• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (3 votos)
Cargando...
Dominación Mujeres, Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El hombre de la casa parte 1

Mi abuelo se adueña de nuestra casa y de mi madre.
Me llamo Alejandro. Soy hijo único y vivo con mis viejos. Mi papá se llama igual que yo, Alejandro, y es ingeniero; un tipo serio que siempre tiene la cabeza metida en el trabajo. Mi mamá es Joana, ella es ama de casa.

Mi madre es una mujer que no pasa desapercibida. A sus 39 años, tiene ese tipo de atractivo que te deja pensando. No es la típica señora de casa; tiene un cuerpo que cuida mucho, come bien y se ejercita a diario, ya sea corriendo por las mañanas o haciendo ejercicio en casa por las noches. Es de curvas muy marcadas, de esas que se notan aunque intente disimular con la ropa. Tiene el cabello largo y castaño, la piel blanca, ojos cafés, unas piernas largas y unas caderas anchas que le dan un movimiento muy sexy cuando camina por la casa. Además, tiene unos senos grandes y firmes que resaltan en cualquier blusa, y un trasero que es una locura, redondo y con mucha forma; de esos que te obligan a voltear aunque no quieras. Es una mujer que tiene el cuerpo en su punto exacto para dejar a cualquiera con la boca abierta.

Luego está mi abuelo materno, Andrés. Ya está jubilado y se mudó con nosotros hace poco, mi madre dice que debemos procurar cuidar de él si queremos estar en su testamento. El tipo es muy estricto y tuvo varios hijos regados, ademas tiene una obsesión con la pornografía de todo tipo y las prostitutas; se la pasa metido en mi computadora viendo sitios para adultos. Es común que yo abra mi compu y me encuentre varios sitios de contratación y búsqueda de prostitutas abiertos, a pesar de ser un lujurioso debo admitir que tiene plata el viejo, y es dueño de varios terrenos sin fincar.

Debo admitir que no me gusta salir con él a la calle, porque se la pasa mirando a las mujeres con una lujuria descarada. Suelta comentarios sin filtro como: «Mira esa que va ahí, ¡qué nalgotas tiene! Te apuesto lo que quieras que se la meten por el culo», o «Mira ese par de tetas, parece vaca lechera». Es incómodo, pero lo dice con tanta naturalidad que parece que no le importa que la gente lo escuche.

Pero dentro de la casa, él se comporta como el verdadero dueño de todo. Es la autoridad máxima, pasando por encima de mi papá y dándole órdenes de lo que se debe hacer y lo que no, dejando de lado cualquier opinión de mi padre. Y como mi mamá buscaba quedar bien con él por la herencia, siempre le daba la razón.

Era muy notorio que mi papá ya no era el hombre de la casa. Él tenía planeado remodelar la casa desde hacía meses; quería empezar por el baño, cambiar la puerta, los mosaicos, el lavamanos y todo eso. Pero el día que empezaron a desmontar la puerta, llegó mi abuelo de una de sus salidas. Ya la habían quitado cuando él intervino diciendo: «Ya dejen eso ahí, no hace falta cambiar nada». Mi papá y mi abuelo se pusieron a discutir, pero mi mamá le dio la razón a mi abuelo. Al final, nos quedamos sin puerta en el baño porque mi abuelo no dejó que la volvieran a poner; solo le dijo a los trabajadores: «Ya déjenlo como está, ¿para qué la quieren volver a poner si ya hasta la rayaron? Solo hacen puras cochinadas». Así que, al final, solo pusieron una cortina corrediza que el mismo abuelo compró.

Solo podía ver la frustración de mi padre, quien le reprochaba a mi mamá que ya no lo tomaba en cuenta a él, sino solo a su padre. «No digas tonterías, amor, sí te tomo en cuenta. Además, mi padre ya es mayor, solo es un hombre que quiere sentirse útil», decía mi mamá para tratar de calmarlo pero todos sabíamos que era simple interés.

Para no hacer el cuento largo, mi abuelo decidía hasta lo que comíamos día con día y hasta cómo debíamos vestir. A mí me molestó mucho, porque dejé de usar mis playeras con diseños chulos para usar camisas aburridas. Con mi madre fue igual: «Hija, tienes un buen cuerpo, deberías usar ropa para lucirlo», le decía mi abuelo. «No es necesario, papá, aparte ya estoy casada, eso es para las jovencitas», le respondía ella. Pero él no se quedaba atrás: «¡Pero qué dices, hija! No lo digo para que te luzcas con otros hombres, lo digo para que te sientas hermosa». Y así fue como, poco a poco, mi madre decidió complacerlo y empezó a usar ropa más ajustada, escotada y faldas más cortas de las que solía usar.

Cuando mi madre empezó a usar esa ropa más provocativa y sexy, me di cuenta de algo que me ponía nervioso: mi abuelo la miraba con la misma lujuria con la que miraba a cualquier otra mujer en la calle. Ya no era solo una mirada de padre a hija, era una mirada de hombre a mujer.

Y no tardó mucho en pasar a la acción. El viejo empezó a regalarle ropa: faldas, blusas, pantalones… cosas que resaltaban sus curvas. Mi mamá los recibía con gusto, pero la cosa se puso más intensa cuando los regalos empezaron a ser más íntimos. Primero fueron medias y ligueros, y después, sin que nadie se lo esperara, empezó a regalarle conjuntos de lencería y cosas similares.

