EMN | 7 y 8 | Familia falsa y Vanessa
📖 El profesor que secuestró a una estudiante rica de grado 7.
🔗Capítulo inicial aquí ←
7 – Familia falsa
El Global Bilingual School, o GBS, tenía enormes extensiones de patios. Pero ese día no estaban llenos de niños corriendo y jugando ruidosamente. Debería haber un diluvio de gritos provenientes de todas direcciones, gritos de gol e incluso una apenas audible música. Pero aquello no era parte del paisaje ese día gris. Lo era, más bien, un desfile de ostentosos vehículos, de la misma categoría que Vladimir encontró el primer día que pisó el colegio. El lugar parecía mucho un evento de audio; solo faltarían las modelos despechugadas posando junto a los carros. Pero no era un evento comercial, sino un día de reunión de padres.
En especial, cierto carro veía todo el señoreo de los demás, desde las sombras de un seguro rincón: Un Mazda 323 Coupe, de irrecuperable color plata, resguardado de la arrogancia del resto del parqueadero. No obstante, así como el desentono que causaba el carro de Vladimir, hacía lo propio una motocicleta de fabricación nacional. Sí, una moto económica. La conducía con suma destreza una mujer, que se detuvo en el espacio entre una Volkswagen Amarok y una Dodge Ram. La mujer se quitó el casco y se soltó el pelo. Su parrillerita hizo lo propio. Se trataba de Ximena y la pequeña Sofía Garavito. Quien no supiera, pensaría de inmediato que la mujer sería la madre de la niña. Ella le recibió el casco y lo colgó al lado del suyo en el manubrio. Le arregló el cabello y le jaló el saco hacia abajo. ¡Solo le faltó humedecer con saliva su mano y pasársela por el mechón!
Ximena avanzó en medio de toda esa gente que consideraba snob, pues bien sabía que no tenían ojos sino para sí mismos. Como fuera, Ximena era lo suficientemente flemática para sobrellevar casi cualquier situación. La niña saludó a alguna de sus amigas y al menos tres veces se entretuvo y estuvo en necesidad de correr para volver al lado de Ximena.
—¿La moto es de tu mami? —preguntó uno de los chicos, uno más pequeño, cuya voz todavía era casi de bebé.
La otra presintió súbitamente que, si le prestaba atención, en el siguiente segundo estarían tirando cartas sobre una mesa hipotética, comparando las características de la motocicleta de Ximena con las de alguna moto muy costosa que tuviera algún conocido del niño. Pero, en ese caso, solo él estaría interesado en ganar la partida y el juego no sería divertido. Ni siquiera sería un juego. Entonces, Sofía escondió sus negras pupilas detrás de sus párpados superiores y cortó la amenaza de frívola conversación con una llana y sincera afirmación:
—Ella no es mi mamá —corrió otra vez y tomó a la mujer de la mano—, ella es Ximena.
La mayoría de acudientes iba bien trajeada: Hombres con chaquetas de cuero y botas de trabajo, mujeres de conjunto o faldón largo, chaqueta y botas altas de tacón alto. Pero Ximena iba en pantalón de mezclilla y sus botas y chaqueta de motociclista, elegantemente ceñida esta última. Sofía llevaba un atuendo que la hacía ver como una graciosa versión en pequeño de Ximena, excepto que, sacada del horno antes de agarrar siquiera color.
A la gente que andaba tranquilamente hacia el edificio de administración, se sumaron Sofía y su acudiente, Ximena. La mayor se había acostumbrado hacía años a la opulencia del GBS, por lo que pasó al lado del salón de música con paneles de poli-carbonato, con tanta indiferencia como cualquiera de las familias que iban con ella. Y para la pequeña, cada detalle de su colegio era tan propio como su habitación en casa. Excepto que… ¡había una cara nueva!
Sofía vio a alguien que llevaba el suéter rojo de los maestros. Estaba de pie al inicio de una escalera dando la bienvenida a todos los que pasaban. Pero casi nadie lo miraba, siquiera. Él decía, con una sonrisa muy esforzada “Buenos días, bienvenidos”, y todos los papás pasaban de largo.
—¿Dónde es tu salón? —preguntó Ximena, antes de volverse a enderezar y retomar camino.
Luego de unos pasos llegaron a la escalera.
—Buenos días, bienvenidos —recitó aquel hombrecillo.
