Donde Nadie Pronuncia Mi Nombre
Mabel tenía dieciséis años cuando comprendió que el miedo podía convertirse en una forma de obediencia..
Hasta entonces había creído que el silencio era una elección. Que bajar la mirada era un gesto de educación. Que responder con un «sí señor» podía ser una muestra de respeto. Pero aquella tarde descubrió que el silencio también podía ser una prisión.
Josías llevaba años convencido de que la vida le había negado la oportunidad de formar una familia. Vivía solo, trabajaba, cumplía con sus obligaciones y regresaba cada noche a una casa donde nadie lo esperaba. Con el tiempo dejó de pensar en encontrar una esposa o en tener hijos por los medios convencionales. En su mente comenzó a abrirse paso una idea distinta: si el destino no le había dado una hija, él mismo la incorporaría a su vida, a su manera.
No veía aquel propósito como un crimen. Lo concebía como el inicio de una nueva etapa. Estaba decidido a ofrecerle un hogar, alimento, educación y protección. Creía que, con paciencia y disciplina, la muchacha terminaría aceptándolo como la única familia que realmente necesitaría.
Por eso eligió cuidadosamente a Mabel.
La había observado durante semanas, memorizando sus horarios, el camino que recorría al salir del colegio y los momentos en que caminaba sola. Cuando estuvo seguro de que nadie podría intervenir, ejecutó su plan sin improvisaciones.
Mabel no recordaba con precisión el trayecto. Apenas fragmentos: el sonido de una puerta al cerrarse, el olor penetrante de un vehículo viejo, una tela áspera cubriéndole los ojos y un temblor que no lograba controlar. Había intentado contar los minutos, orientarse por las curvas del camino y memorizar cualquier detalle que pudiera servirle después. Sin embargo, el terror terminaba borrándolo todo.
Mientras ella luchaba por comprender lo que estaba ocurriendo, Josías pensaba en algo muy distinto. Imaginaba la habitación que había preparado para ella, las reglas de la casa y la forma en que comenzarían a convivir. Sabía que al principio habría miedo, resistencia y llanto. Lo consideraba natural. Estaba convencido de que el tiempo, la dependencia y la rutina harían el resto.
Cuando la venda desapareció, la habitación era pequeña y desconocida. Una cama individual, una ventana protegida por gruesas rejas y una única puerta de madera maciza. No había fotografías, ni adornos, ni objetos personales.
Él permanecía de pie junto a la puerta.
No necesitó levantar la voz. Su presencia ocupaba el cuarto con una autoridad que hacía innecesario cualquier grito. Alto, inmóvil y con una serenidad inquietante, observaba a la muchacha como quien examina un objeto recién adquirido.
Mabel evitó sostenerle la mirada. Instintivamente bajó la cabeza.
—Mírame cuando te hablo.
La frase fue pronunciada con absoluta calma.
Ella levantó los ojos apenas unos segundos. Fue suficiente para advertir que no había ira en el rostro del hombre. Aquello resultaba mucho más aterrador. No parecía actuar por impulso ni por rabia. Cada movimiento estaba medido, cada palabra parecía formar parte de una rutina cuidadosamente ensayada.
—Así está mejor.
Mabel sintió un nudo en la garganta. Quiso preguntar dónde estaba. Quiso exigir que la dejara marcharse. Quiso gritar. Pero el cuerpo decidió por ella. Permaneció inmóvil.
El hombre dejó un vaso de agua sobre una pequeña mesa.
—Vas a beber.
No era una invitación.
Ella dudó apenas un instante.
Él dio un paso hacia adelante.
Solo uno.
Fue suficiente.
Las manos de Mabel comenzaron a temblar mientras sujetaba el vaso. El agua se derramó sobre sus dedos.
—Con calma —dijo él, sin alterar el tono—. Nadie quiere que las cosas se compliquen.
Ella obedeció.
Cada sorbo le sabía a derrota.
Comprendió entonces que el dominio no siempre necesitaba golpes. Bastaba la certeza de que cualquier desobediencia podía desencadenar algo peor. El miedo llenaba los espacios vacíos, completaba las amenazas que nunca eran pronunciadas.
Cuando terminó de beber, devolvió el vaso con manos inseguras.
—Gracias.
La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla.
Se arrepintió en el mismo instante de haberla dicho.
Josías asintió con una leve inclinación de la cabeza, como si aquella respuesta confirmara que las cosas iban por buen camino.
