EMN | 3 y 4 | Vladimir Nausa
📖 El profesor que secuestró a una estudiante rica de grado 7.
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3 – Vladimir Nausa
🅰l estar sentado en el piso del fuelle de un bus articulado, Vladimir tenía una perspectiva muy poco común, ya que eran muy pocas las personas que acostumbraban viajar de tal modo. Había dejado de lado hacía poco la delicadeza al viajar a cambio de la posibilidad de descansar un poco, después de largos días de trabajo y estudio. Ahí iba, recogiendo bien las piernas para dar paso a otros. Llevaba su morral sobre el regazo y la coleta de pelo descuidadamente amarrada y una desvencijada gorra blanca de béisbol, con el borde de la visera ya roído, de tal modo que esta parecía haber sido víctima de un ratón travieso. La prenda tenía desgarres similares pero menos visibles entre los paneles y los ojales. De no ser por que estaba impecable, bien podría pasar por una gorra recogida de la basura. Su morral azul oscuro le hacía juego, no por el color ni la marca del fabricante, sino por el indiscutible aspecto de despojo.
A Vladimir, El cansancio se le veía en la cara, como si de los párpados le colgaran dos tejos. Pero su tez no tenía nada de especial, si se comparaba con el común de la gente que iba en ese bus. Él, alguna vez escuchó una simpática metáfora que describía a los hombres: Bien podía estar uno de ellos dando sus últimos tragos de aire, tirado en un charco de su propia sangre, pero que si entre los curiosos de al rededor había una dama en falda corta, el tipo, como si nada, retorcería los ojos para verle por debajo. Y dicha descripción le llegó a la mente cuando iba ahí sentado en el piso del bus, no desangrándose ni muriendo, pero sí tan cansado que apenas respiraba. En frente de sí, se paró una mujer alta, de falda muy corta y largas piernas metidas en mallas negras de gruesos labrados. Vladimir, sin pensarlo de más, se volteó la gorra para ampliar su visión. Tensionó el labio inferior, producto de la impresión. Desde donde estaba, podía ver el principio de la redonda nalga de la mujer. Miró más arriba y, para colmo de males, la dueña de ese cuerpo increíble era una joven mujer cuyo rostro era también hermoso. Como la posición se lo permitía, volvió sin ningún temor a ver bajo esa diminuta falda gris y no pudo más sino darse una fuerte mordida en el dorso de la mano.
Pero Vladimir, el dizque “monstruo”, vio más de lo podía aguantar. La marca de sus dientes en su propia mano se acababa de exceder en profundidad. La cara le cambió de socarrona curiosidad infantil a amargura. Entonces volvió a enderezar su gorra para protegerse del prohibido e infartante espectáculo y bajó la cabeza. En su subconsciente estaban las imágenes de algo que había pasado cuando él tenía a lo máximo siete años:
Aún de la mano de su madre, el chico vio a una voluptuosa mujer sentada justo en frente de sí en una oficina. La extraña se quedó viéndolo a través de lentes oscuros y de inmediato le hizo un show exhibicionista. Cruzó lenta y ampliamente las piernas. Fue la primera vez que Vladimir vio algo así, la primera referencia al sexo de la mujer en su forma triangular y su carácter arcano, prohibido y hermoso. Justamente, ella llevaba vestido gris y pantymedia negro, convenientemente con ropa interior blanca. El cerebro de Vladimir acababa de sufrir una detonación en lo más profundo, que lo dejaría marcado a adorar la belleza de la feminidad por el resto de su vida. Durante su vida adulta, ya educado y habiendo sufrido los embates de la soledad, Vladimir buscaba una palabra que fuera antónima de “traumática” para calificar ese recuerdo. Ese “anti-trauma”, creía él, lo había programado a ver la imagen femenina con una sensibilidad que le ocasionaba más conmoción de la cuenta, más que a un hombre promedio. Por eso bajaba la cabeza, porque una sobredosis de belleza femenina solía ponerlo, al principio, normalmente excitado, pero, como si un límite de seguridad en él hubiese sido removido, después de la excitación sobrevenía un estado de ansiedad, luego uno existencial y en los peores casos, otro de depresión. Y ahí, en el colmado fuelle del bus, esas piernas en mallas, a centímetros de su cara, tenían el voltaje necesario para descomponerlo.
