RELATOS TRASMUNDANTES | 10 | Los monstruos de los cerros
Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
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Si tiene dudas acerca de qué clase de publicación es esta, le sugiero lea el primer capítulo:
Inicial: Nereira
Los monstruos de los cerros
Bastó con preguntarle a su profesora de sociales por “El león dormido”, “Monserrate es un Volcán”, “Bogotá fue y volverá a ser una laguna”.
—Es una leyenda Muisca —aseveró de tajo la educadora—. Todo lo que contiene la geografía de esta parte de los Andes tiene un origen y hasta un destino, según la mitología Muisca. Como el salto de El Tequendama, por ejemplo¹. ¿Por qué preguntan? ¿Dónde lo oyeron?
—Unos desechables en el bus venían hablando de eso —replicó Wadith.
—¡¿Unos desechables venían hablando de leyendas Muiscas?! —preguntó la profesora, re-acomodando sus gafas sobre sus impresionados ojos.
—No… —intervino Jamie—. Estaban diciendo que eran cuentos de hace mucho tiempo…
—¡Y que los muertos que ha habido en los cerros es por eso! —exclamó Emilce al recordarlo de sopapo.
—¡Sí! —tronó los dedos Marisol— y venían hablando de muertos hasta que —hundió su mirada en el vacío— empezó a oler a muerto.
—No —aclaró Wadith—, ya venían oliendo así.
Cuando su profesora les pidió detalles, terminó deduciendo y entonces contándoles sobre las horrendas casas de pique en La Calle del Cartucho. Para los jóvenes, escuchar aquella nefasta conversación sin tener el contexto para entenderla había sido los suficientemente terrorífico. Conocer el repulsivo trasfondo y entender al día siguiente cada palabra, les provocó náuseas y escozor de por vida.
—Tenemos que contarles eso a Jenny y a Jorge —señaló Emilce.
—Han pasado tantas cosas que ya ni me acuerdo de todas —comentó Marisol.
—Vamos al coliseo del Centro Comunal para que refresque la memoria —se burló Jamie.
Marisol respondió arremedándola de forma sumamente despectiva. Incluso mostró la capacidad de parafrasearla con media lengua afuera. Entonces Wadith rompió el incómodo instante con un pertinente comentario propio:
—Anoche, cuando llegué a la casa, mi mamá me abrazó como si le hubieran dicho que me había muerto.
—¡¿Qué?!
—Dijo que estaba aterrada, muy asustada.
—Pero ¿de qué? Si no nos demoramos tanto, tampoco, y además usted llamó cuando ya se iba a ir…
—Sí, y estaba tranquila —confirmó Wadith—. Pero dice que al rato empezó a sentir unos nervios horribles.
—Ah. Claro —dedujo Marisol—. Sintió su miedo, Wadith. Anoche todos veníamos cagados del susto.
—En cambio mi mamá estaba dormida como una marmota —se quejó Emilce.
—Y la mía estaba viendo la novela —se lamentó Jamie.
—Wadith y su mamá —explicó Marisol— tienen una conexión especial porque en esa casa hace mucho miedo. Siempre están pendientes el uno del otro.
—¿De verdad? —preguntó Jamie, dirigiendo su mirada inquisitiva a Wadith.
Él solo asintió.
—Ustedes deberían cuadrarse —les dijo Emilce—. Ya se conocen mejor que nosotras.
Wadith carraspeó y desenvolvió un papel que acababa de sacar de su bolsillo.
—Llamemos a Jorge y a Jenny.
Los cuatro rodeaban la mesa de un enorme restaurante en frente al Adveniat, que a esa hora hacía de cafetería. Era un establecimiento que llevaba un par de décadas funcionando allí y que ostentaba el nombre de una vieja y popular serie de televisión: Hawaii 5.0. Era, de forma no declarada, una extensión del colegio. Allí iban directo los estudiantes pequeños a usar los extensos orinales apenas salían de clase, era el punto de encuentro de todas las citas y uno de los principales sitios de reunión de toda la barriada. A sus puertas solía establecerse de manera disimulada un vendedor de periódicos y alguna que otra chuchería que capturaba la atención de los colegiales. Vendía tarjetas de películas y cadenas de plata de fantasía con dijes que aludían a diversa clase de conceptos. Aquella tarde, uno de sus artículos que no debería estar exhibido en su muestrario de terciopelo horadado de alfileres, cayó de este. Emilce advirtió el movimiento y levantó el curioso artilugio, mientras los demás veían los pintorescos álbumes de calcomanías de marcas comerciales.
