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Dominación Mujeres, Masturbacion Masculina, Orgias

Un Sábado Cualquiera

Era un sábado cualquiera. El despertador no sonó, pero Gabe se levantó temprano de todos modos. Su madre le había dicho que esa mañana comerían panqueques para el desayuno y eso lo entusiasmaba..

Cuando bajó a la cocina encontró a Rebecca revisando unos documentos sobre la mesa.

—¿Ya estás trabajando? —preguntó Gabe, todavía somnoliento.

—Solo un poco. Después de esto, el día es de ustedes —respondió ella sonriendo.

Pocos minutos después apareció Junior, que se llamaba Jorge igual que su padre, pero todos lo conocían simplemente como Junior. Como era habitual entre los gemelos, comenzó una discusión completamente innecesaria sobre quién había bajado primero.

—Yo ya estaba aquí.

—No cuenta si estabas medio dormido.

—Sí cuenta.

Rebecca levantó una ceja.

—¿Van a discutir antes o después de ayudarme con el desayuno?

La discusión terminó de inmediato.

Mientras preparaban los ingredientes, Junior se subió a una silla para alcanzar una caja de harina y se golpeó ligeramente un testiculo contra la mesa.

—¡Ay!

—¿Qué pasó? —preguntó Rebecca.

—Nada. Mi bolita, me pegué.

—Jajajajaja —soltó Gabe.

Junior bajó la mirada hacia sus testículos y se los agarró con la mano.

—No te rías.

Mientras tanto, Jorge seguía arriba. La semana había sido intensa en el trabajo y había decidido aprovechar la mañana para dormir un poco más. Sin embargo, el aroma de los panqueques terminó por vencer cualquier intención de seguir descansando.

Bajó las escaleras y encontró la cocina convertida en un pequeño caos: harina sobre la encimera, utensilios por todas partes y dos niños convencidos de que estaban cocinando como profesionales.

—Veo que llegué justo a tiempo para inspeccionar los daños —dijo.

—Estamos haciendo el desayuno —respondió Gabe.

—Y lo estamos haciendo bien —añadió Junior.

Jorge observó la mezcla que rebosaba del recipiente.

—Tengo algunas dudas sobre esa última afirmación.

Después del desayuno decidieron aprovechar el buen clima. Rebecca propuso ordenar el garaje, una idea que no despertó demasiado entusiasmo.

—¿No podríamos hacer algo divertido? —preguntó Gabe.

—Eso es algo divertido —contestó Rebecca.

Las expresiones de sus hijos dejaron claro que no compartían esa opinión.

Aun así, una hora más tarde los cuatro estaban rodeados de cajas olvidadas. Entre ellas apareció una colección de fotografías familiares.

La organización del garaje quedó olvidada de inmediato.

—Miren esto —dijo Rebecca mostrando una imagen de ella y Jorge recién casados.

—¿Por qué llevaban esos sombreros? —preguntó Junior.

—Porque ese día estábamos viviendo una pequeña aventura —respondió su padre.

—No recuerdo eso.

—Obviamente no habíamos nacido —intervino Gabe.

—Ese día pretendíamos acampar como las demás parejas, en medio de la nada, pero el frío no nos lo permitió y terminamos pagando una habitación —recordó Rebecca.

—La habitación era diminuta —añadió Jorge—. Tenía una cama, una ventana que no cerraba bien y un aire acondicionado que servía muy poco.

—Y estaba en el último piso de la posada perdida entre las montañas.

—Sonaba terrible.

—Lo era —dijo Rebecca—. Pero después de pasar todo el día en la densidad del bosque, nos pareció el lugar más cómodo del mundo.

—Pedimos chocolate caliente y nos quedamos mirando la lluvia por la ventana —continuó Jorge—. Creo que fue la primera vez en todo ese viaje que dejamos el nerviosismo atrás que ese lugar nos causaba.

—Habíamos estado corriendo de un lado a otro desde que salimos de casa —dijo Rebecca—. Esa noche no participamos en nada por lo que habíamos ido.

—Solo estábamos nosotros dos.

Rebecca sonrió al escuchar aquello.

—Hablamos durante horas.

—¿De qué? —preguntó Gabe.

Jorge y Rebecca intercambiaron una mirada.

—De muchas cosas —respondió ella.

—Planes para el futuro —dijo Jorge.

—Lugares que queríamos visitar.

—Cosas que queríamos hacer juntos.

—Y después…

Rebecca carraspeó.

—Después nos fuimos a dormir.

Junior entrecerró los ojos.

—Eso sonó sospechoso.

—No fue sospechoso en absoluto —respondió Jorge con rapidez.

—Papá.

—¿Sí?

—Definitivamente fue sospechoso.

Rebecca soltó una carcajada mientras Jorge suspiraba, mirando a Rebecca con una mezcla de complicidad y audacia.

—Bueno, ya que están insistiendo tanto… —comenzó Rebecca, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.

Jorge tomó la palabra, su voz baja pero firme:

—Estábamos en esa habitación diminuta. Recuerdo que llovía muchísimo. Afuera el frío debía ser mortal, pero dentro ninguno de los dos sentía frío.