Al fin, terminado el episodio de tentación tan difícil de resistir, Vladimir salió de la estación y en medio de la muchedumbre y la noche, caminó a la parte de la ciudad que el destino le había marcado, donde las calles empiezan a torcerse cuesta arriba. Exhalaba de alivio. Minutos después abrió su puerta y tiró su deshilachado morral en la cama. Levantó la tapa de su laptop y tecleó varias palabras. Planeaba tener una sesión de desfogue de inspiración. Empezó a acariciar las teclas de su computador con las yemas y al fin escribió “el rico aroma del Nylon”. Era un título. El cursor aguardaba ahí debajo a ser instrumento de una creación más, como todas las de él, nacidas de la represión. Vladimir estaba en una sesión privada, como las tenían pocos seres humanos cuando descansaban de aparentar todo el resto del tiempo para cumplir con los requisitos de la manada. Se desahogaría consignando sus fantasías en un mediocre relato en prosa. Cuando terminara, tendría escrito un cuento más y dormiría, y al día siguiente volvería al trabajo, a la universidad y a su vida estándar. Aún con su cara vencida por el exceso de trabajo y estudio, se acomodó frente a su computador y dejó que la luz de la pantalla le alumbrara el rostro. La escasa luz al rededor dejaba ver solo la silueta de sus muebles de segunda mano y unos afiches de sensuales personajes femeninos de ánime japonés.
✎﹏﹏﹏﹏
4 – Rosana
…El haber nacido sin brazos no fue impedimento para que Richie Moncayo tocara la pandereta para el sumo pontífice en su visita a El Salvador durante la cuaresma de 2004. Richie se ha convertido en una inspiración y en ejemplo viviente de una voluntad sin límites. Mientras muchos hablamos de cuán difíciles son nuestras vidas, Richie da gracias al Padre Eterno por la suya y asegura que si todos aceptaran al Espíritu Santo en sus vidas, estas se inundarían de innumerables maravillas…
Una nada masculina voz de hombre, decía tal cosa en un video. Las caras de los espectadores parecían todas sacadas del mismo molde barato: Tenían cara de dolor y de vergüenza. A algunos les temblaban los labios e incluso, una mujer joven, de llamativos ojos verdes y pálido cabello rizado, lloraba a moco tendido. Todos estaban en la sala de profesores del colegio Hora Santa. Los rostros de los asistentes eran iluminados por los tonos cambiantes de luz, provenientes de la empalagosa proyección. La luz tonificaba los rastros de las lágrimas y, cualquier cosa que fuera brillante: Detrás de sus cabezas, podía verse una pared decorada con un enorme y lujoso escudo que identificaba el lugar, las letras “HS” y una cruz en medio. Sin embargo, había dos rostros que no encajaban en absoluto con el resto del ambiente. Las dos personas estaban sentadas hombro a hombro. Ella, descolgaba la cabeza para atrás, gesto que la delataba en su súplica imaginaria por una hamaca y un lugar donde colgarla, ahí en medio de todos. Le estaba apuntando con la frente al techo en una actitud tan descarada, que no podía mantener la boca cerrada. Y él, soportaba el peso de su cabeza con los nudillos hundidos en una mejilla. Quien lo viera sentiría preocupación por la posibilidad de que el cachete le quedara marcado. También tenía la boca abierta y solo la cerraba para tragar saliva. Veía lo que sea que fuere que se proyectara en la pantalla, con el tedio propio de un adolescente quien escucha un vehemente discurso sobre la importancia de… ¡realizar la miscelánea de los 10 casos de factorización de la Baldor!
…En nuestra próxima entrega de “Paradigmas de Fé”, conoceremos a Eva, una mujer que ha luchado por la vida y por sacar adelante sus hijos aún siendo sordomuda. Dice que cada uno de sus siete hijos ha sido una bendición de Dios y que cada uno le da más ganas de luchar que el anterior… Hasta la próxima y recuerden ¡Cristo los ama!
Los nudillos no aguantaron más. La cabeza cayó inerte a la mesa, tal cual ejecución con guillotina. El resto de asistentes aplaudió a la finalización del video, y entre las palmas se oyó uno que otro sollozo. Una nueva voz, esta vez en vivo, tomó la palabra y esto fue lo que dijo:
—Agradezco profundamente la atención y la empatía que han demostrado. Aunque también debo decir que es una pena que haya quienes no puedan mostrar un poco de respeto.
Se oyeron murmuraciones. La pareja de rebeldes se componía de los profesores Rosana y Vladimir, y el llamado de atención fue hecho por el rector del HS.
