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Dominación Mujeres, Fetichismo, Incestos en Familia

Espiando a mi pervertida sobrina, ser su tío es la lotería. Perdiendo la virginidad anal (Parte 3)

La vista era obscena, hermosa. Su ano, virgen hasta hoy, quedó dilatado, abierto, un círculo rosado perfecto, pulsando, contrayéndose lentamente, expuesto completamente por la excitación extrema..
Sofía salió tambaleándose, las piernas temblando, la falda manchada de humedad. Eduardo la esperaba en el auto deportivo, estacionado ilegalmente frente a la entrada. Subió al asiento del copiloto, jadeando, el rostro enrojecido, los ojos vidriosos.

 

—Quítate la falda —ordenó él, arrancando suave—. Quiero verte.

 

Sofía obedeció, levantando las caderas, bajando la falda cuadriculada por sus piernas, quedando completamente desnuda de cintura para abajo en el asiento de cuero. El plug aún vibraba en su culo, un zumbido bajo constante.

 

Eduardo extendió su mano derecha, la colocó entre sus piernas, y empezó. Círculos lentos, delicados, casi tiernos, alrededor de su clítoris hinchado. No era masturbación para hacerla venir. Era posesión. Control. Buena perrita, murmuró sin voz, sus dedos trazando patrones suaves, constantes, mientras conducía con la izquierda.

 

Sofía gimió, arqueándose, las manos agarrando el asiento de cuero, dejando marcas de uñas. Cada semáforo en rojo era tortura. Un camión se detuvo a su lado, el conductor volteó, vio a una niña con cara de éxtasis, boca abierta, ojos cerrados, jadeando. Sofía ni se dio cuenta, en otro mundo, el placer acumulado de toda la mañana explotando en oleadas suaves.

 

—Míralos —susurró Eduardo, acariciando, acariciando, sin prisa—. Te ven. Te ven toda roja, toda excitada, y no saben que llevas el culo lleno, que estás empapada, que eres mía.

 

Sofía gimió más fuerte, apretando el brazo de él con fuerza, dejando marcas rojas en su piel.

 

Llegaron a casa. Eduardo estacionó, apagó el motor, y sin pedirle que bajara, la tomó en brazos. Sofía se aferró a su cuello, liviana, exhausta. Él la cargó como bebé, sus manos grandes apoyadas en sus nalgas desnudas, sintiendo la humedad de su orgasmo escolar, la base del plug presionando contra sus palmas.

 

—Tienes que ver algo —dijo, subiendo las escaleras.

 

Abrió una puerta al final del pasillo, una que Sofía había asumido era closet. No lo era.

 

El cuarto era enorme, iluminado en rojo tenue. Paredes forradas de espejos que eran cámaras. Estanterías con juguetes sexuales de todos tamaños: dildos de silicona, de metal, de cristal, algunos monstruosos, otros pequeños. Correas de cuero, arneses, collares con argollas. Máquinas de penetración automáticas. Una cama redonda en el centro con sábanas negras, rodeada de trípodes con cámaras profesionales.

 

—Mi estudio —dijo Eduardo, dejándola sobre la cama, sus manos todavía en sus nalgas, apretando—. Aquí te haré mi obra maestra.

 

Sofía miró alrededor, temblando, el plug vibrando aún, y sonrió.

 

—Sí, tío —susurró—. Aquí.

 

Eduardo la tomó de la cintura, la guió hacia el centro de la habitación. Del techo colgaba un arnés de cuero negro, cuerdas gruesas, poleas metálicas. Sofía temblaba, el plug aún vibrando débil en su interior.

 

—Primero, te sacaré tu juguete —dijo él, apagando el control remoto.

