PROFE MIGUE II.
El ritmo se rompió cuando nos vinimos en la boca del otro, torpes y sin avisar, dos adolescentes guiados solo por el instinto de apareamiento en el baño público escolar. Pero el mundo nos alcanzó rápido: el prefecto entró a orinar y ….
Yo ya no era el mismo de hace unos días. El chico bueno que se corría a escondidas entre las sábanas se había ido a la mierda. Las pajas nocturnas ya no me llenaban; me dejaban más vacío que antes, con la polla dolorida y el alma más hambrienta. Necesitaba más. No más pantallas, no más dedos torpes. Necesitaba carne, sudor, calor real entre los muslos. Mi cuerpo se había vuelto un puto animal enjaulado y yo ya no quería ser la presa.
Durante meses me masturbé imaginando a niños hasta recién nacidos clavándomelos, visualizando bebés de meses, hasta en el baño me empalmaba con la idea de alumnitos de la primaria dinde trabajo, inclusive mis compañeros de la secundaria, pasaba muchas horas imaginándome de rodillas, abiertos, sumisos, con el ano desflorado y mi verga con la mezcla de mi semen, la mierda de los chiquitos y ese liberó sangrado que queda cuando desvirgas a alguien por el ano.
Pero algo cambió. El instinto se me revolvió en las tripas como un perro rabioso. Ya no quería ser el que recibe. Quería ser el que toma. El que empuja. El que escucha el gemido ahogado y siente el apretón del otro temblándole debajo y que se hormona en sí mismo del placer y la presión interna de la vejiga.
Dejé el porno de golpe. Me volví adicto a otra cosa: el olor infantil de las aulas, la nuca sudada de los morros de primer año, de secundaria, el movimiento de sus caderas al caminar sin saber lo que provocan. Putos críos de 7 a 15 añitos, que estos últimos aunque fuera un año menor que yo los consideraba, y más aún si entre las piernas tenían un micropene, tiernos todavía, con el cuello limpio y la mirada que esquiva. Yo los veía y sentía la saliva espesa en la boca, los huevos hinchados, la cabeza de la polla palpitar contra el bóxer como un puto cazador de culos.
Estaban a días de terminar el ciclo, pero para mí ya habían empezado mi condena. Cada vez que uno se agachaba a recoger algo, se me iba la vista a la curva de su culo apretado contra el pantalón. Cada vez que reían tonto en el patio, se me endurecía la verga y tenía que cruzar las piernas como un cobarde. Sabía que era mala leche, que si me descuidaba iba a terminar con una denuncia y los huevos en un calabozo. Pero el peligro me calentaba más que el porno. Saber que era ilegal, que era sucio, que era bajo, me ponía tan duro que me dolía caminar.
La culpa me carcomía las tripas, pero el deseo me las llenaba de fuego. En las noches no me masturbaba viendo vídeos, me masturbaba recordando el olor a niño sudado, la respiración de Damián y Carlitos gimiendo al unísono cada que los tocaba por encima de sus ropitas, cuando me desnudaba frente a ellos y les restregaba mi miembro duro y biscoso de tanta leche involuntaria que salía de mi uretra, la forma en estos morritos se muerde el labio sin saber que a un par de pasos hay un depredador mirándolo como un pedazo de juguete sexual disponible para mi. Mi mano no aliviaba nada. Solo avivaba la llama. Y cada mañana, al entrar a la escuela, sabía que iba a perder un poco más el control. Ya sea con mis compañeros o con mis alumnos, el deseo me carcomía y solo quería actuar como perro ensartando a esos perritos tiernos para demostrar el dominio y que son de mi propiedad.
Lunes 7 de mayo de 2007. Las putas clases ya me tenían los huevos morados de tanto esperar. El fin de semana había sido un infierno de abstinencia: manos en los bóxers, tres pajas al día y ni así lograba apagar el fuego en la entrepierna. Llegué a la secundaria con la polla medio tiesa solo de pensar en lo que iba a hacer. Las calificaciones me importaban un carajo. Ya estaba evaluado, ya estaba aprobado. Mi única nota pendiente era otra.
Faltando dos horas para el timbre, dejé la mochila bajo la butaca pedi permiso para ir al baño como si fuera a ir a cagar, me escurrí al baño con el teléfono y los audífonos en el bolsillo. El último cubículo, el más grande, el que siempre huele a meados secos y a pedo. Me metí al último cubículo y escuché cómo el resto del mundo se apagaba detrás de esa puerta de plástico mugriento con dibujos de penes y huevos, mensajes “PUTO EL QUE LO LEA” (jejeje creo que por eso soy como soy, por haberlo leído).