Ya con la luz del sol devolviendo un poco de vida a los profesores, se oían sus voces mezcladas en el pasillo. Pero había un grupo de cinco de ellos cuya discusión parecía más acalorada que todo lo demás que decían. Un par de docentes defendían el discurso del video de la sarcástica crítica que acababan de interpretar Vladimir y Rosana.
—Profe Rosana, perdóneme, pero si usted no tiene la sensibilidad para ver a Dios en un niño que sobrevive a la leucemia… pues yo siento pena por usted.
Acababa de hablar una de ellas, una mujer madura que decoraba todo lo que decía con el signo de 0K en su mano.
—Pero piense, profesora —respondió la acusada—, su pena es una consecuencia que usted sola carga. A mí no me afecta, y no solo eso; su pena por mí no refuerza su punto.
La otra torció la boca y renegó en silencio.
—Esperen, esperen, sin necesidad de discutir, profesores —intervino otro.
Pero lo que dijo fue, a oídos del par de críticos, solo otra predecible charada:
—Si uno de ustedes no tuviera brazos o pies, o no pudiera ver, no creo que llegaran muy lejos puesto que no tienen a Dios…
—¡Eso es exacto lo que buscan esos videos con historias empalagosas y lastimeras! —respondió Vladimir— ¡que quienes los ven se sientan culpables por tener brazos y piernas!
—Y con la culpa, se garantiza la fidelidad —agregó Rosana, con tono celebrante.
—Ustedes parecen hijos del diablo —dijo otro, uno que no había hablado.
—Les aseguro que hay decenas de personas —añadió Rosana— que pintan obras de verdadero arte con la boca, o con las orejas, si quiere. Pero no son cristianas, son de otras partes del mundo: Son musulmanes, son negros de alguna tribu africana…
—O ateos —interrumpió Vladimir.
—¡O ateos! —repitió Rosana— y por eso no salen en estos videos, porque no aplican al modelo de manipulación.
Vladimir no pudo contener un tembloroso halo de risa, por lo que dos de sus interlocutores resoplaron muy ofendidos. Luego añadió:
—Y también debe haber personas muy católicas con problemas horribles, horripilantes, que tampoco son vendibles como objeto de lástima porque sus problemas no son evidentes ni creíbles para el rebaño.
—¡Exacto! —brincó Rosana.
—Pueden tener depresión —siguió él—, ansiedad, fibromialgia, paranoia o misofonía. Pero como pueden caminar, mascar y… ¡bañarse! por ellos mismos, no dan lástima.
Uno de los otros profesores se retiró bufando.
—Pregúntele a alguien con paranoia o trastorno afectivo bipolar si agradece su vida a dios… —agregó Rosana.
—O a un suicida —repuso Vladimir—, o a laguien que conviva con un narcisista.
—Con ustedes simplemente, no se puede —remató la primera profesora que había hablado, terminando su diálogo con la mano suspendida y luego retirándose, brava como toro. El profesor que quedaba, se frotaba la barbilla con la mano como pinza.
—Un buen día de estos me tomo una cerveza con ustedes… son buenos conversadores.
Vladimir y Rosana sonrieron complacidos. Parecían querer decir algo, pero el otro profesor los interrumpió:
—Miren —advirtió.
La pareja volteó y vio a aquella profesora de ojos verdes y cabello rizado que había llorado dentro de la sala. Sostenía un diálogo con el rector. Él la escuchaba y la observaba con la cabeza ligeramente inclinada, mientras ella hablaba pausadamente, poniendo de vez en vez la palma cóncava de su mano en lo alto de su pecho, no tanto como si quisiera aliviar el dolor de alma, sino, como si quisiera que su sufrimiento fuera evidente para los que pudieran verla.
—Jenny está haciéndose la víctima —dijo Rosana.
—Hagámosle un video religioso —dijo Vladimir.
Pero el primer segundo de risa fue bastante estruendoso y el rector levantó la mirada. De inmediato, caminó y pasó al lado de ellos:
—Pasen a mi oficina de inmediato, profesores Vladimir y Rosana.
El único profesor que había tolerado el discurso anarquista de los profesores Vladimir y Rosana, no pudo más que mostrarles su apoyo con un gesto sarcástico: Tensionó el cuello, alargó la boca y sacudió la mano., cual niño pequeño.
