RELATOS TRASMUNDANTES | 11 (final) | La sexta niña
Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Jorge
Si tiene dudas acerca de qué clase de publicación es esta, le sugiero lea el primer capítulo:
Inicial: Nereira
La sexta niña
Jamie llevaba atando cabos en su ágil mente desde que empezó a bajarse de aquél árbol. Pero lo que estaba deduciendo a pasitos de ganso, no podía compartírselos a sus cofrades delante del padre de Marisol. Tuvo qué esperar hasta volver a sus barrios y estar de nuevo solas con ellos. Se sentaron en la terraza de la casa de Jamie, teniendo a la vista el lejano cerro de Las Malvinas. Todos comentaban lo ocurrido, y estaban con tanto hormigueo en el cuerpo que Marisol y Emilce tuvieron qué fumar. Tenían en medio de todos una cajetilla de Piel-roja sin filtro.
—¿Y si no encuentran a la sexta niña? —se preguntó Emilce, en voz alta.
—De todas formas ya está muerta. Eso es seguro —espetó Marisol.
—Este año ha sido de locos —apuntó Wadith.
—¿Será que el mundo se acaba hoy? ¿O al menos Bogotá, como dice la leyenda Muisca? —preguntó Emilce.
—No, no se va a acabar —anunció de tajo Jamie, que llevaba callada demasiado rato.
—¿Ahora ya no cree?
—Al contrario, creo más que antes. Deme un cigarrillo.
Todos los demás intercambiaron miradas de impresión. Sin protestar, Marisol le extendió la cajetilla y la sacudió un poco para que se asomara el último cigarrillo. Con inusitada decisión, Jamie lo tomó y se lo llevó a la boca. Marisol extendió hacia ella el encendedor de gas y le indicó cariñosamente:
—Despacio, chupe muy poquito, mientras aprende.
Jamie agradeció con un gesto la indicación y dio la primer fumada de su vida.
—No se lo pase todavía, solo pruébelo y bótelo, mientras se acostumbra.
Un reflejo de tos advino en Jamie, pero logró controlarlo en pocos segundos y siguió hablando:
—Conecten todo, no sean tan obtusos —al fin tosió—. El cuento de Jorge, lo que pasó en la casa de Nereira, todas las atrocidades que han pasado este año, lo que dijeron los desechables en el bus y lo que dijo la pareja de asesinos.
Tras unos segundos de silencio y un par de fumadas más de Jamie, Wadith se rindió:
—Me declaro idiota, y las declaro idiotas a ellas —las señaló, con la debida protesta de Marisol—. ¿Nos explica?
Jamie soltó el humo. Los demás vieron que ya podía llevarlo a los pulmones. Como todo en la vida, Jamie lo había aprendido en pocos minutos.
—Este es el desafortunado tiempo en que… las sombras o lo que sea, emergen de su mundo para alimentarse de nosotros… De nuestra desdicha. Pero hay alguna forma de hacer que el precio a pagar sea más pequeño, y es ahorrándoles trabajo a los seres de las sombras. Si se les ofrecen algunos sacrificios, ellos los aceptan y se apaciguan. Acuérdense de lo que pasó en la casa de Nereira…
—Justo estaba pensando en ella —interrumpió Marisol—. Estás hablando igualitico que ella.
—Y ¿Por qué iba específicamente por Nereira?
Otras dimensiones —siguió Jamie— son muy diferentes a esta. Para los seres que viven en otras… realidades, los significados son algo mucho más importante que lo que son para nosotros —Jamie levantó la mirada—. Iban por Nereira por el número de su casa. El hueco se abrió al lado de su cama y ella fue lo primero que ese ser encontró.
—¡El péndulo lo confirmó, esa noche!
—¡¿Qué cosa?!
—Nereira le preguntó si había forma de impedir que le hicieran daño!
Jamie, cuya memoria apenas se refrescaba, perdió momentáneamente las fuerzas para sostener su cabeza y vaciló, frotándose los ojos. Entonces retomó:
—¡Correcto! Nereira ofreció un sacrificio de sangre. Y el día señalado era el Viernes Santo. Puros significados ¿ven? Por eso, el tiempo es este, porque hoy es el día seis del mes seis de 1996. Y por eso esa pareja de… locos… mató a seis niñas, precisamente seis, para terminar justo hoy.
