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Fantasías / Parodias

EMN | 5 y 6 | Ximena y El destino

📖 El profesor que secuestró a una estudiante rica de grado 7.
🔗Capítulo inicial aquí ←

5 – Ximena

Clara Lucía Layton era una mujer muy elegante y diligente. De esas que a los gurús del éxito les gusta alabar como ejemplo de triunfo, con memes como “Sé como Clara” y cosas así. En cuanto a su aspecto, era una versión adulta de Sofía, aunque fallida en corazón. Quien la veía podía percibir, debajo de esa dura y envejecida coraza, a una mujer hermosísima, a la que el trabajo y el estrés habían cubierto como el polvo cubre un mueble abandonado.
Esa mañana estaba teniendo un desayuno típico, pero no por el vaso de jugo de naranja, que seguro al final se lo bebería a escondidas Ximena; ni por el pan integral o el queso amarillo enrollado a los lados de un huevito frito. No. Lo que hacía típico su desayuno, era el tinto caliente, que era lo único que probaba siempre, y su smartphone. A veces tomaba la taza de humeante tinto con una mano, pero de repente, lo que estaba escribiendo se tornaba tan urgente que la soltaba de nuevo para escribir a dos pulgares. Ximena la observaba desde la puerta de la cocina, dando lentos parpadeos de paciencia. Llevaba un sobre de un papel blanco delante de su regazo. Clara estuvo a punto, pero es que a punto de dar un sorbo de tinto y Ximena abrió sus ojotes negros y un poco también la boca para presenciar la triunfal ingesta de alimento. Parecía un fanático de fútbol cuando un delantero de su equipo se acerca a la meta. Pero no, falsa alarma. Clara aguzó la mirada sobre su aparatico y pensó por unos tres segundos con el tinto cerca de la boca. Pero volvió a ponerlo en la mesa para usar la mano en sus asuntos virtuales. Ximena resopló, pero volvió y aspiró y se decidió a hablar:
—Señora Clara Lucía, el colegio de la niña envió esta carta.
—Pues léala —contestó Clara, secamente.
—Es que está dirigida a usted y cerrada, señora Clara Lucía.
—Ábrala y léala, tranquila —repuso Clara, otra vez robótícamente.
Como Clara solo podía ver la pantallita de su celular, Ximena aprovechaba para hacerle muecas a su jefa. A veces torcía la boca, pero lo más frecuente era mandar las pupilas tan atrás que podría ver su propio cerebro. Empezó a abrir el sobre. Mientras hacía ruido con el papel, Clara habló:
—¿La va a leer aquí? —masculló Clara.
—Claro que sí, señora, la carta es para usted —contestó la otra, con igual paciencia que tiene un profesor con un estudiante impedido.
—AHHH, bueno, véngala —dijo Clara, y extendió su huesuda mano.
La señora tomó la hoja y le puso los ojos encima. Pero sin que pasara un segundo, su celular en la otra mano, lloró de celos. La campanita del chat le indicó que tenía un mensaje esperando ser leído y ella le prestó atención de inmediato. Tecleó. Ximena se pasó la mano por la cara, implorando a Dios más paciencia, pues se le estaba agotando.
—A ver —dijo Clara, volviendo a ver la hoja.
“Señora Clara Lucía, es nuestro deber notificarle que de…” empezó a balbucear, pero la campanita del celular volvió a interrumpir y ella volvió a teclear. Pero esta vez, lo que escribía era aún más importante que las veces anteriores y, sin dejar de hacerlo, extendió la hoja de vuelta a Ximena y dijo entre los dientes:
—¿Sabe qué? Léamela.
Ximena se tragó su ira en un tembloroso resoplido y, mientras Clara tecleaba, tomó el pobre papel y leyó: “Señora Clara Lucía, es nuestro deber notificarle que, de acuerdo a los compromisos adquiridos y firmados por usted el día de la matrícula de la estudiante Sofía Garavito, usted u otro acudiente con grado primero de consanguinidad debe presentarse a recibir informe académico y disciplinar de la niña, al menos para las reuniones bimestrales. Le agradecemos su atención y que tome las medidas para cumplir con su presencia; las esperamos con los brazos abiertos el día 20 de abril a las 9:30 en el coliseo del colegio… atentamente… Marisol…” El texto seguía, pero Ximena renunció a seguir leyendo, puesto que Clara seguía tecleando. Después de unos treinta segundos durante los que Ximena casi lloraba, sacudiendo la carta como si quisiera reavivar un fuego, Clara habló:
—Ah, bueno, vaya entonces, Ximena, claro que puede.
—No, doña Clara Lucía, que es usted, o don Sergio, o al menos la niña Vanessa, quien debe ir. Yo no soy familiar de la niña Sofía…—suplicó Ximena.
—Ahhh, Vanessa, claro… ya le pongo un mensaje. Gracias Ximena —dijo en tono de conclusión la señora.
La intención de su tono era, simplemente, dejar claro que no quería oír más del asunto. Justo en ese momento, el teléfono timbró en manos de Clara y ella se precipitó a contestar:
—¡Ingeniero Serrano! Qué alegría, al fin poder comunicarnos… bien, si señor, muy bien…
Se puso de pie, dio la espalda a Ximena y caminó en la cocina. Pero, antes que diera otro paso, Ximena saltó sobre la silla vacía, le arrebató el teléfono a Clara y lo destruyó mediante un fiero azote contra el borde de la mesa. Clara quedó estupefacta y antes de que pudiera reaccionar, Ximena saltó sobre ella como una leona. La arrinconó contra la pared y le apretó la cara fuertemente con la mano en forma de pinza, tanto que parecía que los ojos de Clara saldrían expulsados. Ximena bufaba como un toro.
—¡¿Si no tiene tiempo para ser mamá, para qué parió a Sofía?!
Ximena parpadeó.
“…junto con los papeles de catastro y solo sería reunirnos, firmar y empezamos a trabajar. ¿Le parece, Ingeniero Serrano?…” Terminó de decir la señora. El ataque solo había sido solo una más o menos placentera fantasía de Ximena.
Rato después, Ximena consumía aquél desayuno. Daba mordidas al queso con la mirada perdida en el vacío, en medio de la lujosa cocina de la casa Garavito. Tenía su propio teléfono en la oreja y algo que escuchó la puso alerta.
—Señorita Vanessa, buenos días, por favor, perdóneme por molestarla… —saludó con nervios, pues sabía qué clase de víbora había del otro lado.
—¿Ximena? ¿Qué pasó? ¿Mi mamá está bien? ¿Le pasó algo a mi papá? —contestó la chillona vocecita en el parlante del teléfono.
—No, no señorita, ni Dios lo quiera, es solo que no hay quien asista a la reunión de la niña en el col…
—Agh ¿eso? —se molestó—. Bueno, en fin, yo llamo a mi mamá. Adiós, que tengo mucho trabajo —colgó—.
—Ay, Niña Sofía —suspiró Ximena para sí misma—, yo quisiera ser tu mami.