Horas después, los dos colegas hicieron tañer las bases de un par de botellas ámbar que contenían cerveza de precio moderado. Vladimir la observaba a ella con ojos amorosos y aprisionando una sonrisa en su boca. Ella era una mujer pequeñita y delgada, de escasa y descolorida cabellera, como un niño pequeño. Tenía hoyuelos en las mejillas, nariz rectilínea y ojos color miel. Él, ahora tenía un aspecto más acorde con la madurez que debía aparentar por los años que habían pasado y los títulos que colgaban de su pared, aparte de un corte de cabello muy sobrio y aburrido.
Después de su brindis de corte urbano, Rosana se pasó el dedo por el cuello, como tratando de liberar la enorme presión de una camisa y corbata imaginarias. Vladimir se partía de risa al verla y oírla, ya que ella interpretaba una imitación del rector: «Aquí en ‘La Hora Santa’, todos somos como una familia y tratamos de funcionar tan bien como es posible —inflaba los cachetes para aproximarse más al tono bajo de un hombre— y entre los miembros de la misma familia, no debería haber diferencias de fe…». Al terminar de reír, Vladimir respondió:
—Parce, si el man ya sabe que los profesores de ciencias siempre son ateos, no deberían incluirlos en sus proyecciones de videitos institucionales.
—Ni en las misas —añadió ella como un rayo.
—Amén.
Ambos rieron. Unos segundos de risa y otro sonoro toque de botellas tuvo lugar. Pero esas últimas palabras de Vladimir, esculcaron de forma no intencional un viejo cajón en el alma de Rosana, donde guardaba sentimientos intocables. Tras meditar un instante, ella al fin confesó:
—Pero yo no soy atea. Mucha gente cree que me volví atea cuando mi hermano murió, pero no… —Vladimir borró, por respeto, su cara burlona— …yo no soy atea, solo no soy boba.
—Y… ¿Por qué la gente te da por atea?
—Pues porque yo antes hablaba de Dios y así… pero ya no. La muerte de mi hermano —desvió la mirada al vacío— me enseñó bastante. Por ejemplo que, la gente tiene a Dios de guarda-espaldas o de genio de lámpara, que cumple deseos… —volvió a poner sus ojos en Vladimir— …la gente cree que Dios los tiene que tener viviendo bien. Pero Dios no está a nuestro servicio. ¿Quién dijo?
—Mientras más dura sea una experiencia, más abre los ojos.
—Es correcto.
Un grave accidente en moto le había quitado la vida al hermano de Rosana. Pero no se la había quitado de arrebato, lo cual hubiese sido piadoso. En cambio, lo dejó incapaz de moverse y muriendo lentamente en una cama de hospital durante un par de funestos años. Vladimir supo que era hora de devolverle el tono jocoso a la charla y comentó:
—La profe Jenny es una de las que tiene a Dios de guarda-espaldas.
—¡Uhy sí! Hasta de chófer —tronó los dedos— porque si le agarra el tarde pero coge un taxi que la lleva rápido, dice que fue ‘gracias a Dios’.
Volvieron a reír. Rosana levantó su botella de cerveza e invitó a Vladimir a chocarla por tercera vez. Rosana continuó, haciendo una pregunta que habría de imprimirse como sobre el mármol, en la cabeza de él:
—Y qué Vladi ¿Cómo va ese corazoncito? —ante el gesto de “sin respuesta” de él, ella agregó —¿Late por pura biología o por alguien por ahí?
—Late por pura biología.
—aich ¡qué aburrido! —le reprendió Rosana.
—¿Y me lo dice usted, que es casada?
—Exacto, yo soy casada, tengo derecho pleno a ser aburrida, es mi destino. Pero usted no es casado… dígame. Usted nunca había trabajado en un colegio con tantas profesoras ¿Ninguna le gusta? Hasta la boba de la Jenny es bien bonita.
—Pues… —él clavó la mirada en la nada.
—¿O ninguna china?
—¿”China”? ¿O sea una estudiante? —frunció el ceño.
—Ay no se haga, yo me he fijado como las trata. Usted es re-cariñoso, parce.
—Sí, es que no puedo evitarlo. Eso me pasa por ser solterón y no tener hijos, ni siquiera sobrinos —entonces imitó a Rosana—: Es mi destino.
Ella respondió con una muda risilla. Vladimir, con ánimo de desquitarse de la incómoda pregunta, se acomodó en su acolchado asiento de taberna y acercó más la cara.
—¿A usted nunca le ha gustado un chino?
