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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

Sangre y Lujuria 7

parte 7.

CAPÍTULO 7 

Los regalos de los cuarenta

 

El regreso a Mendoza marcó una vuelta inmediata a la realidad para Mateo. Apenas el avión privado tocó pista en el aeropuerto, se despidió de Lucas y se enfocó en su rutina habitual. Sin dejarse enceguecer por los lujos de Brasil ni por el ritmo de vida de Joao, al día siguiente abrió las puertas de su local en Junín a primera hora. Atendió a los vecinos, coordinó los impresos y volvió a sumergirse en los apuntes de la universidad, dedicando las noches a repasar los modelos de datos y la lógica para inteligencia artificial.

Llegó el 19 de agosto, el día exacto de su cumpleaños número cuarenta. Mateo arrancó la jornada como cualquier otra: un entrenamiento temprano sobre su bicicleta de carbono por las rutas entre viñedos, seguido de los primeros llamados y mensajes de afecto. Su madre lo esperó con un desayuno especial en la casa familiar y su hermana junto a sus sobrinos le entregaron los tradicionales regalos sencillos pero llenos de cariño. Durante toda la mañana, su teléfono no paró de sonar con los saludos de su grupo de la facultad en Córdoba y las felicitaciones de sus conocidos locales.

Pasado el mediodía, Joao pasó a buscarlo por el local. Mateo vestía ropa cómoda y casual, sin sospechar el destino al que su hermano lo llevaría. El auto con chofer cruzó la zona urbana y se adentró primero en un centro corporativo en el corazón financiero de la ciudad. Subieron al quinto piso de un edificio moderno, donde ingresaron a un piso entero de oficinas alquiladas que ya estaban plenamente en funcionamiento. Mateo observó asombrado a un equipo de desarrolladores, ingenieros y analistas trabajando frente a múltiples pantallas, con tableros de gestión y logos del proyecto por todas partes.

—Acá es donde ya estamos operando formalmente, hermano —le susurró Joao al oído mientras caminaban entre los escritorios—. Ya firmamos los primeros contratos internacionales de automatización. Después, con tiempo y tranquilos, te voy a contar detalle por detalle cada contrato, cada número y toda la estructura legal que montamos.

Posteriormente, el auto los trasladó hacia la zona de mayor desarrollo arquitectónico de la provincia. Se detuvieron frente a un predio extenso, delimitado por cierres perimetrales donde máquinas excavadoras y cuadrillas de obreros trabajaban sobre las bases de una estructura imponente.

—Y esto… —dijo Joao, sacando una carpeta con planos tridimensionales y entregándosela en mano— es tu sede propia. Acá se están levantando las oficinas centrales definitivas de la empresa de inteligencia artificial. Mientras estabas en el mostrador, puse a trabajar a un equipo entero de ejecutivos. Ya tenemos esta sede en construcción, las oficinas en desarrollo en Río de Janeiro y la apertura en Silicon Valley. La compañía es tuya, Mateo; sos el socio mayoritario y el cerebro de todo.

Mateo miró los planos, las máquinas en la tierra y a su hermano. Sentía un nudo en la garganta ante semejante lealtad y visión. Se abrazaron en medio del polvo de la obra, sellando con un firme apretón de manos un hito que transformaba sus vidas.

El resto del día transcurrió de forma tranquila y familiar. Cenaron en la casa de su madre, compartiendo una torta sencilla y brindando en la intimidad del hogar.

La sorpresa privada

Dos días después, el viernes por la noche, Joao pasó personalmente a buscar a Mateo por su casa. Le había pedido con anticipación que se vistiera con ropa oscura, de corte firme y masculino. Sin darle explicaciones durante el viaje, el auto los trasladó a las afueras de la capital, adentrándose en una zona exclusiva de quintas rodeada de arboledas gruesas que garantizaban privacidad absoluta.

Ingresaron juntos a una residencia de arquitectura moderna, iluminada por luces tenues de tono cálido y saturada por un aroma profundo a cuero y perfume importado.

En el centro del salón, sujeto a una estructura metálica mediante correas de cuero en las muñecas y los tobillos, estaba Thiago. El joven carioca permanecía completamente desnudo, de espaldas a la entrada, con sus nalgas turgentes expuestas y el cuerpo tenso de anticipación. A un costado, vistiendo un arnés de cuero sobre el torso y un calzón ajustado, Joao se detuvo y miró a Mateo con una sonrisa cómplice.

—Feliz cumpleaños, hermano —dijo Joao con voz suave—. Traje a Thiago desde Brasil para que sea tu regalo esta noche. Yo me voy a la casa principal para dejarlos solos y que hagas con él lo que quieras.

Joao hizo el ademán de caminar hacia la salida para dejarlos a solas, pero Mateo, imponente desde el centro de la sala, avanzó con paso firme y una mirada helada que detuvo sus movimientos en el acto.

—De acá no te vas nada —ordenó Mateo con su voz grave, marcando una autoridad incontestable—. Vos también sos mi regalo. Los quiero a los dos esta noche.