Los platos del desayuno estaban siendo lavados por Ximena. Delante del lavaplatos estaba instalada una ventana con una magnífica vista al límite lateral de la casa, compuesto por un caminillo de piedra y un separador de setos. Más allá, se veían las bellas praderas del límite norte de Bogotá. La muchacha de 28 años era una mulata delgadita, alta para el promedio. Usaba frecuentemente una balaca para aislar el cabello de su cara. Ximena tenía buenas formas por herencia genética. Llevaba años conociendo a sus patrones y por esos días, su paciencia estaba llegando al límite.
Clara entró a la cocina, ya elegantemente vestida. Llevaba un conjunto azul con ingeniosos tirantes negros, que hacían juego con sus zapatos y bolso. Llevaba, por supuesto, su celular en la mano. Lo mostró y dijo cínicamente:
—Acaba de escribirme Vanessa. Que no tiene tiempo de ir a la Reunión. Vaya usted, Ximena. Sin problema, prácticamente usted es la que está llevando el proceso.
Mientras Clara hablaba, Ximena dejó descolgar la cabeza, también escapar el aire de su pecho y terminó vacilando con un patético puchero. Estaba rendida. Entonces sonó el timbre del celular de Clara otra vez.
—¿Aló..? Sí, con ella… por supuesto que lo confirmo. El señor alcalde de… —se retiró, y su voz se diluyó en el pasillo.