—»Papá, no es necesario que me regales prendas tan íntimas…» —le decía mi mamá, tratando de poner un límite, pero se le notaba que no le molestaba tanto.

Pero mi abuelo, que es un maestro de la manipulación, siempre tenía una respuesta bajo la manga. Con toda su experiencia y astucia, le decía:

—»¿Qué tiene de malo, hija? ¿Acaso no tengo derecho de comprarte cosas bonitas?».

Parecía que se hacía la víctima, como si ella fuera la que estaba siendo injusta por no aceptar sus detalles. mi madre terminaba cediendo y aceptando sus obsequios cuando el viejo la chantajeaba diciendo que se iría mejor a vivir con alguno de sus medios hermanos..

Pero la cosa no se quedaba solo en que ella los guardara en el clóset; al final, ella terminaba usando esa lencería de una forma que no pasaba desapercibida. Era muy común ver cómo la tela fina de los conjuntos que mi abuelo le regalaba se marcaba o se traslucía bajo su ropa normal. Sus escotes eran tan pronunciados que, a veces, se alcanzaba a ver el encaje de los sostenes, y con las minifaldas que ahora usaba, en ocasiones se llegaba a ver lo que llevaba puesto por debajo cuando se sentaba o se agachaba.

Mi madre ya no solo se veía sexy, se veía provocativa por naturaleza. La casa se había convertido en un escenario donde ella, casi sin querer o quizás muy a propósito, exhibía su cuerpo ante las miradas de todos, especialmente ante las de mi abuelo y las mías.

Mi padre también salió beneficiado de todo este relajo. Aunque a él no le gustaba nada la forma en que mi abuelo se comportaba en la casa y cómo mandaba sobre todos, no podía negar que le encantaba la nueva forma de vestir de mi mamá. Verla con esa ropa tan ajustada y provocativa le había despertado un hambre que no sabía que tenía.

Y eso se notaba un montón, porque por las noches los encuentros sexuales entre ellos aumentaron demasiado. Antes, la cosa era más tranquila; podían pasar semanas sin que se escuchara nada en la habitación. Pero ahora, con la nueva imagen de mi madre, la situación se puso intensa. Era muy común escuchar claramente cómo follaban a mitad de la noche, con ruidos que no dejaban lugar a dudas de lo fuerte que era el encuentro.

Lo que antes era una rutina calmada, se había convertido en una frecuencia de deseo constante, alimentada por esa ropa que el abuelo le obligaba a usar.

La cosa se puso todavía más rara. Una noche, después de que mis padres terminaran su encuentro —que, como de costumbre, se escuchó con toda la intensidad del mundo—, me levanté un momento para ir por un vaso de agua, tratando de no hacer ruido, pero al pasar por el pasillo, me detuve en seco. Vi una sombra tenue fuera de la habitación de mis padres, pero no era una sombra cualquiera. 

Ahí estaba él. Mi abuelo estaba completamente quieto, pegando el oído en la puerta, se quedó ahí, escuchando, como si cada sonido de la pasión de mis padres fuera un regalo para su propia obsesión, al darse cuenta que ellos habían terminado se retiró a su habitación.

Para ser honesto, por la forma de ser de mi abuelo y lo lujurioso que era, no me pareció algo tan raro que estuviera haciendo eso. Era como si su deseo fuera una fuerza de la naturaleza que no podía controlar. Pero lo que pasó después me dejó claro que su lujuria no tenía límites.

Sucedió en una mañana que no tenía nada de especial. Yo no acostumbro a levantarme temprano, pero esa vez me desperté antes de lo normal. Salí de mi cuarto todavía medio dormido, con los ojos pesados, y me fui al jardín para tomar un poco de aire y el sol de la mañana, como si fuera una lagartija buscando calor.

Desde ahí, con la vista puesta en la ventana, lo vi. Mi mamá acababa de llegar de su carrera matutina y entró directo al baño para ducharse. En ese momento, vi cómo mi abuelo se detenía justo en la entrada del baño. Con un movimiento lento y calculado, apartó la cortina corrediza que él mismo había insistido en poner en lugar de la puerta.

«¿Será capaz de espiarla?», pensé, con el corazón empezando a latir más rápido.

Y no me equivoqué. No solo se quedó ahí mirando; en cuanto se aseguró de que nadie lo veía, se sacó el pene del pijama y empezó a masturbarse con ganas, con la mirada clavada en mi madre mientras ella se bañaba. Era una escena totalmente cruda: el viejo, ahí parado, disfrutando de la privacidad de mi mamá como si fuera su propiedad privada. Me quedé petrificado, sorprendido por el tamaño de su pene ahora entendía cómo era que tenía tantos hijos regados.

No tardó mucho en sacar un pañuelo de la bolsa; el típico pañuelo de tela que siempre trae para el sudor o para limpiarse la boca. Pero esta vez no era para eso; lo usó para limpiarse el semen después de haberse corrido en él. Una vez que terminó y se sintió satisfecho, se alejó de la puerta del baño con toda la calma del mundo y se fue a sentar a la sala, como si no hubiera pasado nada.

Me quedé ahí, parado en el jardín, con la cabeza dándome mil vueltas. Ver eso me dejó una sensación muy rara en el cuerpo. Por un lado, sabía que era algo natural, pero por otro, ver la forma tan descarada en la que mi abuelo lo hacía me hacía dudar de todo.