Al escuchar la orden, a Joao se le encendieron los ojos de deseo. Thiago, amarrado a la estructura, soltó un gemido ahogado de excitación al sentir que su dueño tomaría el control total de ambos.

El banquete de los cuerpos

Mateo caminó hacia Joao, lo tomó del cuello con firmeza y lo desvistió de un solo tirón, quitándole el arnés y el calzón para dejarlo completamente desnudo. Luego lo arrastró hasta la estructura donde estaba Thiago.

—Bésense —mandó Mateo—. Quiero ver cómo se entregan para mí.

Joao no dudó. Agarró a Thiago por la nuca y le clavó un beso hambriento en la boca. La escena se volvió un espectáculo de lubricidad instantánea: los dos brasileños intercambiaron lenguas con fuerza, salivando en abundancia, dejando que hilos espesos de saliva caliente les chorrearan por las barbillas y se deslizaran por sus pechos. Mateo los observaba a pocos centímetros, disfrutando el morbo desbordado de la escena.

Acto seguido, Mateo se desvistió por completo, dejando al descubierto su figura robusta, su pecho amplio y su pija erguida y dura como una piedra.

—A trabajar los dos —dijo Mateo, acomodándose en el borde de un sillón de cuero bajo.

Mateo desató a Thiago y ambos se abalanzaron sobre su regazo. Se dividieron el cuerpo de su dominador: mientras Joao tomaba la pija de Mateo entre sus labios, engulléndola hasta el fondo de la garganta con un ritmo de succión húmedo y profundo, Thiago se dedicó a lamerle las tetillas, bajarle por el abdomen y comerle la entrepierna, chupando sus testículos con devoción. Mateo agarró a Joao por el pelo, marcándole un ritmo violento en la boca que le provocaba arcadas contenidas, obligándolo a tragar toda la saliva acumulada.

Instantes después, Mateo se puso de pie y dio vuelta a Joao sobre la mesa central de vidrio de la sala. Le separó las piernas con brutalidad, dejando sus nalgas expuestas.

—Thiago, mantenelo abierto —ordenó Mateo.

Thiago se colocó a un costado, metiendo los dedos entre las nalgas de Joao para abrirle el orificio. Mateo tomó su propia saliva mezclada con la de ambos, embadurnó la punta de su pija y penetró a Joao de un solo empujón seco y firme.

Joao soltó un grito agudo de placer y dolor, clavando las uñas sobre el cristal. La estrechez de su hermano era ardiente; su canal anal apretó la carne de Mateo con una presión salvaje. Mateo empezó a embestirlo con un ritmo devastador que hacía retumbar la mesa en todo el salón.

Mientras le daba por atrás a Joao, Mateo tomó a Thiago por el pelo y le metió la pija dura de Joao directamente en la boca. La escena se convirtió en un engranaje de sometimiento total: Mateo penetrando salvajemente a su hermano millonario, mientras obligaba al joven Thiago a mamarle la pija erguida a Joao, mezclando los fluidos de los tres en el aire pesado de la habitación.

Castigo, fluidos y clímax

El nivel de excitación rozó el delirio. Mateo sacó a Joao de la mesa y lo obligó a ponerse en cuatro patas en el suelo junto a Thiago. Los dos brasileños quedaron alineados sobre la alfombra, uno al lado del otro, con los glúteos levantados hacia su dueño.

Mateo fue hacia su bolso y sacó su cinturón de cuero doblado. Volvió al centro de la sala y empezó a repartir azotes de manera alterna sobre las nalgas de ambos. El chasquido del cuero retumbó en las paredes de la casa: una nalgada seca para Joao, otra para Thiago. Las nalgas de los dos pasaron del rosa al rojo vivo en cuestión de minutos, dejando marcas encendidas mientras gemían ahogados, retorciéndose de placer sobre la alfombra.

No satisfecho con los azotes, Mateo se posicionó sobre Thiago. Le mojó la cola con los fluidos que traía de Joao y le metió tres dedos adentro, estirándole la cavidad. Acto seguido, le metió la mano entera, ejecutándole un fisting implacable a Thiago que lo hizo contorsionar el torso por la invasión en sus entrañas. Mateo le retorció el puño adentro y, al sacárselo chorreando mucosas, se lo metió de golpe en la boca a Joao, obligando a su hermano a chupar y tragar las entrañas de Thiago directamente en su garganta.

Con los dos completamente reducidos, Mateo decidió coronar su regalo de cumpleaños.

Agarró a Joao del cuello, lo levantó y lo volvió a penetrar con fuerza salvaje por atrás, llevándolo al límite. Mateo embestía con una furia desatada, sintiendo los espasmos del intestino de Joao apretándole la carne. Al mismo tiempo, obligó a Thiago a colocarse debajo de ellos con la boca abierta.

Al llegar al clímax, Mateo soltó un rugido grave que llenó la sala. Descargó un chorro denso y caliente de esperma bien adentro del intestino de Joao e inmediatamente comenzó a orinar con fuerza dentro de su cuerpo, llenándole la cavidad con su meo caliente. Los fluidos se desbordaron del culo de Joao, escurriéndose por sus muslos y cayendo directamente en la boca de Thiago, que esperaba abajo recibiendo el exceso con devoción.