—Bien.
Tomó el vaso vacío y lo dejó sobre una mesa junto a la puerta.
—Vamos a organizarnos desde el principio. Yo no tengo interés en hacerte daño. Mientras me escuches y hagas lo que te pida, no habrá problemas.
Mabel permaneció inmóvil.
—Entiendo que tengas miedo. Cualquiera lo tendría. Pero con el tiempo vas a darte cuenta de que aquí vas a estar mejor de lo que imaginas.
Ella quiso responder que estaba equivocado. Quiso decirle que sus padres la estarían buscando, que la policía terminaría encontrándola. Las palabras no salieron.
Josías abrió un armario y sacó una bolsa de tela.
—Necesitas quitarte esa ropa.
La dejó sobre la cama sin acercarse demasiado.
—Cuando termines, golpeas la puerta dos veces.
Mabel no tocó la bolsa.
Él esperó unos segundos.
—¿Me escuchaste?
—Sí… señor.
—Bien.
Salió de la habitación y cerró con llave.
Solo entonces Mabel respiró con fuerza. Se quedó varios segundos mirando la puerta, esperando escuchar pasos que se alejaran. Cuando dejó de oírlos, abrió la bolsa.
Había una bata de baño doblada con cuidado.
Se sentó en la cama sin saber qué hacer.
Pensó en negarse.
Pensó en romper la ropa.
Pensó en gritar.
No hizo ninguna de las tres cosas.
Se quitó lentamente su uniforme escoclar, obedeció. Cada prenda que se quitaba parecía pertenecer a otra persona, a una vida que había quedado detenida unas horas atrás.
Cuando terminó, permaneció sentada durante varios minutos.
Sabía que él esperaba los dos golpes en la puerta.
Si no los daba, tarde o temprano entraría.
Si los daba, estaría aceptando la siguiente instrucción.
Terminó levantándose.
Golpeó dos veces.
La llave giró casi de inmediato.
Josías observó la habitación antes que a ella. Se aseguró de que todo estuviera en orden y solo entonces dirigió la mirada hacia Mabel.
—Así está mejor.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho por simple instinto.
Él lo notó.
—No tienes que ponerte nerviosa.
Mabel no respondió.
—Ven.
La palabra «Ven» no fue una orden, fue una cuerda que tiró de Mabel desde dentro. Cada músculo de su cuerpo protestó, una guerra silenciosa entre el instinto de huir y el paralizante terror a las consecuencias. Dio un paso, y luego otro. El suelo de madera parecía trampa, cada tabla crujiendo bajo sus pies como un delator. Se detuvo a un metro de él, la distancia máxima que su miedo le permitía.
Josías no dijo nada. Simplemente se giró y caminó hacia una única puerta continua a la habitación. La abrió y se mantuvo en el umbral, esperando. El pasillo que se divisaba detrás era corto y oscuro, pero desde allí se filtraba una luz blanca y difusa, como la de un hospital. Mabel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Sabía que si cruzaba ese umbral, si entraba allí, ya no habría vuelta atrás. La habitación, con su ventana enrejada, era su prisión. Lo que venía después, lo intuía con una claridad helada, sería su infierno.
«Te he dicho que vengas», repitió, su voz tan tranquila que sonaba amable. Y esa amabilidad era lo más terrorífico de todo.
Mabel movió las piernas. Eran ajenas, pesadas, como si pertenecieran a otra chica que había tenido una vida, unos padres, un futuro. Ella era solo un fantasma que las habitaba, un fantasma obligado a caminar hacia su propia tumba. Cruzó la puerta. El pasillo olía a humedad y a jabón neutro, un olor limpio que le revolvió el estómago.
Josías la guió con el cuerpo, sin tocarla. La caminaba delante, su espalda ancha y recta como un muro. Mabel oía su respiración tan fuerte que casi no oía sus propios pasos.
El cuarto de baño era pequeño y sorprendentemente impecable. Las baldosas blancas en el suelo y las paredes brillaban bajo la luz fluorescente del techo. No había una sola pincelada de desorden. Una toalla gris plegada con precisión militar colgaba de una barra. El lavamanos de porcelana estaba vacío, salvo por un cepillo de dientes y un trozo de jabón. El aire era denso, cargado con el vapor de una ducha reciente. Y en el centro, como un altar profano, había una bañera de hierro fundido, con patas de garra, llena hasta el borde con agua caliente que desprendía volutas de vapor.