—Me quité toda la ropa —continuó Rebecca, encontrando la mirada de sus hijos sin vergüenza—. Luego ayudé a su padre a quitarse la de él. Estábamos frente a frente, desnudos ya.

Gabe y Junior intercambiaron una mirada, silenciosos.

—Estaba temblando —dijo Jorge—, su madre me hacía temblar. Era… el deseo que habíamos contenido durante todo el día. Mi verga ya se alzaba firme, palpitante con la lujuria que sentía por tu madre.

Rebecca asintió, sus ojos brillando con el recuerdo:

—Tu padre se recostó sobre la cama. Yo me moví con deliberada lentitud, consciente de cada centímetro de mi cuerpo y de lo que causaba en su padre, porque desde antes sabía cómo le encantaban mis tetas, y yo también estaba ya muy excitada, la humedad que sentía entre mis muslos era una prueba de eso. La mirada de Jorge me devoraba.—Me posicioné sobre él —continuó Rebecca—, sintiendo la calidez de su piel contra la mía, la rigidez de su verga presionando contra mi vientre. Mi cabello caía sobre su rostro. Mis tetas rozaban su pecho.

Jorge tomó la mano de Rebecca, entrelazando sus dedos:

—Mis manos descendieron por su espalda hasta aferrar sus nalgas, pude sentir como su ano se contrajo involuntariamente ante la conciencia de lo cerca que estábamos de la consumación, de ese acto que el amor y el deseo exigían.

—Estábamos listos —susurró Rebecca.

—Y entonces —continuó Rebecca, su voz tomando un tono más íntimo, casi conspiratorio—, lo besé. No un beso tierno, sino uno cargado de toda la lujuria que habíamos estado conteniendo. Sentí cómo me respondía con igual deseo, cómo sus manos apretaban mi trasero con ganas.

—Comencé a bajar —dijo ella, y sus ojos se perdieron en el recuerdo—. Besé su cuello, su pecho… su abdomen.

Jorge soltó una risa, interrumpiendo el relato.

—Mucho mejor que la panza que tengo ahora —dijo, dándose una palmada en el estómago.

Gabe y Junior estallaron en carcajadas, rompiendo momentáneamente la tensión erótica del relato.

—Cállate —dijo Rebecca entre risas, golpeándolo juguetonamente—. Pero sí, era diferente. Seguí bajando, y cuando tuve su verga tan cerca de mi cara…

Su voz bajó, volviéndose más ronca:

—Me la restregué toda. Quería sentir su olor, ese aroma masculino que me volvía loca. Quería que sintiera el calor de mi piel en su miembro, que supiera que estaba completamente entregada a él.

Jorge asintió, su mirada fija en el rostro de su esposa:

—Pero no fue solo eso —intervino él—. Rebecca quería conocer cada parte de mí.

—Tus huevos estaban tan cerca —continuó ella, dirigiéndose ahora directamente a Jorge, como si los hijos no estuvieran presentes—. Los lamí. Los chupé. Incluso se los mordí suavemente, sintiendo cómo se tensaban en mi boca. Lo hacía con deleite, con amor y placer. Me encantaba saber que le estaba dando tanto deseo.

—Su madre era insaciable —dijo Jorge, y su voz temblaba ligeramente al recordar—. Pero también era inexperta, y yo… estaba tan excitado que no podía controlarme. Me empeñaba en meterle toda la verga en la boca.

—Era imposible —dijo Rebecca, negando con la cabeza—. Con lo dura y grande que estaba, y con lo inexperta que yo era en ese momento, era casi una misión imposible. Intenté, quería complacerlo, quería sentirlo dentro de mi boca, pero…

—Se ahogaba —completó Jorge, y había ternura en su voz.

—Sentí que me ahogaba —confirmó ella—. Tuve que sacármela rápido para poder respirar. Jorge sonrió y me acuerdo que dijo que algún día podría metérmela toda. Subí rápidamente a besarlo, a sentir su boca contra la mía, a recuperar el aire mezclado con su pasión.

—Y entonces —dijo Jorge, tomando nuevamente la palabra—, Rebecca hizo algo que me volvió completamente loco. Se elevó un poco y subió sus tetas hasta mi cara.

—Me encantaba —susurró Rebecca—, me encantaba cómo su padre me chupaba los pezones. Siempre fue muy bueno en eso. No cualquier mujer gime cuando le chupan los pezones, pero tu padre siempre lograba hacerme gemir.

—Los tomé con mis manos —dijo Jorge, y sus gestos se volvieron más expresivos, casi demostrativos—. Los acaricié, los apreté suavemente, los chupé con deseo, con pasión, sintiendo cómo se endurecían en mi boca, cómo su madre se contoneaba encima de mí, ofreciéndome todo su cuerpo.

—Estaba completamente entregada —dijo Rebecca—. Su boca en mis pechos, su mano acariciando mi trasero, acercándose peligrosamente a mi ano. Estábamos perdidos en el amor, en la lujuria, en la necesidad de consumar lo que habíamos prometido ante Dios y ante nosotros mismos.

