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Dominación Mujeres, Intercambios / Trios, Sexo con Madur@s

Por Amor de Madre 5

Mateo y Joaquín introducirán a un senegalés a sus juegos con Isabel.

Habían pasado unas semanas desde que Mateo se mudó a la otra ciudad. Las visitas eran menos frecuentes, pero cuando venía, los tres nos liábamos como siempre. Mi hijo y yo seguíamos follando casi a diario. Yo era su puta particular y él mi semental. Todo iba bien… hasta que un viernes por la tarde Joaquín llegó a casa con una sonrisa rara.

 

—Mamá, esta noche va a venir Mateo… y un amigo suyo.

 

—¿Un amigo? —pregunté, ya con el coño humedeciéndose solo de pensar.

 

—Sí. Se llama Darius. Es negro, de Senegal y estudia en nuestro mismo instituto. Mide casi dos metros y… bueno, ya verás.

 

No me dio más detalles. Solo me dijo que llegaban a las diez. Me duché, me depilé bien el coño y el culo, y me puse un vestido corto negro sin nada debajo. Las tetas me pesaban libres y los pezones ya se me marcaban. Estaba nerviosa y caliente a la vez.Cuando abrieron la puerta, me quedé un segundo en blanco. Darius era un negro alto, 193 centímetros de puro músculo. La cabeza casi le rozaba el marco de la puerta. Piel oscura, brillando, hombros anchos, brazos potentes y una entrepierna que levantaba el pantalón de chándal como si llevara un salchichón envuelto. Mateo y Joaquín entraron detrás, sonriendo como dos cómplices.

 

—Isabel, este es Darius —dijo Mateo. El negro me miró de arriba abajo con unos ojos negros y hambrientos. Me tendió la mano enorme.

 

—Encantado, señora.Su voz era grave, profunda. Me temblaron las piernas. Los pasé al salón. Les preparé unas cervezas y me senté entre mi hijo y Mateo, pero Darius se colocó justo enfrente, abriendo las piernas. El bulto era obsceno. No tardamos mucho. Joaquín se puso serio y dijo:

 

—Mamá… le hemos contado lo que hacemos. Quiere follarte. ¿Le dejas?

 

Miré al negro. Él no dijo nada. Solo se bajó el chándal y los calzoncillos de un tirón.Lo que salió me dejó sin aire.Una polla negra de treinta centímetros. Gruesa como mi muñeca, con las venas marcadas, el glande enorme y brillando ya de precum. Los huevos pesados, oscuros, llenos. Nunca había visto nada igual. Mi hijo y Mateo tenían buenas vergas, pero aquello era otra categoría.Me mojé al instante.

 

—Madre mía… —susurré.

 

Me levanté, me quité el vestido de un movimiento y me quedé desnuda delante de los tres. Darius se pasó la lengua por los labios.Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Agarré aquella bestia con las dos manos. Ni siquiera me cabía entera. Empecé a lamerla desde los huevos hasta la punta, saboreando el sabor salado y fuerte de su piel negra. Él gruñó bajo. Abrí la boca todo lo que pude y me metí el glande. Me llenó la boca por completo. Empujé más, tragando, hasta que la punta me rozó la garganta. Lágrimas me saltaron a los ojos, pero seguí. Chupaba, baboseaba, me atragantaba a propósito. Quería sentirla toda. Darius me agarró la cabeza con sus manos enormes y empezó a follarme la boca con calma, profundo. Yo gorgoteaba, babas y mocos me caían por la barbilla hasta las tetas.

 

—Joder, qué puta tan buena tienes de madre —le dijo a Joaquín.Mi hijo, ya empalmado, se acercó y me metió dos dedos en el coño.

 

Mateo se arrodilló detrás y me empezó a lamer el culo. Estaba en el cielo.Cuando ya no podía más, Darius me soltó. Me levantó como si no pesara nada y me tumbó en el sofá. Se puso encima y se dedicó a mis tetas. Las agarró enteras con sus manos negras, las apretó, las separó y se puso a chuparlas con voracidad. Mordisqueaba los pezones, los estiraba con los labios, los chupaba fuerte hasta que me dolía rico. Me los comía literalmente. Yo gemía como una perra.