Mabel se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en el agua, en el temblor de la superficie, y su mente, por un instante, se desconectó. Vio el mar, las vacaciones con sus padres el verano pasado, el sabor salado en sus labios. La imagen fue tan vívida, tan real, que un sollozo le escapó, un sonido pequeño y roto.
Josías la oyó. Se giró y por primera vez, su rostro sereno mostró una grieta. Una leve contracción en ceño, como si la expresión de dolor de Mabel fuera una imperfección en su plan perfecto.
«El llanto es inútil, Mabel. Solo te cansa», dijo, acercándose un paso. «Vamos a quitarle la suciedad.»
Sus palabras no eran un consuelo. Eran una sentencia. Se acercó a ella y, con una lentitud calculada, levantó sus manos. Mabel se encogió, esperando el golpe, el empujón, la violencia. Pero no. Sus dedos, firmes pero no brutales, encontraron el borde de la bata que le había dado. La tela era suave, pero el tacto de su piel sobre la de ella fue como una quemadura. Se la pasó por la cabeza con una facilidad insultante. La bata cayó al suelo.
El aire frío y húmedo del baño le erizó la piel. Se cruzó los brazos sobre el pecho, un gesto instintivo y patético de protección. Sus pechos, que eran pequeños, se sentían expuestos, vulnerables. Josías observó el gesto, y una sombra de lo que podría haber sido impaciencia cruzó su rostro.
«Baja los brazos», ordenó. No hubo amenaza en su voz, solo una afirmación de un hecho que él consideraba inmutable.
Mabel no pudo. Sus brazos estaban pegados a su cuerpo, soldados por el pánico.
Josías suspiró, un sonido de leve molestia. «No quiero tener que repetir las cosas».
Con un esfuerzo que le costó lágrimas, obligó a sus brazos a obedecer. Los dejó caer a los lados de su cuerpo, temblando como hojas.
«Mejor», aprobó él.
Sus manos volvieron a ella.Sus dedos eran torpes, deliberadamente torpes, rozando la piel de su vientre una y otra vez. Cada roce era una pequeña violación, una declaración de que su cuerpo ya no le pertenecía. Mabel mantuvo los ojos fijos en la baldosa blanca del suelo, en una grieta diminuta que parecía un mapa de un mundo perdido. Cualquier cosa era mejor que ver, que sentir.
Estaba desnuda. Completamente, terriblemente desnuda en un cuarto de baño lleno de vapor, bajo la luz implacable de un fluorescente. El aire se sentía como miles de agujas diminutas pinchando su piel. Se sentía sucia, expuesta, como si el alma se le hubiera salido por los poros y ahora estuviera allí, en el suelo, para que él la viera.
Josías se quedó observándola. Mabel no sabía qué veía. No quería saberlo. Imaginaba sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo, juzgando, catalogando, poseyendo. El silencio se alargó, denso y pesado. El único sonido era el goteo lento y regular del grifo, un metrónomo para su tortura.
«Entra en la bañera.»
La bañera. El agua caliente. Durante una fracción de segundo, la idea fue un bálsamo. El calor la limpiaría, la escondería, la derretiría hasta convertirla en nada. Pero luego la realidad la golpeó. No era un escape. Era el escenario.
Levantó una pierna, luego la otra. El agua estaba caliente, casi demasiado. La quemó al principio, un dolor agudo y agudo que rápidamente se convirtió en un calor profundo y penetrante. Se sentó, el agua llegándole hasta el pecho, y se encogió sobre sí misma, abrazando las rodillas. El vapor la envolvió, cegándola, ahogándola. Por un momento, pensó que quizás podría desaparecer dentro de esa niebla blanca.
Josías se levantó. Se quitó la camisa, doblándola cuidadosamente y dejándola sobre el lavamanos. Mabel vio su torso, ancho y velludo, marcado por la edad y el trabajo. No era el cuerpo de un modelo, era el de un hombre real, y eso lo hacía aún más aterrador. Luego se desabrochó el cinturón. El sonido metálico de la hebilla al abrirse resonó en el pequeño cuarto de baño como un disparo. Mabel cerró los ojos con fuerza.
