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Dominación Mujeres, Sexo con Madur@s

Luna 2

Al fin sucede lo que Luna tanto temía, su padrastro la viola.
Primera parte en https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/dominacion-mujeres/luna/

Los días que siguieron fueron una cárcel de miradas cargadas. Ricardo ya no esperaba al fútbol. El ritual se aceleró, se volvió más audaz. La excusa de los deberes era ahora una farsa tan delgada que ni siquiera la pronunciaba. La sombra se movía cuando quería.
Esa noche, Carmen tenía un turno doble. «Una emergencia en el hospital. «Cielo.,volveré muy tarde. Ricardo tiene la llave,» había dicho, su voz distante por el cansancio. Luna había asentido, un nudo de hielo apretándose en su garganta.
La casa estaba en silencio. Un silencio diferente, expectante. Luna se había encerrado en su habitación después de cenar, empujando su cómoda contra la puerta. Un gesto inútil, infantil, pero era lo único que podía hacer. Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas, escuchando.
Los pasos llegaron a su puerta. Se detuvieron. La manija giró, suavemente al principio, luego con más fuerza al encontrar la resistencia.
—Luna. —La voz de Ricardo era baja, pero perforaba la madera—. Abre la puerta.
—Estoy durmiendo —logró decir, su voz temblorosa.
—No mientas. Abre. Ahora.
Ella no se movió. El terror la inmovilizó. Oyó un suspiro de exasperación, y luego… un golpe seco. No fuerte, pero firme. Era su hombro contra la puerta. La cómoda, ligera de madera barata, cedió unos centímetros con un chirrido horrible. Otro golpe. La puerta se abrió lo suficiente para que él pasara.
Ricardo entró en su habitación. A la luz tenue del pasillo, su figura parecía enorme, deforme. Olía a la cerveza que había estado bebiendo. No sonreía. Su expresión era plana, resuelta.
—Eso fue muy tonto, Luna —dijo, cerrando la puerta a sus espaldas. No la trabó, pero el mensaje estaba claro: no había escape.
Ella se encogió contra la cabecera de la cama, rodeada por sus unicornios de peluche. Él se acercó y se sentó en el borde de la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. La proximidad era sofocante.
—Tu mamá te dijo que te portaras bien —dijo, su mano extendiéndose para agarrar uno de los unicornios. Lo examinó con desdén y lo tiró al suelo—. Esto no es portarse bien.
—Por favor… —suplicó Luna, las lágrimas comenzando a nublar su visión.
—Shhh. Ya basta de juegos.
Su mano se cerró alrededor de su muñeca, no con brutalidad, sino con una fuerza implacable que no admitía discusión. La tiró hacia el centro de la cama, lejos de la pared. Ella era un peso pluma en sus manos.
—No quiero —gimió, intentando retirar su brazo.
—Eso no importa —respondió él, y su otra mano se posó en su hombro, presionándola contra el colchón.                                              El mundo de Luna se redujo a ese cuarto, a ese hombre, a esa cama. El pánico la inundó, pero su cuerpo joven no sabía cómo luchar contra una fuerza tan absoluta. Forcejeó, pataleó débilmente, pero era como luchar contra una estatua.
Con movimientos metódicos, Ricardo le bajó los pantalones del pijama. El elástico cedió. El aire frío de la habitación tocó su piel, y el horror de la exposición fue tan violento como un golpe. Ella gritó, un sonido agudo y desgarrado. Él le tapó la boca con su palma grande y callosa, ahogando el grito.
—Cállate —gruñó, su aliento caliente y rancio en su cara—. O despierto a los vecinos y les digo que mi hijastra problemática está teniendo una pesadilla.
La amenaza funcionó. El miedo a que vinieran, a que vieran, a que no le creyeran, la paralizó aún más. Las lágrimas corrían por sus sienes, empapando su pelo.
