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Fantasías / Parodias

RELATOS TRASMUNDANTES | 2 | La Oquedad

📖 Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Nereira

La oquedad

Hacia las cuatro de la tarde, ya los nubarrones plomizos hubieron cedido y el cielo frío y los tupidos pinares en los cerros volvieron a verse, al menos parcialmente. De no haber sido por la geografía accidentada de esa parte de Bogotá, la tormenta habría causado una deletérea inundación. No obstante, hubo daños graves. Camino a casa, Nereira vio toda clase de espectaculares consecuencias del aguacero. Vio a casi todo mundo sacando agua, cuando no lodo, de los primeros pisos a punta de escoba, piedras de todo tamaño que el agua había arrastrado desde los cerros, camiones de bomberos parqueados con las luces rojas parpadeando, las riberas de las quebradas restringidas mediante cintas amarillas y, sobre todo, arroyos remanentes cuyo caudal disminuía con lentitud hipnótica. Nereira se los topaba cada diez o quince pasos. Y cada dos cuadras, oía vecinos comentando sus tragedias o las de otros. Le causaron especial asombro las cuentas de gente desafortunada que había sido arrastrada por el agua y entonces desaparecido. Todo había sido más horrible de lo que parecía desde la ventana del colegio.
Al aproximarse a su casa, encontró algo aún más impactante. Varios vecinos rodeaban y comentaban, saciados de asombro, a una piedra que el portentoso río empujó hasta el cruce de calles. Era tan grande que en ella podrían sentarse un par de varones corpulentos o incluso tres. Varios niños competían por moverla, pero sus esfuerzos eran inútiles.
La casa de Nereira era muy humilde. Consistía nada más que en un lote esquinero con una sola habitación de cuatro paredes y teja de barro, que ocupaba la mitad del predio, y un pequeño baño cubierto por tablas, en el centro de la otra mitad. A una casa tan pobre no podía haberle ido nada bien durante el cruel diluvio. Su madre y abuela habían sacado al frente todo lo que contenía su vivienda, y todavía escurriendo agua turbia. Nereira se paró, agarrándose la cabeza a dos manos, conteniendo la angustia. Se equilibró sobre el lecho de barro y llegó a su puerta como pudo. Tal como lo sospechaba, el piso de su casa no podía verse. Estaban de barro hasta las pantorrillas.
—Nada qué hacer, mi amor —la recibió su madre—. Seríamos descaradas si nos quejáramos. A Alejito no lo encuentran, creen que venía de jugar fútbol y lo cogió el aguacero en la calle, quedó atrapado en alguna parte y por intentar pasar el río, se lo llevó.
Alejito era el hijo de un vecino, que estudiaba la primaria por la mañana. Mercedes, la madre de Nereira, tenía más que razón en decir que no tenían nada de qué quejarse.

Nereira no pudo asistir al colegio durante varios días. Estuvieron viéndoselas sacando el pesado barro de su casa de un piso, secando aquello que podían salvar todavía y reubicando las cosas dentro. Mientras, ella y otros vecinos durmieron en toldos provisionales instalados por la defensa civil. El segundo día de quehacer, Nereira estuvo empujando lo que le parecieron toneladas de barro hasta extenuarse, primero con pala, luego con haragán, luego con escoba, y finalmente con agua y trapero. Fue en ese momento, estando por terminar la ardua limpieza, que notó que algo había hecho una rotura en una baldosa. Se veía como si le hubiera caído un objeto muy pesado y de punta o como si le hubieran dado un balazo. No le prestó mayor atención, hasta que al tercer día, armó nuevamente su cama y notó que la baldosa rota le quedaba junto. Como fuera, la cantidad de daños y pérdidas para ellos y para otros había sido tanta que no podía preocuparse de una miserable baldosa.
Fue una experiencia larga y difícil, pero al fin había llegado a término. Después de tanto trabajo, al fin volvería a dormir en su casa, en su cama, y no en su colchón pero sí en una colchoneta provista por el ejército. Las tres camas de la casa estaban como siempre, describiendo una L pegada a las paredes. Mercedes, su madre y su hija dormían en su humilde morada, que era al mismo tiempo dormitorio, cocina, estudio y comedor. Nereira suspiró y tuvo la intuición de que al fin todo volvería a la normalidad. Se estiró y se dispuso a hacer lo que siempre hacía antes de dormirse, que según le parecía, no hacía desde mucho tiempo atrás: Recapitular su día. Pero no quería evocarse a sí misma exprimiendo sus efectos personales ni paleando pegajoso fango, así que retrocedió en su memoria hasta encontrar algo grato en qué pensar. ¿Qué era? Ah, sí, el colegio: Ese momento mágico, ambiguo entre pavoroso y excitante que vivió junto a sus compañeros durante el chubasco. Y por supuesto, aquella historia extraña y miedosa, quién sabe si más extraña que miedosa o viceversa. Ese cuento que les había echado Jorge, el prodigio de quince años del grupo de teatro. Nereira, ya a medio camino de dormirse, aguzó la memoria para recordar los detalles del relato, y pudo recobrar algunos, cada vez más lento, cada vez más borroso… ¿Qué era? Ah, sí… que la oscuridad del monte era el hogar de seres del más allá y que estos estaban tratando de convertir al mundo en su gallinero…

De la rotura en el piso emergió una sombra. Parecía humo muy espeso, o un ser de petróleo. Lentamente, cubrió toda la casa y se tragó hasta el alumbrado público que se metía por las ventanas y atravesaba los velos. Era como si la casa hubiese caído a una fosa. El corazón de Nereira se aceleró hasta asustarla de muerte. No comprendía cómo había visto la sombra eyectarse desde la pequeña oquedad, pues estaba dormida. ¿O no? ¡Qué terrible oscuridad! Era peor para ella que tener los ojos cerrados y bien apretados en un ambiente que de por sí ya fuera oscuro. Era tan negro todo que Nereira abría bien los ojos y temía que estos ya no funcionaran. Quiso refregarse con los puños para comprobar que sus ojos estuvieran intactos, incluso que estuviera despierta, pero no pudo moverse. Su estado de miedo pasó a pánico. Hizo el intento de gritar, pero tampoco para eso le respondió su cuerpo. Y para empeorarlo todo… empezó a sentir un ente ahí al lado de su cama. No comprendía cómo una presencia podía ser tan clara si no podía ver nada. Pero ahí estaba, eso, lo que fuera, parado mirándola. Con un esfuerzo monumental, Nereira logró gritar y el sonido de su grito fue como si hubiera expulsado con él un tapón de corcho de su garganta. Dos segundos después, su madre tiró las cobijas camufladas y se arrojó sobre el interruptor. La oscuridad y aquella presencia evanescieron como si no hubieran sido nada. Pero Nereira sabía que ahí había estado aquello, tan negro, tan frío y tan malévolo.

 

Siguiente: Marisol

Stregoika ©2025

4 Lecturas/15 junio, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: abuela, baño, colegio, hija, hijo, madre, mayor, vecino
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