 

La hizo recostarse en un colchón circular del suelo. Levantó sus piernas, abriéndolas en V, y empezó a ajustar las correas. Arnés de cuero alrededor de cada muslo, más correas en los tobillos, otras en las rodillas. Cada conjunto conectado a poleas del techo. Eduardo tiró de unas cuerdas y Sofía fue elevada, suspendida, colgando a medio metro del suelo como en un columpio sexual, piernas abiertas, expuesta completamente.

 

Él ajustó las poleas. Una pierna subió más alta, la otra se abrió más ancha, el ángulo cambió hasta que su culo quedó a la altura perfecta de su cara, su vagina brillante justo encima, el plug asomando entre sus nalgas.

 

—Hermosa —murmuró.

 

Se acercó. Empezó a lamer. Primero los muslos internos, subiendo, saboreando el rastro de humedad que llevaba escurriendo desde la mañana, el olor intenso de su excitación acumulada. Su lengua pasó por sus labios vaginales, arriba y abajo, recolectando cada gota, luego rodeó la base del plug, la piel blanca, lisa, suave, perfecta.

 

Sofía colgaba, jadeando, las manos agarrando las cuerdas del arnés, el cuerpo temblando.

 

Eduardo tomó el plug entre sus dientes. Tiró. Salió de golpe, el metal húmedo brillando, y Sofía gritó, un sonido largo, agudo, no de dolor, de liberación absoluta, de vacío repentino que demandaba ser llenado.

 

La vista era obscena, hermosa. Su ano, virgen hasta hoy, quedó dilatado, abierto, un círculo rosado perfecto, pulsando, contrayéndose lentamente, expuesto completamente por la excitación extrema.

 

Eduardo metió la lengua. Lento. Alrededor de la circunferencia, trazando el borde, saboreando la piel sensible. Sus dedos rodearon el agujero, ni siquiera tocaban la entrada, solo acariciaban la piel alrededor, de lo abierto que estaba, de lo relajado, de lo excitada que estaba ella.

 

—Por favor —suplicó Sofía, colgando, girando levemente—. Más.

 

Él metió dos dedos. Entraron sin resistencia, suaves, húmedos. Empezó a moverlos, círculos anchos, abriendo más, preparando. Metió el tercero, los tres dedos moviéndose juntos, entrando y saliendo, el sonido húmedo, obsceno, llenando el cuarto.

 

Sofía estaba al borde. Su vagina contrayéndose sola, sin ser tocada, el orgasmo construyéndose desde el culo, profundo, diferente, intenso. Eduardo aceleró, tres dedos fuertes, rápidos, golpeando un punto interno que la hacía ver estrellas.

 

—¡Ah, ah, ah! —gritó ella, columpiándose en el arnés, piernas temblando, el cuerpo convulsionando.

 

Y explotó. El orgasmo anal la atravesó como electricidad, su culo apretando los dedos de él en espasmos violentos, su vagina chorreando, empapando sus muslos, el aire, el suelo debajo. Contracciones profundas, una tras otra, sin control, desmayándose casi, colgando inerte en las correas de cuero, jadeando, temblando, usada completamente.

 

Eduardo sacó los dedos lentamente, los llevó a su boca, saboreándolos, mirando su obra colgada, roja, satisfecha.

 

—Eso fue solo el calentamiento —dijo—. Ahora empieza lo divertido.

 

Eduardo tiró de una palanca en la pared. Del techo descendió un brazo mecánico negro, articulado, con un dildo de silicona carne en la punta, grueso, curvo, diseñado para golpear punto G con precisión brutal. Conectó cables, ajustó altura. La punta quedó apuntando directo a la vagina abierta de Sofía, colgada en el arnés, todavía temblando de su orgasmo anterior.

 

—Esto es solo el comienzo —dijo, encendiendo la máquina.

 

El ruido eléctrico zumbó. Sofía jadeó, los ojos abiertos, viendo el dildo mecánico acercarse a su entrada. Eduardo bajó el arnés unos centímetros, ajustando el ángulo perfecto. La punta rozó sus labios vaginales, húmedos, abiertos.

