Valentina y Lucia, primas adictas al sexo. (Parte 3)
Siguieron adelante. Mateo empujó de nuevo, despacio, constante, y esta vez la punta entró, estirando, abriendo. Lucía mordió la cobija, sus uñas clavándose en la espalda de Mateo, abrazándolo fuerte, temblando. Él avanzó centímetro a centímetro, sintiendo las paredes apretadas cediendo, hasta que….
El lunes en el recreo, Lucía encontró a Valentina junto a las canchas. Se sentaron en un banco apartado, y Lucía no pudo contenerse. Le contó todo en susurros agitados: la tormenta, la camisa corta, la mano de Mateo sobre ella mientras fingía dormir, el orgasmo que la dejó temblando.
—Fue diferente a lo nuestro —dijo Lucía, las mejillas rojas—. Contigo fue… eléctrico, intenso. Con él fue… más lento, más profundo. Sentí que me poseía, que era suya. Y cuando me di cuenta de que él sabía que yo estaba despierta, que me dejaba… me vine tan fuerte, prima.
Valentina sonrió, picara, tomando su mano.
—¿Y qué sigue? —preguntó.
Lucía bajó la voz, mirando alrededor.
—Quiero perder la virginidad con él —susurró—. Ya experimente orales, masturbaciones, todo. Pero nada dentro. Nunca he sentido un pene dentro de mí. Y quiero que sea el. ¿Cómo lo hago? ¿Cómo le digo? ¿Cómo… se prepara una para eso?
Valentina se acercó más, seria ahora, la voz baja de consejera.
—Primero, tienes que estar muy mojada —empezó—. Más de lo que crees. Él tiene que prepararte con los dedos, uno primero, luego dos, abriéndote despacio. Y tú, relajada. Si te tensas, duele.
Lucía asintió, escuchando atenta, su corazón martilleando.
—¿Y cómo se lo pido? —insistió.
Valentina sonrió, traviesa.
—No se lo pidas —susurró—. Muéstraselo. Vístete como esa noche, sin ropa interior, acércate a él, siéntate en su regazo, siéntelo duro contra ti. Dile que te duele ahí abajo, que necesitas que te revise. Deja que él tome el control.
Lucía tragó saliva, imaginando, sintiendo cómo su vagina se humedecía solo de pensarlo.
—¿Duele mucho? —preguntó, insegura.
—Al principio, un piquito —admitió Valentina—. Pero luego… es el mejor sentimiento del mundo. Sentirlo llenarte, moverse dentro de ti, venirse dentro… es mágico.
Lucía cerró los ojos, respirando profundo. Ya lo decidía. Esta semana. Con Mateo. Perdería su virginidad con su hermano.
—Gracias, prima —susurró, abrazando a Valentina—. Te cuento después.
Se levantó, caminando de regreso a clases, con una sonrisa secreta y el cuerpo vibrando de anticipación.
La semana fue tortura para Mateo. Lucía pasaba frente a él sin ropa interior, las camisas viejas y cortas levantándose con el aire, dejándole ver destellos de su vagina lampiña. Se agachaba a recoger cosas del piso, se estiraba innecesariamente, sus pezones erectos marcándose contra las camisetas delgadas. Cada noche, Mateo corría al baño a masturbarse, imaginando lo que vendría.
El sábado llegó. Sus padres se despidieron, maletas en mano, puerta cerrada. La casa quedó en silencio.
—¿Película? —propuso Lucía, ya en pijama, una camiseta vieja de Mateo que le quedaba a medio muslo, nada debajo.
Mateo asintió, la garganta seca.
Se sentaron en el sofá, Lucía frente a él, entre sus piernas, su espalda contra su pecho. Mateo la rodeó con los brazos, temblando.
Ella tomó sus manos, las guió. Primero a su abdomen, piel suave, plana terza como la seda. Luego al ombligo, hundiendo un dedo en ese hoyo redondo, juguetón. Bajó a sus caderas, estrechas, huesos que sobresalían. Subió a sus pechos, pequeños, pezones duros, pellizcándolos suavemente.
—Así —susurró Lucía, y se giró para besar su oreja, meter la lengua, soplar.