Él no habló más. Lo que siguió fue un acto de posesión fría y calculada. No había deseo ardiente, solo determinación. Ya no había vuelta atras. La violación fue lenta, intrusiva, un desgarro brutal en su cuerpo pequeño que no estaba preparado para nada remotamente similar. Ricardo, el supuesto hombre que debia protegerla le estaba abriendo sus piernas y dejando su pequeña vagina a merced de él. Lentamente fue introduciendo su pene grande, monstruoso en esa pequeña abertura que parecía solo un pequeño punto. El dolor fue una explosión blanca, cegadora, que borró todo pensamiento. Era un dolor que no tenía nombre en su vocabulario de diez años, un dolor que partía algo dentro de ella que nunca podría volver a unirse.
Luna dejó de luchar. Su cuerpo se volvió inerte, un saco de huesos y carne que ya no le pertenecía. Miró hacia arriba, más allá de la cara sudorosa de Ricardo, hacia el techo donde había pegados estrellitas fosforescentes. Se concentró en una, en la más tenue. Intentó viajar allí, alejarse. Era la única defensa que le quedaba: desconectarse.
Ricardo jadeaba sobre ella, sus movimientos rítmicos, mecánicos. Parecía una tarea, algo que había que terminar. Pasaron 20 minutos, pero para la pequeña Luna fue una eternidad que tuvo que soportar ese intruso en su cuerpo. Cuando terminó, se separó de ella con un gruñido. Se levantó de la cama y se ajustó la ropa, como si acabara de arreglar una tubería.
Luna yacía donde él la había dejado, temblando convulsivamente, el dolor palpitando en cada fibra de su ser. Sentía algo cálido y húmedo entre sus piernas. No quería mirar.
Él la miró desde arriba, sin una pizca de emoción en sus ojos. —Límpiate —dijo, señalando hacia el baño con la cabeza—. Y no le digas nada a tu madre. Ella está muy cansada. No querrás preocuparla, ¿verdad? Además —añadió, su voz bajando a un susurro venenoso—, ¿quién le va a creer a una niña que miente sobre los deberes?
Luego, salió de la habitación, dejando la puerta abierta. Sus pasos se alejaron por el pasillo.
Luna no se movió durante mucho tiempo. El olor a él, a sudor y a algo metálico y dulzón que ahora sabía que era su propia sangre, llenaba la habitación. Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró fuera de la cama. Sus piernas casi no la sostenían. Agarró sus pantalones del pijama y se los puso, mordiéndose el labio para no gritar con el dolor.
Caminó tambaleándose hasta el baño. Encendió la luz. En el espejo, vio el reflejo de una niña que ya no reconocía: ojos vacíos y enormes en un rostro pálido como la cera, pelo pegado a las sienes por el sudor y las lágrimas. Se limpió mecánicamente, el agua del grifo fría sobre su piel caliente. El agua en la bañera se tiñó de rosa.
Volvió a su habitación. La cómoda seguía desplazada. Recogió el unicornio del suelo. Su peluche favorito. Ya no le traía consuelo. Lo tiró a un rincón.
Se metió en la cama, bajo las mantas, y se hizo un ovillo. El dolor físico era agudo, pero el otro dolor, el que se había instalado en su centro, era peor. Era una sensación de suciedad imborrable, de ruptura definitiva. La casa ya no era su hogar. Su cuerpo ya no era su refugio. Su infancia había terminado esa noche, en su propia cama, rodeada de estrellitas de plástico que no brillaban lo suficiente.
Afuera, oyó el sonido de la televisión en la sala. Ricardo veía otro partido de fútbol. La vida, para él, continuaba como si nada hubiera pasado.
Para Luna, la vida se había partido en un antes y un después. Y el después era una noche interminable, un silencio lleno del eco de sus propios sollozos ahogados, y la certeza aterradora de que la sombra siempre volvería. Y que la próxima vez, la puerta no tendría cerradura que valiera.

Espero que les haya gustado y espero sus comentarios acá o en telegram @canibal13k.

Si tiene buena recepción tratare de seguir

5 Lecturas/14 mayo, 2026/0 Comentarios/por Canibal13k
Etiquetas: baño, dominacion, hijastra, joven, madre, padrastro, pene, vagina
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