—Y ¿esto qué es? —preguntó la muchacha.
Al tiempo, levantó el gracioso llavero y se dio cuenta que se trataba de un par de figuras de madera que representaban ganado equino. Notó que la cola de uno de ellos estaba floja y quiso comprobarlo, por lo que, al moverla, quedó claro que era una palanca. Si la subía, bajaba un desproporcionado falo y, si la bajaba, este volvía a ocultarse. La otra figura no tenía dicho mecanismo pero sí una gran cavidad debajo de la cola. Emilce estalló en risas. Apenas habiéndose dado cuenta, el vendedor tomó de las manos de Emilce el grosero juguete, aplicando la mezcla ideal de agilidad y cortesía. Le dijo a ella:
—Este no es para niños.
Mientras los demás se quejaban de no saber el motivo de la ruidosa risa de Emilce y preguntaban sin obtener respuesta, Jamie encontró en la pila de periódicos algo ligeramente más importante. Exigió el silencio de todos y lo terminó obteniendo a fuerza de jalones de ropa y uno que otro pellizco: «VÍCTIMA NÚMERO CINCO DEL MONSTRUO DE LOS CERROS», ponía el titular del diario El Espacio. Aquél era un diario popular, el pasquín impreso y amarillista que era capaz de formar un corrillo de jóvenes curiosos allí donde había una edición colgada de un gancho. En El Espacio, Wadith había visto un día de su más tierna infancia, la estremecedora foto de un niño de dos cabezas. Marisol, había visto la imagen de un hombre que perdió la mitad derecha de su cabeza porque estaba asomado por la ventana del bus cuando este fue impactado levemente por una volqueta. Y Jamie tuvo que repartir fuertes pellizcos a sus primos más jóvenes para que dejaran de ver la foto de una cantante, tomada para detallar milimétricamente su prenda íntima de color rojo y que no le cubría nada. La madrugada en que Campo Elías murió, los fotógrafos de El Espacio llegaron demasiado tarde y perdieron la oportunidad de ganarse la portada. Fue solo otra mañana en que los editores optaron por poner a una joven estrella porno luciendo sus prodigiosos pechos.
Marisol levantó una copia del periódico de la pila.
—Cuatrocientos pesos vale el periódico, mi amor— dijo el vendedor.
—Hagamos vaca —dijo Jamie y mandó la mano a su morral.
En partes de entre sesenta y cien pesos, completaron el valor de El Espacio. Se retiraron de Hawaii 5.0. atendiendo a Marisol leyendo el artículo. Ella y Emilce pudieron detallar la fotografía del cadáver durante varios segundos. Los otros dos, apenas tuvieron estómago para darle una efímera ojeada. Estaba en condiciones igual de terribles que los anteriores cuatro.
La tarde de ayer 5 de Junio estuvo marcada por una macabra sorpresa para una familia de habitantes del Barrio La Belleza al sur oriente de Bogotá. Los hermanos Jonatan y Jason Rondón regresaban de un partido de fútbol hacia las 6 de la tarde, cuando se toparon con el cuerpo sin vida de otra joven de aproximadamente 14 años, que claramente acababa de ser arrojado a la orilla de la vía a Villavicencio. Tanto la localización, como el modus operandi y las características de la víctima, hacen a este crimen coincidir con los cuatro casos anteriores en que se cometió rapto, tortura y abuso sexual. Jonatan y Jason le contaron a El Espacio los detalles de su funesto hallazgo…
—¡Hoy es 6 de Junio! —observó Wadith.
—Sí —exclamó Emilce—. Y ayer era cinco, como dice la nota.
—No —intervino Jamie—, hoy es el día seis, del mes seis, de 1996.
—Pues sí, pero —Marisol bajó el periódico— no van a creer que de verdad hoy es el fin del mundo ¿o si?