Y entonces —continuó Jorge, su voz bajando casi a un susurro grave—, mis manos comenzaron a vagar. Mientras Rebecca se arqueaba sobre mí, ofreciéndome sus pechos, deslizé mis palmas por la curva de su espalda, bajando lentamente hasta aferrar nuevamente su trasero.

—Tus manos siempre fueron audaces —dijo Rebecca, y había un tono de nostalgia mezclado con excitación en su voz.

—Sí, sabemos que las manos de papá son audaces —intervino Junior, y soltó una carcajada que resonó en el garaje, rompiendo momentáneamente la tensión erótica del relato.

Gabe asintió, sonriendo:

—Eso explica muchas cosas, en realidad. Como cuando nos enseñó a jugar béisbol y siempre insistía en la posición correcta de las manos en el bate.

Jorge rio, pasándose una mano por el pelo con una mezcla de orgullo y fingida modestia:

—Es un buen padre —dijo Rebecca, y su voz adquirió un tono de ternura que contrastaba con la intimidad que estaban compartiendo—. Lo demostraba siempre dándoles la atención requerida. Para él, ustedes lo son todo. No importa si estaba cansado del trabajo, si tiene dolor de cabeza, si solo quiere sentarse en el sofá y no hacer nada. Cuando ustedes necesitan algo, él está ahí.

—Recuerdo cuando me enseñaste a masturbarme —dijo Gabe, mirando a su padre como si eso hubiese pasado hace siglos—. Tenía seis años y me lastimaba mi pirulín. Tú seguías ayudándome, una y otra vez, sin quejarte, sin mostrar frustración. Solo me decías: «Otra vez, hijo, hasta que lo logres».

—O cuando Junior se enfermó de varicela —añadió Rebecca—. Pasaste tres noches sin dormir, sentado junto a su cama, midiéndole la fiebre cada hora, aplicándole cremas, cantándole para que pudiera dormir.

Jorge bajó la mirada, emocionado:

—Ustedes son lo más importante —dijo simplemente—. Son lo más importante. Eso nunca cambiará.

—Pero ahora —interrumpió Rebecca, y había una nota de urgencia en su voz, una necesidad de volver al relato que había dejado pendiente—, déjenme seguir contando. Quiero que sepan todo, quiero que entiendan de dónde viene todo esto. Su padre estaba sobre mí, sus manos en mi trasero, y yo sentía que me estaba deshaciendo de placer.

Los hijos asintieron, volviendo su atención a la narrativa, aceptando el regreso al pasado.

—Quería conocer cada parte de ti —respondió Jorge, mirándola a los ojos—. No solo lo convencional. Sentí que estabas lista, que tu cuerpo pedía más. Separé tus nalgas con delicadeza, exponiendo ese ano que nunca habíamos explorado.

Rebecca asintió, su respiración visiblemente más agitada a pesar de que hablaban de hacía años:

—Sentí tu dedo, húmedo, rozando la entrada. No me lo esperaba, pero el deseo que sentía en ese momento… no había límites. Quería entregarme por completo, en todos los sentidos.

—La acaricie primero sin meterselo —dijo Jorge, sin pudor—. Acariciando ese pequeño anillo de músculo que se contraía nervioso pero receptivo.

—Me estabas preparando —susurró Rebecca—. Sin prisa, con pasión, con cuidado. Sentí la presión de tu dedo índice empujando lentamente, abriéndome, invadiendo ese espacio que nunca había sido tocado.

—Estaba tan estrecho —recordó Jorge—. Tan caliente. Podía sentir cómo te tensabas sobre mí, cómo tus gemidos cambiaban de tono mientras penetraba tu ano con cuidado, moviendo el dedo en círculos, relajándote, preparándote para algo más grande.

—Me dolía un poco —admitió Rebecca—, pero era un dolor mezclado con placer, con la lujuria de ser completamente poseída. Quería sentirte dentro de mí, no importaba dónde. Yo sabía que pronto no sería suficiente con los dedos.

—Añadí un segundo dedo —continuó Jorge—. Escuché cómo jadeabas, cómo te mordías el labio para no gritar. Estiré tus paredes internas con amor, con paciencia, sintiendo cómo te abrías para mí, cómo ese ano que antes era impenetrable ahora reclamaba más.

—Estaba lista —dijo Rebecca, y su voz sonó casi como una orden—. Te lo pedí con mis gemidos. Quería sentir tu verga ahí, quería esa intimidad completa, esa entrega total. Me levanté ligeramente de tu pecho, te miré a los ojos y simplemente asentí.

Y entonces —dijo Jorge, rompiendo el silencio que había dejado su última frase—, Rebecca se tumbó boca abajo sobre la cama, y yo me coloqué sobre ella, con mi verga presionando insistentemente entre sus nalgas.

—Espera —interrumpió Rebecca en el presente, levantando una mano desde donde estaba sentada en el garaje, sobre una caja de cartón viejo—. Antes de que sigas… ¿qué fue lo que te echaste en la verga? Nunca te lo pregunté.

