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Fantasías / Parodias

RELATOS TRASMUNDANTES | 9 | Jorge

Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Campo Elías
Si tiene dudas acerca de qué clase de publicación es esta, le sugiero lea el primer capítulo:
Inicial: Nereira

Jorge

—Jorge tenía una conocida —rebeló Marisol— en primaria. Una prima, según me dijeron. Si todavía está por ahí, le preguntamos por Jorge. Debe estar en sexto o séptimo.
Y la corta labor detectivesca de las chicas dio fruto, si tenían en cuenta que su objetivo desapasionado era estrictamente dar con el paradero de Jorge. Sin embargo, apelando las muchachas a sus inocentes expectativas, la fruición de su búsqueda no fue grata, sino decepcionante. Cada una de ellas hubo imaginado y dado por hecho, tanto que ni siquiera lo comentaron entre ellas, que Jorge debería estar brillando en el mundo de las tablas o alguna forma similar de expresión, flotando en la crema innata del gremio artístico capitalino. Eso, cuando menos, porque también pudiera ser, pensaban ellas, que Jorge ni siquiera estuviera ya en la nación. Pero lo encontraron atendiendo un local de suministros electrónicos en el norte de la ciudad. No era empleado allí, formalmente hablando, sino que el local era propiedad de su familia. De cualquier manera, ese destino ya era mejor que el promedio que se marcaban los jóvenes de las localidades abarrotadas por los cerros.
Al grupo de amigas se acababa se sumar alguien más: Wadith. Para él y para Marisol, haberse abrazado muertos de miedo, fue un rompehielos más que suficiente para acortar el lazo de su relación de amistad a algo más estrecho. Al poco, Wadith habría de terminar su relación con su novia para hacerle cancha a Marisol.
—Buenas tardes, bienvenidos —les dijo Jorge.
Estaba encaramado en una escalera, terminando de rellenar una parte del estante con coloridas cajas de mercancía. Las chicas se quedaron viéndose entre ellas, compartiendo telepáticamente la duda de si aquél joven era Jorge o no.
—¿Qué buscan? ¿Sonido? ¿Instalaciones? ¿Partes?
—¿Jorge? —Tomó Wadith la palabra, en vista de la mudez de sus visitantes.
—El que canta y baila. ¿En qué les puedo ayudar? Los asesoro en su compra, sin costo adicional ni recargo, pero sí con el mayor gusto…
«Pasó de ser un excelente actor a ser un vendedor sobreactuado» pensó Emilce.
—¿De dónde sacaste las historia de los seres de las sombras que iban a tomarse la ciudad antes del 6 de junio de este año? —disparó Jamie, sin miramientos, pero recibió un codazo represivo de Marisol.
No obstante, su imprudencia fue la suficiente para sacar a Jorge de su rol de comerciante y dejar en su sitio al verdadero Jorge, quien apenas pudo gañir:
—¿Qué?