Me desnudé rápido. La camisa me la quité dejándola en la ventanilla que da al jardín trasero de la secundaria, pantalón a los tobillos, bóxer a un lado. Me quedé completamente en bolas, sintiendo el aire frío del baño pegándome en las bolas y en el culo. No salí del cubículo, no hacía falta. Sabía que algún profesor, el intendente o con mi suerte el director curioso podía asomarse por debajo de la puerta, sobre ella o en la rendija que nunca da privacidad entre puerta y muro, algún compañero bravucón de mi salón por ir a buscarme treparse a la división de al lado para espiar como hacen los pubertos calientes. Y esa posibilidad me ponía más duro que una tabla. Que me vieran. Que se quedaran con la boca abierta viendo mi verguita tiesa y mis manos haciendo de las suyas. Eso era parte del juego.
Me puse los audífonos y subí el volumen para que escucharan un sonido muy tenue quien fuera muy receptivo a los ruidos, en la pantalla del teléfono, un actor de 18 años hacía de paciente en una camilla falsa, mientras dos doctores de entre 30 y 50 años se lo turnaban como un putito juguete. Uno le embutía la verga en la boca hasta que se le salían las lágrimas, y el otro se la clavaba por el culo con demasiado lubricante y mala leche. El morro gemía como una perra, escupiendo babas entre «sí, así, aaaahhh! métemela toda, papi» y «no pares, que me vengo».
Yo miraba esa escena y sentía cómo la sangre se me iba toda a la verga. Escupí en mis dedos —índice y pulgar— y comencé a pellizcarme los pezones. Pequeños, duros como canicas, cada pellizco me mandaba un calambre directo a la entrepierna. La otra mano sostenía el teléfono, pero ya no veía con claridad. Solo escuchaba los gemidos del porno mezclados con el eco de mis propias respiraciones en el baño vacío.
Entonces pasó.
Oí pasos. Alguien entró al baño.
Mis dedos se congelaron sobre los pezones. La verga me palpitaba en la mano, caliente, goteando ya el primer hilillo de mexos. No me moví. No respiré. Esperé.
El tipo se fue al cubículo de al lado. Oí el ruido de su bragueta, el chorro de pipi contra el agua del escusado, y luego un silencio incómodo. Demasiado largo para ser normal.
—¿Qué pedo, wey? ¿Te estás chaqueteando ahí? —dijo una voz desafinada por el cambio de voz, medio burlona.
Yo no respondí. Sentí el sudor en la nuca, los huevos retorciéndose de calentura y miedo y mi pene perdió un poco su dureza.
El morro estaba viéndome desde arriba coldado de la división del baño. Dirijo mi vista hacia el volteándolo a ver directamente y le saqué la lengua dejando caer hilos de mi propia saliva.
—No mames, sí te estás masturbando, pinche enfermo —dijo, pero su voz no sonaba asqueada. Sonaba animado. Sonaba como si quisiera ver más.
Mi mano soltó los pezones y agarró mi verga con fuerza. Comencé a jalármela lenta, haciendo ruido, sin importarme que me escuchara.
—¿Y si quiero verte? —susurró desde el otro lado.
Yo bajé el teléfono, apagué la pantalla. Me incliné un poco y hablé justo contra la puerta, con la boca húmeda y la voz ronca:
—Pues párate en la taza del baño de al lado, cabrón. Así como tú te asomas a ver, yo me asomo a mostrarte. Pero si te atreves a verme, prepárate, porque esta verga no es pa’ que la veas nomás… es pa’ que la chupes o te la claves, hijo de tu puta madre.
Silencio.
Luego, el crujido de los tenis subiéndose a la taza del inodoro.
Y la cabeza de un morrito de primer año asomándose por encima de la división, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, viendo mi verga tiesa en mi mano, viendo mis pezones rojos de tanto pellizcarlos, viendo la leche que ya empezaba a brotar de mi raja.
Yo lo miré fijo, sonreí con los dientes apretados y seguí jalándomela sin bajar la mirada.
—Ya que estás ahí arriba, pendejo —le dije en voz baja pero clavándole las palabras en el pecho—, métete aquí y abre la boca. Porque esta leche no va a caer al suelo.
El morro tragó saliva. Y yo sentí cómo el mundo se reducía a ese cubículo, a su cara de miedo, deseo, y a mi mano derecha apretando la verga como si fuera la última vez que iba a correrme.
El morro se quedó paralizado en la taza del inodoro, con medio cuerpo asomado por encima de la división, los dedos aferrados al borde de plástico como si el suelo se fuera a abrir. Yo no solté mi verga ni un segundo. La seguía sosteniendo con la mano derecha, sintiendo el calor de mi propia sangre bombeando contra la palma, la punta ya brillante y pegajosa del líquido que se me escapaba sin permiso. Levanté la barbilla y lo miré desde abajo, desde esa posición de perdedor que en realidad me daba todo el poder porque él estaba expuesto y yo solo tenía que mover la mano para que él supiera quién mandaba ahí. «Baja», le dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba, más dueña, más segura, aunque por dentro las piernas me temblaban como un puto flan porque nunca había hecho esto, nunca había tenido a alguien real mirándome la verga con los ojos vidriosos, nunca había escuchado su propia respiración entrecortada esperando que yo dijera el siguiente paso.