—Buenos días, profe nuevo —dijo Sofía mostrando graciosamente la palma de la mano, como si en ella estuviera escrita la palabra “hola”.
El profesor tomó la palabra:
—Me llamo Vladimir.
—¿Dónde es la reunión de séptimo B, profe Vladimir, por favor…?
—Séptimo B es el mío. Es el 202 —añadió Vladimir, señalando el techo—, justo encima de donde estamos parados.
—Ah, tú eres mi profe nuevo. Yo soy Sofía.
Desde donde estaban, se veía el mar de automóviles en que se habían convertido los prados desde la mañana. Apenas eran las once, pero aparentaban ser las seis de la tarde. Parecía que el cielo estaba por romperse en inmensos pedazos. Varias personas corrían hacia sus vehículos esperando salvarse de una lavada inminente.
—Otro día perdido —se lamentó Ximena.
Se recargó bien sobre el espaldar de su silla, sacándole un chillido y, ya recargada, se pasó las manos por el cabello. Al final exhaló totalmente y se dirigió a Sofía:
—Sofi, voy a secuestrarte y llevarte a Guapi, que pases por mi hija y que así tengas una mamá.
Vladimir se impresionó por las palabras, pero Sofía rompió la tensión:
—Já ¡Cuánto tiempo llevas diciendo eso y nunca lo haces!
Ximena no respondió, sino que se quedó viendo por la ventana. Después de un segundo, se dirigió a Vladimir:
—El año pasado no vinieron ni una sola vez y se enteraron que la niña había pasado el año por internet. Los boletines se los dieron todos hasta este año cuando vinieron a la matrícula, firmaron y, supongo que ya no vuelven hasta el otro año —terminó haciendo pucheros y renegando con la vista perdida en la lejana pradera.
—Ximena dice que va a ir a mi grado de bachillerato, a mi grado de universidad y a mi boda, si yo quiero… —apuntó Sofía.
Vladimir estaba del otro lado del escritorio, frente a ellas, sin saber qué decir. Presionó sus labios ante el comentario de la niña, que le había parecido muy tierno, pero agregó algo que no era consecuente con dicha ternura, sino algo aburridamente profesional:
—Aquí retienen los boletines de los que no pagan, pero Sofía es la única a la que se lo retienen porque no viene la familia —agregó Vladimir.
Ximena escribió en su rostro un clarísimo “exaaacto”, al tiempo de señalar a Vladimir con su palma abierta como mostrándole la verdad material sobre ella.
—Se supone que debe —siguió Vladimir— intervenir un trabajador social, pero…
—Eso es en colegios públicos —interrumpió Ximena, casi furiosa—, porque los pobres cuestan. Pero aquí ¡no van a hacerle el feo a la plata aunque los papás solo vengan una vez al año!
Vladimir sintió un jalonazo dentro de sí que lo obligó a ver todo en perspectiva. La única que había sido capaz de predecir y completar sus oraciones hasta ese momento había sido Rosana. La sensación pasó de ser espiritual a material, cuando su gañote reseco le imploró un trago.
—Oye, Sofi, déjanos hablar un momentito a solas, ¿si? —Pidió Vladimir.
—Sofía, me llamo Sofía —levantó su carita sonriente—. A los que les caigo bien me dicen Sofi y a los que no, pues, Sofía, a secas.
—Está bien, So-pi, déjame decirle algo a Ximena y vuelves en cinco minutos ¿vale?
—“Sopi…” —rio ella—. Está bien. Ciao.
Salió trotando del salón y desde afuera, en el corredor, se oyeron sus gritos llamando a una compañera:
—¡Magareeeta…!
Ida la niña, Vladimir le lanzó una sonrisa a Ximena. Una sonrisa, no de amabilidad, ni de protocolo, como esas que hacía en el piso de abajo, sino una sonrisa no temblorosa: Iba a coquetearle a Ximena. Presintiéndolo, su ‘yo’ sabio, de gorra de estudiante de universidad pública y melena de rockero frustrado, emergió del limbo y le dijo al oído:
—¿Qué va a hacer, idiota?
Pero Vladimir de suéter rojo, lo ignoró por completo.
El cielo había cumplido sus amenazas. A través de la ventana de la cafetería se veía bajar el agua y, más allá, los coches por la autopista avanzando como metidos en un río. Pero Vladimir no podía estar en una situación más cálida. Ximena reía a carcajadas escuchando las anécdotas de Vladimir, de profesor no apto ni de lejos para serlo, mientras sujetaba la taza de capuchino entre sus manos. Ya se había puesto un gorro de lana blanca y una bufanda mullida que desentonaban con su pinta de rebelde motorizada.
