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Dominación Mujeres, Infidelidad

AVENTURA CUCKOLD

MEDIANA.
Entro en casa con la llave girando suavemente en la cerradura, intentando no hacer ruido, aunque sé que Carlos está despierto. Esas tres de la mañana se sienten diferentes, cargadas de electricidad. Mi vestido de satén negro se adhiere a mi piel todavía húmeda de sudor y otras cosas. Cierro la puerta y el clic resuena en el silencio del apartamento.

—Alicia… —su voz viene del salón, ronca, expectante.

Lo encuentro sentado en el borde del sofá, solo con un boxer negro, su miembro ya erecto, visiblemente duro contra la tela. Sus ojos me recorren de arriba abajo, devorándome. Me veo a través de su mirada: mi cabello oscuro despeinado por los dedos ajenos, mi maquillaje corrido en leves manchas bajo los ojos, mi vestido arrugado y manchado en la falda.

—¿Estuviste con él? —pregunta, y su voz tiembla entre la ansiedad y la excitación.

Me quedo de pie frente a él, sintiendo cómo el semen de Rodrigo, mi jefe, aún gotea lentamente entre mis muslos, pegajoso, caliente, abundante. No me he limpiado. Quería traerlo todo a casa, para Carlos, para nosotros.

—Sí —digo, y mi propia voz suena extraña, ronca, satisfecha—. Me cogió durante cuatro horas, mi amor. Cuatro horas sin parar.

Carlos gime suavemente, una mano bajando a su entrepierna, masajeándose sobre la tela.

—Cuéntame… por favor, cuéntame todo.

Me quito los tacones lentamente, uno a uno, sintiendo el alivio en mis pies doloridos. Luego me acerco a él, me paro entre sus piernas abiertas. Agarro su mano libre y la llevo debajo de mi vestido, directo a mi entrepierna desnuda, depilada, húmeda. Sus dedos encuentran el charco de semen que ha estado saliendo de mí durante todo el camino de vuelta.

—Jesús… —suspira Carlos, sus ojos brillando—. Estás llena…

—Llena de su leche, sí —confirmo, moviendo sus dedos en círculos sobre mi clítoris hinchado—. Me llenó tres veces. Tres veces dentro de mí, Carlos. Y una cuarta en mi boca.

Mi esposo jadea, saca su miembro del boxer con movimientos frenéticos. Es hermoso verlo así, tan desesperado, tan mío aunque otro hombre haya estado dentro de mí hace apenas una hora.

—Comienza… —ruega—. Desde el principio.

Me siento a su lado, abriendo mis piernas para que vea el desastre entre ellas. El semen de Rodrigo es espeso, blanquecino, formando hilos viscosos entre mis labios vaginales hinchados. Carlos no puede resistirse; se inclina, respira hondo, inhalando el olor mixto de mi excitación y la eyaculación de su jefe.

—Todo empezó cuando me pidió que me quedara a terminar el informe de ventas —comienzo, mi voz baja, sensual—. Eran las once y el edificio estaba vacío. Entró a su oficina y me encontró inclinada sobre su escritorio, buscando un archivo. Mi vestido se había subido un poco, demasiado quizás, y él lo notó.

Carlos comienza a masturbarse con movimientos lentos, controlados, queriendo prolongar esto.

—Me dijo que lucía cansada, que necesitaba un descanso. Se acercó por detrás, Carlos. Tan cerca que sentí su erección contra mi trasero. No me moví. Quería que supiera que estaba dispuesta.

—¿Y qué hiciste? —pregunta Carlos, su voz estrangulada.

—Me enderecé lentamente, sin separarme de él. Sentí cómo su mano subía por mi muslo, por debajo de la falda. Estaba empapada ya, mi amor. Empapada solo con la anticipación. Sus dedos encontraron mi vagina desnuda —mi voz se quiebra un poco al recordar— y suspiró contra mi cuello. Dijo que estaba mojada como una puta, y que eso le encantaba.

Carlos gime más fuerte, su mano moviéndose más rápido.

