EMN | 9 y 10 | Vampiresa y Cena Infernal
📖 El profesor que secuestró a una estudiante rica de grado 7.
🔗Capítulo inicial aquí ←
9 – La vampiresa
La casa Garavito, en Mirador de Boca Alta, era magnífica. Estaba construida sobre una loma de modesta elevación entre la autopista y los cerros, en medio de buena cantidad de praderas. Para acceder había que salir de la autopista y tomar un camino que en pocos minutos se convertía en propiedad privada, y que en pocos más, llevaba hasta un portal eléctrico, vigilado por Fabián, el portero. Al traspasarlo, el camino seguía ascendiendo por un minuto más hasta terminar en el extenso patio con faroles que parecían lunas, delineado por materas de mármol con diversas especies de plantas.
La casa tenía un ventanal diseñado para aparentar no tener marco o hacer las veces de pared traslúcida. Estaba interrumpido solo por la entrada, con una puerta de madera de doble hoja color miel. El resto de la fachada del primer piso, consistía en el portal automático del parqueadero doble. Después de este, se marcaba el inicio de un camino exterior hacia el patio trasero, custodiado por un ángel de piedra. Ese camino sería gemelo a aquél al lado opuesto de la casa. Otro ángel se alcanzaba a ver en la terraza, detrás de la balaustrada. Al cruzar el portal, se entraba a un suntuoso vestíbulo. Don Sergio Garavito, buscando optimizar el confort y no los recursos, decidió que el techo de dicho espacio fuera muy alto. Podían verse, una mesa de comedor con seis sillas que parecían no haber sido usadas jamás. Enseguida, tenía lugar una sala de estar con muebles forrados de piel. Del lado opuesto, en la esquina, estaba colocado un piano vertical, de modo que quien se sentara a tocarlo, tuviera una espléndida vista hacia el campo, interrumpida solo por la estatua del ángel de aquél lado de la fachada.
La pared que separaba ese enorme vestíbulo del parqueadero estaba decorada con una pintura que abarcaba casi hasta donde esta doblaba. Ahí nacía un pasillo que llevaba a una entrada lateral y al ingreso a casa desde el parqueadero. La pintura, era una preciosidad que mostraba caballos galopando con el atardecer de fondo, encargada a un artista italiano. La pintura estaba a lo alto de un amplio mueble modular que sostenía los componentes del sistema de sonido: Otra afición del propietario. Dos de las torres, casi tan altas como una persona, estaban instaladas ahí, hechas de madera cuyo color hacía juego con toda la demás madera de la casa, y de brillo que relucía a la par de sus poderosas bocinas plateadas.
Al fondo, se podía ver el inicio de un paso bajo un arco que conducía a la alacena, la cocina, el cuarto de ropas, la habitación de Ximena y finalmente al patio trasero. Al costado norte del arco lucía un pequeño bar que había sido el capricho principal de Don Sergio Garavito al diseñar su casa. Tenía una barra plateada, tres butacas empotradas y alardeaba de una buena colección de cristalería y licores.
La ruta del GBS tenía que meterse hasta frente a la puerta de la casa para dejar a Sofía. Para la monitora, el conductor y los chicos, cada día había un completo tour por la clase alta de la capital. Aquél día, el bus llevó un poco de barro en sus neumáticos hasta el patio de la casa de Sofía. Acababa de escampar, pero del vehículo todavía escurrían gruesos chorros de agua desde de su techo. Sofía descendió, se despidió de la monitora y luego de algunos de sus amigos que tenían las caras tan pegadas a los vidrios polarizados que podían verse igual que fantasmas en una película de terror. Mientras el bus daba la vuelta, Sofía brincó a abrazar a Ximena y estiró la trompita para besarle la mejilla. Pero todavía estaban en la puerta de la casa y Ximena tuvo que reprimirla. Cuando el bus al fin se marchó, Sofía habló:
—Salúdame —amenazó con una fulminante mirada.
Ximena inspeccionó los alrededores y divisó a uno de los jardineros que pasaba con una carretilla hacia el patio trasero. Intercambiaron un gesto de saludo. Cuando el hombre siguió su camino y desapareció de la vista, Ximena haló fuertemente a Sofía por el brazo hacia dentro de la casa, donde la alzó como a una niña de seis años. Entonces le besó la cara y le dijo:
—Buenas tardes, niña Sofía. ¿Ya, contenta?