Me quedé pensando si debería decirle algo a mis viejos. ¿Debería contarle a mi papá que el viejo se la pasa espiando a mi mamá? Pero la verdad, me daba miedo. Pensaba que, si les decía, lo más seguro es que me tacharan de loco o que me dijeran que estoy imaginando cosas. Al final, en esa casa, la palabra de mi abuelo era ley, y yo no quería ser el que causara un problema innecesario en una familia que ya de por sí estaba medio rota.

Al final decidí no decir nada. Pensé que era solo un viejo con sus mañas y que, lo peor que podía pasar, era que lo descubrieran y ya, todo se detendría. Pero me equivoqué; el viejo no tenía freno. Los días pasaban y él seguía haciendo de las suyas, espiando a mi mamá cada que podía, e incluso llegaba al extremo de agarrar su ropa íntima del cesto de ropa sucia para olerla como si fuera un perfume caro.

Pero lo más pesado fue el cumpleaños de mi papá. Él había organizado una carne asada y había invitado a algunos amigos. Mi abuelo, que no perdía oportunidad, aprovechó la reunión para hacer quedar mal a mi papá de la forma más sutil posible.

Se puso a tomar con mi papá y con sus amigos, fingiendo que quería «hacer las paces». Se la pasaba alabando a mi papá y diciendo maravillas de él frente a sus amigos, pero todo era una trampa. El viejo se encargó de emborrachar a mi papá hasta dejarlo haciendo puras ridiculeces frente a todos nosotros. Era como si estuviera quitándole la autoridad frente a sus propios amigos.

Cuando mi abuelo ya se había cansado de jugar con mi papá, se quedó morboseando a mi madre..

Mi mamá, que ese día traía una minifalda de mezclilla y una blusa blanca de olanes con un escote tremendo, intentaba poner en orden a mi papá, pero ya era demasiado tarde. Mi viejo estaba fuera de sí; decía puras incoherencias, se tropezaba y hasta vomitó en el patio. Mi mamá, en su afán de ayudar, se agachaba para levantarlo o para sostenerlo, y en cada movimiento, la falda se le subía más dejando ver su ropa interior una tanga rosa que se escondía entre sus nalgas y dejaban muy bien marcado el bulto de su vagina. mi abuelo no perdía la oportunidad; se quedaban ahí, con la mirada clavada en ella, observando hasta el último detalle de su cuerpo mientras ella intentaba mantener la dignidad de mi padre en medio del desmadre.

En ese momento, mi abuelo llamó a mi mamá con una voz que no aceptaba réplicas:
—»¡Hija! Ven, siéntate a tomar conmigo. Deja a tu esposo ahí sentado, no va a ir a ningún lado».

Mi mamá se giró, con cara de preocupación.

—»Papá, está muy borracho, no lo puedo dejar así…» —dijo ella, intentando ser la voz de la razón.

—»Ahí déjalo, míralo, ya se va a quedar dormido» —le cortó mi abuelo, sin darle oportunidad de protestar.

Mi abuelo la obligó a sentarse con él, y la escena se volvió surrealista. Mi papá se quedó ahí, medio desparramado en la silla, como un mueble más. mi abuelo, por su parte, abrió una cerveza y se dio a mi madre la cual la empezó a tomar sin quitarle la vista de encima a mi papá, como si estuviera vigilando que no se cayera de la silla.

Conforme pasaban los minutos, el sol se ocultó y el frío de la noche empezó a calar. Mi mamá, temblando un poco, dijo:
—»Voy por un suéter, tengo frío».

Pero mi abuelo la detuvo en seco, con una mirada que me decía que el plan ya estaba en marcha.
—»No necesitas eso» —le dijo, y se levantó de la silla.

Entró a la casa y regresó cargando una botella de su viejo mezcal, de ese que es bien fuerte y añejo.
—»Toma, dale unos tragos de esto y ya no vas a sentir frío» —le dijo mi abuelo, extendiéndole la botella con una sonrisa que me hizo pensar que ese mezcal no era solo para el frío, sino para terminar de soltarle los instintos.

Mi mamá le dio un trago largo al mezcal, y luego otro. Parecía que el alcohol le estaba quitando cualquier rastro de timidez. Después, le pasó la botella a mi abuelo; él solo le dio un trago rápido y se la regresó a ella, que siguió bebiendo sin parar, hasta que su rostro se puso completamente rojo por la ebriedad. Entre trago y trago, la mesa se llenaba de carcajadas por cualquier tontería que soltaban, un ambiente de fiesta que ya no tenía nada de familiar se había convertido en una borrachera más.

Los amigos de mi padre comenzaron a marcharse dejando ami madre y mi abuelo solos en el patio.

Entonces, mi abuelo, que no quería perder ni un segundo de espectáculo, estiró el pie y lo usó para empujar la pierna de mi madre, obligándola a abrir un poco las piernas. Al hacerlo, la tanga volvió a quedar a la vista, y el viejo se quedó ahí, disfrutando de la imagen con una sonrisa de triunfo.

Mi madre, lejos de quejarse, solo soltaba risitas nerviosas aunque se notaba en su rostro la incomodidad, En eso, mi mamá, se levantó de la silla con la intención de alcanzar una lata de cerveza que estaba cerca. mi abuelo, que no perdía el tiempo, se la acercó, pero cuando ella se disponía a volver a sentarse, él la tomó de la cintura con fuerza y la subió a su regazo, sentándola directamente sobre sus piernas.