Esa misma tarde, los cinco estuvieron en una plaza del norte de la ciudad, departiendo y comentando. En especial Wadith y Jamie estaban maravillados, aunque, por orgullo, tratando de no aparentarlo. Su agudo asombro se debía a que, de todos allí, eran los menos recorridos en su propia ciudad. La diferencia abismal entre los parajes citadinos del sur y norte de la ciudad era algo que apenas descubrían sus ojos. Estar en la plazoleta de un centro comercial de ricos y a punto de oscurecer, les resultaba muy gratificante. En contraste; Marisol, Emilce y Jorge se sentían como en cualquier parque de su barrio.
—Su visita —declaró Jorge—, me cae tan bien como no se imaginan.
Y era sincero. Lo manifestó tanto con la voz como con el cuerpo.
—Me han hecho revivir un montón de cosas —siguió él— de cuando era estudiante. Cosas que —imprimió un grado extra de emoción— había olvidado ¡que me asombra ahora recordarlas y que hayan pasado!
Claramente, los chicos habían caído en su tienda como un encantamiento que lo liberó de una prisión y lo hizo, al menos, evocar tiernos aires de libertad y juventud que ahora se hallaban en declive, sino es que perdidos.
—Todo lo que me han contado está… —Jorge no tuvo palabras.
—¿Increíble? —Propuso Emilce.
—¡Desternillante! —apuntó Jorge.
Solo Jamie sonrió ante esa palabra, y los demás la miraron con el entrecejo ligeramente tenso. Al tiempo de hablar, Jorge seguía mirando su fino reloj de pulsera y viendo al rededor. Estaban en medio de aquella plazoleta, sentados cada uno al lado de sus paraguas, que escurrían agua.
—Se está demorando —comentó él—. Entonces ¿Se les hizo fácil dar conmigo? Es más fácil encontrar a un fracasado que a un exitoso ¿no?
Ante tal comentario, los demás compartieron una mirada de interrogante.
—Es juego —los tranquilizó Jorge—. Yo sí he seguido en el cuento de la actuación, pero no tanto como quisiera. ¡Uff! Quisiera que fuera de lleno. Pero creo que ahora si voy a poder meterme de cabeza en grupos de teatro. Mi novia me va a ayudar. Bueno ¡si no es que se acaba el mundo la próxima semana!
Todos rieron.
—Usted ¿se acuerda del invierno tan crudo de cuando estaba usted en once…? —alcanzó a preguntar Emilce, tratando de conectar aquél recuerdo con el mito final-mundista del 6 de junio. Pero su voz fue reducida por la señal de alguien que apareció de la nada detrás de Jorge. Les pidió gentilmente a todos que guardasen silencio, atravesando su índice sobre su pico en forma de beso. Cubrió entonces los ojos de Jorge.
—¿Quién soy? —preguntó, con una voz claramente impostada, dirigida a aparentar ser de una mujer mayor.
Jorge, que conocía el juego, sonrió a toda boca y empezó a proponer respuestas:
—¿Señora Luz?
—No, no soy mi mamá. Bobo. Pero siempre pregunto cuánto de azúcar al café y de todos modos le echo solo dos —respondió la recién llegada, inflando las mejillas y conteniendo el aire con las muelas.
—¡Mi mamá! —protestó Jorge.
Los otros solo miraban sin entender ni jota. Pero las manos de la chica fueron tomadas en las suyas por Jorge, que se levantó, dio la vuelta, la abrazó y besó en los labios.
—No imites a mi mamá, no es simpático. ¿Cuándo la vas a perdonar?
Ella miró su reloj de pulsera, y con cara total y convincentemente seria, dijo:
—En cuatro… tres… dos… uno y… —volvió a sonreír— ¡ya! Perdonada.
«Como odio a los actores» pensó Emilce. Pero a los demás les pareció una escena muy agradable, y sonrieron cual público de párvulos. Jamie incluso sentía ganas de aplaudir.
La novia de Jorge era Jenny Matíz, egresada del Adveniat, un poco más joven pero tanto o más célebre que él¹. En segundos, se unió al grupo, sentándose y poniendo su paraguas a escurrir a su lado.
—¿Qué vamos a tomar? —preguntó.
La respuesta de Jorge fue señalar a los demás y advertir, con sumo aburrimiento:
—Son menores de edad.
—Sí, se ve a leguas —sonrió Jenny—. Lo único que eso cambia es… el envase en el que vamos a tomarnos algo.
Emilce pensó que después de todo sí serían efectivos los rumores acerca de Jenny, sobre cuán extra limitadamente liberal era. Pero eso, en vez de aguzar su aprehensión por ella, hizo que le diera una oportunidad.