El tono de regaño era divertidamente actuado.
—siip —se contoneó la niña.
—¿Recuerdas qué día es hoy?
—Sí… —dejó descolgar los hombros y torció la boca.
—Prepárate y ten paciencia. El domingo por la mañana vamos a ver una película y a comer helado —prometió Ximena.
Pero Sofía tenía una idea que le gustaba más y no dudó en proponerla con fuerza:
—¡Vamos a recorrer el parque de Chicaque! Hoy una profesora nos habló de él y ¡quiero ir!
A Ximena, la idea le sonó costosa en tiempo y dinero. Pero Sofía le leyó la cara a Ximena como si fuera un emoji. Así que agregó algo a su propuesta.
—El lunes es festivo y yo invito tooodo —repuso Sofía— ¡Ay vaaamos!
—Está bien… —se rindió Ximena, disimulando mala gana—. Ve y te alistas para tu cena familiar —. Se burló, poniendo intencionalmente un tono muy sarcástico en la palabra “familiar”.
—¡Bah! —se quejó Sofía.
Entró, cruzó la antesala y subió las escaleras corriendo. La mirada de Ximena volvió afuera. Aquél jardinero ya no se veía, lo que significaba que estaba en el costado de la casa, a lo mejor, plantando las durantas que llevaba en la carretilla.
El lejano occidente de la ciudad sostenía la débil luz del sol que lograba colarse entre las nubes. El jardín de los Garavito ya tenía todas las durantas plantadas. La luz blanca y fría de los faroles del patio las acariciaba como rocío. La casa, por ser una quinta, tenía el toque de magia por duplicado: Por una parte, la ausencia de edificaciones vecinas dejaba la casa cercada por tinieblas en la noche, como en cualquier vivienda rural. Y por otra, el silencio, que a personas como Ximena, las hacía asombrar y encariñarse.
Sofía levantó la cortina de su pieza. Así, sobre el vidrio se reflejaron sus muebles y ella misma. Recién acababa de morir el día. La muchachita se lanzó sobre su silla de oficina y rodó hacia su computador de escritorio. Cuando desplegó sus notificaciones, vio un montón de mensajes de Vladimir, enviados durante unas dos horas.
—¡Uich! Profe —masculló— ¡Qué intenso!
Hizo clic en cada uno, cronológicamente:
“
Hola Sopi, por fa, si estás ahí, contéstame
Sopi, envíame las fotos del laboratorio, por favor
¡¡Sopi, Sopi, Sooooopiii!!
Sopi, tengo que subir las fotos de la práctica al blog AHORA, sopi, tú tienes mi cámara.
Sopi, niña olvidadiza.
Ya es tarde, Sopi y tú no resucitaste, tengo qué inventarme algo para justificar por qué no subí las fotos, pero espero que sepas que es por tu culpa. 😡
Mentiras, te quiero mucho 🤪
”
Sofía soltó una rápida carcajada.
—¡Mierda, la cámara! —agregó, poniéndose la mano en la frente.
Volvió a rodar por su habitación para acercarse a su maleta, buscar el aparato y luego otra vez para volver al P.C. Un minuto después estaba fisgoneando todo en la cámara, incluyendo un mapa satelital con indicadores de visitas. Repentinamente Vladimir apareció como una pequeña y titilante luz en la pantalla del P.C. de Sofía:
Profe Vlad: ¡SOPI! Aleluya…. Alabado sea….
Sofía, de inmediato, puso la cámara en su regazo y chateó con Vladimir:
~ Ay, profe Vladimir, perdón.
~ envíame las fotos, por favor.
~ ya las debes tener ¿estás bravo?
~Eso ya no importa. Pero dale, manda las fotos
~ ya te dije, ya las debes tener. Y sí, estás bravo 😭
Hubo un largo ‘silencio’.
~ Profe Vladimir ¿Sigues ahí?
~ Claro, ¿Cómo que ya las tengo?
~ Es que tu cámara envía las fotos automáticamente a tu celular. Casi todas lo hacen. </3 .
Otra vez hubo un período de inactividad.
~ Soopi… ¿Insinúas que soy un dinosaurio que no sabe nada de tecnología?
~ noooo, no insinúo nada. Trato de que me perdones.