Mi mamá no dijo ni una sola palabra de protesta. Se quedó ahí, sentada sobre él, bebiendo su cerveza. Mi abuelo, por su parte, empezó a acariciarle las piernas con descaro, recorriendo su piel mientras ella solo lo miraba.

Lo más raro era que, en medio de todo ese desmadre, los dos parecían haberse olvidado de que yo existía; o simplemente, les valía madre que yo estuviera ahí cerca. Yo me quedé en un rincón, cauteloso y a una distancia donde pudiera ver y escuchar todo, pero preferí no intervenir para no enfrentar el enojo a mi abuelo.

Mi papá, por su parte, ya estaba en el mundo de los sueños. Estaba ahí mismo, en la silla detrás de ellos, pero roncando como un animal, desplomado sobre la silla como si se fuera a caer al suelo en cualquier momento. Estaba totalmente fuera de la jugada.

Mientras tanto, la tensión entre mi madre y mi abuelo seguía subiendo. Él no dejaba de manosearla, disfrutando de sus piernas con una descarada confianza.

 —»Entonces hija, que te gustaría que te deje en mi testamento…» —dijo mi abuelo con una sonrisa.

Mi madre casi escupe la cerveza que estaba tomando al escuchar eso, era evidente que mi abuelo sabía que mi madre solo lo tenía ahí por conveniencia, y él sabría aprovechar eso a su favor.

—»Nunca has sido una buena hija conmigo, al contrario siempre buscabas llevarme la contra…¿pero aun así quieres que te deje un pedazo del pastel?» —dijo mi abuelo.

 —»Qué dices papá sabes que te quiero mucho y siempre me preocupo por ti» —dijo mi mamá acariciando la mejilla de mi abuelo.

—»Bueno si quieres que yo sea bueno contigo ¿Tu vas hacer buena conmigo?» —preguntó mi abuelo dirigiendo su mano a su entrepierna, mi madre pegó leve brinco al sentir la mano de mi abuelo sobre su intimidad, trato de cerrar y apretar las piernas.

—»Veo que no estás dispuesta a tratarme bien… entonces no te sorprendas cuando me muera y no te haya dejado nada» —dijo mi abuelo molesto al ver la reacción de mi mamá. Mi abuelo iba a quitar a mi madre de sus piernas, pero ella lo detuvo.

—»¡Espera!, me tomaste por sorpresa solo fue eso» —dijo mi mamá mientras se levantaba un poco para subirse la falda por completo a la cintura, para volverse a sentar abriendo las piernas.

—»¿Así está mejor papá?» —preguntó mi mamá, al mismo tiempo que tomaba la mano de mi abuelo y la dirigía a la entrepierna de ella, mi abuelo comenzó acariciar su vagina por encima de su tanga, pero no tardó mucho en meter su mano por debajo de la prenda.

—»A partir de hoy no quiero que te depiles» —dijo mi abuelo, pero mi mamá pareció no importarle el comentario, de un jalón se tomó la cerveza y volvió a tomar la botella de mezcal para luego beber de ella apartando la mirada de mi abuelo.

—»Se una buena chica, vamos no seas tímida, es más rico que estes peluda» —dijo mi abuelo, —»Acomodate mejor para que te meta mis dedos» — ordeno mi abuelo, mi madre se acomodo y abrió mas las piernas de tal forma que su vagina quedó totalmente expuesta y visible con su tanga de lado.

Mi madre dejó escapar un suspiro y un leve gemido cuando mi abuelo metió sus dedos dentro de ella, —»Mis dedos se fueron con facilidad, los siento tan pegajosos ¿será que estás muy excitada?» —preguntó mi abuelo mientras mi mamá se mordía los labios.

—»Mas te vale anciano que me dejes alguna de tus propiedades después de esto» —dijo mi mamá, por la cara que hacía era evidente que estaba molesta y ebria, pero no podía evitar gemir, no me imaginaba que estaban haciendo los dedos de mi abuelo dentro de ella.

—»No hablemos de eso habrá más tiempo para eso,se siente bien cuando meto y saco mis dedos ¿no?» —preguntó mi abuelo sin detener sus acciones.

—»Deja de jugar y termina lo que tengas planeado» —respondió mi mamá

—»Yo no tengo nada planeado, serás tú la que dirija todo esto» —respondió mi abuelo, sacando por fin sus dedos de la vagina de mi madre, mismos que acercó a su cara poniéndolos delante de su boca.

Ella solo los miro por un momento pero enseguida comprendió lo que debía hacer así que sin más acercó su boca la abrió y mi abuelo metió sus dedos dentro de la boca de mi mamá, ella comenzó a chuparlos y lamerlos.

—»Por como los chupas me imagino que no es la primera vez que pruebas tus propios fluidos» —dijo mi abuelo soltando una carcajada.

—»Es hora que pruebes los míos» —dijo mi abuelo, ordenando a mi mamá que se levantara y se pusiera de cuclillas frente a él, mi abuelo sin levantarse de la silla solo se desabrocho el cinturón y el pantalón, bajó su cierre y saco su pene frente a la cara de mi mamá.

Mi mamá se quedó paralizada por un segundo, con los ojos muy abiertos al ver el gran miembro de mi abuelo tan cerca de su cara. Su expresión era una mezcla de sorpresa y confusión; su cara lo decía todo.

—»¿Qué pasa, hija? ¿Acaso no habías visto el pene de un hombre de verdad?» —le soltó con una sonrisa burlona y despectiva. Luego, sin darle tiempo a reaccionar, remató con un golpe directo al orgullo de mi padre—: «No te culpo… solo has estado con puros perdedores de penes pequeños, como tu marido».