Él se bajó de la taza y se quedó parado frente a la puerta del cubículo, al otro lado de esa mierda de plástico que nos separaba por un centímetro. No abrí la puerta. Lo hice esperar. Quería que sintiera el mismo miedo que yo sentía, que supiera que esto no era un juego de niños. Pasaron segundos eternos en los que solo se oía mi mano deslizándose por mi verga y el puto zumbido de los tubos de luz afuera. Finalmente, giré el pestillo y entreabrí la puerta lo justo para que él viera mi cara y mi verga apuntándole directo al ombligo. «Entra», ordené, y él obedeció como un puto perro bien entrenado, metiendo su cuerpo delgado en el cubículo conmigo, cerrando la puerta detrás suyo con el cerrojo tembloroso. El espacio se redujo a un hueco de ochenta centímetros donde nuestros hombros se rozaban y el olor a mierda y a cloro se mezclaba con el sudor de su nuca. Yo olía su miedo y también su calentura, y eso me puso más duro de lo que ya estaba, la verga rozándole el pantalón como un puto animal hambriento.
«Arrodíllate», le espeté sin pensar, y mi mano izquierda le agarró el hombro y lo empujó hacia abajo con una brusquedad que ni yo mismo sabía que tenía. Él cayó de rodillas sobre el piso húmedo del baño, las rodillas chocando contra los azulejos con un golpe seco, y en su cara vi el parpadeo de sorpresa mezclado con algo más oscuro, algo que me decía que le gustaba que lo trataran así aunque su boca temblara. Yo lo miré desde arriba, mi verga en alto como un puto cetro, y por un instante no supe qué hacer porque en el porno siempre era más fácil, el actor se arrodillaba y abría la boca y el otro se la metía sin pensar. Pero esto era real, y mi mano derecha seguía agarrando mi polla sin soltarla porque no sabía cómo empezar. «Abre la boca», le dije, y mi voz chirrió como si estuviera aprendiendo a hablar, pero él obedeció y yo metí la punta entre sus labios sin miramientos, empujando con la cadera más de lo que debía porque el porno me había enseñado que así se hacía, que se mete y se empuja y punto.
El calor que sentí en la punta cuando su boca me envolvió fue algo que no puedo explicar con palabras bonitas. Fue un puto incendio húmedo que me subió por la verga hasta los huevos y me estalló en la nuca. Su lengua era torpe, insegura, sabía que nunca había hecho esto porque sus dientes me raspaban a cada movimiento y su respiración era errática contra mi piel. Pero yo no quería delicadeza. Yo quería que aprendiera a mi puta manera. Agarré su cabeza con las dos manos, hundí mis dedos en su cabello grasiento de morro adolescente y tiré hacia atrás para que levantara la cara y me viera los ojos. «Chúpamela bien, cabrón, como si fuera tu puta tarea», le dije escupiendo casi las palabras, y luego empujé su cabeza hacia adelante hasta que sentí cómo se atragantaba con mis primeros centímetros, cómo su garganta se cerraba y su saliva empezaba a escurrir por los lados de mi verga. Yo no sabía lo que hacía, solo sabía que quería más, que necesitaba sentir cómo su boca se acostumbraba a mí, y por eso empecé a mover mis caderas en vaivenes cortos y torpes, clavándole la polla hasta donde él podía aguantar y luego sacándola casi toda para ver la línea de babas que se estiraba entre sus labios y mi raja.
No era hábil, ni siquiera era bueno, pero puta madre que era intenso. Mi ritmo era caótico, a veces muy rápido y a veces demasiado lento, porque no sabía medirme, porque era mi primera vez siendo el que manda y mi cuerpo actuaba solo mientras mi cabeza iba a mil putos kilómetros por hora. Él tosía entre embestidas, sus manos se agarraban a mis muslos buscando un ancla, pero yo no le daba tregua. Le metía la verga hasta el fondo de su garganta y sentía cómo se ahogaba, cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, y eso me calentaba más que el puto porno que había estado viendo toda mi vida porque era real, era mío, era yo quien decidía cuándo parar. En un momento le dije «saca la lengua», y él la sacó temblando, y yo froté mi punta contra su lengua caliente y rugosa, sintiendo cada puta papila rozar mi glande, y después le escupí en la boca y le ordené que se tragara, y él lo hizo con los ojos cerrados y las mejillas ardiendo. Yo respiraba como un toro, mis manos le masajeaban las orejas sin suavidad, mis caderas seguían moviéndose por inercia, y en mi pecho crecía una sensación de poder que me nublaba el juicio y me hacía sentir que podía romperlo si quería, que podía hacerle cualquier cosa en ese cubículo y nadie iba a detenerme. Pero también estaba el miedo, ese puto miedo de hacerlo mal, de que él se asustara, de que esto se acabara demasiado rápido porque mi verga ya estaba al borde y yo no quería que terminara sin haberlo disfrutado todo.