Jorge frunció el ceño, pensando, y luego soltó una risa breve.

—Un gel que estaba sobre la mesa de noche. En ese momento no pensé si era o no adecuado, simplemente lo usé. Era transparente, olía a menta o algo así. Lo tomé y me lo extendí sin pensarlo dos veces.

—Yo sentí eso —dijo Rebecca, volviéndose hacia sus hijos—. Cuando su verga tocó mi ano y sentí esa sustancia fría y resbaladiza, me dio miedo. Me arrepentí en ese instante, porque la verga de su papá es muy grande, y de verdad me entró un temor que no imaginan. Sentí que iba a partirme en dos.

Junior y Gabe se miraron entre sí. Gabe fue el primero en hablar, con una mezcla de incomodidad y fascinación que no lograba disimular:

—Mamá… estás describiendo el tamaño del pene de papá. Estamos sentados aquí, en el garaje, hablando de esto.

—Es relevante para la historia —se defendió Rebecca, aunque sonreía—. Es anatomía, no es obsceno.

—Es un poco obsceno —murmuró Junior, pero no apartó la mirada.

—El punto es —continuó Rebecca, ignorando el comentario— que una vez que tu padre está excitado, ustedes lo conocen. Ya no hay forma de que no haga algo que tiene en mente. Esa determinación suya, esa lujuria ciega… en ese momento supe que no había vuelta atrás.

Jorge asintió, sin vergüenza:

—Tenía un objetivo. Tu ano estaba ahí, preparado, lubricado, y yo… estaba más allá de cualquier razón. Solo quería poseerte completamente, Rebecca. Ese deseo de estar dentro de ti en todos los sentidos…

—Y —interrumpió Gabe, sorprendiéndose a sí mismo por participar—, ¿qué pasó? ¿no trataste de convencerlo de que no…?

Jorge miró a su hijo, evaluando si continuar, y luego asintió:

—Sí. Estaba sobre ella, mi verga entre sus nalgas, la punta presionando contra su entrada. Podía sentirla tensarse, podía escuchar su respiración agitada contra la almohada. Y entonces me incliné, puse mi boca junto a su oído y susurré: «Dime que quieres esto. Dime que eres mía por completo».

Rebecca cerró los ojos, reviviendo el momento en voz alta:

—Y yo, con la cara hundida en la almohada, gemí: «Hazlo. Por favor, hazlo. Te quiero dentro de mi ano, te quiero todo». Pero luego, más débil, añadí: «Pero ve lento, Jorge. Por favor, ve lento. Eres muy grande y tengo miedo de que me lastimes».

—Le prometí que sería lento —dijo Jorge, su voz baja y seria—. Le prometí que usaría todo el amor y la pasión que sentía para hacerle sentir placer, no dolor. Coloqué mis manos en sus caderas, estabilizándola, preparándola. Miré hacia abajo y vi mi verga brillando con ese gel, lista para penetrarla, lista para cruzar esa última frontera entre nosotros.

Rebecca soltó una carcajada, una mezcla de nostalgia y picardía que resonó entre las cajas del garaje. Se inclinó hacia adelante, con las manos sobre las rodillas, y miró directamente a sus hijos con una sonrisa traviesa.

—Ahí está lo gracioso —dijo, y su voz tenía un tono de confesión—. Su padre me engañó. Ni bien terminó de decir que iría lento, me clavó de un solo golpe la cabezota enorme de su pinga.

Gabe y Junior se miraron, los ojos abiertos.

—¿Qué? —exclamó Jorge, defensivo pero sonriente—. Estaba… muy excitado. El deseo me cegó.

—Cállate tú —dijo Rebecca, volviéndose hacia él con fingido reproche—. Déjame contar mi parte. Sentí un dolor… Dios, no puedo describirlo. Un grito salió de mi garganta, fuerte, sin control. Sentí como si me estuvieran partiendo en dos, como si esa verga gigante estuviera realmente rasgándome por dentro.

Se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad solo de recordarlo.

—No quería que siguiera —continuó, ahora mirando a sus hijos—. Le rogué, chicos. Con lágrimas en los ojos le dije: «Mi amor, sácamela, sácamela por favor. Ya no, ya no puedo». Estaba convencida de que me había roto algo, de que había sangre, de que nunca volvería a caminar normal.

Jorge bajó la mirada, con una mezcla de culpa y orgullo en su rostro.

—Pero tu padre —dijo Rebecca, y su voz cambió, volviéndose más suave, casi tierna— no me hizo caso. En lugar de sacarla, me dijo: «Relájate, mi amor. Relájate». Me acarició la espalda con una mano mientras con la otra mantenía mis caderas firmes, inmovilizadas contra él. Me decía que su verga debía acostumbrarse, o que mi cuerpo debía acostumbrarse a su verga, más bien. Que si salía ahora, solo sería peor después.