Rato después, como era típico de aquella época del año, las nubes parecían descansar de aventar aguaceros solo durante ratos. Los 4 estudiantes y el par de egresados departían aún bajo el domo traslúcido de aquél centro comercial y el magnífico sonido de la lluvia fuerte que se dispersaba debajo de este. Más gente de la habitual contribuía con su calor allí, puesto que decenas y decenas de personas ingresaban únicamente a escampar. La atmósfera estaba inundada del aliento visible de tanta gente mojada.
—¿Puedes echar todavía el cuento? ¿Te acuerdas bien? —propuso Marisol.
—Pero claro que me acuerdo, lo ensayé mucho —respondió Jorge—. Era parte de un espectáculo de cuentería que presentamos un día —encogió los ojos y redujo la velocidad de sus palabras—: Es más, salió mejor allá en ese salón, el día de la tormenta, que en el festival de cuentería. Wow.
Todos bebían vino barato de botellas de refresco al que Jenny lo había trasvasado. Ella, era la única que fumaba. Sostenía su cigarro a un lado de la cara, con tanta elegancia que provocaba envidia a las demás. De su otra mano colgaba la botella de falso refresco de uva, a un lado de sus piernas cruzadas. Achicaba los ojos para que el humo no se los tocara.
—Yo no vivía aquí en Colombia —informó Jenny.
—Y yo no estudiaba en el colegio —lamentó Jamie.
—Y yo estaba en otro curso —se encogió de hombros Wadith—. Pero estas dos sí estaban, y Nereira, pero no sabemos ni donde está. Un buen comienzo para refrescar la memoria, es que nos eche el cuento, Jorge.
Jenny se sumó a la petición con una mirada persuasiva. Jorge puso entonces su botella plástica en el piso, usó su propio morral como escaño para subir un pie y entró por completo en el papel. Echó el cuento. Evocaron lo que sus memorias les permitieron acerca del día de la tormenta, e incluso fueron premiados con el aditivo de un escalofrío no planeado para enriquecer su encuentro. Pero Jorge no pudo decirles nada sobre el origen de su cuento, más que era un composición que amalgamaba varias historias que contaban sus difuntos abuelos. Aún así, los chicos estaban por obtener una pista, aunque pagando el precio de un buen susto.