Mi abuelo no perdió el tiempo en más palabras ni en sutilezas. Agarró su pene desde la base con una mano firme y, con un movimiento brusco, se acercó más a la cara de mi madre. 

La tomó del cabello con firmeza, obligándola a mantener la cabeza en la posición que él quería y empezó a restregar su enorme miembro directamente contra la cara.

 Lo que más me impactó fue ver cómo, con una actitud de pura dominación, empezó a darle golpes suaves pero constantes con el pene en las mejillas. usando su carne para recordarle quién era el que mandaba, con descarado, pasó su pene entre los labios de mi madre, usándolo como si fuera un cepillo de dientes, frotando de un lado a otro con una rudeza.

Finalmente, el abuelo decidió que ya había jugado demasiado con la superficie. Sin previo aviso, empujó su enorme miembro con fuerza hacia adentro de la boca de mi madre, metiendo incluso más de la mitad del largo. El movimiento fue tan profundo y repentino que la dejó casi sin aire.

—»¡No es posible que las prostitutas que contrató sí se lo traguen y tú, que eres una tremenda puta, no puedas!» —le gritó mi abuelo con una saña que me dejó helado. 

El viejo no solo quería su placer, quería humillarla, recordándole que para él ella no era más que una mujer con un pasado de excesos. Sin darle tiempo para procesar el insulto, mi abuelo intentó empujar su pene con más fuerza, tratando de clavárselo hasta el fondo de la garganta. 

Se apartaba violentamente de él, tosiendo con desesperación y escupiendo al suelo. El movimiento era errático y violento; cada vez que ella lograba zafarse, el pene de mi abuelo quedaba cubierto de saliva y fluidos.

La paciencia del abuelo se agotó por completo. Ya no le interesaban los ritmos lentos ni los juegos de la boca; él quería la penetración total. Sin decir una palabra, la agarró con una fuerza que no dejaba dudas de su intención, la levantó frente la silla y la empinó contra ella, dejando su trasero totalmente a su merced.

Antes de que ella pudiera reaccionar, el viejo le soltó una nalgada tan fuerte que el sonido retumbó en toda la habitación.

—»¡Espera! ¡Si me la vas a meter, ponte un condón! ¡Dentro tenemos!» —exclamó mi mamá, tratando de poner un último límite con la voz entrecortada por la sorpresa.

Pero a mi abuelo le valió madre. El viejo estaba en un punto de no retorno donde la protección era un estorbo para su placer. Sin detenerse, agarró su miembro y se lo ensartó de un solo golpe en la vagina.

—»¡Ahhh! ¡No! ¡No me va a caber todo! ¡Me lastimas!» —pegó un grito mi mamá, arqueando la espalda por el dolor de la entrada tan brusca.

Pero el viejo no se detuvo ni a pedir perdón. Al contrario, aprovechó el impacto para empezar a moverse con una fuerza salvaje, entrando y saliendo de ella con embestidas pesadas. mientras el abuelo la embestía sin piedad, el sonido de la carne chocando contra la carne se escuchaba con fuerza.

Debo admitir que en ese momento lo que me provocó gracia fue la posición de mi padre. Él estaba ahí mismo, desplomado en la silla, completamente fundido por la ebriedad, dormido con la cabeza colgando y la respiración pesada de quien ya no siente nada. Estaba a escasos dos metros de mi madre, literalmente frente a ella.

Me quedé pensando: «¡Qué patético! Se follan a mi madre, tu mujer frente a tus narices y ni siquiera te enteraras».

Pero yo no era el único que estaba observando, mi madre, a pesar de las embestidas violentas que recibía, mantenía sus ojos clavados en mi padre. Lo miraba fijamente, con una intensidad que me helaba la sangre. Me preguntaba qué demonios estaría pensando ella en ese momento: ¿sentía culpa, o acaso lo disfrutaba?

Mientras tanto, los movimientos del abuelo se volvieron más frenéticos, más salvajes. Los gemidos de mi madre empezaron a subir de tono ya no se contenía, mezclados con el sonido de la carne chocando. El viejo la tomó con fuerza del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello y su rostro.

—»¡Qué bien se siente tu vagina!» —dijo mi abuelo agitado, con la voz rota por la excitación—. «Siento cómo me aprieta y me succiona… ¡la habilidad que te falta con la boca, la compensas con tu sucia vagina!» dijo el viejo.

—»¡Apuesto que te follo mejor que tu marido!» —dijo mi abuelo, con una arrogancia que no conocía límites.

No se quedó solo en el insulto; quería que la humillación fuera completa, que no quedara duda de quién era el que realmente la poseía en ese momento. Con un movimiento brusco, señaló hacia la sombra de mi padre, que seguía ahí, desplomado y ajeno a todo.

—»¡Míralo! ¡Ahí está! ¡Dile que te follo mejor que él!» —le ordenó a mi madre, retándola a que aceptara la verdad frente a la presencia de su propio esposo.

Yo esperaba que mi madre se indignara, que le gritara o que intentara recuperar algo de la dignidad que le quedaba. Pero lo que pasó fue mucho más impactante.

Mi madre, con la respiración agitada y los ojos nublados por el alcohol y el placer, no apartó la mirada de mi padre. 