~ hagamos una cosa.
~ Sí, profe.
~ escribe una nota pidiendo disculpas y aclarando que tú tenías las fotos y por eso hubo un retraso en la publicación. La publico junto a las fotos y yo te defiendo.
~Ay, tan lindo; pero Vladimir, nadie iba a meterse al blog hoy viernes…
~¿Me estás cuestionando?
~ no, no, ya te envío la nota. Entonces ¿me perdonas?
~ perdonada, mi Sopi.
~ 😁 profe, conecta tu webcam.
~ ¿Para qué?
~ Para hablar.
—Hola mi Sopi —saludó Vladimir.
Tardó un rato en aparecer, puesto que le costó trabajo decidirse a dar ese paso. Una cosa era comunicarse a través de texto, pero Vladimir consideraba el video como algo mucho más personal. Peligroso, de hecho, toda vez que admitía que Sofía tenía un atractivo que no podía ignorarse. Apuntar o desapuntar su bata en los laboratorios tenía el grado de picante que él podía arriesgarse a meterse en la boca, pero hacer una primera video-llamada, daría paso, creía él, a una segunda y luego a una tercera; y el peligro de romper barreras, estaría servido en charola de plata.
—Buenas noches, Señora Clara Lucía ¿Cómo estuvo su día? ¿Bien? —recibió Ximena a la señora.
La muchacha ya tenía el gabán de ella en la mano y estaba lista para recibir también su bolso y entonces, colgarlos del perchero que había junto a la puerta interior del garaje.
—Bien —contestó Clara, entre los dientes, viendo todavía al vacío.
—¿Y Sofía? —cuestionó la Señora.
—La niña está terminando de vestirse.
La señora entró y cruzó el vestíbulo. Tras ella andaba Ximena, como si estuviera pendiente de lo que hacía y pudiera lanzársele en cualquier momento. Esperaba que hiciera algo más por Sofía que preguntar por ella. El teléfono de Clara Lucía tuvo un corto momento de atención, pero en pocos segundos, Clara desistió de él y lo colocó sobre la mesa, cosa que le permitió a Ximena pronunciar una exhalación de alivio. Su jefa, en vez de clavar las narices en su celular, decidió sentarse a la barra y descalzarse.
—Sírvame un té de coca, Ximena, por favor.
—Como mande señora —acató, pero también agregó—: eh… la niña está arriba.
—¿Ah sí?
Pero Clara Lucía, lo único que hizo fue acomodar su faldón para sentarse elegantemente en la butaca.
—¿Mami?
Se oyó la voz de Sofía.
“Si la montaña no va a Mahoma…” gimoteó Ximena, en privado.
—Sofía, mi amor, ven aquí —ordenó la señora.
En las escaleras se produjo el traqueteo correspondiente a la rápida bajada de Sofía. Estaba asombrada y feliz por el inusitado llamado de su madre. Se lanzó sobre su regazo, arrancándole a la mujer un grato gemido de sorpresa.
—¿Cómo está todo, preciosa? ¿Cómo te va en el colegio?
—Bien… ¡hay profesores nuevos y muy chéveres! —se apresuró a agregar.
—Qué bueno que estés contenta, mi vida —le respondió su madre mientras le apisonaba el cabello.
“Uff, ya hizo el papel de madre…” pensó Ximena.
Terminaba de preparar la bebida y vigilaba el comportamiento de Clara Lucía desde el otro lado de la barra.
—Tu papá vuelve la próxima semana —le anunció la señora a Sofía.
—¿También hablaste con él? —preguntó, abriendo los ojos al máximo, a causa del entusiasmo que le provocó la noticia.
—Todos los días hablo con él —aclaró la madre.
—Yo también. Dice que se siente mejor.
Clara Lucía aplastó los labios, pues no sabía si celebrar o lamentar la inocencia de Sofía al creéselo.
—Sofía —añadió Clara, tardando en ver a la cara a su hija.
—¿Sí, señora?
—Cuando hables con tu papá, no le toques el tema… no le preguntes cómo sigue ni cómo se siente. Más bien muéstrate tú muy feliz y no le des quejas ¿vale? Así, el se pondrá todavía mejor.
Sofía frunció el ceño pero aceptó, y lo demostró asintiendo y levantando súbitamente los hombros.