No oyó el resto. Se negó a escuchar. Pero sintió el desplazamiento del agua cuando él entró en la bañera. Se sentó frente a ella, sus largas piernas rodeándola, atrapándola en el pequeño espacio. El agua subió, lamiendo su mentón. Estaban encerrados juntos en un útero de agua caliente y terror.
«Estás tensa», dijo él. Su voz estaba a su lado, en su oído. «Relájate. El agua está caliente para que te relajes.»
Una de sus manos salió del agua y encontró su hombro. Su palma era rugosa, callosa. Comenzó a masajearla, un movimiento rítmico y constante. «Así está mejor. Todo tu cuerpo está tenso. Tienes que soltarlo.»
Mabel no podía moverse. Era una estatua de carne y hueso, petrificada por el miedo. Sus dedos se hundían en sus propios brazos, las uñas arañando la piel, un dolor punzante que la mantenía anclada a la realidad. El masaje de Josías continuó, descendiendo por su espalda, sus dedos siguiendo la línea de su columna vertebral. Cada toque era una invasión, una marca de propiedad.
«Voy a lavarte», anunció. «Tienes que estar limpia por dentro y por fuera.»
Tomó el jabón del borde de la bañera. El olor a glicerina y lavanda llenó el aire, un olor limpio y puro que se sentía como una profanación. Se frotó las manos, creando una espesa espuma blanca. Luego, sus manos volvieron a ella. Esta vez, no era solo un masaje. Estaba frotándola, lavándola como si fuera un objeto. Sus manos se movieron por sus brazos, sus hombros, su cuello. La espuma cubría su piel, una capa blanca y viscosa que la ocultaba, pero que no la protegía. Se frotó su estómago, sus caderas, sus muslos. Mabel se sentía enferma. El olor a jabón se mezclaba con el olor a su propio miedo, un sudor frío y agrio que el jabón no podía quitar.
Sus manos se acercaron a sus pechos. Mabel contuvo la respiración. Sus dedos, cubiertos de espuma, se cerraron sobre la carne suave. No fue una caricia. Fue una inspección. Los palpó, los pesó, como si estuviera evaluando una mercancía. Sus pulgares se frotaron contra sus pezones, que se endurecieron. Él pareció notarlo. Una satisfacción silenciosa emanaba de él, como si la reacción física de su cuerpo fuera una prueba de su dominio.
Sus manos continuaron su viaje, descendiendo por su abdomen, hacia el lugar más íntimo, el lugar que nadie, ni siquiera ella misma, había explorado con tanta conciencia. Mabel quería gritar, quería patear, quería salir corriendo de esa bañera y romper la puerta con las manos desnudas. Pero no hizo nada. Su cuerpo había aprendido la lección del miedo. La obediencia era la única forma de sobrevivir.
Sus dedos se deslizaron entre sus piernas. La tocaron. La exploraron. No con violencia, sino con una curiosidad clínica, fría. La abrió, la examinó. Mabel sintió una humedad que no era del agua de la bañera. Era la humedad de la vergüenza, de la humillación, de la traición de su propio cuerpo. Una lágrima solitaria se escapó de sus ojos cerrados y se mezcló con el agua de la bañera.
Josías retiró la mano. «Ahí está la esencia de la mujer.»
Se levantó, saliendo de la bañera. El goteo del agua de su cuerpo sobre el suelo de baldosas era el único sonido. Mabel no se movía. No podía. Se sentía vacía, hueca, como si él le hubiera arrancado algo por dentro y ahora solo quedara un caparazón frío y tembloroso.
Josías se secó con la toalla gris, con movimientos eficientes. Luego se la extendió a ella. «Sécate.»
Mabel tomó la toalla. Estaba húmeda y olía a él. Se frotó torpemente, sus dedos torpes y entumecidos. El tacto de la toalla sobre su piel sensible era doloroso.
Cuando terminó, se quedó de pie, sosteniendo la toalla húmeda frente a sí como un escudo inútil. El aire frío del cuarto de baño le erizaba la piel, creando miles de pequeñas protuberancias que eran mapas de su terror. Cada poro de su cuerpo estaba abierto, respirando el ambiente viciado de ese espacio sagrado y profano. Se sentía marcada. El agua, el jabón, las manos de él… todo había dejado una huella invisible pero imborrable. Ya no era la Mabel de dieciséis años que había salido del colegio esa tarde. Esa Mabel estaba muerta, ahogada en el agua de la bañera junto a su último aliento de libertad.