✎﹏﹏﹏﹏

6 – El destino

Las expectativas profesionales de Vladimir, contrarias a su espíritu anarquista, parecían cumplirse a pasos de gigante. Estaba buscando la dirección que Marisol Bejarano, el carismático contacto que le había extendido Rosana, le había indicado. Vladimir tenía esa ligera ansiedad que le dice que la edificación que está a punto de encontrar, tiene una altísima probabilidad de ser su siguiente hogar por largo tiempo. Llevaba poco conduciendo por la autopista norte, entre cercas de diversas clases de propiedades, hasta que en un momento, supo que se aproximaba a su destino. Esto fue evidente, después de que las cercas de horcón, alambre de púas y enredaderas, se sustituyeron por suntuosos setos. Era la mejor planta física de un colegio que había visitado, desde que se presentó con el portero, quien le dio paso subiendo la talanquera, al lado de un muro dispuesto exclusivamente para establecer el nombre del colegio, decorado por detrás nada menos que con agua deslizándose. Global Bilingual School. En cambio, por donde Vladimir vivía, justo en el extremo opuesto de la ciudad, los colegios estaban instalados en garajes.
La entrada de este colegio estaba bien escondida, y luego del ingreso todavía quedaba trecho. Al llegar al fin al parqueadero, Vladimir sintió una simpática vergüenza, puesto que su carro era probablemente más viejo que el mismo edificio. Tuvo necesidad de bajar la velocidad, ya que el brillo de los rines y las defensas de las camionetas que estaban allí parqueadas, tenía el mismo efecto cegador que el sol de la mañana. Parqueó entre dos monstruosidades de camperos. El cuadro asemejaba a una pareja que llevaba a su pequeño por ambas manos. Vladimir se detuvo a ver, rio con la lengua afuera y retomó su camino al edificio.
A Vladimir le impresionaba la cantidad de detalles cuyo único objetivo era embellecer, cuando todo lo que había visto en colegios, incluso en el Hora Santa —que era también inmenso—, tenía intención meramente funcional. De este nuevo lugar, le llamó la atención en especial la arquitectura y el esquema de color. Por una parte, el diseñador parecía haber sido enemigo de las líneas y ángulos rectos. Y por otra, no parecía haber un lugar libre de plantas floridas que reflejaran la cromática de las paredes, que entramaban por doquiera el púrpura y el azul claro. «¡Pero qué lujo!» pensó él.  Las mesitas de la cafetería eran brillantes como la plata. Las canchas eran de caucho azul y tenían toldo para evitar la fuga de bolas. El cuarto de música ¡tenía un piano de cola! Luego se paró ante el edificio de oficinas. Este tenía escalas curvadas y asimétricas, y columnas de altura desigual que sostenían un dintel cuya forma correspondía al recorte caprichoso hecho a una esfera. No había la menor señal de descuido. Bien podía imaginarse que el último acabado, el último brochazo de pintura y el último tornillo de una bisagra hubieran sido puestos el día anterior por la tarde. El postulante tuvo una fantasía relámpago de sí mismo siendo niño rico y estudiando allí, siendo llevado por sus estirados padres, cada día en alguno de los resplandecientes carros que había en el parqueadero.