—¿Qué quieres comer, mi amor —siguió Clara—, a dónde quieres ir?
El cambio intencional de tema tuvo efecto, porque Sofía saltó del regazo de Clara y exclamó:—¡Quiero lasaña!
Después de meses, Sofía al fin tendría un momento con su madre, durante el cual, poder ser su hija. La dicha empezaba a invadirla, pero había una pequeña piedra en su zapato.
—Pues entonces vamos a Hacienda Los Pinares, allá es rico ¿te parece? —le sonrió la señora, correspondiendo a la alegría de Sofía.
Una repentina luz pasó por los rostros de las tres, desplazando la sombra de la escalera como una proyección de cine.
—Ya llegó la señorita Vanessa —dijo Ximena, y se lanzó a abrir la puerta como si hubiere fuego.
Vanessa acababa de dar vuelta y poner su campero delante de la entrada, igual que hacía la ruta de Sofía. Solía poner las luces altas para, desde el primer segundo de su presencia, iluminar el vestíbulo y enterarse de quiénes estaban presentes. Tan pronto apagó el motor, sonó el claxon frenéticamente: Era una compulsión suya provocar conmoción con su llegada. A Sofía se le aguó ipso facto su alegría, pues su hermana era la piedra en su zapato. Vanessa Garavito entró y rompió el silencio, la tranquilidad y la oportunidad de Sofía de tener mamá, por aunque fuese un rato. Pasó al lado de Ximena sin determinarla, lanzó su bolso sobre un sofá, y de una vez dijo, en voz innecesariamente alta:
—¿Qué hubo? Mamá —no esperó respuesta—, vamos rápido. Igual no tengo hambre porque comí con mis compañeros de la oficina. Vamos a un sitio de comidas que abrieron en la 154, es buenísimo, mami, te va a gustar el salmon roll de allá. Ya reservé una mesa en el balcón.
—Hola Vanessa —Sofía levantó su mano, pero no con propiedad, sino miedo.
—Hola —contestó la otra, mirándola a penas a la altura del cuello.
Sin más pausa, Vanessa siguió su retahíla:
—Imagínense que nombraron un supervisor en producción porque no se están alcanzando las metas —empezó a jalar a su madre hacia afuera— y a través de lo que él diga, va a empezar a cambiar el personal porque ¡eso está terrible, la gente parece que le regalaran el salario!
Cuando Clara y Vanessa ya estaban afuera, Sofía dio un paso para salir, pero Ximena la detuvo y entonces salió ella misma. Aprovechó que la vampiresa estaba subiéndose al carro, distraída, puesto que seguía hablando sin parar. Le susurró a su jefa:
—Señora Clara Lucía, disculpe, solo quería decirle que la señorita Vanessa tiene los boletines del colegio de la niña.
Clara Lucía, se dirigió de una vez a su hija mayor:
—Vanessa ¿tienes las notas de la niña?
La hija mayor, que acababa de ser brutalmente interrumpida en su locución, decidió pasar por alto el deleznable improperio y simplemente escupir:
—Sí, por ahí están.
Acababa de asomar la cabeza por la ventana del carro, con tal expresión como si le hubieran pedido que mirara una montaña de humeantes heces. Después de expulsar su respuesta, continuó con su historia del día.
—Acuérdese de cerrar bien, Ximena —susurró la señora.
Luego le ofreció su mano extendida a Sofía. La señora abrió una de las puertas de pasajeros del carro, teniendo a Sofía de la mano. Pero quedaron congeladas ante el trueno que emitió Vanessa:
—Mamá ¿qué hace? —como siempre, sin esperar respuesta, prosiguió— venga aquí adelante conmigo ¿o me va a dejar sola?
El tono de regaño de Vanessa parecía el de un patrón salido de cabales por un daño irreparable y costoso que le haya causado un empleado inepto.
—Ya voy, mi amor, solo iba a dejar a Sofía con el cinturón puesto —mintió Clara.
—Ah —espetó Vanessa—. Todavía tiene que ajustarle el cinturón usted —afirmó con sobre-actuado tono de condescendencia, uniendo el entrecejo en lo alto de su frente.