—Me volteé para mirarlo. Rodrigo es alto, más alto que tú, más corpulento. Tiene esas manos grandes, de dedos gruesos. Me besó sin pedir permiso, una lengua invasiva, dominante, que sabía a whisky y tabaco. Me empujó contra el escritorio, Carlos. Con fuerza. Sentí los bordes de madera en mis caderas.

Me toco a mí misma mientras hablo, extendiendo el semen de Rodrigo sobre mi clítoris, usando su lubricación para acariciarme.

—Me subió el vestido hasta la cintura. Me dejó completamente expuesta, solo con las medias de seda y los tacones. Se arrodilló, Carlos. Mi jefe se arrodilló y me lamió. Dios, cómo me lamió. No fue suave ni tierno. Fue voraz, como si mi vagina fuera un manjar que necesitaba devorar. Metió dos dedos dentro de mí, luego tres, abriéndome, preparándome para su polla.

—Dime cómo se sintió… —suplica Carlos.

—Se sentía enorme, mi amor. Cuando finalmente sacó su miembro, jadeé. Es grueso, muy grueso, más que tú, y largo, con la cabeza bulbosa y brillante de presemen. Me miró a los ojos mientras se ponía el condón, pero luego lo rompió. Dijo que quería sentirme desnuda, completamente, y que quería llenarme, marcarme por dentro.

Carlos gime, su mano moviéndose frenéticamente ahora.

—Me penetró despacio al principio. Muy despacio, mirándome la cara, viendo cómo me abría para él. Duele un poco al inicio, Carlos, duele esa sensación de estiramiento, de ser invadida por algo tan grande. Pero es un dolor delicioso. Gemí tan fuerte que él tuvo que taparme la boca con su mano.

—¿Dónde te cogió? —pregunta Carlos—. ¿En el escritorio?

—Sí, en su escritorio. Me sentó en el borde, abrió mis piernas hasta que mis tobillos casi tocaban mis hombros, y entró profundo. Tan profundo que sentí la punta golpeando mi cuello uterino. Cada embestida hacía que el escritorio se moviera, que los objetos cayeran. Su pluma Montblanc rodó al suelo, ¿recuerdas que te dije que la había perdido? Fue mientras me follaba.

Me incorporo un poco, quiero que Carlos vea mejor. Separo mis labios vaginales con los dedos, mostrándole cómo el semen de Rodrigo aún sale de mi interior, cómo mi vagina está roja, inflamada, usada.

—Me penetró durante veinte minutos así, en el escritorio. Veinte minutos de embestidas profundas, constantes. No era rápido ni salvaje al principio. Era metódico, deliberado, como si quisiera memorizar cada centímetro de mi interior. Sentía cada vena de su polla, Carlos. Cada pulso, cada contracción de sus músculos cuando empujaba.

—¿Y tú… tú te viniste? —jadea Carlos.

—Tres veces, mi amor. La primera vino rápido, cuando comenzó a frotar mi clítoris con su pulgar mientras me penetraba. Mi orgasmo fue intenso, contraje tanto alrededor de él que él tuvo que detenerse un momento para no venirse. Me miró con esos ojos oscuros y dijo: «Eres la mejor cogida que he tenido en años, Alicia».

Carros cierra los ojos, masturbándose más fuerte.

—Continuó, más rápido ahora. El sonido de nuestras carnes chocando llenaba la oficina. Plap, plap, plap, una y otra vez. Mis pechos rebotaban con cada embestida. Me agarró del cuello, no para ahogarme, sino para dominarme, para sentir que me poseía completamente. Y yo lo dejé. Quería ser suya en ese momento, solo suya.

—Dime cuándo se vino… —Carlos está jadeando ahora.

—La primera vez fue dentro de mí, profundo. Sentí su polla hincharse, endurecerse aún más si es posible, y luego las contracciones. Descargó tanto semen, Carlos, tanto. Podía sentirlo caliente, llenándome, desbordándose. No salió de mí inmediatamente. Se quedó dentro, besándome, acariciando mis pechos hasta que se puso duro otra vez.

Carros se inclina, su respiración agitada.

—La segunda vez me tomó desde atrás. Me puso de pie, me inclinó sobre el escritorio con mis pechos aplastados contra la madera fría, y entró por detrás. Dios, esa posición. Sentí cada centímetro de él deslizándose contra mi pared vaginal anterior, presionando mi punto G con cada movimiento. Me agarró del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás, y me penetró con fuerza, sin piedad.