Mateo sacó la pija del cuerpo de Joao y se posicionó sobre la cara de Thiago. Con los últimos impulsos de su vejiga, le orinó directamente en el rostro y en la boca abierta, bañándolo por completo en su orina caliente.

Finalmente, Mateo tomó las pijas duras de Joao y de Thiago, juntándolas en sus manos. Comenzó a pajeárselas a los dos con un ritmo rápido y agresivo, utilizando la mezcla de saliva, semen y orina como lubricante. En cuestión de segundos, los dos brasileños colapsaron al mismo tiempo, lanzando chorros espesos de leche que impactaron de lleno sobre el pecho, el abdomen y las piernas de Mateo.

El silencio volvió lentamente a la residencia. Los tres quedaron tendidos sobre la alfombra, sudados, marcados y exhaustos, respirando agitadamente en medio de los fluidos derramados.

Un nuevo pacto

Pasaron unos minutos en el piso de la sala hasta que la respiración de los tres se normalizó. Mateo fue el primero en ponerse de pie. Con paso tranquilo caminó hacia el baño principal de la residencia, abrió la ducha de agua caliente y volvió a la sala. Tomó a Joao de la mano y le dio una palmada suave en la espalda a Thiago para que los siguiera.

Se ducharon juntos sin prisa, dejando que el agua limpiara el sudor, la orina y los restos de fluidos de sus pieles. Hubo caricias suaves, besos tranquilos y las manos de Mateo recorriendo los hombros y las nalgas aún enrojecidas de ambos.

Salieron envueltos en toallones blancos y se dirigieron al dormitorio principal de la casa. La habitación era enorme, dominada por una cama King con sábanas oscuras de algodón. Se acomodaron sobre la cama, desnudos bajo una colcha liviana. Mateo se posicionó al centro, apoyando la espalda contra el respaldo de madera. Joao se recostó a su izquierda, apoyando la cabeza sobre su pecho, mientras Thiago se acomodó a su derecha, abrazándole la cintura con naturalidad.

El silencio de la noche mendocina envolvía la casa. Mateo acarició el cabello de Joao y luego pasó su mano por los hombros de Thiago.

—Quiero decirles algo —rompió el silencio Mateo, con su voz grave y pausada.

Ambos levantaron la mirada para escucharlo.

—Lo de esta noche no fue solo un juego ni una calentura de cumpleaños —continuó Mateo, mirándolos alternadamente a los ojos—. Siento un cariño muy profundo por los dos, pero sé que es diferente con cada uno. Con vos, Joao, hay una complicidad de vida, un lazo de hermanos, de socios y de una lealtad que construimos a prueba de todo. Y vos, Thiago… con tu entrega, tu juventud y tu devoción, te ganaste un lugar muy especial al lado mío.

Mateo hizo una breve pausa, consolidando su postura con firmeza:

—No voy a elegir entre uno u otro. Si vamos a avanzar, va a ser así: con los dos. Quiero tenerlos a los dos cerca, compartiendo esto cuando estemos juntos. ¿Están de acuerdo con eso?

Joao sonrió con una mezcla de orgullo y fascinación. Se incorporó levemente y le besó la mejilla a Mateo.

—Mateo… vos sos el rey de esto —dijo Joao con su acento portugués suave y firme—. Yo fui el que trajo a Thiago porque sabía lo que él podía darte. Nunca me pondría celoso ni competiría. Para mí es un honor enorme compartirte con él y saber que nos querés a los dos a tu manera. Decir que sí a esto es lo más fácil del mundo.

Thiago, emocionado por las palabras de Mateo, se deslizó hacia arriba sobre el colchón y le plantó un beso tierno pero profundo en los labios a Mateo, para después mirar a Joao con complicidad.

—Desde el día que te conocí en Río supe que estabas en otro nivel, Mateo —expresó Thiago, acariciándole el brazo robusto—. Para mí no hay mayor privilegio que ser tuyo, y saber que aceptás mi lugar al lado tuyo y de Joao me hace enormemente feliz. Voy a estar para los dos, siempre que me quieras.

Mateo sonrió con serenidad, sintiendo el peso de sus palabras y la sinceridad de ambos. Volvió a acomodarlos contra su cuerpo, abrazándolos con fuerza contra su pecho.

—Entonces está dicho —concluyó Mateo—. Mañana volvemos a la rutina, a las obras y al trabajo. Pero esta noche la terminamos acá, juntos.

Los dos brasileños se acomodaron contra él. En pocos minutos, con el sonido suave de la respiración compartida y los cuerpos entrelazados, los tres se quedaron profundamente dormidos hasta el amanecer.

3 Lecturas/10 de octubre de 2026/0 Comentarios/por mza8630
Etiquetas: anal, cumpleaños, hermana, hermano, hermanos, madre, mayor, viaje
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