 

—Abre más —ordenó, tirando de las cuerdas de las piernas.

 

Las poleas giraron. Sus piernas se abrieron en un ángulo imposible, 180 grados, expuesta completamente, vulnerable. Eduardo se posicionó detrás de ella, desnudo, su pene erecto, duro como piedra, en la mano.

 

—Ahora —dijo, y empujó hacia adelante, entrando en su culo en una sola embestida profunda.

 

Sofía gritó, el sonido ahogado por la posición, el cuerpo sacudiéndose en el arnés. En ese mismo segundo, Eduardo activó la máquina.

 

El dildo mecánico entró violentamente. Velocidad alta. Golpe profundo, directo al fondo de su vagina, saliendo casi entero para volver a clavarse inmediatamente. Plap-plap-plap-plap, el sonido mecánico, seco, brutal, llenando la habitación.

 

Eduardo empezó a moverse en su culo. Ritmo diferente, más lento, más profundo, girando las caderas, sentiendo cómo la máquina golpeaba su pene a través de la pared delgada que separaba vagina de ano. Dos ritmos, dos profundidades, fricción constante.

 

—¡Dios, Dios, Dios! —chilló Sofía, columpiándose, el arnés crujiendo, sus pechos pequeños rebotando con cada embestida doble.

 

La máquina no tenía piedad. Entrada-salida-entrada, velocidad constante, implacable. Eduardo aceleró, empezando a embestir con fuerza brutal, sus caderas golpeando sus nalgas, el sonido de carne contra carne mezclándose con el zumbido eléctrico.

 

—Tómalo, putita —gruñó, agarrando sus caderas, marcándole los dedos—. Tómalos los dos. Llénate.

 

Sofía perdió el control. Su cabeza se echó hacia atrás, boca abierta, un grito largo, inhumano saliendo. El orgasmo no fue una ola. Fue una explosión. Su vagina contrajo alrededor del dildo mecánico, su culo apretando el pene de Eduardo, ambos orificios pulsando en espasmos sincronizados. Chorros de humedad salieron, empapando la máquina, chorreando por sus muslos, cayendo al suelo.

 

Pero Eduardo no paró. La máquina no paró.

 

—Otro —ordenó él, acelerando más, embistiendo más profundo, sintiendo cómo ella se contraía sin parar, cómo el placer se convertía en algo cercano a la locura.

 

Sofía gritó, suplicó, rió, lloró, todo mezclado. Segundo orgasmo inmediato, más intenso, más líquido, más profundo. Su cuerpo convulsionaba en el arnés, incontrolable, posesión total, dos orificios siendo usados simultáneamente, sin tregua, sin piedad.

 

Eduardo gruñó, sintiendo su propio límite cercano, pero resistiendo. Quería más. Quería verla desmayarse de placer.

 

—Uno más —exigió, y subió la velocidad de la máquina al máximo.

 

El dildo ahora era un borrón, entrando y saliendo tan rápido que el sonido se fusionó en un zumbido continuo. Sofía explotó por tercera vez, un orgasmo seco, profundo, su cuerpo arqueándose en el arnés como un arco, desmayándose realmente, colgando inerte, usada completamente, chorros de humedad saliendo aún, empapada, roja, satisfecha más allá de cualquier límite.

 

Eduardo finalmente dejó salir un gruñido largo, y explotó en su culo, semen caliente llenándola, marcándola por dentro, mientras la máquina seguía golpeando su vagina inerte, el dildo brillante de sus jugos.

 

Apagó la máquina. El silencio fue abrupto, solo jadeos.

 

Sofía colgaba, inconsciente, sonriendo, el cuerpo temblando con espasmos residuales.

 

—Eso —dijo Eduardo, sacándose lentamente, mirando su obra— es solo el segundo round.

 

Continuará….

11 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: anal, culo, metro, orgasmo, semen, sobrina, vagina, virgen
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