—»Perdoname amor, el tiene razon me folla mucho mejor que tu»  —dijo mi mamá

—»Se siente tan bien… su pene entra tan profundo… es lo mejor que he sentido…» —gemía ella, con una honestidad brutal.  —»Su pene es mucho más grande que el tuyo». dijo sin dejar de ver a mi padre,

—»¡Por favor, papá! ¡Embísteme! ¡Destroza mi interior con tu gran pene! ¡Es la primera vez que me siento así! ¡Sé rudo y métetelo hasta el fondo!» —gritaba ella con una voz que no parecía la de la mujer tranquila que yo conocía.

Sus gritos eran potentes, cargados de una necesidad animal, y lo más impactante era que no le importaba nada. No tenía ni una pizca de temor a que sus gritos despertaran a mi padre.

El abuelo, motivado por mi madre, respondió con una ferocidad renovada. Sus embestidas se volvieron brutales, rítmicas y pesadas, como si quisiera cumplir cada una de las exigencias de ella. 

La vagina de mi madre brillaba bajo la luz del patio, empapada por la mezcla de sus propios fluidos y la excitación desmedida que el viejo estaba provocando en ella. Esos fluidos, espesos y brillantes, resbalaban por su piel, recorriendo sus muslos, mientras ella seguía gritando y pidiendo más, completamente perdida en ese mar de placer.

Mi abuelo, con la calma de quien tiene el control absoluto, se detuvo un momento solo para beber otra cerveza, como si nada hubiera pasado. Mientras tanto, mi madre aprovechó ese breve respiro para terminar de despojarse de lo poco que le quedaba; se quitó la blusa y el sostén, dejando sus senos grandes y firmes completamente al aire, con los pezones erguidos y brillantes por el sudor y la excitación.

En lugar de sentir vergüenza, ella empezó a masajear sus propios pezones, mirándome a mi abuelo con una mirada de deseo puro, una mirada que decía que ya no había vuelta atrás.

—»Ahora ya lo comprendo, papá…» —dijo ella con una voz cargada de una verdad brutal, acercándose de nuevo al viejo—. «Ahora entiendo por qué mi madre te perdonaba todas tus infidelidades… es que un hombre que sabe follar como tú es imposible de resistir» dijo mi mamá

Sin esperar respuesta, se lanzó de nuevo hacia él. Tomó el pene de mi abuelo con ambas manos y comenzó a chuparlo con una destreza. Lo hacía como toda una experta: envolvía la cabeza del miembro con sus labios, succionando con fuerza mientras su lengua recorría todo el tronco, subiendo y bajando con un ritmo constante y profundo que hacía que el viejo soltaba gruñidos de puro placer. Ella lo envolvía por completo, usando su garganta para darle una sensación de presión que lo volvía loco aunque aun no lograba meterselo todo en la boca.

Cuando mi abuelo por fin terminó su cerveza, mi madre no perdió el tiempo. Se levantó con una agilidad sorprendente, acomodó su blusa al suelo y, con un movimiento decidido, se puso en cuatro sobre la prenda.

—»¡Venga, papá! ¡Sigue follándome!» —gritó ella, con la voz rota por la lujuria, mientras movía su trasero de un lado a otro, como una perrita traviesa esperando ser reclamada.

Mi abuelo no se hizo esperar. Se acercó a ella, flexionó sus rodillas lo suficiente para alcanzarla y, con un movimiento decidido, se la metió de un solo golpe.

La penetración fue directa y sin esfuerzo, como si su cuerpo y el de mi madre estuvieran diseñados para encajar de esa manera tan salvaje. Entonces, comenzó nuevamente a fornicarla con fuerza.

Ahora, en esa posición de cuatro, la vista era perfecta y obscena: podía ver con total nitidez cómo el enorme pene de mi abuelo se deslizaba dentro y fuera de ella en cada movimiento. Fue increíble ver como sus nalgas rebotaban con la violencia de cada estocada.

Aunque ahora, por la posición en la que estaban, ya no podía ver la cara de mi mamá, no necesitaba verla para saber exactamente qué estaba disfrutando. Sus gemidos lo decían todo; eran sonidos profundos, guturales, que salían de lo más hondo de su garganta cada vez que el pene de mi abuelo la golpeaba con fuerza.

Los gemidos de mi madre eran de un placer tan intenso, tan descontrolado, que me resultaba casi imposible creer que esa mujer que estaba ahí, entregada a los instintos, fuera mi propia madre, para ser sincero ni cuando follaba mi madre con mi padre la llegue a escuchar gemir de esa manera..

De repente, después de unos minutos, su voz cambió, volviéndose más exigente, más hambrienta.
—»¡Mi ano no puede esperar más! ¡Está palpitando!» —gritó ella, con la voz rota por la excitación—. «Necesito que me la metas por el culo…»

Mi abuelo, lejos de escandalizarse, reaccionó con la autoridad de un hombre con experiencia total. Le soltó otra nalgada sonora que resonó en el patio.
—»¡Eres una perra sucia que quiere ser follada por el ano! ¡Pero no esperaba menos de ti!» —sentenció el viejo con una sonrisa de triunfo.

Sin perder ni un segundo, mi abuelo la sacó de la vagina. El cambio de zona de inmediato. Posicionó su pene en la entrada trasera de mi madre y, con un movimiento decidido, empujó y escupió un par de veces sobre la zona para lubricar la entrada. En cuanto sintió la resistencia, empujó con fuerza hasta que logró entrar.