Y ella contestó sin pelos en la lengua:
—Pues hay varios que son muy lindos —contestó ella—, pero todos son unos pendejos. Para una mujer, meterse con un chino de esos sería por pura arrechera y qué boleta, a lo bien.
Vladimir hizo un gesto de resignación que ella leyó muy bien.
—Pero para ustedes es diferente —aclaró Rosana.
—¿Por qué? —preguntó él, animadamente, presintiendo el tono que iba a adquirir la charla.
—Pues porque a esa edad las niñas son menos pendejas.
—Ah, ya sé por dónde va el agua al molino…
—¿Por dónde? A ver…
—Las mujeres maduran más rápido que los hombres. Y una jovencita con un hombre adulto, son menos dispareja que una mujer con un jovencito. Los hombres duran décadas siendo niños, así que un man con una china, son más o menos igual de pendejos.
—Yo no la habría dicho mejor —rió sonoramente—. Ay, Vladimir, con usted se habla muy bueno ¿Otra pola? ¿La última?
Vladimir suspiró, motivado por el tema que tan ligeramente habían tocado. Pero aquello que traía en el pecho, su secreta afección por su compañera, prefirió guardárselo. Llevaba semanas hartándose de la repetitiva tortura de ser solo su amigo y estaba decidiendo con exasperante lentitud el alejarse de ella.
La salida concluyó con el compromiso de ambos de conseguirse otros colegios donde trabajar y que, como cofrades típicos, el primero en lograrlo apoyaría al otro. Así habría de suceder, cuando Rosana consiguiera para Vladimir una entrevista en un colegio bilingüe de ricos, mediante contactos en su nuevo trabajo. Para cuando Vladimir recibiera el dato, ya habría dejado de hablarle, vencido lentamente por la agonía de ser solo un amigo.
Casi una hora después de despedirse de ella, Vladimir anduvo rumbo al parqueadero, aún con un poco de luz de día. La conversación con Rosana se le repetía en la cabeza. “Yo me he fijado cómo las trata…”, “…para ustedes es diferente…”, “¿Cómo va ese corazoncito?”. Vladimir veía cada colegiala que pasaba y daba un resoplido, casi de angustia. Las veía con sus uniformes de colegios diferentes, unas con jardinera con peto, otras sin peto. Unas de tartán azul con verde, otras con café, otras con rojo… Una tenía el rostro más hermoso que hubiera visto, con una sonrisa luminosa y enormes ojos negros. Otra, tenía la falda innecesariamente corta y a cada paso parecía dejar ver lo que fuera que llevara debajo. Otras, en grupo, reían tan alegremente que hicieron a Vladimir extrañar su juventud perdida. Otra, se besaba tiernamente con su novio. Y otra más subió corriendo al puente peatonal, dejando ver su brillante cachetero negro por un segundo, antes de sostenerse la falda con la mano. Vladimir llevaba toda la vida manejando su obsesión, aquella visión que experimentó cuando era pequeño y que se esforzaba por definir como “anti-trauma”, de modo que pudiera lidiar con ello sin necesidad de implicar que fuera padecimiento alguno.
El principal efecto de ese anti-trauma, fue que con el tiempo, Vladimir aprendió a mantenerse sereno a través de un sumidero emocional creado por sí mismo. Había logrado fracturar su ser y a fantasear con una parte invisible, mientras que con la otra, la material, encajaba en los cánones. Luego, todo terminaría como un cuento indecente entre sus archivos. Es más, el éxito de su loco hábito de desdoblarse, para encajar socialmente con una parte y ser quien en verdad era. con la otra; tuvo tanto éxito que empezó a aplicarla no solo con su reprimido deseo por la belleza femenina, sino con todo lo que le produjera sensación de in-adaptación.
Por lo pronto, ahí, metiendo la llave en la puerta de su destartalado carro, Vladimir estaba disociado de sí mismo, solo para poder suspirar en secreto por cuanta jovencita viera pasar. Mientras el Vladimir que era docente en ejercicio, con corte de cabello y traje, metía la llave en la puerta de su querido vejestorio; su otro ‘yo’, el Vladimir de gorra blanca deshilachada y cabello sujeto en coleta, se deleitaba sumergido en fantasías románticas.
Ambos entraron al carro: Un viejo Mazda 323 coupe que, lloraba suplicando una pintada. Todo lo que Vladimir tuvo en la mente mientras condujo a casa fue, con la vívida voz de Rosana: “Yo me he fijado cómo las trata…”, “¿Cómo va ese corazoncito?”.
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