Valentina y Lucia, primas adictas al sexo. (Parte 1)
Daniel sonrió. Se arrodilló entre sus piernas, abriéndolas con las manos. Valentina estaba completamente expuesta, su vagina pequeña, sin un pelo alrededor, los labios internos rosados, firmes, brillantes de humedad. Ya estaban hinchados, abiertos, pidiendo más..
El Profesor Daniel ajustó su corbata frente al espejo del baño de profesores. Tenía 35 años, barba de tres días, y llevaba seis meses sin tocar a una mujer desde la ruptura. Cuando aceptó dar clases por primera vez a niñas y niños de esta edad no imaginó el pequeño uniforme que vería en ellas: falda de cuadritos rojos y blancos, calcetas hasta la rodilla y blusas polo de manga corta. Bastante indiscretos de algunos padres, quizá de años anteriores, pero al pasar, ya no les quedaba igual.
Entró al salón 2A con su material de trabajo bajo el brazo. Treinta sillas, todas ocupadas. Niñas y niños de 7 años. Pero sus ojos se detuvieron en las dos de la primera fila.
Primas rubias, de ojos azules claros, piel de porcelana. La del lado izquierdo —Lucía— cruzaba las piernas sin vergüenza, la falda subida hasta medio muslo. La otra —Valentina— se inclinaba para sacar un color, y Daniel vio un destello blanco entre sus piernas: ropa interior con un conejito estampado, tan aguada por los lavados que la tela se había vuelto transparente en los costados. A través de esa delgada tela de algodón, Daniel distinguió la carne rosada, brillante como la cera.
Se sentó en su escritorio, frente a ellas, a pocos centímetros de distancia. Desde esa posición baja, tenía visión directa bajo las faldas. Lucía movió las piernas un poco separándolas con inocencia y sin cuidados, y Daniel vio todo: su vagina pequeña, sin un solo pelo, los labios internos rosados asomando por el centro de la tela vieja y rota. Un lunar oscuro, perfecto, justo al lado de su muslo izquierdo, casi tocando los pliegues.
«Buenos días», dijo Daniel, su voz saliendo ronca. Se aclaró la garganta. «Soy el profesor Ruiz. Este año estaré con ustedes…»
Valentina se recostó, bostezando, levantando los brazos. Su faldita se deslizó casi hasta arriba. Daniel vio que su ropa interior —también de conejito, azul esta vez— estaba igual de deteriorada. A través de la tela transparente, su vagina parecía sudada, los labios pegados por la humedad. Había corrido para llegar a tiempo antes de llegar a la escuela.
Siguió hablando de que harian, de horarios, de recreo y comida, pero su mano derecha bajó discretamente bajo el escritorio. Sobre su pantalón empezó a mover la mano despacio, mirando esas dos vaginas expuestas, inocentes, ofrecidas sin saberlo.
Lucía cruzó y descruzó las piernas, dándole una vista completa de su agujerito rosado, liso, perfecto.
Daniel apretó los dientes y aceleró debajo del escritorio.
Daniel sentía el calor subiendo por su cuello mientras hablaba de los horarios de almuerzo. Su mano trabajaba bajo el escritorio, despacio, apretando su pene duro contra la tela de su boxer. Miraba esas dos vaginitas expuestas, tan frescas, tan inocentes, sin idea de que él podía verlo todo desde su posición baja.
Lucía se acomodó en la silla, moviendo las piernas de nuevo, y la falda se subió un centímetro más. Daniel vio el brillo húmedo en sus labios, el lunar perfecto, y apretó más fuerte. Su respiración se aceleró, disimulando con toses. Valentina bostezó otra vez, estirándose, y su blusa se levantó mostrando un abdomen plano y un pequeño ombligo redondo.
El profesor apretó los dientes. Sentía la presión en sus pelotas, el semen subiendo. Apretó más rápido, mirando fijamente esa vagina rosada de Lucía, imaginándola apretada, húmeda, lista. Un gemido bajo escapó de su garganta, disfrazado de carraspeo, y sintió los chorros calientes salpicando dentro de su boxer, empapando su pene, su vello, la tela. Se quedó quieto, jadeando disimulado, la mano quieta, llena de semen.
Diez minutos después, el timbre de salida sonó.
Daniel se quedó organizando papeles, esperando a que el salón se vaciara. Pero Lucía y Valentina se quedaron charlando, recogiendo sus loncheras. Valentina tomó su botella de agua, distraída, y al girarse tropezó. El agua voló en un arco perfecto, cayendo sobre el pecho de Lucía.
«¡Ay!» gritó Lucía, pero no se movió.
La blusa blanca, delgada, se pegó instantáneamente a su piel. Un pecho de niña pequeña se marcó perfectamente, y en el centro, dos puntos oscuros, duros, erectos, pezones parados por el frío del agua, visibles a través de la tela transparente.
Daniel miró, paralizado, su pene reviviendo dentro de los pantalones mojados de semen.
«¡Aaay!» Grito Valentina, con una sonrisa traviesa.