Mientras Sofía veía su casa pasar de largo por el parabrisas, se acordó de su profesor. Recién estuvo hablando con él por webcam y se sintió mucho más en familia que ahí, absolutamente sola en la parte de atrás del carro de su adorable hermana. Es más, desearía no haber bajado a saludar a su madre, porque, de tal modo, Vanessa no la habría aprehendido también a ella, y así, podría estar todavía en su habitación, charlando con Vladimir.
✎﹏﹏﹏﹏
10 – Cena infernal
La familia salía de Mirador de Boca alta y Ximena se quedó ahí, bajo el umbral de la entrada, en medio de la penumbra. Su esbelta silueta se veía muy nítida, ahí dibujada, contrastando con la tenue luz del interior de la casa. Se pasó la mano por la cara y se dijo a sí misma, con progresiva melancolía:
—Ojalá fueras hija mía, Sofía…
Apretó el puño y castañeó los dientes. En sus pensamientos tenía lugar un aluvión de groserías en contra de Vanessa Garavito.
—…pero no lo eres —concluyó.
Suspiró y entró a la casa.
Vanessa estaba al volante. Manejaba y seguía hablando de su empresa y de sus compañeros, uno por uno. A veces, iniciaba una historia pero la suspendía para contar otra que creía necesaria para hacer entender aquella que suspendió; y aveces contaba cuatro o cinco historias previas para retomar la primera. Pero, al detenerse ante un semáforo, Vanessa cortó súbitamente su discurso para contemplar a través del retrovisor a una persona que arrastraba una enorme cantidad de cartón en una lona.
—Uhy, pobre gente. Gracias a Dios a uno no le toco una vida así —dijo, regocijándose mientras ajustaba el espejo con servomotor—. Igual no deberían dejarlos llegar hasta acá. Para eso vive uno casi fuera de la ciudad, para vivir en un sitio donde no se vean estas cosas.
Clara Lucía levantó su teléfono y, con cara somnolienta, enfocó y le tomó una foto al indigente.
—Se la voy a mostrar al comité de la alcaldía, para que vean que esta parte de la ciudad necesita atención.
—Sí… imagínate que Mirador de Boca Alta se llenara de indigentes ¡se desvalorizaría todo por lo que hemos trabajado tanto…!
Las luces roja y amarilla del semáforo se apagaron, dejando que la verde apareciera. Vanessa avanzó, pero algo en su megalómana mente le había fallado, quizá por el cansancio o por imaginar a su localidad llena de habitantes de calle. Como fuera, dejó la boca cerrada por más de un segundo, bache que aprovechó Sofía:
—¿No vamos a comer lasaña? —dijo, desde su posición casi subrepticia en la parte de atrás.
Para su hermana, oír esa voz era como oír el ladrido de un enorme y joven perro, uno al que ha tenido el infortunio de oír todo el día. Arrugó toda la cara, como hace un adolescente cuando está a gusto con sus compañeros en el salón, pero entra un profesor aburrido a dar una clase. Para Vanessa era un hecho de la naturaleza que ese ladrido no requería ni merecía respuesta. Cuando pasó el tiempo que hubiere correspondido a una contestación, Clara le ofreció una explicación a su hija mayor:
—Es que yo le dije que íbamos a Hacienda los Pinares.
Vanessa se paró en el freno e hizo que las otras dos brincaran y dieran un grito.
—¿Entonces vamos a Hacienda los Pinares? ¿En serio? Exterminó con la mirada a su madre.
—Por su puesto que no —acató ella, con la voz ya partida por el miedo.
—Lo supuse —se tranquilizó Vanessa y volvió a arrancar.
Un segundo después, Vanessa retomó la narración de la novela que creía que había sido su día.
El lugar en la 154 no era lo que Sofía imaginaba. Ni tampoco lo era la comida, la música ni la demás gente. La siguiente persona más joven allá, era de la edad de Vanessa.
—Ayer comimos salmon roll con mis amigos aquí y créeme mami, debe ser la mejor receta del país porque es exquisito, por eso vale lo que vale. Pruébalo y verás.
El mesero, bien ataviado, se aproximó con las cartas, pero Vanessa las rechazó cortésmente interponiendo la mano.
—No, gracias; ya sabemos qué pedir… tres salmon roll, por favor.
—¿Lo desea acompañar con vino o soda?
—Soda. Tres sodas.
—Con mucho gusto —respondió el joven y se fue.
—Pero yo no quiero pescado —se atrevió a hablar Sofía.