Josías la observó con una calma que era infinitamente más aterradora que cualquier furia. Se había envuelto en la toalla a la cintura, dejando al descubierto su torso velludo y pálido.
«Ven», dijo de nuevo. La palabra era el mismo anzuelo, pero esta vez Mabel no sintió la cuerda que tiraba de ella. Se sentía como si ya estuviera dentro del estómago del pez, y el pescador solo la estuviera moviendo de un compartimento a otro de su sistema digestivo.
Caminó hacia él, sus pies descalzos y fríos sobre las baldosas. Él no se movió. La dejó llegar, la dejó detenerse a escasos centímetros. La diferencia de altura era abrumadora. Ella tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para verle la cara, y lo que vio la heló hasta la médula. No había lujuria en sus ojos, no había deseo animal. Había una especie de… complacencia. La satisfacción de un artesano que ha terminado la primera fase de su obra y está a punto de comenzar la más importante.
«Lo que voy a hacerte no te va a gustar», dijo él, su voz un murmullo bajo y resonante.
La frase era tan absurda, tan desconectada de la realidad de lo que estaba sucediendo, que Mabel sintió el impulso de reír. Una risa histérica, loca, le subió por la garganta, pero la tragó a tiempo. La risa también podía ser una forma de desafío, y ella había aprendido que el desafío tenía un precio demasiado alto para pagarlo.
Josías le pasó un brazo por los hombros. El contacto fue seco, la piel de su brazo contra la suya, todavía húmeda y sensible. La guio hacia la puerta, la empujó suavemente para que saliera primero al pasillo oscuro. Mabel caminó delante de él, sintiendo su presencia como una sombra que la devoraba. El aire del pasillo era más frío, y su piel erizada se contrajo aún más. Cada paso era una agonía. Sabía qué la esperaba al final de ese corto trayecto. Sabía que la puerta de su habitación, esa puerta que se cerraba con llave, ya no sería el límite de su prisión. A partir de esa noche, toda la casa sería la jaula, y él, el guardián, el carcelero y el único espectador.
Entraron en la habitación. La luz se filtraba a través de las rejas de la ventana, dibujando barras diagonales en el suelo de madera. La cama estaba hecha, el edredón gris y liso extendido con una precisión militar. No había ninguna señal de desorden, ninguna huella de la vida que transcurría allí. Era una habitación de muñeca, y ella era la muñeca a la que estaban a punto de dar vida, una vida de sumisión y dolor.
Josías cerró la puerta detrás de ellos. No cerró con llave. No hizo falta. La cerradura ya no estaba en la puerta. La cerradura estaba en la mente de Mabel.
Él se soltó la toalla y la dejó caer al suelo. Mabel vio su cuerpo entero por primera vez. Entre sus piernas, su miembro estaba erecto, no con la erección torpe y juvenil de un muchacho, sino con la dureza pesada y deliberada de un adulto que sabe exactamente lo que quiere. No era grande ni pequeño, era simplemente… real.
«Acuéstate», ordenó.
Mabel miró la cama. Parecía un patíbulo. Las sábanas limpias y blancas eran el sudario. Se acercó a ella lentamente, como si caminara hacia su propia ejecución. Se sentó en el borde, el colchón firme bajo sus muslos temblorosos. No se atrevió a tenderse. No estaba lista.
Josías se acercó. «Túmbate, Mabel. No voy a hacerte daño si no me obligas.»
La amenaza estaba ahí, envuelta en una promesa vacía. Se tendió boca arriba, rígida como una tabla. El edredón era áspero contra su espalda desnuda. Miró al techo, a las sombras que danzaban en la esquina. Contuvo la respiración, esperando.
Él se tumbó a su lado. No se echó encima de inmediato. Se quedó allí, a su lado, mirándola. Mabel sentía el calor de su cuerpo, el peso de su presencia en el colchón. Podía oler su olor, a hombre, a jabón, a poder.
«Tu cuerpo es hermoso», susurró.
Una de sus manos se posó sobre su estómago. La palma era caliente y pesada. Comenzó a moverse, dibujando círculos lentos sobre su piel. Mabel apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas de sus manos. El dolor era su único anclaje a la realidad. La mano subió, hacia sus pechos. Volvió a tocarlos, pero esta vez sin la barrera del agua y el jabón. Su piel seca contra la suya. Sus dedos pellizcaron suavemente sus pezones, haciéndolos endurecerse de nuevo. Mabel apretó los ojos, con la esperanza de que si no veía, no estaría sucediendo.