—Y ahí sí —admitió Jorge—, ahí sí fui paciente. Nos quedamos completamente quietos, no sé cuánto tiempo. Minutos que parecieron horas. Podía sentir la verga me palpitaba, podía sentir los músculos de Rebecca contrayéndose alrededor de mí, tratando de expulsarme, y yo respirando profundo, esperando, conteniendo toda la lujuria que me pedía a gritos que me moviera.

Rebecca asintió, sus ojos brillando:

—Cuando finalmente le dije que sentía que el dolor ya no era tan fuerte, que se había convertido en algo… diferente, él comenzó a moverse. Lentamente al principio, solo pequeños empujones, probando, sintiendo. Y el dolor… Dios, el dolor se comenzó a mezclar con eso tan rico que se siente cuando te penetran el culo. Esa sensación de estar completamente llena, de ser poseída en el lugar más privado, de entregarlo todo —terminó Rebecca, y su voz se quebró ligeramente, no solo por el recuerdo, sino por algo que estaba sucediendo en el presente.

Su mirada había descendido involuntariamente, atraída por una evidencia que no podía ignorar. Allí, sentado sobre una caja de herramientas viejas en medio del garaje, Jorge tenía un bulto considerable en sus pantalones. La tela de su jeans se estiraba, formando una tensión visible que dejaba poco a la imaginación sobre el estado de su verga en ese momento.

—Papá… —murmuró Gabe, siguiendo la mirada de su madre, y sus mejillas se encendieron de un rojo intenso.

Junior se rio, nervioso, tratando de aliviar la tensión:

—Parece que el relato le está afectando más de lo que esperábamos.

Jorge no intentó disimular. Se limitó a sonreír con una mezcla de vergüenza y orgullo, ajustándose discretamente sin dejar de mirar a Rebecca:

—Cuando cuento estas cosas… cuando te recuerdo así… no puedo evitarlo. Eres la única mujer que siempre ha tenido este efecto sobre mí.

Rebecca sintió cómo su propio cuerpo respondía, un calor familiar extendiéndose entre sus muslos. La escena se había vuelto surrealista: dos padres de mediana edad, excitados por sus propios recuerdos, frente a sus hijos pequeños que ahora eran cómplices involuntarios de una intimidad que trascendía el tiempo.

—Continúa —dijo Jorge, y su voz sonó más grave—. Por favor, Rebecca. Cuéntales el resto.

Se detuvo, mirando a Jorge con una intensidad que hizo que el garaje pareciera desvanecerse una vez más.

—Empecé a gemir —susurró—, pero esta vez no era de dolor. Era de pasión, de amor, de esa mezcla indescriptible entre el sufrimiento y el placer absoluto.

Se detuvo, mirando a Jorge con una intensidad que hizo que el garaje pareciera desvanecerse una vez más.

—Empecé a gemir —susurró—, pero esta vez no era de dolor. Era de pasión, de amor, de esa mezcla indescriptible entre el sufrimiento y el placer absoluto.

La voz de Rebecca adquiría una cadencia casi hipnótica mientras los cuatro permanecían inmóviles en el garaje, suspendidos entre el pasado y el presente, entre la memoria y la realidad.

—Comenzó a moverse con más confianza —dijo, y sus manos gesticulaban en el aire, dibujando el movimiento que describía—. Cada embestida era un viaje completo, desde la punta hasta la base. Retiraba su verga casi por completo, sintiendo cómo los músculos de mi ano intentaban recuperar la plenitud, y luego volvía a entrar, llenándome de nuevo.

Rebecca se sonrojo al mirar directamente a sus hijos:

—Sentía cada centímetro. La cabeza, gruesa y redondeada, abriéndome camino una y otra vez. El tronco, veteado y duro, frotando contra mis paredes internas. Y luego, lo más delicioso… cuando embestía con fuerza, cuando realmente me clavaba hasta el fondo, sentía sus huevos.

Gabe y Junior se inclinaron involuntariamente hacia adelante, atrapados por el relato a pesar de la incomodidad que debían sentir.

—Esa sensación —continuó Rebecca, cerrando los ojos para recordar mejor—, de esas bolas pesadas, llenas de semen, golpeando contra mis nalgas. Un golpe seco, húmedo, rítmico. Plap, plap, plap. Cada vez que él empujaba hacia adelante, sus testículos se estrellaban contra mi piel, y yo podía sentir el calor que irradiaban, la promesa de lo que vendría, la evidencia física de su deseo por mí.

—Era una sensación indescriptible —intervino Jorge—. Verla así, entregada sobre la cama, su espalda arqueada, su ano envolviendo mi verga con tanta fuerza, tan caliente, tan estrecho. Podía ver cómo sus dedos se clavaban en las sábanas, cómo su cabeza se echaba hacia atrás en cada embestida profunda. La lujuria me consumía por completo.

—Me agarró el pelo —dijo Rebecca de repente, y su voz se quebró ligeramente—. Con una mano, mientras con la otra mantenía mi cadera firmemente sujeta a él. Me tiró hacia atrás. Y Dios… ese cambio… sentí su verga en un lugar completamente diferente, tocando algo dentro de mí que hizo que viera estrellas.