Al cabo de un par de horas, los seis jóvenes emergieron del centro comercial junto a un torrente de gente. Ya todos tenían anotados los teléfonos de los demás y su siguiente misión era cruzar la avenida, utilizando los puentes provisionales instalados por los bomberos. Superada la brecha, deberían hacer una fastidiosa fila durante catorce minutos para utilizar uno de los teléfonos públicos del parque y reportarse en sus casas. A los colegiales les esperaba un largo viaje a casa, ligeramente entonados por la ingesta de vino disfrazado en envase de jugo de mora.
Pagaron el pasaje en bus ejecutivo. Por haber estado al inicio de la ruta, tuvieron la suerte de coger asientos. Se acomodaron en las sillas de atrás para quedar juntos. Sus paraguas les hacían mucho estorbo. El bus apenas tenía una lámpara todavía capaz de alumbrar, aquella ubicada en el centro del pasillo, por lo que los chicos se veían a sí mismos en la penumbra. Media hora después y a apenas diez calles de donde ellos abordaron, se subió al bus un par de malandrines, uno viejo, con pelo empezando a blanquearse, y el otro apenas de edad madura, que ocultaba parte de su cabeza con prominentes vestigios de lo que alguna vez fueron dread lows, pero que ya estaban convertidos en comprimidos de pelo muerto y sucio. Subieron por la puerta trasera, sin permiso y sin pagar. El segundo de ellos detalló a cada una de las muchachas con sus ojos de perro, y a Wadith lo escrutó con especial desafío. Él entendió el mensaje muy claro, casi por telepatía: “Se creerá muy macho por andar con tres sardinas al tiempo”. Emilce cubrió sus fosas nasales con el dorso de su índice y con no mal medida cautela. Jamie sintió ganas de ponerse de pie y, aunque tuviera que subirse a una silla, alcanzar la ventila del techo del bus y abrirla. Pero sabía de sobra que aquellos individuos lo tomarían como una afrenta. Algún día tendría qué aprender que, aunque estuviera lloviendo, debería abrir la ventila superior del bus por adelantado, si este iba a pasar por El Centro de la ciudad. Los harapientos individuos ocuparon un par de sillas delante de ellos y empezaron a hablar. Como todo lo que hacían las personas marginales cuando se reunían, su conversación fue también completamente carente de discreción. Parecía que querían adrede que los jóvenes detrás de ellos los oyeran. No obstante, los chicos intuían que los indigentes se comportaban así siempre. En contraste, su propia conversación terminó. Sentían, y puede mucho que con total razón, que continuar con su charla vivaz y salpicada de risas, sería algo que los recién llegados también tomarían como un insulto. No lo sabían conscientemente, pero intuían que así eran las personas resentidas. No les quedó más remedio que guardar silencio y, aunque no querían, tendrían que escuchar la charla de los callejeros. Estos no se habían sentado uno junto al otro, sino que se pusieron a hablar mirándose frente a frente desde cada costado. Uno de ellos, inclusive, usó ambos asientos de su par de sillas y estiró las piernas. Marisol nunca había visto unos zapatos tan viejos. Alguna vez habían sido botas de trabajo, pero de sus zuelas quedaban solo dos o tres cortes tan delgados como papel y estaban únicamente unidas a la horma del zapato por uno que otro punto. No tenían cordones, pero el sujeto utilizaba un trapo para amarrar el calzado a su tobillo. Por las partes donde no había cuero ya, se veía el pie más sucio que Jamie haya visto. La piel parecía quemada pero no se trataba de daño sino de mugre. De forma natural, eso le dio más miedo que lástima.
—Hoy es la gran noche —dijo aquél sujeto de rastas.
—Hoy es —confirmó el viejo—. Se va a dar cuenta cómo es la vaina. Hacía como dos semanas, parcero, que no llegaba un muñeco. Pero ahí está, y le toca a usté. Si hace bien la vuelta, le sigue tocando y tiene asegurada la bareta. A mí me tocó esa vaina, desde el año pasa’o y ¿sabe qué? Eso lo cambia, papi. Después de eso, a usted NADA le vuelve a dar asco ¿oyó? Queda sirviendo pa’ lo que sea, ma’ñoñi, ¿oyó? Pa’ lo que sea.
—No como el chirulas, que le quedó grande y lo pelaron.
—Ah, el chirulas era una niña, parcero. Usted, no se comprometa a pegar un tiro si no lo va a pegar —dijo el viejo.
—Mucho menos a meter muñecos a la piscina.
—Ah, ñero pero severa piscina ¿si o no? Usted mete el morraco y quedan los puros huesitos, blanquitos papi, blanquitos.
—Así lo pueden buscar al muñeco hasta en las alcantarillas y no van a encontrar sino la sopa —comentó el de rastas—. Y, el morraco de hoy ¿qué?
—Papi, eso no se pregunta. El chirulas también preguntaba, pero qué abeja, si el chiste es desaparecer al paciente ¿pa’ qué saber quién era?
—Ah, lógico… —reconoció el otro.
—Al que había antes que el chirulas se le derritieron los ojos, mi ñero —siguió el mayor—. Por ahí está to’avía pero anda con un trapo amarrado en la cara. Y ese man huele a pura sopa de muñeco. Ese olor no se va, mi ñero…
—No, qué va.
—Pero después de lo del chirulas, llevaron esa máscara. Las usan los policías anti-motines. Pero no es para que usted no huela, sino para que no se le derritan los ojos. Cuando usted mete el morraco a la piscina…
—Ah, severa piscina… —volvió a burlarse el joven.
Ambos rieron.
—…eso sale —retomó el viejo— una nube la hijueputa, que huele a pura carne quemada y le derrite a usted la piel y los ojos.
—Yo prefiero el cocodrilo, mi ñero. No huele, no quema, él solito bota lo que queda…
—Pero papi, hay veces que el cocodrilo no tiene hambre, y hay dos o tres muñecos, entonces ¿qué? —lo retó el viejo.
—¿No hay más cocodrilos?
—Pues el que hay lo trajeron chiquito, lo encargaron, perro. Antes ya había otro pero se murió. A este ya no le dan tanto morraco para que dure más. Pero dicen que van a hacer otra piscina…
—Una piscina de verdad… —apuntó el de rastas.
—Una piscina de verdad, a otro cocodrilo. Sino que hay mucha rata, y los cocodrilos se mantienen de ratas y cuando uno les echa un muñeco, no comen. Por eso es mejor la canequita de ácido, mi ñero.
—Eso es cierto, hay mucha rata. Si hasta se roban a los niños, qué peye.