Pero estaba sucediendo. Su mano continuó su descenso, por la línea fina de vello que llevaba desde su ombligo. Sus dedos se detuvieron en el monte de Venus, acariciando el pelo suave. Mabel sintió una tensión tan profunda en sus músculos que pensó que se rompería en dos. Estaba preparada para el dolor, para la violación brutal.
Pero Josías no hizo eso. Con una paciencia aterradora, comenzó a acariciarla. Sus dedos se deslizaron entre sus pliegues, encontrando el pequeño botón oculto. Lo rozó. Una vez. Otra vez. Mabel sintió una descarga eléctrica, una sensación extraña y no del todo desagradable que la horrorizó. Su cuerpo, su traidor cuerpo, estaba reaccionando. No quería, no lo pedía, pero los nervios no mentían. La humedad que había sentido en la bañera volvió a aparecer, esta vez más abundante, una traición líquida que la llenaba de vergüenza.
«Ahí está», murmuró él, con un tono de triunfo. «Siento que tu cuerpo me recibe. Siento que me quiere.»
Mabel quería gritarle que era mentira, que su cuerpo estaba temblando de miedo, que esa humedad era la prueba de su terror, no de su deseo. Pero las palabras se habían quedado atrapadas en su garganta, ahogadas por el pánico.
Josías continuó su estimulación, un ritmo constante, metódico, que estaba despojándola de su voluntad. Sus dedos se introdujeron ligeramente en su apertura, explorándola, preparándola.
«Tu cuerpo sabe lo que quiere», susurró Josías, su voz un bálsamo venenoso en su oído. «Es más inteligente que tu mente. La mente tiene miedo, miente. Pero el cuerpo… el cuerpo nunca miente. El cuerpo sabe que necesita ser poseído, necesita un dueño que le diga lo que es. Y yo soy tu dueño, Mabel. Cuanto menos te tardes en aceptarlo, mejor para ti.»
Sus palabras eran la verdad que ella no quería escuchar. Porque en ese momento, mientras sus dedos la preparaban con una paciencia aterradora, una parte de ella, la parte más oscura y profunda, estaba empezando a creerlo. No era placer. Era algo mucho más complejo y retorcido. Era la rendición. Era el alivio de dejar de luchar, de dejar de esperar una salvación que nunca llegaría. Era la paz abyecta de la esclava que comprende que su único propósito es servir.
Josías retiró la mano. La ausencia de su toque fue un shock. Mabel sintió un vacío, una necesidad que la repugnó. Él se movió, colocándose sobre ella. No se apoyó con todo su peso, se sostuvo sobre sus antebrazos, pero su cuerpo la cubría por completo, la eclipsaba. La luz de la luna se filtraba a su alrededor, convirtiéndolo en una silueta oscura, un ángel de la muerte a punto de consumar el sacrificio.
«Abre las piernas», ordenó. Su voz no era un susurro esta vez. Era una orden clara, directa, la voz de un amo a su propiedad.
Las piernas de Mabel se abrían lentamente. No fue una decisión. Fue un reflejo condicionado. El miedo había sido entrenado, y ahora respondía automáticamente a sus comandos.
«Más.»
Las piernas se abrieron más, hasta que los músculos del interior de sus muslos comenzaron a doler por el estiramiento. Estaba abierta, expuesta, vulnerable. Un altar listo para el sacrificio.
«Ahora mírame», dijo. «Quiero que veas quién te posee. Quiero que grabes mi rostro en tu memoria para que cada vez que mires al espejo, te acuerdes de a quién perteneces.»
Abrió los ojos. El rostro de Josías estaba a centímetros del suyo. Sus ojos brillaban en la oscuridad, no con pasión, sino con una posesión fría y calculada. Era el rostro de su dueño.
Él se ajustó, y Mabel sintió la cabeza de su miembro en su entrada. Era caliente y dura. El pánico, el pánico real y visceral, volvió con toda su fuerza. Sus manos, que habían estado inertes a sus lados, se movieron por instinto, empujando su pecho.
«No… por favor», susurró, su voz un hilo roto.
Josías no se movió. No se alteró. Simplemente bajó la cabeza y le mordió el lóbulo de la oreja. No fue un mordisco de placer, fue un mordisco de advertencia, una demostración de fuerza. Los dientes se clavaron en su piel sensible, un dolor agudo y agudo que la hizo gritar.