—Necesito otro cigarrillo —interrumpió Emilce—. Voy por más. —dijo, y se marchó.
—¿Qué tal si no se acaba el mundo, o Bogotá; y se lo debemos a esa pareja de locos? —concluyó Jamie.
—No se pase de la raya, Jamie —se quejó Wadith—. A esas muchachas las mataron re-feo, no hable basura.
—Basura o no —exclamó Marisol— no vamos a saberlo nunca. Si el mundo… —cerró los ojos con fuerza y subió las manos, tratando de concentrarse, pues lo que estaba compartiendo procedía de un razonamiento tan complejo como nunca había tenido— … se acabara hoy, tampoco podríamos comprobar que haya conexión alguna, entre todo lo que ha pasado y el… fin del mundo. Tendríamos que pasar a una… una realidad alternativa donde pasara una cosa y luego a otra realidad donde pase otra cosa, para ver qué tiene qué ver una causa con un efecto. ¡Ah! No sé si me entiendan —desesperó.
Jamie retiró finalmente su lacónica mirada del vacío para ponerla encima de Marisol. Había entendido perfectamente su naciente dilema. Asintió de forma apenas perceptible y dijo:
—¿Ves? No te atreves a descartar que esos matones trataban de salvarnos haciendo sacrificios humanos.
—¡No, no me atrevo! Esto es ¡de locos!
Marisol arrojó su cigarrillo hacia la calle, desde tres pisos de altura. Se sobó los lados de la cabeza y se arrulló a sí misma.
—No dejen que les afecte más de la cuenta —se pronunció Wadith.
Se acercó a Marisol y la abrazó. Su actitud trajo de nuevo a Nereira a las alborotadas memorias de las chicas.
—Piense en algo feliz mientras la abraza —le aconsejó Jamie.
Durante varios minutos no hubo más que rotundo silencio y humo de cigarrillo.
El mundo no es tan gris —dijo Jamie—. Es mucho mejor de lo que parece. ¿No creerían que es aburrido si todo fuera conocido y tan… pequeño y cuadrado como se supone que es? ¿Nacer, crecer, reproducirse y morir… estudiar la primaria, el bachillerato si puede; una carrera, si puede; trabajar cada día de la vida, celebrar cuanta cosa diga el calendario, buscar tener una vida común y corriente, vivir para trabajar o viceversa, existir para buscar dinero y pagar por existir, envejecer, pensionarse, si pude; llegar a viejo, enfermarse, sufrir mucho y morirse? Pero en verdad sí es más que eso. Hay… otros mundos, aquí mismo y al mismo tiempo con este. Hay magia, sueños y pesadillas. No es cuadrado, pero… parece que quisieran volverlo cuadrado, perfectamente, con todos los lados iguales y ángulos de estrictos noventa grados… Quieren que el mundo ya no sea como un hecho natural y volverlo una… institución.
Marisol, recargada en el pecho de Wadith, observó y escuchó a Jamie con atención consagrada y un renovado respeto por ella. Le resultaba paradójico. Era una contradicción con la que no podía lidiar, el que no estuviera de acuerdo en ni pío de lo que ella decía, pero que verla y oírla, era prueba inequívoca de lo que decía. Ella misma era ese ‘algo más’.
—¿Se acuerdan de cuando se apareció dizque La Virgen en el cerro de Malvinas?
Wadith acababa de sorprenderlas con su interrogación.
—Claro. Estábamos en quinto de primaria.
No fueron necesarias más palabras. Los tres se acomodaron de forma que tuvieran a la vista el cerro, con forma engañosa de triangulo isósceles y coronado por una torre de energía. Las almas de cada uno se sumergieron en un cálido manantial de recuerdos de sus infancias y cuanto hecho paranormal recordaran. Parecía que la lejana colina les hablara y llevara raudales de recuerdos.
—Primero fue el huevo —se burló Emilce, que acababa de aparecer y les sorprendió en tal estado de embeleco—. Traje los cigarros y algo mejor, todavía. Su mami los mandó entrar, Jamie.
Jenny y Jorge terminaron de ascender la empinada escalera que conducía a la terraza, esforzándose a cada paso para mantener el equilibrio, pues no tenía barandal. Saludaron animadamente.