—Increible —murmuró Gabe, casi para sí mismo, y luego se sonrojó cuando todos lo miraron—. Es… es increíble. Lo es de verdad.

—Exactamente —confirmó Jorge con una sonrisa de satisfacción—. Ese ángulo, esa presión… estaba masajeando su interior con cada movimiento. Podía sentir cómo ella se mojaba más, cómo su excitación goteaba por sus muslos, mezclándose con el sudor que corría por nuestras pieles.

—Ya no era dolor —susurró Rebecca—. Era pura electricidad. Cada embestida enviaba ondas de placer desde mi ano hasta mi vientre, hasta mis pechos. Comencé a empujar hacia atrás, a encontrar su ritmo, a pedir más con mi cuerpo lo que mis palabras no podían expresar.

—Eso me volvió loco —admitió Jorge, y su voz se hizo más ronca, más urgente—. Sentir que ella participaba, que no solo recibía sino que reclamaba. Que su ano, ese lugar tan prohibido y estrecho, ahora me succionaba, me pedía más profundo, más rápido, más fuerte. Perdí cualquier reserva, cualquier intención de ser delicado. Comencé a embestir con verdadera fuerza, con un salvajismo que solo el amor más profundo puede justificar.

—Me destrozaba —dijo Rebecca, y había orgullo en su voz—. Cada golpe de sus huevos contra mí era una marca, una posesión. Podía sentir sus gruñidos de placer animal, el sudor de su frente cayendo sobre mi espalda. Estábamos conectados. Era pasión pura, sin filtros, sin vergüenza.

—Cambiamos de posición —recordó Jorge—. La giré sobre su espalda, quise verle la cara. Quería mirarla a los ojos mientras la penetraba, quiero ver la expresión de éxtasis y dolor mezclados. Elevé sus piernas sobre mis hombros, abriéndola completamente, viendo mi verga entrar y salir de ella, brillante con el gel y sus jugos, viendo ese ano estirado alrededor de mi miembro, rojo e hinchado de tanto uso.

—Me sentí expuesta —confesó Rebecca—. Vulnerable. Pero también poderosa. Porque en los ojos de su papito vi algo que nunca había visto con tanta intensidad: adoración. Me miraba como si fuera la única mujercita en el mundo, como si mi cuerpo fuera todo lo que él quería. Y con esa mirada, comencé a sentir algo creciendo dentro de mí, algo que no esperaba.

—Su cuerpo comenzó a temblar —dijo Jorge, narrando el pasado con los ojos fijos en el presente, en el rostro de su esposa—. No el temblor del frío ni del dolor. Era algo diferente. Sus manos se aferraron a mis brazos, sus uñas se clavaron en mi piel, y sus ojos… Dios, sus ojos se pusieron en blanco por un instante, y su boca se abrió en un grito que no tenía sonido, solo aire, solo la expresión de la más absoluta liberación.

—Estaba llegando —susurró Rebecca, y su propia voz temblaba ahora, en el garaje, años después—. Sentía cómo se acumulaba la presión, cómo cada embestida contra ese punto mágico dentro de mí me acercaba más al borde. Era un orgasmo diferente, más profundo, más intenso. En todo mi cuerpo, irradiando desde mi ano hacia afuera, hacia mis extremidades, hacia mi cerebro.

—Yo también estaba cerca —dijo Jorge, y su mano se movió involuntariamente, acariciando el aire como si aún pudiera sentirla—. Sentía cómo mis huevos se contraían, cómo la base de mi verga palpitaba con la necesidad imperiosa de liberación. Intenté contenerme, quería que ella llegara primero, quería sentir su orgasmo apretando mi miembro, masajeándome desde dentro.

—Y entonces sucedió —dijeron casi al unísono, y se miraron con una complicidad que excluía al resto del mundo.

—Sentí cómo se tensaba —continuó Jorge—. Cómo su ano se cerraba con fuerza alrededor de mí, en espasmos rítmicos, involuntarios, potentes. Era como si me estrujara, como si intentara extraer mi semen con fuerza de voluntad. Y en ese momento, perdí el control.

—Él gruñó —dijo Rebecca, imitando el sonido—. Un sonido profundo, gutural, animal. Sentí cómo su verga crecía aún más dentro de mí, cómo se endurecía hasta el punto del dolor, y luego…

—Eyaculé —dijo Jorge directamente, sin eufemismos—. Con fuerza, con chorros que podía sentir golpeando sus paredes internas. Una, dos, tres, cuatro… perdí la cuenta. Mi semen caliente llenándola, inundando su ano, marcándola por dentro como yo ya la había marcado por fuera. Era la posesión definitiva, la unión completa.

—Y yo… —Rebecca hizo una pausa, respirando profundamente, visiblemente emocionada por el recuerdo—. Yo llegué exactamente en ese momento. Cuando sentí esa primera descarga caliente dentro de mí, cuando su verga palpitó con tanta fuerza que pude sentir cada latido de su corazón a través de su miembro, mi cuerpo explotó.

Se llevó las manos al pecho, como si aún pudiera contener ese sentimiento.