—Oigan —levantó su mano Jamie—. Van cinco muertas, y la última, ayer, día cinco. ¿Será que hoy mata a la sexta?
—Ya no lea más esas novelas que usted lee —suplicó Emilce.
No obstante, los otros habían captado la escalofriante coincidencia y estaban boquiabiertos.
—Si mañana siete —siguió Emilce— mata a otra, u hoy mata a dos o a ninguna pero mañana si, no va a tener sentido ¿cierto?
Jamie respondió con un puchero y Emilce a su vez con medio pero amistoso abrazo. Añadió:
—Más bien vamos a llamar a Jorge para contarle —concluyó Emilce—. Hoy no va a pasar nada de nada, ya verán. Es más…
Emilce no pudo seguir hablando porque el estridente ruido de los motores de varias motocicletas emergió desde la distancia. No habría sido nada del otro mundo hasta que al deslumbrante paisaje matutino se sumó el ruido de sirenas de policía. Todos acallaron y abrieron paso a la caravana de patrullas que ascendió por la inclinada calle a gran velocidad. Una señora andaba a un consternado pasitrote del otro lado de la calle y sacudía sus manos. Se sintió observada por los chicos, reaccionó y señaló el periódico, exclamando:
—¡Los cogieron, cogieron a esos miserables!
Ellos se quedaron boquiabiertos viendo a la señora seguir su afanoso paso sobre la acera, con varias motos de la policía pasar como relámpagos entre ellos.
—¿Qué estaba diciendo, Emilce? —escupió Jamie— ¿…Que hoy no iba a pasar nada?
—Que llamemos a Jenny y a Jorge —declaró la otra cínicamente, aunque con una sonrisa de oreja a oreja.
—Nunca había visto tanta policía —confesó Wadith, retractando su afilado rostro como efecto de la impresión.
—Ni siquiera la noche de la granada —comentó Marisol, achicando los ojos.
—¡No, ni siquiera! —admitió el joven.
Más hacia el futuro, la presencia permanente de policía sería todavía peor².
—Y, esa señora ¿por qué sabe? —quiso saber Marisol— Señora ¡Señora! —cruzó la calle—. Perdone, su merced ¿Cómo sabe que agarraron a “los tipos”?
La señora paró e informó, aún nerviosa pero complacida de ejercer sus facultades comunicativas:
—Mamita, es que yo trabajo cosiendo aquí en La Victoria, pero vivo en Juan Rey. Me hermana me acabó de llamar y me contó. Dizque era una pareja de locos y mi ¡hija no llegó anoche! Voy corriendo a coger el bus…
—¡El taxi de mi papá! —casi gritó Marisol.
La chica corrió como nunca en su vida hasta su puerta, a dos calles de ahí.
—Ahí está la niña número 6 —rezongó Jamie, bajando la mirada.
Pasaron veinte eternos minutos de insufrible ansiedad. Todos subieron por la vía a Villavicencio a una velocidad estrepitosa, impulsados por el afán de la señora, captado por los otros a través de sus empatías. Pero los empujaba también el morbo de ir a convertirse en testigo de lo que acontecía en Juan Rey.
El Chevrolet Chevette arribó a Juan Rey y apenas reduciendo la velocidad, se metió a la orilla destapada de la carretera. La señora se apeó, diez veces más agitada que cuando estaba en La Victoria. Al borde de hiperventilar, anduvo hasta su casa, a pocos metros y de allí emergió otra señora que le mostró las palmas de las manos y vocalizó tanto como pudo, dijo:
—Ya llegó, acabó de llegar, está borracha pero está bien. Vamos a darle una tunda.
—Ah, bueno, al menos ya apareció —dijo el padre de Marisol, al volante —¿Quién me va a pagar la carrera?
—Ay, papi; es una obra de caridad.
—¿Si? No me crean tarado. Ustedes vinieron por chismosos.
—Y usted, papi ¿vino por caridad?
—No, vine por chismoso. Vamos, entonces —dijo, y volvió a meter el taxi a la carretera.