—¡Qué vista tan maravillosa! —exclamó Jenny, extendiendo los brazos—. ¿Me creerían si les digo que nunca había pasado del colegio para arriba?
—¡Bienvenida! —dijo Wadith, ganándose una mirada de reclamo de parte de Marisol.
—Si esta vista te aterra —dijo Jorge—, deberías subir a la cuchilla del Cerro del Cucarrón. Desde allá, ese cerro —señaló a las Malvinas— se ve como una cosita de nada.
A Jenny, la idea se le hizo más literal y plausible que un mero comentario que buscaba impresionarla.
—Quiero ir. Vamos.
—¿Estás loca? —espetó Jorge.
—“Loca” ¿por qué? A los asesinos de los cerros ya los cogieron. No tenemos qué temer. ¿Qué dicen? De pronto para ustedes sea como ir al patio trasero, pero yo sí quiero ir, y con ustedes —interpretó a una niña chiquita, haciendo pucheros y meciéndose —digan que sí, digan que sí, digan que sí… Si no, me voy sola —remató su rol cruzando los brazos, frunciendo el ceño y dando un zapatazo.
—¿Ven lo que tengo qué aguantar? —les preguntó Jorge.
—Y ¿Por qué la impaciencia? —quiso saber Jamie—¿Cree que se va a acabar el mundo hoy?
Los muchachos locales tuvieron qué mentir en sus casas para poder aventurarse a la cuchilla del delgado cerro que terminaba en las famosas tetas de Juan Rey. Decidieron, para tener al par de picos como destino, iniciar su caminata desde abajo, desde el inicio de la cuchilla, muy cerca a Malvinas. Al punto, los lugareños la conocían como la Piedra del Amor. El camino estaba ya hecho por los pies de cientos si no miles de aventureros durante décadas. El Cerro del Cucarrón era tan delgado en su cima que apenas podían caminar dos personas lado a lado, y en algunas partes, solo una. Le iba al pelo la clasificación topográfica de ‘cuchilla’. La roca madre permitía el crecimiento de helechos de dos colores, pero no de árboles. Al costado norte se veía toda la localidad, un sinfín de casas tan pequeñas como hormigas. Todo estaba enmarcado entre los cerros de Las Malvinas, Altos de El Zuque y El Cerro del Cucarrón. Del otro lado de este, se abría un abismo boscoso muy estrecho, apretado entre su falda y su cerro gemelo.
—Más arriba, casi en Juan Rey, hay un refugio abandonado. ¿Vamos?
La pregunta de Jorge tenía el carácter de interrogante para todos, excepto para Jenny.
—¿Por qué el tono de pregunta? La respuesta es un obvio “¡de una!”. ¿Cómo sabes que hay un refugio? ¿Cuándo viniste, a qué?
—Mi combo de amigos del colegio y yo éramos muy locos.
Jenny se dirigió a los demás y les dijo:
—Nosotros somos una excelente influencia para ustedes.
—Usted me caía mal Jenny —confesó súbitamente Emilce.
—¡Agh! Qué comentario tan sorpresivo y… honesto. ¿Por qué le caía mal?
—Um, creí que era una picada.
—Yo no soy picada… ¿qué tal? —inclinó los hombros de forma exultante— Yo soy… perfecta.
Terminó de decirlo, se enderezó y se metió un dedo a la nariz para inspeccionar luego su punta y limpiarse con la ropa. Las otras rieron.
—Ahora por su culpa quiero meterme al grupo base de teatro —la acusó Emilce, casi brava.
—¡No! ¡Ese es el mejor piropo que me han echado en semanas! —celebró la muchacha.
Se metió entre Emilce y Jamie y las agarró de las manos para seguir andando en fila.
—Mira, Jorge ¡tengo nuevas amigas!
—¡No las vayas a corromper!
—Demasiado tarde, ya las dañé.
—A mí, aún me da un poco de miedo que se acabe el mundo —apuntó Wadith—. Además, se está oscureciendo re-feo. Un día vinimos a elevar cometa aquí y la policía estaba en La Piedra del Amor diciéndole a todos los que llegaban que tuvieran cuidado con un derrumbe que había pasado más arriba. No quedaba espacio sino para pasar de a uno y agarrado de las piedras para no caer cuesta abajo. Es allí no más. Si llueve, es mucho peor.