—Yo sé que me debo ver chistosa, pero tengo frío —dijo ella.
Vladimir descartó el comentario con un gesto de su mano. Sintió ganas de volver a reír con la lengua afuera, como hacía cuando se burlaba de los contrastes de la vida. Él mismo llevaba su bufanda y gorro de lana negra, y unía las manos frecuentemente delante de su boca para calentarlas. Estaba complacido de sacarle risas a su acompañante, compartiéndole anécdotas vergonzosas:
—…Y adivina con qué me salió el chino.
—¿Con qué? —se conectó Ximena.
—Se quedó mirándome los pies y me dijo —simuló voz chillona y cortante de adolescente—: “Uhy, profe, bacanas esas zapatillas ¿Cuánto le costaron?”
Ximena rio al oír la imitación y preguntó:
—Y tú ¿qué le dijiste?
—¡Psss! Yo, qué me voy a poner a hablar con un estudiante de cuánto vale lo que traigo puesto. Le dije: “Las compré en un ‘agáchese’ en el centro, de segunda” —simuló entonces de nuevo la voz del joven—: “ay profe, en serio” —y entonces volvió a interpretarse él mismo—: “En serio, si hasta tenían pecueca”.
Sofía apareció, abrazando por el costado a Ximena, uniéndose a ella en una estruendosa carcajada. Después de unos segundos y tomar aire, Ximena comentó:
—Trabajar con ricos es la patada.
Pero Vlad reprimió la risa, a lo que Ximena agregó:
—Tranquilo, profesor, que esta china —le besó la coronilla— es más fresca que un cocombro¹. Ay, profe, gracias, me quitaste el mal genio —agregó Ximena.
______
¹ Forma local de referirse al pepino cohombro.
¯¯¯¯¯¯
Sofía, que llevaba todo el tiempo deliberándolo, acababa de decidir que Vladimir le caía bien. Se sintió identificada con su anécdota.
—Usted es muy chévere, profe nuevo —dijo.
—Dime Vladimir.
—Y tú dime Sopi, me gusta.
—¿Muy difícil entrar al GBS? —preguntó Ximena.
—Pues yo entré recomendado.
—O sea por rosca —se burló ella.
—Por “rosca de bajo nivel” —precisó él—. O sea, no a la altura de directivas, ni nada.
—¿Y de qué colegio vienes?
—Del Hora Santa.
—Uhy, el “Hora Santa” ¿Y qué dijiste para renunciar?
—Pues la verdad, que tenía una mejor oportunidad.
—¿Y te dejaron ir fácil? —Quiso saber Ximena.
Vladimir encogió los ojos, temiendo que Ximena fuera adivina.
—No, para nada.
—¿Te hicieron una de esas ‘entrevistas de egreso’?
Vladimir rio ampliamente, luego preguntó:
—¿Entrevista de egreso?”
—Claro, una de esas entrevistas en que sí se dice la verdad. En las entrevistas para entrar siempre se aparenta todo y el puesto de trabajo siempre termina siendo un premio al mejor mentiroso… —explicó Ximena.
Él empezó a ver a Ximena con ojos de ensueño, como cuando un niño de segundo de primaria se enamora por primera vez en su vida.
—…y para largarse —siguió ella—, es que sale la honestidad a flote —concluyó la muchacha, y empezó a reír.
—¿Tú has querido renunciar, Xime? —exigió saber Sofía, mirando fijamente y levantando una ceja. Parecía tener listo el regaño más atronador para Ximena, en caso de una respuesta afirmativa.
—Muchas veces, pero hay algo que siempre me hace quedar.
—¿Qué?
—Tú.
Sofía respondió con una sonrisa encantadora y un abrazo más.
Camino a la caja registradora, el tiempo se diluyó para Vladimir. Volteó a ver la mesa de donde venía, como si quisiera comprobar que aquello fuera verdad. Las chicas que allá estaban, acababan de compartir con él los minutos más preciosos que Vladimir había tenido en mucho tiempo, años enteros, comparables quizá apenas con sus salidas con Rosana, pero superiores, por la presencia de la niña. Vladimir acababa de tener su primer escenario en la vida donde se vio a sí mismo como padre. Volteó a ver otra mesa donde otra pareja departía y el hombre sentaba a una niña en sus piernas. Vladimir sacó todo el aire de su pecho. Cuando la chica de caja lo invitó a seguir, él sonrió ampliamente, con los labios separados y con algo en su sonrisa que no era nada común: No le costaba esfuerzo, podía hacerlo sin que le temblara la mejilla.