—Fue el orgasmo más intenso de mi vida —dijo, y había lágrimas en sus ojos que no se avergonzaba de mostrar—. No solo físico, aunque eso también… mis piernas temblaban incontrolablemente, mi visión se nubló, grité su nombre con una fuerza que me rasgó la garganta. Pero fue más que eso. Fue una plenitud emocional, espiritual. Sentí que estábamos hechos el uno para el otro, que ningún otro hombre podría conocerme así, poseerme así, completarme así.

Se volvió hacia Gabe y Junior, y su sonrisa era radiante, llena de una alegría que trascendía la vergüenza o la indecencia:

—Me sentí la persona más plena, más dichosa del planeta —dijo, y su voz resonó con la verdad absoluta de esa afirmación—. Esa noche, en esa habitación de mala muerte, con el aire acondicionado roto y la lluvia golpeando la ventana, supe que había tomado la decisión correcta al casarme con su padre. Porque él me había dado algo que nadie más podía ofrecerme: la certeza de ser amada, deseada y poseída por completo, sin reservas, sin miedo, con toda la pasión y el amor que un ser humano puede ofrecer.

El silencio que siguió fue diferente esta vez. No era incómodo ni denso. Era un silencio de asombro, de respeto ante la intimidad que acababan de compartir. Gabe y Junior miraban a sus padres con ojos nuevos, como si estuvieran viéndolos por primera vez no como figuras de autoridad, sino como seres humanos completos, con deseos, con lujuria, con una historia de amor que trascendía lo convencional.

—Mamá —dijo Junior finalmente, y su voz sonó extrañamente madura—. Gracias por contarnos.

—Sí —añadió Gabe—. Eso fue… eso fue increíble.

Rebecca y Jorge se miraron, y en esa mirada había años de complicidad, de secretos compartidos, de noches como aquella repetidas innumerables veces. Se tomaron de la mano, entrelazando sus dedos sobre una caja de cartón polvorienta, y sonrieron.

—Esa —dijo Jorge— fue nuestra primera noche como marido y mujer en todos los sentidos.

—Y no fue la última —añadió Rebecca con picardía—. De hecho, creo que esa posada nos dejó con algunos… hábitos.

Los cuatro rieron, y el sonido llenó el garaje, disipando cualquier sombra que pudiera haber quedado entre ellos.

Los cuatro permanecieron en silencio. El garaje parecía haber desaparecido, transformado por la intensidad del relato en aquella habitación de montaña años atrás.

—Y después —susurró Junior, rompiendo el hechizo—, ¿qué pasó?

Rebecca sonrió, una sonrisa que contenía siglos de complicidad. Sin decir palabra, se arrodilló lentamente frente a Jorge, sobre el cemento frío del garaje. Sus ojos nunca se apartaron de los de él mientras sus manos subían por sus jeans, deteniéndose sobre la erección evidente que pulsaba bajo la tela.

—Después —dijo Rebecca, y su voz era un susurro ronco que hizo que los pelos de los brazos de los niños se erizaran—, su padre se quedó dentro de mí un rato. No quería salirse. Quería sentir cómo mi ano se relajaba lentamente, cómo dejaba de contraerse.

Sus dedos desabrocharon el botón del jeans de Jorge, luego bajaron la cremallera con un sonido metálico que resonó en el silencio del garaje.

—Estábamos conectados —continuó Rebecca, mientras sus manos se deslizaban dentro de la abertura de sus pantalones—. Físicamente, emocionalmente. Podía sentir cada latido de su verga, cada respiración profunda que tomaba. Y él… él podía sentir cómo mi cuerpo se rendía por completo, cómo aceptaba su posesión, su semen dentro de mí..

Jorge cerró los ojos, su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, mientras Rebecca liberaba su miembro. La verga de Jorge saltó hacia afuera, erecta, gruesa, con la cabeza brillante y oscura de excitación. Gabe y Junior contuvieron la respiración, hipnotizados por la escena que se desarrollaba frente a ellos.

—Me sentía completa —dijo Rebecca, y ahora su mano envolvía la base del miembro de Jorge, acariciándolo lentamente—. Pero también sentía algo más. Una gratitud tan profunda que me dolía. Este hombre… este hombre que me había dado tanto placer, que me había poseído por completo, que me había llenado con su semen… merecía algo a cambio.

Se inclinó hacia adelante, y sin previo aviso, tomó la cabeza de la verga de Jorge en su boca. Un gemido bajo escapó de los labios de Jorge, y su mano descendió para entrelazarse en el cabello de Rebecca.

—Lo limpié —dijo Rebecca, levantándose un instante, sus ojos brillantes de lujuria y amor mientras hablaba directamente a sus hijos—. Con mi lengua. Lamí cada rastro de nuestro amor, cada gota de su semen. Quería probarlo todo, querer saber cómo sabíamos juntos, cómo sabía esa unión que nos había transformado.