—Lo peor sería que —apuntó Jorge— los que cogieron no fueran los únicos asesinos y por aquí estuvieran todavía otros.
—¡Cállese! —le gritó Emilce.
—Les propongo que vayamos al refugio —dijo Jenny— y Jorge nos eche unos cuentos de terror.
—¡De una!
Rato después, estaban cancaneando de frío. En especial Wadith se quejaba.
—Ustedes no están con ningunos inexpertos, muchachos, descuiden. Ahorita que estemos en el refugio, prendemos la estufita y calentamos aguapanela. Hasta le echamos canela y aguardiente y verán que qué frío ni qué nada.
A causa de la espesa y gigantesca nube de lluvia que los cubría, la visibilidad hubo disminuido lo suficiente para que tuvieran que prender sus linternas a plenas dos de la tarde y que el refugio no pudiera verse desde lo alto. No obstante, llegaron a tientas.
—Me siento como en una película de Terror —comentó Marisol.
—El clima está igual que en la tormenta de cuando estábamos en sexto. Si llueve así ahorita, podríamos hasta morirnos —agregó Emilce.
—¡Cállese!
Ingresaron a la destartalada cabaña, hecha con gruesos planchones de madera aceitada y aparentemente terminada hacía décadas. Todavía tenía piso entablado, escalera y un entrepiso con una buhardilla. Jorge se lanzó a subir y todos los escalones se lamentaron.
—Prrr. Esto parece mi casa —dijo Wadith.
Todos rieron.
La vista desde la buhardilla estaba obstruida por la rama de un árbol, cuya presencia ofrecía una pista de la edad del abandono de la cabaña.
—Este lugar es casi secreto. Si fuera popular, ya estaría lleno de invasores —explicó Jorge—, o sería un expendio de droga…
—¡O una casa de pique! —exclamó Emilce.
—¡Cállese! —La reprendió Marisol.
—Está fascinante y tenebroso —observó Jenny.
—Tengo ganas de escribir —confesó Wadith— o de dibujar.
Al sonido del rocío moderado le competía el hervor de la aguapanela. Todos estaban en torno a la estufa de alcohol, tratando de aumentar el calor en sus manos mediante su propio aliento y frotándose las manos.
—¿Quién tiene la mejor historia de terror para contar? —preguntó Jamie.
—Creo que, entre nosotros —respondió Marisol—, ya no podemos asustarnos con historias.
—Es verdad.
—El mundo puede estar acabándose justo ahora, y nosotros aquí no nos vamos a dar cuenta —anotó Jorge, con un inesperado tono nostálgico. Lo decía por la amenaza de tormenta y porque estaban aislados, nada más; pero su comentario resultó premonitorio.
—Podemos morirnos y no saber que nos morimos junto con el mundo entero ¿no sería algo terrible? —dijo Jenny.
—Extrañamente no tengo miedo, ni ansiedad, ni ganas de ir a casita. Me siento muy bien con ustedes —dijo Jamie.
—Yo también —dijo Wadith.
—Deberíamos hacer un pacto de amistad. Este grupo está muy bacano —propuso Emilce.
Encantados por la penumbra, el maltrecho tejado, el calor que les brindaba la estufa y la bebida dulce y alcohólica que consumían, todos aceptaron sin miramientos. Realizaron su pacto a manos unidas. Se propusieron a visitar cuanta construcción abandonada había por aquellas localidades, en especial a orillas de la avenida a Villavicencio. Luego de eso, se contaron historias de terror hasta casi llorar de miedo, consumieron más canelazo y, pasadas unas tres horas, su lazo de amistad estaba estrechado y fortalecido. Las plomizas nubes se habían desplazado más hacia el norte y soltaron su furia fuera de la olla que formaban los cerros. Los improvisados exploradores pudieron salir a pie, embarrados hasta la cintura algunos y otros hasta el gorro. Saludaron al barrio Juan Rey antes de abordar el bus para ir a casa.