✎﹏﹏﹏﹏
8 – Vanessa
Algo trataba de enfocarse a través de la lente de una cámara y se veía en la pantallita L.C.D. Era una serie de copitas con contenido de colores que iban del verde al rosa. Cada una estaba identificada con un papelito escrito a mano y quien manipulaba la cámara, buscaba que dichas anotaciones pudieran entenderse.
—Ahí… no… un poquito más de foco… —decía uno de quienes la manejaban, que eran chicos de no más de doce años. —A ver si alejándome un poquito… —contestaba el otro.
De pronto, la imagen lucía muy bien, y ambos gritaron “¡ahí!”, y el obturador fue presionado. Hecha la fotografía, pasaron al otro lado del amplio mesón a repetir la operación sobre un set muy similar de copitas coloreadas. Uno de esos chicos era Nicolás, quien a sus doce, lucía aún más pintoresco, con su cabello que impediría que su cabeza entrara en un casco y sus cachetes inflados como globos. Claro que, esos eran atributos que conservaría toda la vida, pero a esa edad, su voz de niño le daba más efecto a su apariencia.
Se hallaban en un laboratorio de bioquímica unos 12 estudiantes con bata blanca que manipulaban juiciosamente sus materiales y, lo de esperar, hacían una innecesaria cantidad de bulla.
—Mr, should we test pee as well? —preguntó un chico.
Quería saber si también podían probar con ‘pipí’. Su pregunta, hecha con inocente entusiasmo, fue seguida de inmediato por una reacción del grupo, compuesta de risas, acusaciones y yikes. Pero la respuesta de Vladimir reprimió sus burlas:
—¡Por supuesto que pueden probar con orina, bien por esa curiosidad!
Ya con la ilusión deshecha de que el profesor rechazara la idea que a ellos les había parecido una cochinada, varios chicos agarraron copitas vacías y se las mostraron a Vladimir de cerca. Se sumaron a la iniciativa, no solo adhiriéndose al entusiasmo original, sino sobre-actuándolo. Preguntaban si podían ir al baño de una vez.
—¡Vayan! Y les advierto que si su orina se colorea de rosa, están enfermitos y deben comer menos carne —añadió el profesor, con la intención de motivarlos aún más.
Súbitamente, otro estudiante en bata se puso de frente a Vladimir levantando una copita vacía.
—Yo también quiero ir a recoger pipí —dijo Sofía.
Había sido la única niña en postularse, situación que suscitó la impresión y, derivada de ella, la risa de varias compañeras. Vladimir no pronunció palabra, sino que con suma teatralidad invitó a Sofía a proseguir, con el mismo gesto de un vasallo que da la bienvenida a su choza a una visita de su rey. Ella salió dando brinquitos, por lo que su cabellera, atada en una trenza, saltaba como una criatura viva.
—También pueden probar con saliva, lágrimas o una disolución de mocos… —anunció Vladimir para todo el curso, que contestó con más sonoras muestras de asco, en especial las niñas.
Rato después, los estudiantes salían con sus batas y materiales a manos llenas. Varios daban gracias a y se despedían de Vladimir. Nicolás le entregó la cámara fotográfica.
—¿Cuándo cuelga las fotos, míster? —preguntó.
—Esta misma tarde —respondió Vladimir.
La cámara fotográfica se había vuelto parte de las clases, parte de una estrategia de Vladimir, supuestamente con el fin de hacer un archivo común que los estudiantes pudieran usar en sus informes. Pero, el objetivo real era dejar evidencia diaria en Internet de su trabajo en el colegio, una vez advirtió cuán interesados eran los padres en ello: Según pensaba Vladimir ‘más de la cuenta’.