Mateo gimió, su pene ya duro, presionando contra su espalda.
Ella movió sus manos, llevándolas hacia abajo, bajo la camiseta, hasta su pelvis lampiña. No había nada que detuviera el camino. Guió los dedos de Mateo hasta su vagina, ya húmeda, brillante, caliente.
—Tócame, hermano —susurró—. Como esa noche. Pero más.
Mateo no dudó. Metió un dedo, resbaladizo, caliente, y luego dos. Lucía estaba empapada, los dedos entrando fácil, profundo.
*Chack, chack, chack.*
El sonido de sus dedos entrando y saliendo, la fricción húmeda, llenó la sala. Lucía movió las caderas al ritmo, empujando contra su mano, sintiendo la presión en su espalda del pene de Mateo.
—Más rápido —suplicó—. Más duro.
Mateo aceleró, sus dedos entrando hasta el fondo, curvándose, buscando ese punto que hacía que ella se contrajera. Con la otra mano, siguió pellizcando sus pezones, besando su cuello, mordiendo, chupando.
—Ahí, ahí, ahí —jadeó Lucía, arqueándose—. Me vengo, hermano, me vengo…
El orgasmo explotó, su pequeña y virgen vagina apretándose fuerte alrededor de los dedos de Mateo, chorros de humedad salpicando su mano, sus muslos, el sofá. Ella gritó, largo, sin censura, sabiendo que estaban solos.
Cuando terminó, temblando, se giró para mirarlo a los ojos.
—Ahora —susurró—. Quiero sentirte dentro.
Mateo tomó el control. Levantó a Lucía en sus brazos, sintiendo su peso liviano, su piel caliente contra él. Caminaron por el pasillo, subieron las escaleras, entraron al cuarto de sus padres, la cama king-size deshecha, olor a lavanda y madurez.
La dejó sobre el edredón, se quitó la camisa, se bajó los pantalones y el boxer de una vez. Su pene saltó libre, duro, grande, la punta brillando con precum ya, la vena gruesa marcada, las pelotas pesadas colgando.
—Ven —ordenó, la voz ronca, dominante.
Lucía se arrodilló frente a él, en la alfombra, mirando hacia arriba con ojos grandes, inocentes pero hambrientos. Mateo tomó su cabeza entre las manos y la guio hacia adelante.
—Lámelo —susurró—. Desde abajo, hasta arriba. Despacio.
Lucía obedeció. Sacó la lengua, ancha, rosada, y lamió desde la base, desde las pelotas subiendo por la vena gruesa, el tronco palpitante, hasta la punta. Un largo lamido, salado, caliente.
—Así —gimió Mateo—. Ahora con las manos.
Lucía tomó el tronco con ambas manos, pequeñas, apenas cubriendo la circunferencia, y empezó a moverlas arriba y abajo, mientras con la boca besaba la punta, chupaba el glande, su lengua dando vueltas alrededor del prepucio, metiéndose en la ranura, saboreando el precum amargo que escurría, mezclándose con su propia baba.
Mateo miró hacia abajo, vio a su hermanita, su pelo rubio, sus mejillas hundidas por el chupeteo, sus manos trabajando, su boca llena de él, baba escurriendo por su barbilla, húmeda, brillante.
—Más profundo —ordenó—. Como te enseñó Valentina.
Lucía parpadeó, sorprendida, pero obedeció. Relajó la garganta, inspiró por la nariz, y bajó la cabeza. El pene entró, centímetro a centímetro, llenando su boca, tocando su campanilla, bajando más, hasta que la punta estaba en su garganta. Se quedó ahí, tragando, sintiendo el pulso de su hermano contra su lengua, los ojos llorosos pero determinados.
Mateo perdió el control. Agarró su cabeza con fuerza y empezó a mover las caderas, follar su boca, entrar y salir, sintiendo la lengua de Lucía girando, chupando, las manos acariciando sus pelotas, el tronco, todo al mismo tiempo.
—Joder, hermanita —gruñó—. Eso, así, no pares…
La baba escurría abundante, haciendo ruidos obscenos, la cara de Lucía brillante, desordenada, hermosa. Mateo sintió que se venía, las pelotas contrayéndose, pero se detuvo. No quería terminar ahí.
