LA AVENTURA INESPERADA DE JOAQUÍN EN UN SALÓN DE CLASES segunda parte
Joaquín continúa viviendo una aventura sexual con una alumnita (¡amiga del colegio de su hijo!) al asistir a un evento y ocultarse con ella en un salón..
LA AVENTURA INESPERADA DE JOAQUÍN EN UN SALÓN DE CLASES
SEGUNDA PARTE
Personajes
- Joaquín: Padre de familia, 45 años
- (Una/La) morra: Estudiante del colegio donde acude el hijo de Joaquín, 10-12 años.
- Héctor: uno de los mejores amigos de Joaquín y cómplice en todas sus ideas y que ahora labora en el colegio donde acude el hijo de Joaquín, 39 años.
Aunque no lo creo absolutamente necesario, si quieres más contexto, puedes leer el relato anterior dando clic a esta liga:
Las voces, la música y los gritos de todo un colegio ahogaban la conversación que Joaquín estaba teniendo dentro de un salón desocupado con una morra bien buena que, a ojo de buen cubero, debía oscilar entre los 11-14 años.
Esta morra era conocida de su hijo quien, a diferencia de ella, sí estaba participando en el evento escolar sin sospechar que, mientras tanto, Joaquín, su padre, trataba de convencerla de que pasara algo ese mismo instante. Parte de él seguía sin creer estar ahí; com ella en ese momento. Al tener un hijo de esa edad, si bien aceptaba que la idea si había pasado por su mente alguna vez durante toda su existencia, el tener a una morra que, además, estaba bien tetona y rica, y que por sobre todas las cosas ahora estaba dejando que fuera él justamente quien la desvistiera parecía un sueño.
—¡Ay no! ¿Cómo cree señor?
— Que no soy señor. Acuérdate que soy Joaquín y que tú eres mía y me debes obedecer — le aclaró mientras le daba un tierno beso en el cachete; esto con el fin de convencerla. Quería quitarle su brassier y la blusa del uniforme para darle unas buenas mamadas de teta.
—Además de eso, quiero que me ayudes a jugar, digamos, un jueguito rico— seguía en labor de convencimiento. —por eso necesito ver tus tetas, porque el dulce que te dije que lamieras lo voy a poner aquí en medio.
—¿Aquí? ¿En medio de mis tetas? ¿Y qué se supone que haga yo? — Preguntó curiosa. Tan curiosa que cuando acabó la pregunta ya no tenía nada puesto. Ella misma se había quitado la blusa y toda prenda de la cintura hacia arriba.
Ante tanta pregunta, Joaquín sabía que no podía confiarse y que debía seguir construyendo el lazo de confianza entre ellos; aunque el hecho de que ella se había desnudado sola, para Joaquín, como para cualquier otro macho que se jacte de serlo, era una señal de que esta perra estaba en super brama.
—¿Ves cómo no confías en mí? — volvió a increparla Joaquín. —mira voy a poner este trozote de caramelo entre tus tetas y tú lo vas a frotar y a lamer la punta. Pero bien; como buena puta.
La morra sentía ya la verga de Joaquín frotándose entre sus tetas, lo que la hacía sudar más y soltar gemiditos de placer.
No paso mucho tiempo para que la morra, con las tetotas casi sobrenaturales que se cargaba, hiciera sentir a Joaquín en la gloria. Él no podía creer que fuera una niña quien estuviera provocándole este placer y lográndolo mejor que cualquier adulta. Su piel era suave y lozana, no había vello en ninguna parte de su cuerpo aún y, lo mejor, es que pronto dejó de ser él el que metía su verga entre las tetas de la morra.
La morra, a la pequeña edad que tenía, sí que tenía instintos carnales brotándole. Los gemidos que soltaba, aunque involuntarios, no los comprendía y le daba miedo que alguien los fuera a escuchar desde afuera. Dentro de todas las cosas que le estaban ocurriendo, tampoco entendía esa necesidad imperiosa de orinar ni las vibraciones que, en miles, recorrían todo su cuerpo generando espasmos y unas pequeñas convulsiones. Cada vez se ponía más roja y sudaba más, lo que motivaba bien a tomar sus tetotas con sus manos y a apretar cada vez más fuerte la verga del… ¡papá de su amigo! Ese detalle era otra cosa que la tenía sorprendida y, aunque no lo sabía ella (lo interpretaba como “emocionante” cuando en realidad estaba super excitada y sensible) es que un señor de esa edad pudiera causarle tanta curiosidad y fascinación.