La señora les había dicho que la captura tuvo lugar en el barrio Tihuaque, cerca a la plaza de mercado. Solo tendrían qué seguir subiendo y estar atentos a la conglomeración. Tuvieron éxito en menos de veinte minutos. Se toparon de bruces con un trancón, por lo que decidieron dejar el carro y unirse a la nutrida corona de gente que rodeaba la plaza. La espesura de la bruma de curiosos era tanta que desistieron de penetrarla y el padre de Marisol llegó al extremo de subirse a uno de los jóvenes pinos plantados en la plaza. Fue seguido por su hija y por el chico que aún no sabía que era su yerno.
—¿Qué hay, qué hay? —Brincaron las dos restantes.
—¡Hay mucha gente! —se admiró Wadith.
—No me diga —protestó Jamie, palmeándose la frente. Esperaba información de mayor calidad.
—La policía tiene acordonado el sitio. También hay fotógrafos de El Espacio —Informó el padre de Marisol.
—Sí, mire la camioneta allá —señaló Emilce.
—Les tocó comprar camioneta para no volver a perderse un morraco —comentó rudamente Marisol.
—¡Oiga! ¿Dónde aprendió esa palabra? —La reprendió su padre.
—O sea… un muerto —aclaró Emilce—. ¿Qué más se ve?
—Hay policía entrando y saliendo… —describió Wadith, ascendiendo más por una rama.
—¿De dónde?
—De una casa.
—Están buscando a la otra niña —intervino un desconocido—. A los asesinos los tienen ahí adentro desde las siete. Deben estar interrogándolos sobre la niña. Toda esa policía es para buscarla. No aparece y por lo que dicen, el par de locos no quiere hablar…
La inmensa multitud, que hasta ese instante estuvo pasiva observando y a la trunca, se prendió como por obra de una chispa en un tanque de gas. No se escuchó otra cosa que gritos de odio y palabrotas. También tuvo lugar un movimiento brusco producido por los curiosos que estaban en la orilla exterior del colosal círculo y empujaban para lograr ver algo. Aunque no pudo ser escuchado, Wadith narró lo que veía:
—¡Están sacando a dos esposados! Los llevan cubiertos con… ¡ellos mismos tiraron las chaquetas al suelo! Se sacudieron y… están haciéndoles caras a la gente. Son un man y una vieja. ¡Uff! Están retando a la gente…
Desde el centro de la corona de curiosos, se esparció una contundente marejada de gritos, a mayor volumen, todavía.
—¡La gente se les fue encima! —Gritó Wadith.
El padre de Marisol se tiró a tierra y subió a Emilce y a Jamie al árbol con tanta fuerza que las hizo parecer muñecas de trapo. Hizo bien, toda vez que se inició una breve pero cruenta batalla campal. La multitud quería la vida de los asesinos.
El maremágnum duró apenas un minuto. Un par de patrullas escoltaron a la unidad en la que trasportaron a la pareja y no esta no pudo ser alcanzada. Tan pronto como los tres carros desaparecieron al doblar una esquina, la muchedumbre se despejó. Todos parecían querer ir a contarle a alguien lo que acababa de pasar.
«Qué tal los descarados, cínicos hijos de…» criticaban furiosamente algunos. «Locos, un par de locos» comentaban con sobrades otros. «¿Que nos querían salvar? ¿De qué?» se preguntaba alguien.
—¿Qué pasó? —preguntó el padre de Marisol a una al azar, volviendo a bajar del joven pino.
—Adivine lo que dijeron —reportó una mujer—. Cuando los sacaron de la casa, la gente les empezó a gritar groserías y la tipa mostró la cara y gritó: “¡Si les estábamos salvando la vida a todos ustedes!”. Y el tipo también tiró la chaqueta que le habían puesto encima y trató a la gente de bestia ignorante, les gritó borregos y cosas así. Bueno, al menos ya los cogieron. Si hubiera visto a la policía defendiéndolos —alzó los hombros y se resignó a reconocer—: La policía tampoco puede dejar que les hagan nada, sino, los jodidos son ellos. Para eso está la justicia ¿no?
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¹Relato disponible en «Huytaka-El despertar de Soracá»
²Relato sobre el Nuevo Orden Mundial, disponible en “Huytaka–El despertar de Soracá”.
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