Lo que Emilce, Marisol, Jamie, Wadith, Jorge ni Jenny sabían, era que su mundo sí se había acabado, y ya estaban en otro. Todo aquello que veían por la mojada ventana del bus urbano al descender, lo que no veían y aún más, lo que no conocían; era una copia del mundo que dejaron atrás al subir a La piedra del Amor. Ese mundo anterior, de por sí ya era copia de otro, que era copia de otro y así, de tal manera. Los mundos se sustituían eventualmente por sus backups, en fechas trascendentales como esa. Había ocurrido en 1984, ocurrió de nueva cuenta en 1996, ocurriría en 1999, 2001, 2012, 2016, 2019 y en innumerables oportunidades más. Casi todas las veces, ese tiempo se controvertía con histerias final-mundistas. El mundo sí se acababa pero nadie se daba cuenta, excepto algunos miles de habitantes del planeta que por estar aislados en el momento de la sustitución, no eran cambiados sino transportados a la copia. Solían llevarse recuerdos al nuevo mundo que resultaban incongruentes ahí.
La cofradía de estudiantes del Adveniat siguió durante unos pocos años, y cumplieron con su objetivo de visitar tantos despojos arquitectónicos como pudieron. Una tarde, en 2000, se metieron a una cervecería abandonada fuera de Bogotá, apenas saliendo de Tihuaque. No lo sabían, pero esa era su última aventura juntos. La pasaron como nunca, en especial por el hecho de un hallazgo extraordinario y aterrador, que aún con su horror, no superaba lo que significaría para sus vidas. Encontraron en un estrecho baño de la cervecería, el cadáver de la sexta joven, irreconocible por la descomposición, pero inequívoco debido a la presencia de palo de escoba usado de manera horrenda. Lo más extraño, y que sacudió las bases de la existencia para todos ellos, fue que nunca más habían vuelto a hablar con nadie del incidente de los asesinatos del 1996, dando el asunto por sepultado y olvidado. Pero, con el hallazgo de la sexta niña, nadie fuera de su grupo pareció tener indicio de que tal cosa hubiera ocurrido. Solo era un horrible y triste crimen con víctima sin nombre, una historia aislada y sin antecedentes. La pandilla parecía recordar algo que no había ocurrido, o el mundo entero excepto la pandilla parecía haber olvidado lo ocurrido en 1996, sin razón aparente.
Jorge y Jenny contrajeron matrimonio mediante un ritual hippie. Pero su vida de pareja no dio cabida a seguir con sus jóvenes cofrades, menos cuando tuvieron su primer hijo. El trío de peliclaras ingresó a diferentes universidades, y Wadith, que era el más pobre, solo pudo trabajar. A veces, cuando llovía mucho, su mente de artista reprimido no se resistía a exhumar los recuerdos de su vida de colegial, y años después seguía preguntándose qué diablos había sucedido con los hechos extraordinarios, a lo sumo trasmundantes, de mediados de los noventa. Con el mundo estaba pasando exactamente lo que dijo Jamie, todo se estaba volviendo cuadrado, aburrido. A veces, pero especialmente cuando llovía fuerte, la memoria de Wadith se inquietaba y su espíritu sufría los espasmos de la inspiración. Se ponía a dibujar historietas o a escribir relatos y su memoria se volvía al revés, con lo más recóndito ahí al alcance de la mano. Una tarde que llovía a cántaros, se encogió de hombros y recordó que aquella fatídica noche en que murió Campo Elías, solo llegó un par de patrullas. Cuatro agentes con los dedos en los gatillos. Y recordó que, en contraste, por la esperanza de encontrar a la sexta víctima de los asesinos de los cerros, movieron quizá a toda la policía de unas cuatro localidades, y cuánto se asombró él al ver aquello. Su asombro estaba justificado a carta cabal. Para la vida adulta de Wadith y los demás, habría tanta policía en todas partes y a toda hora que lo trasmundante sería salir al parque sin ver uniformados. Algo grave le había pasado al mundo.
Cuando estaban en el refugio abandonado en el Cerro del Cucarrón, la tradición oral todavía existía, y lo que se transmitía a través de ella no solo aún podía pasar por bucólico sino que fluía libremente. Quedaba un escaso lustro para todo lo que se dijese iniciara una fatídica carrera hacia el control absoluto como en la más estremecedora pesadilla fascista. Ya no habría más tradición oral sino una memoria regulada y colectiva que iba llamarse “la nube”.
