara a su lado, sobre su regazo.
—Siempre te he visto, Paolo —susurró Miguel, pasando sus dedos por el cabello del niño de una manera que hacía que se erizara la piel de su brazo. — He visto tu inteligencia, tu sensibilidad. Y he visto lo que sientes por mí. —
El corazón de Paolo latía con tanta fuerza que temía que el maestro pudiera sentirlo contra su propio pecho. No podía hablar, solo podía mirar los ojos oscuros de Miguel, que ahora brillaban con una intensidad que parecía absorberlo por completo.
—No tengas miedo de sentir —continuó Miguel, acercando su rostro. — Lo que sientes es real y es hermoso. Y yo… yo también siento lo mismo por ti.
Con esas palabras, Miguel inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de Paolo. El beso fue suave al principio, una exploración tierna, pero luego se hizo más profundo, más apasionado.
Paolo sintió cómo el mundo se desvanecía a su alrededor, cómo las estanterías de la biblioteca se disolvían en la neblina dorada. Solo existían él y don Miguel, el beso, y las manos del maestro que se deslizaban por su espalda, bajo su playera.
El deseo que Paolo había sentido durante meses se materializó en ese instante. Era real, tangible. Miguel lo quería. La idea recorría su cuerpo como una descarga eléctrica, y se aferró al maestro con más fuerza, temiendo que el sueño terminara.
Pero entonces, algo cambió.
Mientras Miguel lo besaba, Paolo sintió una extraña transformación bajo sus dedos. La textura suave de la camisa se volvió más áspera, más gruesa. El olor a tiza y a jabón fue reemplazado por un aroma a sudor y a tierra húmeda. La figura del maestro, que había sido sólida y confortante, comenzó a cambiar.
Paolo abrió los ojos, asustado por el cambio. Frente a él, Miguel se estaba transformando. Su cabello corto y peinado se alargó y se desordenó. Su rostro, de rasgos amables y serios, se alargaron de igual forma, y una sonrisa burlona reemplazó a la sonrisa tierna. La piel pálida se bronceó, y los músculos bajo la camisa se tensaron haciéndose delgados de una manera más agresiva.
—¿Qué pasa, Paolito? —preguntó una voz que ya no era la de Miguel. Era la voz de Guido, grave y cínica.
Paolo retrocedió, intentando escapar del regazo que ahora sentía extraño e incómodo, pero los brazos que lo rodeaban se habían vuelto más fuertes, más brutales. O eso le pareció.
La camisa blanca del maestro se había transformado en una camisa escolar manchada de salsa de su bullie principal y la biblioteca silenciosa se había convertido en los arbustos oscuros del parque.
Miguel ya no estaba. En su lugar estaba Guido, con sus ojos brillantes de malicia y su sonrisa de triunfo.
—¿Te pensabas que era tu profe, eh? —rió Guido, y el sonido cortó el aire como un cuchillo—. Te gusto tanto que hasta sueñas conmigo. Pero no te preocupes, moco de gusano. Aquí estoy para darte lo que necesitas.
Guido apretó su brazo alrededor de Paolo, obligándolo a quedarse quieto. Con la otra mano, le levantó la barbilla, forzándolo a mirarlo. El deseo que Paolo había sentido por Miguel se transformó en un pánico helado. El beso tierno se había convertido en una amenaza.
—Vamos, Paolito —susurró Guido, su aliento caliente y ácido en la cara de Paolo—. Tú y yo sabemos lo que quieres. Y yo te lo daré, como te lo di en el parque. A lo mejor esta vez te gusto más.
Paolo sintió las lágrimas quemarle los ojos. El refugio seguro que había construido en su mente se había derrumbado, revelando la cruda realidad.
El amor que sentía por su maestro se había convertido en la humillación de Guido. El deseo se había mezclado con el miedo hasta volverse indistinguible


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