El ritmo se rompió cuando un espasmo me recorrió entera. No supe avisar, solo apreté sus cabellos entre mis dedos y me vine en su boca con un gemido ahogado, torpe, casi de sorpresa. Sentí su garganta tragar a destiempo, y él tosió un poco, sin soltarme, con la nariz pegada a mi apenas creciente bello público.
A los segundos, él también perdió el control. Yo aún temblaba cuando sin darme cuenta, en cuestión de nada el se había subido al escusado, siguiéndose masturbando y me movió en dirección a él, quedando mi rostro frente a verguilla y escroto, yo estaba en el limbo y sin más, sin gustarme del todo, se vino en mis labios, yo sin pensar del extasis que había sentido y solo como reflejo mi lengua lamió lo que alcanzó a quedar cerca de mi boca pero no lo escupí —porque no sabía si debía, porque él no lo había hecho—. Tragué con dificultad y aparté la cara, jadeando. Regresamos del trance, ambos chocamos las manos como si hubiésemos ganado con éxito un partido, nos sonreímos mientras nos vestíamos y no dijimos nada.
Nos miramos, los dos con las pupilas dilatadas, el pelo pegado a la frente, las respiraciones entrecortadas. Él tenía una mancha de mi humedad en la comisura del labio. Yo, la suya en la barbilla. Ninguno dijo nada. Solo nos quedamos ahí, encerrados en el cubículo del baño, como cachorros que han descubierto un juguete nuevo sin entender bien para qué sirve.
Él se limpió con el dorso de la mano y yo me sequé con mi camisa. Y, sin palabras, los dos supimos que aquello no había sido amor ni entrega, sino puro instinto: dos cuerpos adolescentes que seguían el programa escrito en los huesos, sin coreografía ni manual, solo el ansia ciega de aparearnos antes de que el mundo se diera cuenta de lo poco que sabíamos.
El silencio se rompió con el golpe seco de la puerta del baño. Los dos nos quedamos petrificados, todavía faltaba fajarnos y abrochar nuestros cinturones.
—¿Hay alguien ahí? —la voz del prefecto rebotó en el baño.
Mi nuevo amiguito se puso en pie de un salto, yo intenté arreglarme el pantalón con manos torpes. No alcanzamos a disimular: mi labio inferior aún brillaba, su camisa estaba mal abotonada, y el cubículo olía a sudor y a algo más que no necesitaba nombre.
El prefecto nos miró desde la entrada. Primero a él, con el cinturón desabrochado. Luego a mí, con el pelo hecho un nudo. Sus ojos recorrieron el espacio diminuto entre los dos, el papel higiénico arrugado en el suelo con nuestros hijitos, nuestras caras encendidas como tomates.
—Salgan —dijo, sin gritar, con una calma que daba más miedo que un regaño.
Pasamos a su lado como dos conejos atrapados en un faro. Él con la bragueta aún medio abierta. Yo con las rodillas manchadas de orines que quedan por los que no le atinan a la taza y se vacían en el piso. El prefecto no añadió nada más, se metió al cubículo y solo cerró la puerta del baño tras nosotros con un chasquido que sonó a sentencia.
Y ahí, en el pasillo vacío de la secundaria, con el timbre a punto de sonar, nos dimos cuenta de que el instinto animal no tenía manual, pero el reglamento escolar sí. Y ese día, los dos reprobamos la clase más silenciosa de todas: la de saber cuándo y dónde.
Corrimos por nuestras mochilas el a su edificio y yo al mío, salimos de la escuela y ya en la calle nuestras miradas cruzaron, el estaba comprando en los puestos que se ponen fuera del instituto y yo con mis amigos disimulando dirigiéndonos a nuestras casas. Y bueno me faltaría platicarles lo ocurrido en la tarde en la primaria con mis pequeños, hoy me correspondían niños de grupos de 5to y 6to.
Inspírame a continuar, envíame una foto o video de cómo te puso la pija y cómo te viniste leyendo mis anécdotas en TELEGRAM (t.me/Vorag1ne) escríbeme, cuéntame tus experiencias, mándame audios guarros, todo menos hate.
Solo comparto contenido en LINE porque teleg es más piki. aun así envíenme contenido a LINE si tienes algún hermanito, primo ya sabes…


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