Luego de Nicolás, apareció Sofía. Vladimir se preguntó cómo hacía ella para sonreír siempre, pero su duda estaba basada en una hipótesis errónea. Sofía no sonreía siempre. También se deprimía, y faltaba poco para que él lo descubriera. Se hizo la pregunta a sí mismo mientras la veía acercarse. A cada paso de ella, se dibujaba en la cara de Vladimir un trazo más de su expresión más amorosa, pues se derretía por ella, cual bola de helado bajo el fulgurante sol. Como era la última en irse, Vladimir aprovechó para agarrarle la cabeza a dos manos y darle un beso en la mejilla, otro en el pómulo, otro en la frente y luego descender a besos por el otro costado de su rostro. Ella se quedó boquiabierta ante la sorpresiva muestra de afecto, a lo que Vladimir respondió con un fuerte abrazo que le hizo a ella pronunciar un cómico ‘¡auch!’. Ese ‘¡auch!’ imaginario trajo a Vladimir desde su tierna fantasía, de vuelta a la realidad. Ella todavía tenía la bata puesta y guantes de látex sucios. Se dio la vuelta. Vladimir había hecho ese nudo en el cinturón de su bata, y de igual forma, ella quería que él lo soltara. Los guantes de ella salían de sus manos, dedo por dedo, centímetro a centímetro. Vladimir ralentizaba el tiempo mientras desataba el nudo. Disimulaba tardarse, justo por debajo del umbral donde parecería obvio que estaba disimulando. Le encantaba tenerla tan cerca, sentir la calidez de su ser, casi su electricidad. Los dientes superiores de Vladimir dejaron una marca en su labio de abajo.
—Préstame tu cámara, Vlad —pidió Sofía, extendiendo la mano, dando por sentado un ‘sí’.
Acababa de colgar la bata arrugada de su antebrazo.
—¿Para qué la quieres? —preguntó él, frunciendo el entrecejo.
—Para jugar. Te juro que no le va a pasar nada. Es que me gusta mucho tu cámara —explicó ella, como si tal cosa.
Vladimir volvió a sacar la cámara del bolsillo de su pulcra bata y se la pasó, con lo que para él, era confianza. Como si se conocieren de toda la vida.
—Ten, Sopi. No vayas a borrar las fotos del laboratorio —advirtió con perentoriedad.
—¡No, obvio no! —exclamó la niña.
La planta física del GBS se asemejaba a las fantasías que promovían las comiquitas de ánime acerca de romances colegiales. Entre cada cambio de clase, los docentes y estudiantes se veían cruzando un enorme campo delimitado por orgullosos setos y una fuente en medio. Más allá de los límites del colegio, no se veían otras propiedades, sino cerros húmedos, forrados de arbustos y, la mayor parte del año, de espesa humedad. Vladimir andaba por los senderos entejados, igual que todos, ya que un menudo rocío estaba bañando la tierra desde hacía varios días. Y por esa misma razón, los estudiantes evitaban los jardines y se agrupaban en el sendero bajo techo, dejando solo un estrecho espacio para pasar. La lluvia propiciaba la convivencia.
—¿Cómo va todo, profe? ¿Sí está amañado? —le preguntó sorpresivamente a Vladimir, una de sus compañeras del GBS.
Esperaban el fin del receso de la mañana, terminando sus medias nueves de tinto y pastel de pollo. Vladimir, que no poseía precisamente el don social en un grado expreso, encontró reforzada la pregunta. Quien lo había entrevistado y revisado sus pruebas, ahora interpretaba otro papel: El de compañera. Pero aquel interrogante que acababa de presentarle era un interrogante obligado y rutinario que los antiguos siempre le hacían al nuevo. Vladimir trató de ser cordial y honesto, hasta donde tal combinación fuera posible:
—Por ahora, sí —respondió.
—Y ¿Cómo se ha sentido? ¿Le gusta el ambiente del colegio? —le preguntó Marisol.
—Lo principal: la planta física me tiene muy impresionado.
—Ah, después de trabajar aquí no va a querer estar en ningún otro colegio.
Después de esa protocolaria charla de diez segundos, Marisol lanzó la pregunta que no era programada sino honesta:
—Y, profe, perdón que me meta, usted me dirá si soy imprudente y no le toco el tema… ¿Qué pasó con Rosana? Ella me dijo que extraña mucho que usted le hable.
Con un apretón un poco retorcido de labios, Vlad manifestó la complicada combinación de agrado y reprobación por la pregunta. En efecto, le parecía imprudente, pero, por otra parte, le estaban ofreciendo la oportunidad de comunicar lo que sentía. Marisol, psicóloga al fin y al cabo, detectó su incomodidad y cambió el tema hábilmente:
—Bueno, profe Vladimir. Tengo que ponerlo al tanto de varios asuntos de su curso; ojalá podamos hablar mañana mismo. Y, profe, no importa si hoy no entra a su reunión de área, venga conmigo —dijo sin dejar espacio a vacilación.