Vanessa volvió a oír aquél ofensivo ladrido, pero esta vez con más fuerza. Tanto así, que se cubrió medio rostro con la mano.
—¡Joven, mesero! —llamó Clara Lucía.
El muchacho volvió.
—Dele una carta a la niña por favor —solicitó.
—Con el mayor gusto —respondió y le extendió una de las cartas a Sofía.
Ella, tras agradecer con una sonrisa, empezó a ojear el menú, tarareando una canción y balanceando los pies. Para Vanessa, el ladrido se había convertido en aullidos desgarradores. Pero encontró una fórmula para tranquilizarse. Se lamentó:
—Es que este lugar no es para niños —dijo, con especial tono peyorativo y odio en la última palabra.
Entonces sacudió la cabeza y continuó —En fin, como te decía, el banco me aprobó los 300 millones y vamos a invertir. De aquí a Diciembre ya estará construida la…
—Quiero helado —interrumpió Sofía.
Vanessa, hizo un esfuerzo sobrehumano para no explotar. Exhaló un bala calibre 50, puso ambas manos sobre la mesa y se puso de pie.
—Ordenen mientras voy al baño —mandó y se fue bufando.
Poco más de una hora después, el campero de Vanessa Garavito estuvo de vuelta en Mirador de Boca Alta, delatando con sus faros la trayectoria de varias gotas de rocío. Una vez se detuvo en la entrada de la casa, Vanessa abrazó teatralmente a su madre y Sofía entró a la casa. Corrió hacia la habitación de Ximena y entró sin tocar. Ahí estaba la cama de Ximena, muy bien tendida. Sofía se subió a ella y se acurrucó. Tenía la cara tan tiesa como un muerto. Pasado un minuto, escuchó el llamado de su madre y volvió a salir.
—¿Qué haces ahí? Ximena no se queda los viernes. Anda, ve a tu cuarto a dormir.
Fue todo lo que le dijo. Todo. En el joven cerebro de Sofía, un patrón empezaba a ser detectado y para ella era tan importante y abrumador el descubrimiento que no podía resistirlo ella sola. Tenía qué decírselo a alguien. Para guardarse y procesar un sentimiento así, se necesita ser adulto, pero Sofía no lo era. Le parecía entender, que no debía sentirse nunca como a ella le pareciera sino como se lo indicaran. Que, sentirse de otro modo y peor aún, manifestarlo, era algo reprochable. Como cuando era pequeña y se metía los dedos a la boca, su madre la detenía de un grito. Eso mismo sentía cuando estaba Vanessa, pero no por meterse los dedos a la boca sino por… ¿Por respirar? ¿Por… existir? Además, y para empeorar las cosas, Ximena no estaba, y Sofía había recibido instrucciones perentorias hacía años de no llamarla. Ese hecho solo confirmaba la horrible predicción de Sofía, si acaso estar sintiéndose mal, sola y oprimida, era lo ‘normal’. No obstante, habiendo subido a su habitación, apareció una luz de esperanza, porque justo antes de la desagradable visita, recordó haber estado tranquila y hasta dichosa. “¿Qué estaba haciendo?” Se preguntó. “¡Ah, sí!” Yéndose tras justamente esa luz. Sofía encendió su PC y entró a su red social principal. Escribió un mensaje:
~Profe Vlad, quiero que ya sea Martes y estar en el colegio.
Presionó enter y dejó caer su espalda sobre la silla. Era todo lo que podía hacer para aliviar su honda pena. Pero, tuvo efecto, puesto que sorpresivamente, Vladimir apareció:
~¡Mi Sopi!
El rostro de Sofía se encendió como un fuego artificial. Se enderezó y respondió:
~Profe, prenda la cámara, por favor.
~¿Para qué?
—¡Prenda la cámara, profe! —gritó Sofía, casi desgarrándose, pero escribió:
~Por favor, por favor, por favor…
Entonces inició la video-llamada. Vladimir tuvo un impacto en lo que creía saber de ella, pues creía que era una criatura de sonrisa perenne. Pero, obviamente, no creería más eso. ¿Cómo, la cara más bonita que había conocido en muchos años, podía estar tan demacrada? Se veía como una hermosa obra de arte, pero saboteada por vándalos que, desquitándose por la falta de amor en su vida, atacaban lo hermoso, intuyendo que lo hermoso despierta el amor en otras personas.