—Basta —dijo, separándola, jadeando—. Quiero estar dentro de ti.
Mateo la levantó en brazos, la acostó en el centro de la cama matrimonial de sus padres, el lugar más prohibido, más sagrado. Abrió el cajón de la mesita, sacó un frasco de aceite de almendras, el mismo que sus padres usaban, y vertió un hilo dorado sobre su propio pene, brillante, erecto, y sobre la vagina de una niña virgen, su hermanita Lucía, rosada, cerrada.
La puso con las piernas arriba, dobladas, abiertas, él arrodillado entre ellas. Comenzó a masajearla con su pene, la punta dura rozando sus labios, dándole palmaditas de frente a atrás, de arriba abajo, esparciendo el aceite, mezclándolo con la humedad que ya chorreaba de ella. El sonido era obsceno, húmedo, *plaf, plaf, plaf*, la fricción resbaladiza entre sus sexos.
—Estás tan mojada —suspiró Mateo.
—Y tú tan duro —respondió ella, jadeando.
Intentó la entrada. Empujó despacio, la punta presionando, buscando. Pero era difícil. La vagina de Lucía era pequeña, un agujerito apretado, virgen, resistiéndose. Ella se quejó, un gemido agudo, frunciendo el ceño.
—Duele —susurró, las lágrimas asomando.
—Podemos parar —dijo Mateo, besando su frente—. Seguimos otro día, cuando estés más relajada.
—No —negó Lucía, agarrando sus hombros—. Hoy. Quiero que me tomes hoy, hermano. No mañana. Ahora.
Mateo sonrió, divertido, acariciando su mejilla.
—Ayer me contó Valentina que te había enseñado a mamar, que buena maestra jajaja —dijo—. Pero no tienes que ser como ella. Ella ya lleva un año entrenando con nuestro tío.
Lucía se rio, una carcajada aguda, y golpeó su pecho juguetonamente.
—Chismosa —dijo—. Esa prima no guarda nada.
Pero luego se puso seria, sus ojos fijos en los de él.
—Pero no —insistió—. Hoy. Quiero sentirte dentro. Ahora.
Siguieron adelante. Mateo empujó de nuevo, despacio, constante, y esta vez la punta entró, estirando, abriendo. Lucía mordió la cobija, sus uñas clavándose en la espalda de Mateo, abrazándolo fuerte, temblando. Él avanzó centímetro a centímetro, sintiendo las paredes apretadas cediendo, hasta que…
*Clack.*
Un sonido sutil, una sensación de liberación. Su clítoris, su himen, todo cedió. Lucía soltó un grito ahogado, no de dolor puro, de placer mezclado, de llenura final.
Mateo se quedó quieto, completamente enterrado, sintiendo el calor interno de su hermanita, su vagina pulsando alrededor de su pene, ajustándose a su tamaño. Duró un par de minutos sin moverse, besando su cuello, susurrando, acariciando sus pezones, dejándola adaptarse.
Luego, cuando ella asintió, cuando sus caderas se movieron solas pidiendo más, empezó el va y ven.
Despacio primero, sacando casi todo y volviendo a entrar, el sonido húmedo del aceite y su sangre virgen mezclándose, el *chack, chack, chack* de sus cuerpos golpeando. Luego más rápido, más fuerte, el placer creciendo, el dolor disipándose.
Lucía gritó, arqueándose, sintiendo finalmente lo que había deseado: a su hermano, dentro de ella, poseyéndola, amándola.
Mateo aceleró, más fuerte, más profundo, sintiendo cómo Lucía se contraía, cómo su respiración se volvía entrecortada, aguda.
—Me vengo, me vengo —gritó ella, arqueándose, su vagina apretándose violentamente alrededor de su pene, chorros de humedad empapándolos, su primer orgasmo con penetración, intenso, largo, devastador.
Mateo no se salió. Se quedó duro, pulsando dentro de ella, esperando que terminara.