El otro frunció el ceño. Pasaron de largo por la sala de profesores y luego la dejaron atrás, pues una mujer aguardaba en la entrada de la pequeña oficina destinada a recibir visitas relámpago. Ella vestía botas de tacón alto, falda y gabán. Ese era un colegio de ricos, pero aun así la mujer parecía más elegante y fina que lo que él había visto allí. Además, era más joven que el promedio de padres que había visto.
—¿Es una mamá de primaria? —apostó Vladimir.
—No, no es una mamá de primaria. Ni siquiera es una mamá. Tocó casi rogarle para que viniera.
Cuando al fin estuvieron los tres, Marisol siguió hablando:
—Profesor Vladimir, ella es Vanessa Garavito, acudiente de la niña Sofía. En la mesa están los informes académicos para que se los entregue —dio un paso alejándose de la oficina—. Permiso —agregó y se fue.
Vladimir estiró la cara hacia los lados, lo que le produjo un temblorcillo en la mejilla derecha.
—Buenos días, por favor pase y tome asiento —dijo él, cual empleado de servicio al cliente.
Pero la sonrisa fingida de Vladimir era tierna, en comparación a la de Vanessa, que inyectaba veneno. Primero apuntó su chata nariz a la cara de Vladimir, hizo una mueca fea, la volvió a quitar y, después de un segundo, volteó a ver a otra parte. Un clásico desplante en cuatro pasos, que sin necesidad de palabras dice muy claro “me rebajo a saludarle solo porque soy decente”, “mi tiempo vale demasiado, trate de no desperdiciarlo” y sobre todo “qué desgaste, tener que reunirme con usted”. Vladimir quedó petrificado por unos segundos, mientras Vanessa se sentó.
—¿Lo invito yo a sentarse, profesor? —espetó ella.
—No, claro que no… —reaccionó él, y tomó asiento.
Antes que él pudiera decir nada, Vanessa agarró los papeles de la mesa y los puso de su lado. El desdén de su parte era muy evidente, y eso solo era posible cuando era también intencional.
—Ya tengo los informes de notas. Por ellos vine —los tocó con la palma de la mano para dejar claro que ya estaban en su poder.
Vladimir entendió el mensaje. Era “¿Acaso hay algo medianamente importante que tenga qué decirme o ya me puedo largar de aquí?”.
—Me presento, soy el profesor Vladimir, enseño química y soy el…
—…director de curso de Sofía, sí, ya me lo dijeron —interrumpió ella, alisándose una ceja con el índice mientras veía a la nada.
Vladimir estaba empezando a impacientarse. Durante toda su vida, su propia empatía le había costado todo lo que en el mundo de los mortales llamaban ‘carácter’.
—Si van a decirme las cosas más de una vez, esto va a tomar mucho tiempo —agregó ella—, y no tengo… tiempo.
Vladimir perdió la paciencia, pero el mayor estallido al que podía llegar él, era decir:
—Disculpe, tal vez ha tenido usted un mal día…
—¿Vamos a hablar de eso, de cómo ha sido mi día? Ya tengo con quién hablar de eso, profesor. Yo sí tengo una pregunta importante. ¿Por qué el colegio no evoluciona en sus métodos y envía esto —volvió a palmotear desdeñosamente los informes académicos de Sofía— a través de correo electrónico? Además de todo gastan infinidades de papel —se puso de pie— y gastan tiempo de personas que no lo tienen. Por última vez, profesor ¿Tiene algo importante qué decirme?
Pero Vladimir ya estaba bloqueado. Ante las contrariedades, Vladimir perdía la capacidad de defenderse. O mejor: su mejor defensa era precisamente no decir nada. ¿Qué se podía decir ante tanta terquedad? Solo cosas igual de tercas. Así que, entrar en una competencia de terquedad no era opción. Ante el silencio de él, ella concluyó:
—¡Já! Eso pensé —bufó y salió—. Que les rinda —remató.
A través de la ventana de la oficina de Marisol, se veía lo que parecía ser el sol a través de un atípico grupo de nubes de poco grosor. La gente apenas recordaba cómo era el sol. Era lo común en esa región, por aquella época del año. Lamentablemente, la palidez del día no era conveniente para el estado de ánimo de Vladimir. Acababa de contarle a la psicóloga lo que planteó Vanessa Garavito: “¿Por qué no envían los informes por e-mail?”