Mi propia mano se mueve más rápido sobre mi clítoris, el recuerdo me excita tanto como la realidad.

—Me folló así durante otros quince minutos. Mis rodillas temblaban, Carlos. Temblaban tanto que él tuvo que sostenerme por la cintura para que no me cayera. Sentí su segunda eyaculación llegar, más intensa que la primera. Gritó mi nombre, algo que no esperaba. «Alicia, joder, Alicia», decía mientras bombeara su semen dentro de mí. Y yo me vine con él, mi segunda vez, sintiendo cómo mi vagina succionaba cada gota de él.

Carlos está cerca, puedo verlo. Pero quiero que espere.

—Pero eso no fue todo, mi amor —digo, mi voz casi un susurro conspiratorio—. Quería más. Quería probarme. Me sentó en su silla de ejecutivo, se arrodilló, y me lamió. Me lamió con su propio semen saliendo de mí, mezclado con mi excitación. Dijo que sabía a nosotros, a nuestra mezcla, y que era adictivo. Me chupó el clítoror hasta que estuve al borde otra vez, y luego…

—¿Qué? —jadea Carlos—. ¿Qué pasó luego?

—Luego me volteó sobre la silla, de bruces. Separó mis nalgas, Carlos. Me miró el ano, ese que solo tú habías tocado antes, y dijo que quería poseerme por completo. Usó su semen como lubricante, el que salía de mí, para humedecerme. Primero metió un dedo, luego dos, abriéndome, preparándome.

Carlos gime, una mano dejando su propio miembro para tocarme, para sentir lo que estoy describiendo.

—Su cabeza estaba enorme contra mi entrada. Me dijo que respirara, que me relajara. Empujó despacio, tan despacio que sentí cada milímetro entrando en mí. Duele al principio, mi amor, duele esa sensación de ser invadida por completo, de sentirme tan llena, tan abierta. Pero una vez que estuvo completamente dentro, una vez que sus caderas tocaron mis nalgas, comencé a gemir sin control.

—Descríbelo… por favor… —Carlos está casi llorando de excitación.

—Me cogió analmente durante media hora. Cambiamos de posición, a cuatro patas en el suelo de su oficina, alfombra ruda contra mis rodillas. Me penetraba profundo, sacándose casi por completo para luego entrar de golpe, haciendo que gritara. Me agarró las caderas con fuerza, dejando marcas de sus dedos que aún tengo —muestro mis caderas, efectivamente, hay contusiones rojizas—.

Mi respiración se acelera, el recuerdo es tan vivo.

—Sentí cada embestida en mi ano, Carlos. Cada vez que entraba, sentía su polla deslizarse contra mis paredes internas, presionando a través del tejido delgado contra mi vagina. Podía sentir sus dos penetraciones, aunque solo estaba en mi trasero. Era como si me follara dos veces al mismo tiempo. Y cuando se vino… Dios, cuando se vino en mi ano, sentí cada chorro, cada pulsación. Era interminable, mi amor. Interminable.

Carlos gime fuerte, su mano moviéndose en su miembro casi violentamente.

—Se salió de mí despacio, y luego me hizo volverme. Me sentó en su escritorio otra vez, entre sus piernas, y me miró. Mi ano estaba abierto, gapeando, lleno de su semen. Mi vagina estaba desbordándose, chorreando su leche. Y él quería una última cosa.

—¿Qué? —susurra Carlos.

—Quería que me la chupara. Quería ver mis labios, esos que besas cada mañana, envueltos alrededor de su polla, saboreándolo a él, a mí, a nuestra mezcla. Y lo hice, Carlos. Me arrodillé y lo tomé en mi boca. Sabía a sexo crudo, a sudor, a semen, a nosotros. Lo chupé hasta que se puso duro otra vez, hasta que pude sentir su cuarta eyaculación bajando por mi garganta, caliente, espesa, abundante.

Carlos no puede más. Se inclina hacia mí, entre mis piernas.

—Por favor… déjame… —suplica.

—Sí, mi amor. Límpiame. Límpiame todo lo que él dejó dentro de mí.