Daniel se levantó de su escritorio, buscando un trapo de tela que guardaba en el cajón. Se acercó a Lucía, que permanecía quieta, mirándose el pecho mojado.
«Ven, te ayudo», dijo Daniel, la voz suave, casi un susurro.
Puso el trapo sobre su hombro primero, secando en círculos. Luego bajó, despacio, hasta el pecho izquierdo. El trapo rozó el pezón erecto y Lucía sintió un escalofrío extraño, un calor que bajó hasta su lindo ombligo.
«¿Te duele?», preguntó Daniel.
«No», murmuró Lucía, confundida. «Siento… Cosquillas.»
Daniel volvió a pasar el trapo, esta vez más lento y ahora sus dedos bajo la tela, pellizcaron suavemente aquel pezón duro. Lucía jadeó, abriendo los ojos, pero no dijo nada. Solo sentía que su vagina se humedecía, esa sensación familiar cuando se tocaba a escondidas en las noches.
El profesor pasó al otro pezón, repitiendo el movimiento: trapo, roce, pellizco. Los dedos de Daniel se demoraron, girando alrededor del pezón, apretando un poco más, y Lucía sintió que las piernas le temblaban.
«Extraño», pensó ella, mirándolo con ojos vidriosos.
Valentina observaba desde atrás, mordiéndose el labio, con una mano abajo sin darse cuenta.
Una risa fuera del salón, voces de otros profesores acercándose. Daniel retiró las manos de inmediato. Lucía parpadeó, confundida, sintiendo su pecho frío de repente. Daniel se giró rápido, escondiendo su pene que palpitaba duro, erecto, dolorido contra su pantalón, la punta sensible rozando la tela empapada de semen de antes.
—
Al día siguiente, recreo.
Valentina corría por el patio, su pequeña falda levantándose con cada movimiento. Tropezó con una grieta, cayendo de rodillas. Daniel estaba cerca, observando desde la sombra de un árbol.
«¿Te lastimaste?» preguntó, acercándose con preocupación fingida.
La levantó del suelo, una mano en su cintura, la otra… la otra desapareció bajo la falda de Valentina, apoyándose en su nalga izquierda, pequeña, firme, redondita como una manzana verde.
«Te llevo a enfermería», dijo en voz alta para que otros lo escucharan.
La levanto y empezó a caminar, lento, demasiado lento. La mano de Daniel se deslizó entre las nalgas pequeñas de Valentina, su pulgar encontrando la raja de su vagina por encima de la tela delgada del calzoncito. Estaba cálida, húmeda de tanto correr.
Valentina mordió su labio inferior, sintiendo cómo el pulgar de su profesor hacía círculos pequeños, presionando su clítoris a través de la tela, bajando y separando los labios internos, sintiendo la humedad.
Así lo hace mi tío Roberto, pensó ella, recordando todas sus experiencias.
—
Flashback:
Cada vez que mamá la dejaba en casa de tío Roberto, él la subía a sus piernas en el sofá. «Vamos a jugar a las cabalgatas», decía, y Valentina, con su uniforme aún puesto, sentía las manos de él bajo su falda, quitándole el calzoncito, metiendo un dedo grueso en su vaginita apretada, cerrada, sin pelos aún.
Tío Roberto la acostaba en la mesa de la cocina, abría sus piernas pequeñas y metía su lengua, larga, caliente, lamiendo desde su vagina hasta su clítoris, chupando fuerte, haciendo sonidos húmedos. Valentina se mordía los dedos para no gritar mientras él la lamía una y otra vez, hasta que ella sentía ese calor explosivo, ese vacío que se llenaba de placer, y tío Roberto se limpiaba la boca, sonriendo.
—
De vuelta al presente, caminando hacia la enfermería, Valentina gemía bajo, mordiéndose el labio casi hasta sangrar, mientras el pulgar de Daniel entraba finalmente por debajo de la tela, tocando su carne directamente, caliente, resbaladiza, húmeda.
Valentina venía tambaleándose, agarrada del cuello de Daniel, mientras su mano trabajaba bajo la falda con más intensidad. El pulgar ya no hacía círculos suaves; ahora presionaba directamente el clítoris, frotando en movimientos rápidos y lentos, haciendo que Valentina jadeara sin control, su aliento saliendo en golpes cortos.
Daniel separó más los dedos, encontrando la entrada húmeda de su pequeña vagina, y metió el índice de golpe. Valentina soltó un gemido ahogado, sus piernas temblando de placer. El dedo entró hasta el fondo, sintiendo las paredes apretadas, calientes, pulsando alrededor de su dedo. Empezó a moverlo, entrar y salir, mientras caminaban por el pasillo vacío, y pronto su mano entera estaba empapada, brillante de humedad, chorreando entre sus dedos cada vez que los sacaba.
Llegaron a la enfermería. La puerta estaba abierta. Dentro, silencio. La enfermera no estaba.
Daniel cerró con seguro y sentó a Valentina en la camilla blanca. Siguió con los dedos, ahora más libre, metiendo dos dedos profundos, girándolos, buscando ese punto que hacía que ella se arqueara.