—Sopi ¿¡qué tienes!?
—Los viernes por la noche son un infierno, no quiero ni uno más —sollozó— ya quiero que sea Martes y estar en el colegio.
— ¿Por qué razón son un infierno?
—Porque hay cena familiar. A veces quisiera morirme… —al fin lloró.
Vladimir se alarmó.
—Mi Sopi… mi Sopi, escúchame. Dime qué pasó, cuéntame.
—Es que… —volvió a reprimir el llanto para poder hablar— ¿Por qué aquí en mi casa no pueden ser como en otras casas…? Profe, donde Margarita, por ejemplo, cuando yo voy allá los papás de ella me consienten mucho y consienten a Margarita y a ninguno le da pena. Y… una vez que a ella le echaron la culpa de una cosa que se perdió en el curso, llegamos a su casa y le contó a los papás y ellos la abrazaron.
Vladimir sintió una puñalada en el vientre, pues presintió lo que venía:
—Aquí no les importa lo que pase conmigo —concluyó Sofía.
Él bajó la cabeza y apretó los puños, en una clara señal de dolor.
—¿Qué pasó, específicamente, mi Sopi? ¿Por qué dices que los viernes en la noche son un infierno?
—Porque son en familia —se limpió las lágrimas con la palma—. Veníamos en el carro de mi hermana y antes que se les olvidara, le dije a mi mamá que tenía que ver mis notas. Yo quería que viera el boletín porque no perdí ninguna materia y hay una observación de felicitaciones porque canté para el colegio en el intercolegiado y clasifiqué —se limpió el otro lado de la cara—. Pero les dije como tres veces y no les importó. Y al final, mi hermana le entregó el boletín a Fabián, el señor de la portería, cuando iba de salida. Él fue el que se lo pasó a mi mamá.
Así fue. La única salvedad a la versión proporcionada por Sofía, era que su madre la ignoraba no por ignorarla, sino por miedo a Vanessa.
—La triple-mal-parida se las arregló para no tener que ver a la mamá felicitando a Sofía —intervino sorpresivamente Vladimir de gorra blanca.
El Vladimir material, apretó más los puños y alejó la cara de la cámara para decir, sin emitir sonido: “Sí, qué mal-parida”.
Una vez más, una repentina ansiedad apareció en Vladimir. Había acertado en su predicción de hacía rato: Habría una segunda video-llamada, y no en son académico ni de chisme. Estaba viendo nada menos que el alma de Sofía. Y, lo más grave de todo: Estaba preocupado por ella. No quería verla así, puesto que podía sintonizar su melancolía. No quería que Sofía estuviera así. Pero le quedaba, sin embargo, la traba que imponía el “código” profesional. No debería involucrarse de ninguna manera con un estudiante. Al pensarlo, Vladimir recibió un fuerte golpe en la cabeza, propinado con una gorra blanca.
—¿“Código”? —dijo Vladimir disociado, sin separar los dientes —mírela como está ¡Idiota! ¿No le importa verla así?
El Vladimir fantasma se dio la vuelta y espetó en la oscuridad, con tanto odio por esa palabra que le quitó el sentido por completo:
—“Código”.
Mientras pensaba y respiraba delante de la cámara, Vladimir asintió, habiendo tomado una decisión. Luego volvió al plano de la cámara y habló:
—Mi Sopi. Hazme un favor, necesito que hagas algo por mí ¿puedes?
Vladimir de pelo largo reapareció, bailando como si celebrara un gol. Surgió por la izquierda y desapareció por la derecha.
—¿Qué cosa? —quiso saber Sofía.
—Escucharme. Lo que te voy a decir no es carreta inservible, como en clase. Es muy serio e importante.
—Sí señor.
—¿Cuántos años tienes?
—Doce —se limpió la última lágrima.
—¿Cuántos tiene Ximena?
—¿Como 32?
—Yo tengo 35. ¿Te has imaginado a ti misma cuando tengas 35?
—No —repuso, con un impulso de aire que parecía risa.
—Imagínate. ¿Tienes abuelos?
—Una, y tiene como 60 años —informó la niña.
—Cuando yo tenía tu edad, mis abuelos eran de 90.
—uich.
—Viejitos ¿no? ¿Sabes cuánto viven las tortugas gigantes? —preguntó el profesor.