—¡Pues porque la entrega de notas es la única forma que queda de hablar en persona con los papás y mantenerlos involucrados! No se puede despersonalizar la educación de esa forma usando internet para entregar notas! —casi gritó Marisol—. ¿No se lo dijo, profesor Vladimir?
—No, no le dije nada, de hecho.
Marisol se quitó las gafas, respiró y cambió el tono:
—Disculpe, profe Vladimir. Ya quedó bautizado. El caso de ausencia familiar de Sofía Garavito es tenaz. La señora Clara Lucía viene una vez al año, es pegada al celular y no habla con nadie en persona, solo firma y vuelve y se va. Pero profe, le aseguro que aquí el perfil de los padres de familia es mucho mejor de lo que acaba usted de presenciar. No se forme una mala…
Vladimir dejó de escuchar y se desdobló. Se vio nuevamente allá en esa oficina, hacía unos minutos, en frente a Vanessa Garavito. Pero él mismo no era un profesor, sino su ‘yo’ de gorra y tenis, ésa versión de sí mismo que mantenía reprimida para encajar en el mundo. Cuando Vanessa se puso de pie y metió los papeles en su bolso, Vladimir también se puso de pie.
—No tiene nada importante qué decirme ¿profesor?
—Sí, tengo algo importante qué decirle. Pero lamentablemente no puedo decírselo a las buenas. Tengo qué primero vencer su ego, para que él no le diga a usted qué es importante y qué no. Antes, nada de lo que le diga va a ser importante, sino solo usted, usted y usted.
—¡Já! ¿No me lo puede decir a las buenas? ¿Qué significa eso? —preguntó Vanessa, poniéndose la mano en la cintura, agitando la punta de un pie y fusilando con la mirada a Vladimir.
—Tengo qué sacudir su sistema nervioso para tumbar los muros y acceder a su persona real. Me disculpo por lo que voy a hacer…
Vladimir de gorra actuó. Se acercó unos pasos y le quitó la bufanda a Vanessa para arrojarla al piso. Mientras ella vociferaba, él prosiguió a quitarle el gabán y el bolso. La mujer gritaba histérica, y aventó un par de golpes en contra de él, pero Vladimir no parecía sentirlos, solo continuaba desvistiéndola. Cuando estuvo en frente de él en ropa interior, Vladimir le revolvió su pelo hasta destruir su peinado. La mujer cayó de rodillas, pero volvió a aparecer en una esquina de la oficina, vistiendo todas sus prendas como si nada, y desde allí siguió vociferando. Vladimir se hincó hacia la mujer que se había arrodillado y en su lugar había una niña gorda. Vladimir se agachó delante de ella.
—¿A qué le temes tanto? —preguntó, pero la niña no contestó—. Sentirte alguien muy importante en la vida solo alimenta la sensación de que no lo eres.
La mujer elegante en el rincón de la oficina, a falta de atención, empezó a arrojar cosas.
—¿En verdad quieres ser como esa loca? —preguntó Vladimir, pero de inmediato resopló resignado—. Ya eres esa loca —la señaló— muerta de miedo, sobre todo miedo a parecer alguien sin importancia.
La niña miró a Vladimir con los ojos húmedos, pero él no pudo más sino erguirse de nuevo y decir:
—No puedo ayudarte más, solo con lo que acabo de hacer. Puedes dejar que te sumerjas en tu piscina de odio y salpiques a los demás. Ten cuidado de ahogarte.
—¡Profe Vladimir! —Marisol tronó los dedos delante de su cara para traerlo de vuelta al mundo—. No permita que esto le afecte. Vaya siga con sus actividades y verá que se distrae. ¿Sabía que he escuchado muy buenos comentarios de los estudiantes sobre usted? Dicen que usted hace las cosas de la química menos aburridas. Imagínese eso. Yo hubiera querido tener un profesor de química del que pudiera decir eso.
La muy maldita de Marisol Bejarano había hecho que Vladimir sonriera. Pero él, se percató de inmediato y borró la sonrisa. Vladimir de gorra, se hincó y le dijo al oído a su otro ‘yo’:
—¿Y usted, a qué le teme?
Siguientes:
La vampiresa y Cena infernal
Stregoika ©2017


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!