«¿Alguien te toca así verdad?» preguntó Daniel.
Valentina negó con la cabeza, mordiendo el labio, pero sus ojos decían otra cosa.
«¿Quién?» insistió Daniel, acelerando los dedos, hundiéndolos hasta el fondo, escuchando los sonidos húmedos de su vagina.
«Mio t-tío Roberto», sollozó ella, roja de vergüenza. «Pero es secreto… mamá no sabe…»
«¿Y te gusta?» murmuró Daniel, acercando su rostro al de ella.
Valentina asintió, avergonzada. «Sí… pero tú… tú te sientes diferente…»
Daniel sonrió. Se arrodilló entre sus piernas, abriéndolas con las manos. Valentina estaba completamente expuesta, su vagina pequeña, sin un pelo alrededor, los labios internos rosados, firmes, brillantes de humedad. Ya estaban hinchados, abiertos, pidiendo más.
Metió la lengua.
El sabor fue eléctrico, salado y dulce al mismo tiempo. Daniel lamió desde ano, hasta el clítoris, y allí chupó, haciendo que el pequeño botón se pusiera duro, erecto, pulsando contra su lengua. Valentina gritó, agarrándose de la camilla, sus caderas moviéndose solas.
Daniel mordió el clítoris y tirando sus labios, y Valentina sintió una explosión de calor. Metió un dedo en su ano, apretado y virgen, y ella se contrajo fuerte.
«Por favor», suplicó ella, «cógeme… cógeme como tío Roberto nunca lo hace…»
Daniel se levantó, sacó su pene, duro, grande, y lo posicionó contra esa entrada húmeda y pequeña. Empujó despacio, sintiendo cómo se abría, cómo los labios vaginales se separaban, firmes, rosados, envolviéndolo. Entró hasta el fondo y Valentina gritó, no de dolor, sino de un nuevo placer intenso.
Empezó a moverse, duro, profundo, mientras con el pulgar seguía frotando su clítoris hinchado. Valentina sentía todo: el pene llenándola, el dedo haciendo círculos en su apretado y virgen ano, la lengua de Daniel volviendo a su boca, besándola, saboreando su propio sexo.
El orgasmo llegó como una ola. Valentina se arqueó completamente, su espalda separándose de la camilla, un grito largo, agudo, saliendo de su garganta mientras su vagina se contraía violentamente, pulsando alrededor del pene de Daniel, chorros de humedad salpicaron sus muslos. Fue más intenso, más profundo que cualquier cosa que tío Roberto le hubiera dado.
Daniel siguió cogiéndola a través del orgasmo, sin piedad, hasta que ella quedó temblando, sin fuerzas, los ojos en blanco.
La prima Lucía había seguido a distancia, curiosa, preocupada por su prima. Pero cuando los vio que entraban a la enfermería y cerraban, se acercó sigilosa a la ventana con persianas entreabiertas. Lo que vio la dejó sin aliento.
Su prima Valentina, abierta de piernas, el profesor entre ellas, lamiendo, metiendo dedos. Y luego… eso. El primer chorro de Valentina.
Lucía nunca había visto algo así. Ella misma se había tocado algunas veces, en su cama, por la noche, frotando despacio, sintiendo algo rico pero lejano, nunca esa explosión, este líquido saliendo, este grito de liberación total.
Sin pensarlo, Lucía metió su mano bajo la falda, encontrando su vaginita húmeda, y empezó a frotar. Pero ahora era diferente. Tenía la imagen de su prima arqueada, de la lengua del profesor, del pene entrando y saliendo. Frotó más rápido, más fuerte que nunca, apretando su clítoris entre dos dedos, y sintió algo nuevo, una presión, un calor subiendo desde su vientre.
Valentina gritó en la enfermería, ese grito de orgasmo, y Lucía vio el chorro saliendo de ella, empapando todo. Fue demasiado. Lucía se mordió los dedos para no gritar, su mano moviéndose frenética, y sintió su primer orgasmo real, contracciones que nunca había sentido, su vagina pulsando y deseando ser llenada, una humedad de excitación, sus dedos, corriendo por sus muslos.
Se quedó temblando contra la pared, jadeando, los ojos vidriosos, viendo cómo el profesor seguía cogiendo a su prima sin piedad.
Daniel se inclinó sobre Valentina, su espalda al contrario de la ventana. La abrazó, hundiendo su rostro en su cuello, jadeando contra su piel salada. Valentina envolvió sus brazos alrededor de él, sus ojos abiertos mirando al techo… y entonces los desvió hacia la ventana.
Allí estaba Lucía, pegada al cristal, una mano todavía entre sus piernas, la falda levantada, los ojos vidriosos de recién corrida.
Valentina sonrió. Una sonrisa pícara, de complicidad, de secreto compartido. Levantó un dedo lentamente, lo puso sobre sus labios hinchados.
*Shhh*, silenció.
Lucía asintió, todavía temblando, y desapareció de la ventana, dejando a su prima con el profesor.
Valentina cerró los ojos, apretando más a Daniel contra ella, listo para lo que siguiera.
Continuará…

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