Luego la giró, la puso de rodillas, el pecho contra el colchón, el trasero levantado, ofrecido. La vista era espectacular: sus nalgitas redondas, firmes, separadas, el ano rosadito, arrugado, pidiendo, su vagina abierta, roja, brillante, chorreando.
Mateo tomó sus caderas, esas caderas hermosas, poco desarrolladas, huesos de pájaro, y se posicionó. Con una estocada, entró completo, hasta el fondo. Ahora fluía mejor, media hora con su pene dentro la había abierto, relajado, hecho suya.
—Ah, sí, sí —gemía Lucía, sintiendo cada entrada, cada salida completa, los testículos de Mateo golpeando su clítoris con cada embestida.
Mateo miró hacia abajo, vio los líquidos escurriendo de su vagina, bajando por su perineo, llegando a su ano. Usó su pulgar, lo mojó en esa mezcla de aceite, sangre, semen, humedad, y lo posicionó contra el agujerito rosado.
—Relájate —susurró—. Imagina que vas al baño. Deja entrar.
Empujó despacio. El pequeño y virgen ano cedió, se abrió, recibió el pulgar hasta el fondo. Lucía gritó, un sonido nuevo, de sorpresa, de placer mezclado con la intensidad de la penetración doble.
Mateo empezó a moverse de nuevo, cogiéndola con fuerza, su pene entrando y saliendo de su vagina, mientras su pulgar hacía círculos dentro de ese pequeño y rosado ano, dilatándola, poseyéndola por completo.
La euforia lo invadió. Embestía sin piedad, viendo su pene desaparecer en esa vagina pequeña, salir brillante, volver a entrar, mientras su pulgar jugaba en su trasero, sintiendo los músculos contraerse, ceder, aceptar.
Lucía empezó a temblar. Un orgasmo, largo, profundo. Luego otro, inmediato, sin descanso. Múltiples, uno tras otro, su vagina pulsando, su ano apretando el pulgar de Mateo, su cuerpo convulsionando, chorros de humedad salpicando el colchón, sus muslos, las sábanas.
En medio del delirio, recordó al profesor, y su primita en la enfermería, a la primera vez que supo lo que es el sexo. Pero esto… esto era diferente.
—Creo… —jadeó, jadeando, sin aliento, entre orgasmos—… que esto fue mejor.
Mateo sonrió, acelerando, listo para venirse dentro de ella, para marcarla como suya por completo.
Mateo empujó hasta el fondo, profundo, y se quedó quieto, enterrado completamente. Su pene pulsó una, dos, tres veces, disparando chorros de semen caliente, espeso, llenando a su hermanita por completo, empapando su interior, marcándola como suya.
Cuando terminó, su pene se fue haciendo pequeño, suave, y al salir hizo un sonido húmedo, *plop*, como una botella siendo destapada, y líquidos de semen salieron de esa vagina dilatada, abierta, chorreando por sus muslos, manchando el colchón.
Lucía se puso de espaldas, las piernas dobladas, abiertas, ofreciendo la vista completa: mejillas rojas, pecho plano con pezones duros y erectos, abdomen suave y sudado, ombligo redondeo, pelvis estrecha, vagina roja, hinchada, chorreando semen, ano rosado, también lleno, brillante.
—No podremos olvidar esto —susurró Mateo, tomando su celular.
Tomó una foto. Luego un video, moviéndose alrededor de ella, capturando cada ángulo. Luego metió los dedos en su vagina, sacó semen espeso, y lo embarró por todo el abdomen de Lucía, sus pechos, sus pezones, dejándola cubierta, marcada, suya.
No aguantó más. Se tiró sobre ella, besando su cuello, lamiendo sus orejas, susurrando:
—Te amo. Eres la mejor. La hermana que nadie más puede desear.
Con voz nerviosa, dudosa, preguntó:
—¿Podremos hacerlo todos los días?
Lucía sonrió, confiada, con una voz cargada de vicio, de deseo, de certeza:
—Es imposible no querer sentirte dentro de mí todos los días, hermano. Todos los días.
Mateo la abrazó, besándola profundo, y afuera, la lluvia volvía a caer, como esa primera noche, como el comienzo de algo que nunca terminaría.
**Continuará….**

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