La casa de Nereira, donde hechos tan extraordinarios tuvieron lugar, se convirtió con las décadas en el estéril pilar de una torre para cableado de teleféricos. Toda la memoria orgánica y la narrativa que de ella brotaba, sería borrada.
Quienes no eran accidentalmente traspasados del mundo anterior a su backup, eran terminados y reemplazados por su copia. Esta copia cumplía con muchas mejoras proveídas por los seres de las sombras, según sus necesidades. La mente humana, con el paso de los siglos, había sido sistemáticamente reducida desde ser una compleja expansión, a un plano, luego a una línea y, para el nuevo milenio, estaba en proceso de convertirse apenas en un punto. Jamie y sus amigos, se preguntaban a veces, mientras vivían sus vidas, cómo toda la gente se había vuelto tan idiota. No eran más que máquinas de obedecer, repetir, creer y consagrar cuanta mentira les dijeran.
En el mundo ya nada ocurría dentro de la gente y su espíritu, sino que todo era artificial, controlado, regulado, dosificado y legislado. Habían pasado de vivir fantasía en una novela de H.P. Lovecraft a obedecer en un libro de George Orwell. Los cerros y montes estaban clausurados y encerrados en rejas kilométricas con estaciones de vigilancia y perros. Decían que era para proteger los recursos naturales. Todas las quebradas estaban canalizadas y coger agua de una que no lo estuviera, era un crimen. El Cerro del Cucarrón también fue puesto bajo regulación, le pusieron un absurdo nombre y todo lo que se hacía allí pasó a ser regulado y vigilado. El centro comunitario de La Victoria fue remodelado, la arboleda reducida a un tercio y puede que hasta sus fantasmas hayan sido desterrados. Ya no habría ingreso libre y debían las personas ser requisadas para entrar. Los inviernos largos y duros o los cielos con nubes espesas, ya no eran motivo de inspiración para jóvenes apasionados, sino pretexto para mentiras absurdas que conducían a esclavizar más aún a la gente. Como predijo Jamie, el mundo se había convertido en una institución.
Lo extraordinario no tuvo más valor. La tradición oral murió. La imaginación y la creatividad fueron asesinadas y reemplazadas por dispositivos que la gente llevaba todo el tiempo en la mano. Y muchas cosas que recordaba alguna gente, había sido dejada en mundos que ya no existían, tal como ocurrió con los asesinos de los cerros. Alguna cosa más allá de la comprensión del humano ordinario, tal como en el cuento de Jorge, había tenido éxito en convertir a los humanos en ganado productor de desdicha, con tal grado de astucia que los humanos no se dieron cuenta. Solo estaban siendo pasados de un corral a otro. Wadith lo intuyó. Jamie lo intuyó. Pero no podían hacer nada. Si hablaban de ello, la solución para la farsa estaba ya planeada y tendida: Les dirían que estaban locos. Su único derrotero por seguir sería continuar respirando, viviendo en el mundo con la agonía de saber que este era una farsa y aguardar un más allá que quizá les esperase con una respuesta.
Fin.
Stregoika ©2026
Comentario (no pedido) del autor:
Qué alegría haber podido completar esta publicación. Mi gratitud a los administradores.
Todas y cada una de las anécdotas compiladas en Relatos Trasmundantes, corresponden a experiencias reales vividas por mí y por personas cercanas, que conecté forzosamente para integrar una novela. Esta porquería de novela, que es sobre el efecto Mandela. No es ficción que los asesinos de los cerros surorientales a mediados de los 90s, son algo que algunos de mi edad pueden recordar, pero no parece haber registro ni evidencia por ninugna parte. Igual que ocurrió con el hombre bajo el tanque en Tiananmen Square, en China, en 1984. Yo (y otros alrededor del mundo) lo vi con mis propios ojos y me trauamtizó por décadas, pero parece que fue algo que nunca ocurrió. De ahí la idea de que el mundo es reciclado cada tanto y algunos recuerdos del mundo viejo sobreviven en el nuevo.
Muchos de los capítulos han sido acribillados con una estrella. Claro, este sitio no es para novelas. Pero sigo contento de haberla podido compartir y agradecido con los admin.
Bye, y ya volveremos a cachondear.

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