—Hábleme de su experiencia, profe Vladimir —le preguntó la psicóloga, momentos más tarde.
Ella se ajustaba las gafas, empujándolas por el centro con el dedo índice. Marisol Bejarano era una mujer robusta y chaparrita, de cabello cobrizo. Tenía justo el aire maternal que su cargo le exigía. Vladimir pensó que, como todo en la vida, bien podría no ser un caso de idoneidad sino de actuación por necesidad.
Ante la pregunta de ella, Vladimir se disoció. Acababa de activar su ‘yo’ que era capaz de responder a una entrevista de trabajo, encajando lo más posible en los requerimientos, y al lado, dejó como espectador y comentarista a su ‘yo’ de maltratada gorra blanca y coleta sobresaliente. El primero, llevaba un elegante chaquetón gris y pulcros zapatos negros, y sonreía con la boca cerrada. Para él, una cosa era reírse de su propio carro y cómo se veía entre dos coches de vanguardia. Pero sonreír por requerimiento, le costaba más calorías que una maratón, así que le temblaba una mejilla. El otro Vladimir, estaba sentado al lado y vestía jean azul y tenis. Entonces, la versión material de la disociación, empezó a contestar:
—Soy egresado de la Universidad de la Capital, mi título es Docente Profesional de Química. Aprendí inglés en el instituto…
Y el ‘yo’ inmaterial, pero original de Vladimir, empezó a bostezar.
—…Estoy actualmente en el colegio Hora Santa —continuó el otro—, y debo decir que en caso de encontrar una oportunidad en un colegio bilingüe, para practicar y perfeccionar mi inglés, me va a costar trabajo salir de allí puesto que es un excelente colegio y el ambiente es riquísimo ¡es como una familia!
La imagen de Rosana, arremedando al rector del HS, se presentó de golpe ante los ojos del Vladimir de gorra, por lo que estalló en risas. Si hasta descruzó la pierna y se dobló.
—0k y cuénteme de usted, a nivel personal, cómo es, su carácter, su visión de la vida…
—YO CONTESTO ESA —brincó el ‘yo’ original de Vladimir—. Soy una persona sensible y con imaginación y suelo mucho soñar despierto. Me cuesta mucho adaptarme a cualquier ambiente laboral porque no me ilusiona el dinero ni las cosas materiales. Soy muy susceptible a las injusticias, no me gustan las muchedumbres, tengo serios problemas con la autoridad y las instituciones, le tengo fobia a las jerarquías, adoro el silencio y la tranquilidad, no practico ningún ritual de congregación y, adivine: Soy enamoradizo a morir.
—…También soy alguien perfeccionista —recitaba el Vlad de traje—, a donde llego me convierto en líder y prefiero el trabajo en equipo. La inactividad me aburre. Soy de los que piensa que uno puede conseguir lo que sea si en verdad lo quiere y trabaja duro por ello.
Detrás de él, su versión con gorra de béisbol imitaba su locución simulando un pico con su mano que no paraba de abrirse y cerrase.
—La próxima vez —interrumpió el de pelo largo—, levante el puño y esgrímalo en frente de la cara mientras dice “duro”.
—¿Te consideras un triunfador? —quiso saber Marisol.
El Vladimir de corte de cabello, contestó:
—Completamente.
Mientras, apretaba el puño elevado. Su versión libre de ataduras no aguantó más y salió de la oficina a partirse de risa sobre una baranda. Mucho tiempo atrás habría sido una tortura verse a sí mismo ser tan hipócrita para conseguir algo que necesitaba, pero ya había aprendido a, mejor, divertirse con ello.