Emilce y Marisol compartían miradas de impresión y Jamie y Wadith, de algo que ya casi podía llamarse miedo. Para colmo, debido a las inundaciones, el tráfico estaba lento al extremo. Ya ni siquiera, pensaría Emilce después, debería llamarse “tráfico”. Más gente se había subido y el bus estaba casi lleno, pero eso no tranquilizaba a los chicos como debiera, ya que los indigentes los tenían prácticamente acorralados. A poco de llegar al centro de la ciudad, después de una hora fatídica de compañía de aquellas personas, el que iba con las piernas estiradas se incorporó. Volvió su cabeza llena de drelos a escanear a los cuatro y le dijo a su maestro:
—Y ¿qué pasa si me quedan mal con el muñeco?
—¿Cómo así?
—¿Se acuerda que a usted lo hicieron alistar la piscina una vez para nada? El morraco no llegó.
—Pues eso no es culpa suya, mi ñero.
—Yo quiero llevar mi propio muñeco, por si acaso —dijo el de rastas, lanzando su lasciva mirada hacia las chicas, por tercera vez—.
—¿Nos bajamos? —Le susurró Wadith a Marisol en el oído.
—Estamos muy lejos todavía, y coger bus aquí en El Centro a esta hora es imposible —repuso ella.
—Tengo ganas como de carne fresca, parcero —afirmó el indigente, con un tono de voz que no había usado en todo el viaje.
Emilce juró que vio al individuo decir tal cosa y regresar a su posición relajada ocupando ambos asientos y haciendo cosas obscenas.
Jamie se puso de pie y tuvo la total intención de alcanzar el botón del timbre para obturarlo. Pero Emilce la detuvo, por las mismas razones que hacía un segundo había expuesto Marisol.
—Usted ¿Hace cuánto no come carne fresca? —preguntó el indigente de rastas.
En un tono de voz completamente nuevo, debido de sobra al cambio brusco de tema, el otro respondió:
—Hace marras, ñero.
—Yo si estoy acumulado. ¿Nos llevamos un jamoncito pa’ la piscina o qué?
—Ahí verá, mi ñero.
—¡Hay pa’ escoger!
Jamie volvió a estirarse para ponerse de pie pero, como antes, Emilce la atrapó. Sabía que a solo tres o máximo cinco cuadras de ahí, los habitantes de calle se bajarían. Su destino no podía ser otro sino su hogar: La Calle del Cartucho. Trató de explicárselo a la pobre Jamie, en cuyo cuerpo no cabía más terror. Pero su propio nerviosismo no le dejaba usar palabras, toda vez que el par de malandros estaba pendiente de ellas.
—El que sí está comiendo carne fresca es ese que está por allá en los cerros. Más o menos pa’ donde va este bus.¿Si vio en el periódico, parce?
—Claro. Pero eso no es por comer carne fresca, socio, así como dice usté. Es porque ya va a ser seis de junio —explicó el viejo.
De repente, los ocho ojos de los chicos se abrieron tanto como tasas, inclusive los de Jamie, que estaban un poco llorosos.
—Por eso de que se acaba Bogotá ese día —agregó.
—¿Usted si cree en esa mierda? —espetó el de rastas.
—No, no estoy diciendo que crea —volvió a su tono normal—, sino que el man que mata chinas allá en los cerros lo hace por eso.
—Y ¿usted por qué sabe, mi ñero? —preguntó el otro, extrañado.
—Ah, papi, cuando se lo diga yo. Es un cuento que ha habido toda la vida, ñero. Que Moserrate es un volcán, que cuando despierte se acaba Bogotá, que Bogotá en antes era una laguna y va a ser laguna otra vez, que el león dormido de los cerros… papi, lo que quiera saber pregúnteme a mí, que soy viejo.
Hubo uno minuto de entrañable silencio, tras el que el habitante de calle de rastas volvió a hablar.
—¿Listo mi ñero?
—Listo. LLEGÓ LA HORA.
Ambos se pusieron de pie intempestivamente y Jamie pegó un grito. De cualquier modo, los indigentes solo querían no pasarse de su destino. Primero descendió el viejo y tras este el joven, que se detuvo momentáneamente a besar los dedos de su mano e impulsar el ósculo con su fétido aliento hacia el trío de peliclaras.
Los jóvenes colegiales habían pasado de estar jocosos y alcoholizados a aterrados y súbitamente a anonadados. El destino juguetón les acababa de lanzar un extra de información sobre el escabroso tema que cautivaba sus curiosidades, al precio de un rato de hediondo desagrado y conato de miedo.

Stregoika ©2025

Siguiente: Los monstruos de los cerros

________
¹Relato disponible en Jenny 1995 https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/heterosexual/jenny-1995/
¯¯¯¯¯¯¯

5 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: bus, colegio, culo, heterosexual, joven, madura, mayor, viaje
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