Mi madre pegó un grito desgarrador, un sonido que mezclaba el dolor de la invasión con un placer que parecía insoportable.
—»¡Más! ¡Más! ¡Mételo más, más profundo!» —gritaba ella, perdiendo la cabeza por completo.

El abuelo, motivado por esa demanda de intensidad, no se contuvo. Dejó atrás cualquier rastro de moderación y, con un movimiento violento y profundo, se la metió casi toda de un solo golpe. 

Los sonidos que salían de la boca de mi madre eran desgarradores. No eran gemidos suaves de placer; eran gritos de una intensidad casi dolorosa, sonidos que se mezclaban con el ruido de la carne chocando violentamente en cada embestida. Parecía que cada vez que el pene de mi abuelo se hundía en su ano, ella estaba experimentando algo que iba más allá de lo físico.

—»¡Se siente tan bien! ¡Por favor, no pares, papá!» —gritaba ella entre jadeos, con la voz quebrada por la mezcla de la excitación y la intensidad del acto.

Era una contradicción constante: a pesar de los quejidos de dolor que soltaba cuando mi abuelo la penetraba profundamente con su miembro, su cuerpo no pedía tregua. Al contrario, pedía más. Se movía con una desesperación casi violenta, arqueando la espalda y empujando su trasero hacia atrás, como si su vida entera dependiera de que ese pene siguiera desgarrándola.

El abuelo, por su parte, parecía alimentarse de esa desesperación. Cada vez que la escuchaba suplicar, sus embestidas se volvían más pesadas y más profundas, como si quisiera fundirse con ella a través de ese acto de dominación absoluta.

—»¡Esto es asombroso! ¡Estoy a punto de venirme!» —gritó mi madre con una voz que no parecía humana, una mezcla de éxtasis y desesperación.

Sin que el abuelo dejara de embestirla, el cuerpo de mi madre colapsó en un orgasmo violento. Soltó chorros de su vaginal con una potencia que me dejó sorprendido con la boca abierta; fueron tres oleadas de fluido que salieron disparadas, siendo la primera la más fuerte, dejando debajo de ella, el charco era inmenso, empapando la blusa que estaba bajo ella

—»Realmente me vine muy fuerte……» —balbuceaba mi madre, con la voz agitada y tartamudeante, completamente fuera de sí—. «Tenía mucho que no me venía así…»

Mi abuelo, lejos de detenerse ante el clímax de ella, soltó una carcajada de triunfo mientras seguía clavando su pene en su ano.

—»No me sorprende. Dudo que tu esposo te haga sentir satisfecha» —sentenció el viejo con descaro.

—»¡Nunca he estado satisfecha con él!» —gritó mi madre de vuelta, sin dudarlo, mientras seguía siendo penetrada por el ano. La verdad salía de su boca con la misma fuerza con la que el viejo la golpeaba.

Mi abuelo con cada embestida profunda, le ordenaba algo nuevo.

—»¡Cada vez que te la meta profundamente, debes decirme que me amas!» —le ordenó el viejo, acelerando el ritmo de forma frenética, convirtiendo la penetración en una máquina de placer y dolor.

Mi madre, perdida en el delirio de la lujuria, no pudo hacer otra cosa que obedecer. Empezó a gemir con mayor intensidad nuevamente, pero esta vez sus gritos tenían un propósito. Entre cada estocada brutal ella gritaba con una devoción:

—»¡Te amo, papá! ¡Te amo, papá! ¡Te amo!»

Era un coro de placer y degradación. Mi madre estaba allí, entregada a su padre, gritándole su amor mientras él la destrozaba por el ano, y todo bajo la mirada de un esposo que seguía roncando, ignorante de que su mundo se había derrumbado

—»¡Eres una gran puta! ¡Siento cómo aprietas tu ano a propósito!» —dijo mi abuelo, con la voz cargada de una excitación brutal.

 Mi abuelo se retiró de ella, sacando su pene de su ano con un sonido húmedo. Mi madre, lejos de sentirse defraudada, se giró rápidamente para mirarlo con los ojos encendidos por la lujuria.

—»¿Por qué lo sacas? ¡Aún quiero que me des por el culo con tu enorme pene!» —le reclamó ella, con la voz exigente.

El viejo, que disfrutaba de verla tan desesperada por él, se acercó a la jardinera y se sentó en el borde, con su enorme miembro aún erecto.

—»Si tanto lo quieres, ven y siéntate sobre él» —le dijo mi abuelo.

Mi madre no necesitó que se lo dijeran dos veces. Una sonrisa de par en par  iluminó su rostro. Se levantó y se dirigió hacia donde mi abuelo estaba sentado y, con una confianza que me dejó sin palabras, se giró dándole su trasero directamente a él.

Mi abuelo, por su parte, no se quedó de brazos cruzados; agarró su pene con firmeza, sujetándolo para guiarlo. Mi madre, tomando el control total de la situación, comenzó a bajar lentamente sobre él. Con un movimiento decidido, se ensartó sobre el pene de mi abuelo, y empezó a subir y bajar con un ritmo que ella misma dictaba.

Ahora era ella la única responsable de su placer; ella controlaba la profundidad, la velocidad y la intensidad de cada embestida en su ano. Se veía increíblemente sexy, sus senos rebotando, moviendo sus caderas con una fuerza que hacía que su cuerpo se sacudiera por completo, mientras el abuelo la sostenía con fuerza, disfrutando de cómo ella se devoraba a sí misma sobre él. 