Carlos se arrodilla en el suelo frente al sofá, abre mis piernas con reverencia, y se acerca a mi vagina todavía goteando. Primero solo mira, admirando el desastre, el brillo del semen de otro hombre sobre mi piel morena, entre mis labios hinchados.

Luego comienza a lamer.

Gimo fuerte cuando su lengua toca mi clítoris, sensible, usada. Saborea la mezcla de Rodrigo y yo, y sus gemidos vibran contra mí. Es un sonido de pura sumisión, de amor, de excitación indescriptible.

—Sabes a él… —murmura Carlos contra mi vagina—. Sabes a tu jefe, a su semen, a tu sexo mezclado…

—Sí, mi amor. Bébelo. Bébe todo lo que me echó dentro. Límpiame para poder follarte a ti también.

Carlos mete su lengua profundo en mi vagina, succionando, tragando el semen que Rodrigo dejó allí. Es una sensación indescriptible, sentir a mi esposo limpiándome, reclamándome de esta manera tan perversa, tan nuestra. Me chupa el clítoris, luego vuelve a mi entrada, sacando más semen con su lengua, haciendo sonidos húmedos, obscenos que llenan el silencio de nuestra sala.

—Estás tan abierta… —dice Carlos, y mete dos dedos dentro de mí, girándolos, sacando más del semen de Rodrigo para lamerlo de sus dedos—. Tan usada, tan hermosa…

—Él me abrió, mi amor. Me folló tan profundo, tan duro. Mi vagina es de él ahora, temporalmente. Pero mi corazón… mi corazón siempre es tuyo.

Carlos gime y vuelve a mi vagina, su lengua trabajando frenéticamente. Puedo sentir que está cerca de venirse solo con esto, solo con el sabor y la humillación y el amor.

—Tócame, Carlos. Mastúrbate mientras me limpias. Quiero que te vengas con el sabor de tu jefe en tu boca.

Carlos obedece, su mano volviendo a su miembro mientras su boca permanece entre mis piernas. Lo veo desde arriba, mi esposo sumiso, mi amor, limpiando la inmundicia de otro hombre de mi cuerpo con tanta devoción que siento que podría llorar de amor y lujuria.

—Más profundo, Carlos. Limpia todo. No quiero que quede nada de él cuando te monte.

Esta idea lo vuelve loco. Su lengua entra más profundo, su mano se mueve más rápido. Puedo sentir otro orgasmo construyéndose en mí, el cuarto de la noche, alimentado por la lengua de mi esposo y el recuerdo de la polla de mi jefe.

—Me voy a venir, Carlos. Ven conmigo. Ven en el suelo mientras limpias la vagina que tu jefe usó.

Carlos gime contra mí, el sonido amortiguado, y siento su cuerpo tensarse. Su lengua se vuelve frenética, moviéndose en círculos rápidos sobre mi clítoris, y yo exploto. Mi orgasmo es largo, profundo, sacudiéndome desde el centro de mi ser. Grito su nombre, agarro su cabello, empujo su cara contra mí mientras mi vagina se contrae, expulsando más del semen de Rodrigo, que Carlos traga ansiosamente.

Siento que Carlos se viene también, su cuerpo convulsionando, su semen cayendo sobre el suelo de madera de nuestra sala, un charco blanco que se mezcla con el brillo de sus lágrimas de excitación.

Cuando termina, cuando ambos estamos temblando, exhaustos, satisfechos, Carlos descansa su cabeza en mi muslo, acariciando mi vientre.

—Te amo —susurra—. Eres perfecta.

—Y yo te amo, mi sumiso, mi esposo, mi todo —digo, acariciando su cabello—. Mañana, si quieres, te contaré otra vez. Pero ahora, llévame a la cama. Quiero dormir con tu cabeza en mi pecho, soñando con cómo tu jefe me poseyó.

Carlos me mira con adoración, se levanta, y me lleva en brazos hacia nuestro dormitorio, dejando atrás la evidencia de nuestra noche, de nuestro amor, de nuestra perversión perfecta.

Fin

5 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por menteamplia
Etiquetas: leche, metro, orgasmo, polla, puta, semen, sexo, vagina
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