«El silencio es tu amigo, Mabel», siseó en su oído, sin soltarla. «Ya te lo he dicho. El silencio y la obediencia. ¿O prefieres que te enseñe lo que pasa cuando desobedeces?»
Ella no quería saberlo. La imaginación ya le estaba mostrando imágenes demasiado horribles. Dejó de empujar. Sus manos cayeron de nuevo al colchón, derrotadas.
«Así está mejor», aprobó él, soltando su oreja. El dolor fue reemplazado por un pulsar húmedo y sensible. «Ahora vamos a hacer de ti una mujer. Mi mujer.»
Y entonces, con una lentitud tortuosa, comenzó a entrar.
Mabel pensó que gritaría. Pensó que se desgarraría por dentro. Pero lo que sintió fue algo diferente. Fue una presión inmensa, un estiramiento que parecía imposible de soportar. Sentía cómo sus tejidos se resistían, cómo su cuerpo, instintivamente, luchaba por rechazar la invasión. Pero Josías era persistente. Empujó, y la resistencia cedió con un desgarro húmedo y doloroso.
Un grito se escapó de sus labios, un grito de dolor puro y animal.
Josías se detuvo, completamente dentro de ella. No dijo nada. Se quedó quieto, dejando que ella se acostumbrara a su presencia, a su tamaño. El dolor era agudo, una quemazón entre sus piernas que se irradiaba hacia su estómago. Sentía la calidez de su pene, imaginaba su semilla mezclándose con su sangre, con su virginidad rota.
«Ya está», dijo finalmente, su voz tranquila. «El primer paso siempre duele. Pero es un dolor necesario. Es el dolor del nacimiento. El nacimiento de tu nueva vida.»
Comenzó a moverse. Lentamente al principio, con movimientos largos y profundos que la llenaban por completo. Cada embestida era una afirmación de su dominio. Cada retirada era una promesa de volver. Mabel se quedó quieta, con los ojos cerrados, con las lágrimas cayendo silenciosamente por las comisuras de sus ojos hacia sus sienes. No se movía. No participaba. Era un objeto, un recipiente. Y en esa pasividad, en esa rendición total, encontró una especie de paz. Si no era una persona, no podía sentir. Si no era una persona, no podía ser herida.
Pero Josías no quería un objeto inerte. Quería una esclava participante.
«Mueve las caderas», ordenó, su voz tensa por el esfuerzo. «Ayúdame. Muéstrame que tu cuerpo quiere esto tanto como el mío.»
Mabel no sabía cómo. Su cuerpo era una masa de dolor y miedo.
«¡Hazlo!», gritó, y su voz fue como un látigo.
El miedo la galvanizó. Comenzó a mover las caderas torpemente, imitando su ritmo. Era un movimiento sin gracia, sin placer, una marioneta cuyos hilos él tiraba. Pero era suficiente para él.
«Así. Así. Siente cómo te lleno. Siente cómo te poseo.»
Sus movimientos se hicieron más rápidos, más brutales. La cama comenzó a crujir, un ritmo acompasado que marcaba su violación. El olor a sudor y a sexo llenaba la habitación, un olor animal y primitivo. Mabel sentía sus respiraciones entrecortadas mezclándose con las de él, sentía su corazón latiendo contra su pecho, un tambor de guerra que anunciaba su derrota.
«Abre los ojos», siseó. «Quiero que veas cómo te follo. Quiero que veas la expresión en mi cara cuando te lleno.»
Ella abrió los ojos. El rostro de Josías estaba contorsionado, no por el placer, sino por el esfuerzo. Era el rostro de un hombre que está a punto de alcanzar un objetivo, un rostro de concentración feroz. Y en sus ojos, Mabel vio su propia reflexión. Vio una chica con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el rostro marcado por las lágrimas y el sudor. Vio a una esclava. Y supo que esa era su nueva identidad.
Él aceleró el ritmo, embistiéndola con una fuerza que la hacía deslizarse hacia arriba en la cama. Sus manos se agarraron a sus caderas, dejando marcas moradas en su piel. La estaba usando, la estaba desgarrando, la estaba reclamando. Y Mabel lo sentía todo. El dolor se estaba mezclando con otra cosa, una tensión creciente en su bajo vientre, una presión que no era del todo desagradable.



Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!