Mi madre subía y bajaba, en ocasiones, se detenía por completo, dejando que el enorme pene de mi abuelo se hundiera hasta la base dentro de ella, llenándola por completo. En esos momentos de quietud tensa, ella no se quedaba quieta; empezaba a mover sus caderas en círculos lentos y profundos, haciendo que el miembro del viejo rozara todas las paredes de su interior.

Mientras subía y bajaba sobre el abuelo, empezó a apretar sus propios pezones con una mano, incluso se los metía a la boca, guiando sus tetas hacia sus labios para succionarlas mientras seguía brincando sobre el pene del viejo. Su ano se deslizaba arriba y abajo, tragándose el gran miembro de mi abuelo con una voracidad que me dejó sin aliento. Fue en ese momento cuando me percaté de algo clave: el dolor de sus gemidos había desaparecido. Ya no había rastro de sufrimiento; ahora eran solo gritos de un placer tan puro que resultaba casi sagrado.

El sudor empezó a empapar su piel, brillando bajo la luz mientras seguía subiendo y bajando. Se notaba que el esfuerzo era agotador, que sus músculos temblaban por el cansancio, pero no se detenía; parecía alimentarse de la misma fatiga.

—»¡Quiero tu semen, papá! ¡Quiero tu semen en mi culo!» —gritó ella con la voz rota, agotada pero hambrienta.

Mi abuelo, lejos de amansarse, la tomó de las caderas con una fuerza bruta, obligándola a mantener el ritmo frenético. El viejo gruñó, un sonido profundo que venía desde sus entrañas, y empezó a correrse.

—»¡Sí, papá! ¡Así! ¡Lléname, lléname el culo!» —exclamaba mi madre, frenando sus movimientos de golpe, quedándose completamente quieta, entregada, sintiendo cómo el calor del semen del abuelo inundaba su interior.

En cuanto terminó, el abuelo, con la frialdad de quien ya obtuvo su trofeo, la apartó como si ya no la necesitara. La empujó con brusquedad y ella se levantó de golpe, tambaleándose, confundida por la repentina distancia. Mi madre miró a mi abuelo, que con total calma tomó su ropa y se fue hacia el interior de la casa sin decir una sola palabra, como si el acto no fuera más que un trámite.

Ella lo siguió con la mirada, con una expresión de devoción absoluta, pero luego, con una lentitud calculada, volteó hacia donde estaba mi padre. Lo miró ahí, desplomado en la silla.

—»Si tan solo fueras la mitad de hombre que mi padre…» —susurró ella con un desprecio que cortaba el aire.

Sin más, se levantó la ropa y se fue también hacia el interior de la casa, dejando a mi padre ahí, solo.

Lo único que pude hacer por mi padre, en medio de todo ese caos, fue ir por una cobija para cubrirlo y que pudiera pasar la noche ahí fuera, en el patio. Cuando regresé al interior de la casa, vi cómo mi madre se metía directamente en el cuarto de mi abuelo. Antes de que la puerta se cerrara, alcancé a escuchar su petición final, una súplica cargada de deseo:

—»Papá, déjame pasar el resto de la noche contigo… aún quiero que me sigas haciendo tuya».

Vi cómo entraba y cerraba la puerta detrás de ella. No pasó mucho tiempo antes de que los gemidos de mi madre comenzaran a sonar de nuevo, retumbando desde la habitación de mi abuelo. La verdad, no sé si follaron toda la noche; el cansancio me venció y terminé quedándome dormido en mi propia habitación.

No fue hasta la mañana siguiente cuando desperté. Al salir, vi a mi padre dormido a escasos metros de la puerta. Por un momento, me pregunté si había intentado levantarse para entrar a la casa, pero la duda se disipó rápidamente. Me giré hacia la habitación de mi abuelo, que seguía cerrada, y los recuerdos de la noche anterior me golpearon con fuerza. Mis sospechas se habían hecho realidad: mi madre seguía ahí dentro, con mi abuelo.

Afortunadamente para la paz de la casa, mi padre seguía fuera de combate, sumido en su propia inconsciencia, sin saber que su esposa y su suegro habían reescrito las reglas de su hogar bajo el manto de la noche.

continuará…

19 Lecturas/18 junio, 2026/0 Comentarios/por lordlunatico
Etiquetas: amigos, cumpleaños, hermanos, hija, madre, mayor, padre, recuerdos
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
Briseida (La mejor amiga de mi esposa)
¡¡¡ Qué tiempos aquellos !!!
Mi suegro era un viejito enfermo…
Tarde con mi directora
Ayudando a un adolescente
Cochinadas más allá de la imaginación (Parte 1)
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter
Únete a nuestro grupo en Telegram

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.495)
  • Dominación Hombres (4.626)
  • Dominación Mujeres (3.369)
  • Fantasías / Parodias (3.750)
  • Fetichismo (3.036)
  • Gays (23.158)
  • Heterosexual (9.047)
  • Incestos en Familia (19.559)
  • Infidelidad (4.793)
  • Intercambios / Trios (3.395)
  • Lesbiana (1.220)
  • Masturbacion Femenina (1.116)
  • Masturbacion Masculina (2.155)
  • Orgias (2.268)
  • Sado Bondage Hombre (493)
  • Sado Bondage Mujer (213)
  • Sexo con Madur@s (4.787)
  • Sexo Virtual (282)
  • Travestis / Transexuales (2.581)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.748)
  • Zoofilia Hombre (2.353)
  • Zoofilia Mujer (1.728)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba