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Dominación Mujeres, Lesbiana, Orgias

La Granja de las Inocentes: Orgía de Negocio Familiar

—No saben que esto no es normal —explicó Diego mientras guiaba a su hijo hacia el interior—. Las criamos aquí desde pequeñas. Para ellas, estar desnudas, ser tocadas, usadas… es simplemente su vida. No conocen otra cosa..
El coche avanzaba por el camino de tierra entre árboles frondosos que ocultaban la propiedad de cualquier mirada indiscreta. Diego, padre de Marco, conducía en silencio con una sonrisa contenida. Tenía cuarenta y cinco años y el cuerpo de alguien que había trabajado duro toda su vida, aunque su hijo nunca supo realmente en qué.

—Papá, ¿a dónde vamos? Siempre dijiste que trabajabas en importaciones —Marco se inquietaba en el asiento del copiloto, sus dieciocho años recién cumplidos hacían que la curiosidad le devorara.

Diego estacionó frente a una gran casa de campo de dos pisos, blanca, con porches amplios y ventanales que dejaban ver el interior iluminado por la luz dorada del atardecer.

—Eso era mentira, hijo. Baja del coche. Es hora de que conozcas el negocio familiar.

Caminaron hacia la entrada principal. Diego abrió la puerta y el aire cálido del interior los recibió con un aroma a vainilla y algo más dulce, animal. Marco dio un paso dentro y su respiración se detuvo.

La sala era enorme, con ventanales del piso al techo que daban a los campos verdes. Y por todas partes, desnudas, estaban ellas.

Niñas de 5 a 18 años, exactamente la edad de marco. Lampiñas por completo, sin rastro de vello en ninguna parte de sus cuerpos. Sus bustos eran pequeños, casi planos, con pezones rosados y pequeños que se endurecían visiblemente ante la brisa del aire acondicionado. Pero sus caderas traicionaban esa apariencia infantil: anchas, marcadas, con curvas pronunciadas que terminaban en muslos suaves y firmes.

—Bienvenido a La Inocencia —murmuró Diego con orgullo.

Marco no podía hablar. Una de ellas caminaba cerca, completamente desnuda, con el pelo rubio cayendo hasta su cintura estrecha. Su piel era pálida, translúcida casi, y Marco pudo ver cómo sus pezones rosados se fruncían mientras pasaba junto a él sin siquiera cubrirse, sin vergüenza alguna, como si estuviera vestida.

—No saben que esto no es normal —explicó Diego mientras guiaba a su hijo hacia el interior—. Las criamos aquí desde pequeñas. Para ellas, estar desnudas, ser tocadas, usadas… es simplemente su vida. No conocen otra cosa.

Pasaron a una cocina industrial amplia. Allí, sobre la isla de mármol, una niña de 10 estaba recostada. Tenía el pelo oscuro y corto, ojos grandes de color ámbar que miraban al techo con total placidez. Sus piernas estaban abiertas, una sobre el mármol y otra colgando, y sus dedos delicados frotaban círculos lentos entre sus piernas.

Marco pudo ver todo. Los pliegues rosados, húmedos, brillantes. La forma en que sus dedos se deslizaban con una rutina absoluta, sin prisa, como quien cepilla los dientes o come una manzana. Un gemido suave escapaba de sus labios, pequeños y carnosos.

—Ella está en su hora de recreo jaja —dijo Diego casualmente—. Aquí se masturban cuando quieren, donde quieren. No hay tabúes. Mira sus pequeñas caderas, hijo. Perfectas para agarrar, ¿verdad? Jajaja

La chica sobre la isla giró la cabeza y le sonrió a Marco. Sus pechos, diminutos con pezones erectos del tamaño de cerezas, se movían con cada respiración. Su vientre era plano, suave, descendiendo a esas caderas que parecían diseñadas por un escultor pervertido: anchas, redondas, invitando a hundir los dedos en su carne.

—Hola —dijo ella con una voz dulce—. ¿Eres nuevo?

Su mano no se detuvo. Marco vio cómo sus dedos entraban y salían de su cuerpo con un sonido húmedo, casual, mientras ella seguía sonriendo con inocencia absoluta.

—Hay más en los dormitorios —Diego colocó una mano en el hombro de su hijo, apretando con familiaridad—. ¿Quieres ver dónde trabajan realmente? O prefieres quedarte aquí un rato… observando cómo funciona el negocio familiar.

La chica sobre la isla se mordió el labio inferior, sus caderas comenzando a moverse al ritmo de sus dedos, arqueándose contra el mármol frío, mostrando cada centímetro de su pequeño cuerpo y esas caderas pecaminosas que contrastaban violentamente con su inocente rostro de 10 años.

 

Marco no podía apartar la mirada. La chica había cambiado de posición, ahora sentada con las piernas abiertas hacia él, ofreciendo una vista completa de su sexo lampiño y rosado.

Sus dedos se movían con urgencia renovada. El sonido era obsceno, un schlup-schlup-schlup rítmico y húmedo que llenaba la cocina, mezclado con respiraciones entrecortadas.

Su mano izquierda se extendió hacia la canasta de frutas a su lado, agarrando un plátano maduro, amarillo y curvado.

—A veces les damos juguetes, a veces usan lo que encuentran —murmuró Diego con diversión—. Ellas no distinguen. Todo es placer y sexo.

La chica sonrió a Marco mientras llevaba la punta del plátano a su diminuta vagina.

Estaba tan mojada que resbaló dentro sin resistencia, desapareciendo más de la mitad de su longitud. El sonido cambió, se volvió más profundo, un squish-squish húmedo mientras empujaba la fruta hacia adentro y la sacaba, girándola, usando la curvatura para frotar diferentes puntos internos.

—Ah… ah… —sus gemidos se hicieron más fuertes, menos controlados.

Su mano derecha, la que antes frotaba su clítoris, bajó por detrás. Marco vio cómo puso su índice se en su ano, ese agujerito rosado y arrugado que parecía demasiado pequeño para su propio cuerpo. Pero ella empujó, y sorprendentemente, su dedo entró hasta el nudillo sin resistencia aparente.

—Muchos años de entrenamiento anal desde los seis —explicó Diego—. Su cuerpo es pequeño, pero está hecha para recibir.

La nena añadió un segundo dedo, luego un tercero. El estiramiento era surrealista. Su ano, que debería haber sido pequeño y apretado dado su complexión diminuta, se abrió en un óvalo rosado brillante, los dedos entrando y saliendo con el mismo sonido húmedo que su vagina. Era como si su cuerpo desafiara la anatomía normal, hecho para ser usado de ambas formas simultáneamente.

—¡Ah! ¡Ah! —sus caderas se elevaban del mármol, golpeando fuertemente.

El plátano seguía entrando y saliendo de su vagina con movimientos frenéticos, mientras tres dedos se perdían en su ano hasta lo profundo. Su rostro se transformó, de una inocencia a una lujuria cruda, primitiva. Sus pezones, esos pequeños botones rosados, estaban tan erectos que parecían doler.

De repente, su cuerpo se tensó como un arco. Un grito agudo, desgarrador, salió de su garganta:

—¡¡¡AAAAHHH!!!

Su vagina contrajo alrededor del plátano, expulsándolo parcialmente mientras un chorro claro salía a presión, salpicando. Sus dedos en el ano se clavaron más profundo, el puño casi entrando por completo en esa abertura imposiblemente elástica.

Pero no paró. Antes de que el primer orgasmo terminara, ya estaba empujando el plátano de nuevo, más rápido, más profundo. Su mano en el ano se movía en círculos brutales, abriéndose paso.

—¡Otro! ¡Otro! —gritó sin control, sin coherencia, con saliva en su barbilla—. ¡Dame otro!

El segundo orgasmo la tomó treinta segundos después. Su espalda se arqueó violentamente, esos pechos planos temblando, caderas anchas convulsionando en el aire. Gritó sin palabras, un sonido animal mientras su cuerpo se sacudía, chorros de fluido manchando sus muslos, el plátano cayendo al suelo mojado.

Y aún así, sus dedos no pararon. Tres en el ano, ahora cuatro, buscando más, siempre más, su mano izquierda frotando su clítoris con furia desesperada, exigiendo un tercer orgasmo, un cuarto, en un ciclo sin fin de placer que su cuerpo entrenado podía sostener durante horas.

—Bienvenido al negocio, hijo —Diego palmeó el hombro de Marco, que temblaba visiblemente—. ¿Quieres probarla? O prefieres ver primero a las demás…

 

—Hay más en los dormitorios —Diego colocó una mano en el hombro de su hijo, apretando con familiaridad—. ¿Quieres ver dónde trabajan realmente? O prefieres quedarte aquí un rato… observando cómo funciona el negocio familiar.

Marco retrocedió un paso, palideciendo.

—¿Qué… qué es esto, papá?

Diego soltó una risa grave.

—Una granja de prostitutas, hijo. Las criamos desde los 5 años o menos, esto es para los millonarios, políticos, gente importante que paga fortunas por inocencia real. —Acarició la cabeza de la niña que aún gemía en la cocina—. Cada una vale más que una casa.

Marco tragó saliva. Su miedo se evaporó al ver esos cuerpos disponibles, sumisos, hechos para usar. Sintió un fuego familiar en la ingle.

—Quiero… quiero probarlas —dijo con voz ronca.

Diego sonrió ampliamente.

—Esa es mi es mi hijo. Sígueme. Te mostraré tu habitación y las opciones disponibles para tu primera noche de nuestro negocio familiar.

Escojo a esas dos —Marco señaló con dedo tembloroso.

En el pasillo, habia una niña de 13 años de piel negra como petróleo crudo brillaba bajo la luz. Nunca había visto una así. Su negrura era absoluta, contrastando con los labios de su sexo que eran de un rosa pálido casi irreal. Sus caderas eran anchas, poderosas, y sus pezones oscuros y pequeños sobresalían de bustos casi planos.

A su lado, una japonesa de 7 años con pelo negro hasta la cintura y ojos rasgados lo miraba con curiosa inocencia. Su piel era pálida como la porcelana, lampiña por completo, con un pequeño montículo rosado entre las piernas que Marco quería devorar.

—Buena elección —Diego hizo señal a un guardia—. Lleva a mi hijo a la habitación de la familia. Y que está sea una noche memorable.

Marco tomó la mano de la negra, luego la de la japonesa, sintiendo el contraste de texturas. Las guió por el pasillo hasta una suite amplia con una cama de dos metros, espejos en el techo, y todo tipo de lubricantes y juguetes sobre la mesa de noche.

Las niñas se subieron a la cama sin instrucciones, arrodillándose juntas, ofreciéndose. La negra sonrió mostrando dientes blancos perfectos. La japonesa inclinó la cabeza en señal de sumisión.

Marco se desvistió rápidamente, su miembro erecto saltando libre, duro como nunca antes. Las dos lo miraron con ojos hambrientos, aunque inocentes.

—Esta noche —dijo Marco con voz que no reconocía como suya— las voy a sodomizar a las dos. Una tras otra. Y ustedes van a disfrutarlo como buenas putas entrenadas.

Las niñas gimieron al unísono, anticipando el placer que venía.

La negra se deslizó hacia adelante con gracia felina, tomando el miembro de Marco entre sus labios oscuros sin dudar. Su técnica era perfecta, una succión rítmica y profunda que hacía que Marco jadeara al instante. La japonesa, por su parte, se posicionó detrás de él, sus pequeñas manos acariciando sus testículos mientras su lengua rosada lamía su ano con movimientos circulares precisos.

—Dios… —Marco temblaba, agarrando la cabeza de la negra, empujando más profundo en su garganta.

La negra retrocedió, saliva brillante conectando sus labios con la punta de su miembro. Se giró, ofreciendo su pequeño y redondo trasero. Marco vio cómo ella alcanzaba un dildo negro grueso, casi del tamaño de su antebrazo, y se lo metía en la vagina con un enorme gemido, dejándolo ahí mientras se abría para él.

—Fóllame el culo, joven amo —su voz era aguda, seductora—. Estoy lista.

Marco no necesitó más invitación. Empujó contra su ano oscuro y arrugado, sintiendo cómo se abría fácilmente, entrenada para recibir. La negritra empujó contra él, tomándolo todo hasta las bolas, mientras el dildo en su vagina creaba una delgada pared que Marco podía sentir frotando su miembro desde adentro.

La japonesa apareció frente a ellos, mostrando ganchos plateados conectados a pequeñas cadenas. Se los colocó en los pezones, tirando suavemente, sus ojos rasgados llorosos de placer. Luego se sentó sobre la cara de la negra, quien comenzó a lamerla con entusiasmo mientras era sodomizada.

—Mi turno —susurró la niña de ojos rasgados, tomando otro dildo, este rosa y con textura de nudos.

Se acostó boca arriba, abriendo sus piernas blancas como el papel, y se metió el juguete en el ano mientras Marco cambiaba de agujero, pasando de la negra a ella. La japonesa chilló de placer, su cuerpo pequeño temblando mientras Marco penetraba su vagina apretada, sintiendo el dildo en su ano creando una sensación de llenura absoluta para ambos.

Las horas pasaron en un borrón de carne y juguetes. Las chicas lo montaron, se lo chuparon, se lo metieron por todos lados. Usaron vibradores en sus clítoris mientras Marco las penetraba, consoladores dobles que llenaban ambos agujeros simultáneamente, bolas anales que sacaban y metían en ritmo con sus embestidas.

La negra tuvo un squirt explosivo que mojó el pecho de Marco, y sin pausa alguna, se giró para que él siguiera follando su boca, probando sus propios fluidos. La japonesa, con los ganchos aún en los pezones tirando hacia arriba, montó a Marco en reversa, anal, mientras se masturbaba con un vibrador mágico que hacía que su cuerpo se convulsionara sin control.

—Más… más… —Marco balbuceaba, deshidratado, los ojos en blanco.

Las niñas no tenían piedad. Ya eran máquinas de placer entrenadas, una montándolo, otra sentándose en su cara para ser lamida, cambiando posiciones cada vez que él estaba cerca del orgasmo para prolongar la tortura. Lo llevaron al borde una y otra vez, diez, quince, veinte veces, hasta que Marco comenzó a convulsionar, su miembro dolorido y sensible, eyaculando seco, seco, seco, sin nada más que dar.

—¡Basta… por favor…! —suplicó finalmente, cayendo hacia atrás en la cama empapada.

Pero la negra ya estaba montando su rostro, obligándolo a lamer, y la japonesa se sentó sobre su miembro flácido, frotándose contra él, exigiendo más. Marco gritó, un sonido ahogado, y sus ojos se revolvieron. Su última visión antes de desmayarse fue el techo espejado mostrándolo cubierto de fluidos, juguetes, y dos cuerpos perfectos aún moviéndose sobre él, insaciables, eternas.

Marco despertó con sabor a sexo en la boca y un dolor dulce en la ingle. La cama estaba vacía, las sábanas empapadas. Se vistió tambaleante y siguió los gemidos que venían de la sala principal.

Lo que vio lo dejó inmóvil en la entrada.

Todas las chicas estaban allí, formando una cadena humana de carne desnuda. Estaban conectadas, vagina contra vagina, sus pequeñas vaginas lampiñas frotándose con movimientos sincronizados que producían un sonido húmedo colectivo. Algunas tenían dildos anales dobles, gruesos y largos, conectando ano con ano en puentes de carne rosa, moviéndose al unísono para follarse mutuamente los traseros.

Era un océano de fluidos. Chorros de líquido claro, salpicaban el mármol, los sofás, las paredes. Las chicas gritaban, orgasmos simultáneos recorriendo la cadena como ondas eléctricas. Una morena eyaculaba directamente sobre el vientre plano de una pelirroja, quien a su vez chorreaba sobre la cara de una rubia que gemía con la lengua fuera.

Marco caminó entre ellas, desorientado, hasta la mesa central donde encontró un celular y papeles manchados de humedad. Leyó:

Inventario La Inocencia – Chicas #1y #30. Descripciones detalladas y especificaciones físicas. Contacto clientes VIP.

Un mensaje nuevo parpadeaba en la pantalla del celular:

Presidente de gobierno: Necesito a la #30 (Afrodescendiente, caderas anchas, entrenamiento anal avanzado) y la #1 (Güera, vagina extra estrecha, sumisión total) para mañana 8pm. Hotel X, suite presidencial. Prepáralas. $100k transferidos.

Marco levantó la vista. La chica número 30, la negra que lo había desmayado, lo miraba desde el suelo, todavía conectada analmente con la japonesa número 20, ambas sonriendo con inocencia absoluta mientras sus cuerpos temblaban de placer.

Sonrió. Entendía el negocio ahora.

—Papá —dijo en voz alta, sabiendo que Diego escuchaba desde algún lugar—. Mañana yo mismo las llevo. Es hora de que conozca a nuestros clientes más importantes.

La orgía continuó a su alrededor, un mar de sexo sin fin, y Marco supo que había encontrado su verdadero hogar.

1 Lecturas/1 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: anal, follando, hijo, hotel, maduro, orgasmo, padre, sexo
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