Una hora después, en otra parte de la biblioteca, Marisol le pasó a Vladimir una carpeta plastificada, y lo invitó, de manera cordial, a responder los test. Vladimir de gorra, estaba recostado en una columna con la mirada perdida y las manos en los bolsillos. Parecía que la euforia le hubiere agotado los químicos necesarios en el cerebro, ya que se veía deprimido. Se quedó viendo el cartapacio sobre la mesa y habló:
—Oiga, doc, quiere saber si soy alguien cuadrado y sin imaginación, ¿cierto? Obvio, ese es su trabajo —se aclaró a sí mismo—. Si llega a colarse entre el personal alguien con sueños e imaginación, puede no ser alguien productivo —levantó la cabeza y abrió más los ojos— o, incluso ser un peligro para El Sistema, ¿no? —espabiló—. Pues le ahorro a usted el papel, doc, y a este pobre man, le ahorro el tiempo —volvió a sentarse al lado de su ‘yo’ versión elegante—. No soy apto. Soy una persona creativa, inútil para hacer trabajo repetitivo.
Mientras Marisol daba indicaciones sobre las hojas a Vladimir, el mechudo imaginario seguía hablando con un tono ascendente de ensoñación:
—¿No está mamado de responder esas pruebas? Déjela ahí, no se rebaje. Otra vez le van a preguntar si prefiere un arma sobre una flor o viceversa —para seguir citando hizo muecas y torció los ojos—, si prefiere a la gente bien plantada sobre la andrajosa o viceversa, o si preferiría ser abogado en un edificio de oficinas o navegante en altamar —se sentó en la orilla del sofá—. Vladimir, usted siempre va a contestar mal, va a contestar con la verdad. Ni siquiera se esfuerce. Usted no puede negarse a sí mismo que preferiría mil veces ser un navegante.
Vladimir de gorra se levantó y anduvo un poco alrededor de la mesa, con las manos en los bolsillos y casi arrastrando los pies. Inclusive tenía dibujado un puchero en su aburrida cara. Daba furtivas y peyorativas miradas a los trofeos que se presumían en una vitrina. Al lado, había una lista de estudiantes con menciones de honor de la semana.
—Apuesto a que cada salón tiene la lista de los cumpleaños de todos detrás de la puerta —masculló.
Luego llegó a la ventana, mientras su alter-ego de corbata seguía leyendo los papeles. Del otro lado del vidrio, vio algo que mandó su discurso anarquista por el caño. De repente, toda esa ira se desvaneció y su lugar fue ocupado por algo que a Vladimir le sobraba pero que mantenía reprimido: Amor. Lo que vio a través le hizo cambiar de tez como si fuera obra de un tronar de los dedos de Dios. De la melancolía al amor, del tedio a la ternura, de la Tierra al Cielo. En el reflejo del vidrio solo se veían los pálidos colores de un balancín en uso. Los ojos de Vladimir brillaban tanto que él parecía estar feliz. Un minuto después, Vladimir anarquista volvió a hablar:
—¿Sabe qué? Le ayudo a contestar esas pruebas de mierda para que entre aquí. Dígame a ver las preguntas.
—Hay que hacer ocho dibujitos… —contestó el otro, desde su silla.
—Ah, esa basura.
Vladimir mechudo dio las instrucciones a su otro yo sin dejar de mirar a través de la ventana, y sin distraer su atención de aquello que miraba con tanta ternura.
—Solo dibuje cosas pequeñas, como cosas de escritorio. Y no dibuje en perspectiva ni con profundidad, ni de riesgos, solo de ‘frente’, mucho menos con sombras. Dibuje solo en dos dimensiones, como un niño de preescolar. Haga trazos fuertes, que queden marcados por detrás del papel. Solo dibuje cosas tangibles y comunes. No demuestre imaginación ni abstracción en lo más mínimo, o sea, no represente nada. Si va a dibujar un lápiz, que sea un lápiz, no un lápiz con marca, pasado ni futuro, ni las marcas de los dientes de un niño, ni el borrador gastado, ni el lugar donde ese lápiz está. No sea crítico, sea concreto, sea apenas lógico, apenas operador, obediente, buen esclavo…
Pero la mente superior de Vladimir no necesitaba concentrarse en recitarle eso a su contraparte de traje. Estaba suspirando, presa de lo que para él era la fuerza más grande del universo: El Amor. Ahí afuera, a pocos metros, estaba Sofía Garavito, jugando con algunas de sus compañeras. Llevaba su elegante uniforme de Blazer, jardinera gris y media pantalón azules. Pero, además, vestía bufanda y guantes de color beige y una pañoleta en la cabeza bajo la que colgaba su frondosa melena, que volaba mientras ella corría detrás de sus amigas. Él siguió hablando mientras contemplaba a la criatura más adorable que había visto en su vida.

Siguientes: Familia falsa y Vanessa

Stregoika ©2017

4 Lecturas/21 julio, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: celos, clases, colegio, compañeras, cumpleaños, parque, profesor, universidad
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