La morra sólo pudo salir de su letargo cuando se escuchó a sí misma emitir sonidos de mayor volumen, mismos que estaban entremezclados entre gritos y gemidos. Se espantó y quiso detenerse ante lo que estaba sintiendo: No sirvió mucho el hecho de que en ese momento Joaquín, con su mano, empezaba a tocar su panochita. La morra incluso pudo sentir la argolla de matrimonio de aquel señor que la tenía bajo un hechizo de placer. Se alarmó más cuando sintió aun más “rico” (no lo creía posible) y empezó a sentir que salían fluidos, algo que Joaquín, según ella, detuvo dándole un manotazo en toda su panochita, lo que la hizo gritar más fuerte aún.
Por su parte, brevemente Joaquín se puso nervioso y le tapó la boca. Ella, temerosa, intentó zafarse.
Joaquín le impidió hacerlo, regresándola de un golpe seco en sus costados.
—¿A dónde vas, pinche putita? — le preguntó en voz baja, pero con violencia —¿Todavía no entiendes que el que manda aquí soy yo porque voy a ser tu dueño para siempre? ¿De quién vas a ser propiedad?
—¡De usted !— gritó vencida la morra quien ya estaba siendo dedeada. Ella nunca había sentido que alguien “entrara” en su cuerpo y le estaba fascinando. Quería más. Al intentar moverse, Joaquín la volteó con mucha velocidad y la puso de perrito sobre el escritorio que debía ocupar el profesor que quizás daba clase en ese salón.
La morra daba unos gritos no abiertos, sino cerrados, ahogados o contenidos. Uno más intenso que el otro a medida que sentía que la lengua de Joaquín frotaba alrededor de su ano. “¿Por qué alguien haría eso?” pensaba, “de ahí sale la caca”.
En efecto, el primer sabor, aunque angelical y brece que sintió Joaquín fue de caca: algo natural en una perrita inexperta en los aspectos anales y sus placeres. Eso se solucionó a medida que, como taladro, la lengua de Joaquín fue entrando en círculos y poco, pero muy poco a poco en ogete de la morra. Qué rico, estaba tan cerrado que no podía realmente abrirse paso con la lengua. Oía solamente cómo la morra gemía y se retorcía de un placer ilimitado.
Prosiguió dándole besitos en el ogete, en la entrada
—¿Te gusta perrita? —
—Ay sí, mucho—respondió la morra, aún temblando pero al parecer al borde del desmayo, por lo que su respuesta fue más un suspiro que un grito.
La verga de Joaquín latía con mucha fuerza y estaba ya con chorros de precum.
—¡Empínate putita, ahorita vas a ver lo que es bueno! ¡Pinche zorra!
Un grito anunció el primer dedo que Joaquín intentaba meter en el culo de la morra
—¡Que te calles, pinche zorra! ¿No entiendes, pendeja? Eres mía y debes hacer lo que di…
Joaquín no pudo terminar la frase porque, a pesar de lo que le dijo su amigo Héctor de que estaban en terreno seguro porque ningún maestro ni ningún alumno estarían por los pasillos del colegio, al parecer olvidó advertir otro tipo de personal: en la única rendija de toda el aula que permitía un espacio entre la cortina, pared y ventana, Joaquín podía ver a un señor de la limpieza entre sesenta y setenta años, de estatura mediana, moreno y lascivo, observando lo que estaba pasando dentro de ese salón de clases de placer.
El viejo ese, que tenía un aspecto sucio, usaba un uniforme de personal de limpieza del colegio: una mezcla entre azul marino y azul claro según la sección que miraras. Cargaba una escoba para barrer hojas en una mano y, con la otra, se estaba masturbando esa verga anciana pero grande que, evidentemente, ya tenía fuera de su pantalón.
Continuará.



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