Volvió a inclinarse, esta vez con más deliberación. Sus labios se cerraron alrededor del glande, y su cabeza comenzó a moverse rítmicamente, arriba y abajo, tomando cada vez más de la verga de Jorge en su boca. Sus mejillas se ahuecaban con la succión, y el sonido húmedo de la mamada llenaba el garaje.

—Su madre… —dijo Jorge, y su voz era un susurro ronco, entrecortado por la respiración agitada—, su madre siempre ha sabido cómo… cómo agradecer.

Rebecca aceleró el ritmo, su mano trabajando en sincronía con su boca, masajeando la base mientras sus labios y su lengua trabajaban la punta. Podía sentir cómo la verga de Jorge palpitaba contra su paladar, cómo se endurecía aún más, preparándose para otra la explosión.

—Esa noche —continuó Rebecca, deteniéndose un instante, con la saliva brillando en sus labios—, esa noche no fue suficiente. Después de limpiarlo así, después de probar nuestra unión… lo volví a despertar. Con mi boca, con mis manos. Quería más.

Jorge soltó una risa baja, mezclada con un gemido de placer.

—Me despertó a las dos de la mañana —dijo él, mirando a sus hijos con ojos vidriosos de deseo—. Estaba completamente exhausto, pero ella… ella estaba insaciable. Me encontró ya duro, dispuesto, y se montó sobre mí sin decir palabra.

—Me sentí como una diosa —dijo Rebecca, volviendo su atención al miembro erecto frente a ella—. Con el poder de despertar el deseo de un hombre, de hacerlo mío una y otra vez. Lo monté, lo guié hasta mi ano otra vez, esta vez yo controlando el ritmo, la profundidad.

Se detuvo, mirando a sus hijos con una intensidad que los dejó sin aliento.

—Y esta vez no hubo dolor —dijo—. Solo placer. Puro, absoluto, incontrolable. Me moví sobre él hasta que ambos llegamos de nuevo, hasta que su semen me llenó por segunda vez.

Volvió a su tarea presente, tomando la verga de Jorge con renovada energía. Sus movimientos eran más urgentes ahora, más desesperados. Podía sentir cómo se acercaba al borde, cómo sus testículos se contraían, cómo su respiración se volvía más rápida.

—Rebeca… —susurró Jorge, y sus manos se apretaron en su cabello—. Voy a…

Ella no se detuvo. Si aceleró, tomando toda su longitud en su garganta, superando su reflejo nauseoso, queriendo sentirlo explotar dentro de su boca, queriendo probarlo una vez más.

Y entonces Jorge gruñó, un sonido bajo y animal que resonó en el garaje. Su cuerpo se tensó, y Rebecca sintió la primera descarga caliente contra su garganta. Tragó con avidez, sintiendo cómo él se vaciaba en ella, cómo su cuerpo temblaba con la fuerza de su orgasmo.

Cuando terminó, Rebecca se levantó lentamente, limpiándose una pequeña gota de leche de la comisura de sus labios con el pulgar. Se lo llevó a la boca, saboreándolo con los ojos cerrados.

—Y eso —dijo, abriendo los ojos y mirando a sus hijos—, eso es lo que pasó después. Y eso es lo que ha seguido pasando cada día desde entonces. Porque cuando encuentras a alguien que te posee por completo, que te llena de esta manera… solo puedes responder entregándote por completo a cambio.

Los cuatro permanecieron en silencio, el aire espeso con el aroma del sexo y la historia compartida. Gabe y Junior miraban a sus padres con una mezcla de asombro, respeto y una comprensión que trascendía su corta edad.

—Ahora —dijo Jorge finalmente, mientras se arreglaba lentamente la ropa—, creo que deberíamos terminar de ordenar este garaje.

Los niños asintieron, y el momento mágico se rompió. Pero algo había cambiado permanentemente entre ellos, una nueva intimidad que nunca desaparecería.

Encontraron más fotografías de aquellas vacaciones junto a viejas postales y tarjetas del lugar donde habían estado.

—Mamá, aquí pareces mucho más joven.

—Gracias por recordármelo —respondió Rebecca entre risas.

—Y tú, papá, tenías más cabello.

Los cuatro siguieron revisando fotografías durante casi una hora, comentando viajes, cumpleaños y momentos que parecían pertenecer a otra época.

Cuando finalmente terminaron de revisar las cajas, el garaje seguía sin estar completamente organizado.

—Técnicamente no avanzamos mucho —comentó Jorge.

—Realmente hoy pensaba organizar todo aquí —respondió Rebecca mientras guardaba las fotografías—, pero me gusta mucho que compartamos estos momentos.

Esa tarde pidieron pizza y vieron una película en la sala. Junior se quedó dormido antes del final, con una pierna estirada sobre el sofá y la misma rodilla golpeada de la mañana asomando por debajo de una manta. Gabe fingió estar despierto, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos.

Rebecca observó a sus hijos y luego a su esposo.

—No fue exactamente el día que había planeado.

Jorge sonrió mientras contemplaba la escena.

—Los mejores casi nunca lo son.

4 Lecturas/22 junio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: cumpleaños, madre, madura, montaña, padre, recuerdos, sexo, vacaciones
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