—Sí, más de cien años.
—Hasta 200 —corrigió él.
—uich…
—Hay árboles que tienen 1000 años, mi Sopi. ¿Has ido a Manizales?
—Sí señor.
—¿Viste el Volcán Nevado del Ruíz?
—¡Sí! —exclamó, con el primer atisbo de componerse.
—Él lleva 200000 años activo. Ahora piensa en los dinosaurios. ¿Hace cuánto vivieron?
—Millones de años —afirmó ella.
—Cientos de millones. Ahora mira por tu ventana ¿ves alguna estrella?
—Sí, una, pequeñita.
—Ella puede haber muerto desde antes que apareciera el primer dinosaurio, pero estaba tan lejos de aquí que su luz no ha terminado de llegar.
—uuuuich… profe… y eso ¿qué? —exclamó la niña, que empezaba a animarse.
—Imagínate las cosas que han pasado en tantísimo tiempo. Imagínatelas.
—Muuuchas.
—Vuelve a pensar.
—¡Muchísiiiisimas! —exclamó Sofía.
—Ahora vuelve a pensar en lo que te hizo hoy tu hermana. O, piensa en tu hermana misma. ¿No es nada, cierto?
—¡profe! —casi rió.
—Mi Sopi… —prosiguió Vladimir de gorra blanca, pero no a través de la webcam sino ahí, junto a Sofía, tomándola de la mano —…a uno en esta vida le enseñan dizque a solucionar problemas, pero a veces, la solución es aceptar el problema.
Los ojos de Sofía se iluminaron viendo hacia el vacío.
—Tu hermana no va a cambiar, ni las cosas que hace o dice, ni tu familia. Tu familia es como es y no se parece a las familias que tú has visto y quisieras tener. No puedes hacer nada para cambiarlo, pero sí puedes aceptar que no puedes hacer nada para cambiarlo y no mortificarte. Mi Sopi, cuando te sientas mal, recuerda esa estrella pequeñita que se ve ahí —señaló hacia la ventana—, piensa en ella y verás que tu dolor se verá pequeñito. Esa es tu estrella, yo te la regalo.
Hubo un largo silencio.
—¿Sopi?
—Profe Vladimir, me siento mejor —reconoció asombrada.
—Ya que escuchaste. Lo hiciste tú sola —respondió él, en la pantalla.
—Vladimir…
—¿Señora?
—Te quiero mucho.
—Y yo a ti mi Sopi —le envió sonoros besos con ambas manos.
Vladimir estaba conmocionado, pues tenía que pagar el precio de lidiar con una conexión que había evitado crear. Pero el lazo ya estaba hecho, y debía aceptar que adoraba a esa niña.
—¿Profe?
—Dime, mi Sopi.
—Tú eres como Ximena.
El corto silencio que siguió, significó que no hubo necesidad de explicaciones.
—Oye Vlad —dijo ella, levantando bien la cara.
—¿Señora?
—¿Quieres ir a pasear el domingo con Xime y conmigo?
La comunicación terminó y Sofía se quedó varios minutos sin espabilar, con una sonrisa leve en su delicada carita. Al fin, parpadeó y sacudió la cabeza, se levantó de su silla y se movió bailando en medio de su habitación. Siempre que llegaba a la ventana, se detenía a ver esa apenas visible estrella, ligeramente diezmada por la cercana explosión de luz capitalina.
Se paró frente al espejo y se sonrió. Llena de orgullo se inspeccionó por los costados. Luego se levantó la melena con una mano. Estuvo jugueteando por unos minutos, yendo y viniendo, modelando su atuendo. Empezó a buscar qué otra cosa modelar y agarró la falda de su uniforme del desorden en su cama. Se la puso encima del pantalón para evaluarla. Luego tomó su blusa reglamentaria e hizo lo mismo. Cuando tomó la chaqueta blazer, la cámara semi-profesional de Vladimir quedó al descubierto sobre la cama. Estaba en tal posición que parecía observar a Sofía con su lente. Ella le devolvió la mirada y sonrió con precoz coquetería. Con su confianza de vuelta y su estrella sonriéndole desde la ventana, la niña se hizo un nuevo set de fotografías.
Siguientes: Chicaque y Luz vs Oscuridad
Stregoika ©2017


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!