 

—Cómetelas… cómete las tetas de mamá… — le pedí.

 

Él gruñía y seguía, dejando marcas oscuras en mi piel blanca. Después bajó, me abrió las piernas de par en par y me comió el coño como un salvaje. Su lengua ancha y larga me recorría toda la raja, me entraba dentro, me chupaba el clítoris hasta hacerme gritar. Me corrí en su boca en menos de cinco minutos, temblando. Pero no había terminado. Se puso de rodillas, me colocó las piernas sobre sus hombros anchos y apoyó aquella polla de treinta centímetros en la entrada de mi coño. Empujó despacio. Me abrí como nunca. Sentí cómo me estiraba, cómo me llenaba centímetro a centímetro. Cuando llegó al fondo, aún le sobraba un trozo. Empezó a follarme. Fuerte. Profundo. Cada embestida me sacudía el cuerpo entero. Mis tetas rebotaban y él las agarraba otra vez, chupándome un pezón mientras me clavaba aquella verga negra hasta el útero.

 

—¡Ahhh… sí… rómpeme el coño…! —gritaba yo.

 

Joaquín y Mateo se la meneaban a los lados, mirando cómo el negro me destrozaba. Darius me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me la metió otra vez por el coño. Luego la sacó, la puso en mi culo y empujó. Mi esfínter cedió con un ardor delicioso. Me enculó sin piedad, agarrándome de las caderas con fuerza, golpeándome el culo con sus huevos pesados.Me corrí por el culo gritando. Él no paró. Me folló el ano hasta que sentí que se ponía aún más grueso.

 

—Me corro… —avisó con voz ronca.

 

—Dentro… échalo todo dentro de mí… —le pedí.

 

Empujó hasta el fondo y se vació. Sentí los chorros calientes, espesos, llenándome el recto a borbotones. Parecía que no terminaba nunca. Cuando la sacó, el semen negro y blanco me salía a chorros por el culo, resbalándome por los muslos. No se quedó ahí.Me tumbó boca arriba otra vez, me abrió las piernas y me la metió en el coño todavía chorreante. Me folló unos minutos más y se corrió otra vez dentro, inundándome el útero. El semen se me salía por los lados, mezclado con mis jugos. Después se arrodilló sobre mi pecho, me metió la polla entre las tetas y me folló las mamas hasta echarme el tercer lechazo en la cara y en la boca. Tragué lo que pude.

 

El resto me manchó las tetas, el cuello, el pelo. Cuando terminó, me dejó hecha un desastre: coño y culo abiertos y llenos de leche negra, tetas marcadas de chupetones, cara embarrada de semen. Joaquín y Mateo se me echaron encima y me follaron también, uno en cada agujero, mientras Darius se sentaba a mirar, ya recuperando otra erección. Esa noche el negro me usó de todas las formas posibles. Me la metió en la boca hasta atragantarme, me folló el coño hasta dejarme coja, me reventó el culo y se corrió dentro de mí tantas veces que perdí la cuenta. Mis dos niños le ayudaban, sujetándome, abriéndome, metiéndome los dedos mientras él me clavaba aquella bestia de treinta centímetros. Al amanecer estaba destrozada, llena de semen por todos lados, con el coño y el culo ardiendo y las tetas doloridas de tanto chuparlas.

 

Darius se vistió, me dio un beso en la frente y sonrió.

 

—Cuando quieras más, me llamas, mamá.

 

Desde ese día, cada vez que Mateo viene de visita, trae a Darius. Y yo, la puta madre de Joaquín, me abro de piernas para que el negro de 193 centímetros y treinta de polla me folle, me coma las tetas y me llene otra vez de su leche espesa. Por amor de madre… y por pura putería.

15 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Beccaundertaker04
Etiquetas: culo, follando, hijo, leche, madre, metro, puta, semen
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